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Deje de ayudarme, coño (cómo acabar de una vez por todas con esa plaga llamada autoayuda)Publicado por Toni García Ramón

Esto es como una segunda parte del artículo ANIMO WAPISIMA! que ya escribí quejándome de la mentalidad de gran parte del profesorado actual sobre la positividad eterna y no transmitir nunca a los alumnos mensajes de como mejorar cosas. Muchas personas empiezan a despertarse ya contra la filosofía del TODO POSITIVO.

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Hablemos claro: desde que empezó la invasión de la autoayuda no ha sido usted el mismo. Bien, ni usted, ni nadie. Paulo Coelho, Eduard Punset (y esa criatura que le acompaña a todas partes, Elsa), Jorge Bucay o Albert Espinosa le han llevado al límite: ahora tiene que cavar debajo del arcoíris porque allí encontrará una olla llena de autoestima; o dedicar su vida a la búsqueda del trébol de cuatro hojas que acabará con esa manía suya de estar en paro; o leer unos poemas que le alejarán de su terrible depresión al mismo tiempo que le enseñarán que la vida es un sueño y que tiene usted que ser feliz porque le sale a un escritor portugués de la entrepierna.

Sin embargo, y dejando de lado que no le recomendamos cavar debajo del arcoíris, básicamente porque allí no habrá ninguna olla (a menos que cave en un vertedero, entonces no sabemos qué va a encontrar), la autoayuda presenta un gran inconveniente: es mentira.

¿Por qué? Se preguntará mientras pone una señal en «Si tú me dices ven lo dejo todo, pero ven» para no olvidar en qué página se quedó. Pues porque desde un punto de vista puramente racional es imposible que, sin conocerle de nada, un tercero escriba un libro para usted con el propósito de ayudarle. Es decir, para que una obra fuera de autoayuda debería escribirla uno mismo. Si no es así deberían llamarlo «de ayuda», simplemente. Con el «auto» están insinuando que es usted un imbécil incapaz de ayudarse a sí mismo y que van a pedirle a alguien a quien le importan un pito sus dolencias escriba algo para que encuentre consuelo después de pasar por caja.

En Jot Down, siempre a la vanguardia de la literatura y el bienestar, les proponemos ser los pioneros en la propagación de un nuevo género: el autoodio. La corriente «cógete manía» puede ser el respiro que usted necesitaba. ¿No está cansado de sonreír todo el día como si fuera idiota? ¿Quiere darle un cabezazo a la pared después de una semana de mierda en la oficina pero Paulo Coelho no le deja? ¿Permite que el vecino entre en el ascensor cuando podría usted darle al botón de cerrar puerta y subir sin tener que soportar su conversación? Le proponemos abrazar el pensamiento negativo, la mala hostia, la fealdad, la cara de asco y el gruñido.

No va a ser usted más feliz, su vida no será más tranquila que un lago de Suiza y probablemente sus parientes piensen en llevarle al campo y abandonarle allí, pero al menos no tendrá que volver a tragar con patrañas, mamarrachadas y soplapolleces.

Llevan una década diciéndole que todo tiene solución y todo pasa.

Nosotros le diremos la verdad: los cojones.

Siga estos diez sencillos pasos y acompáñenos al mundo real, donde uno puede darse cabezazos contra el cristal del baño si le apetece* y sin que nadie le diga que aunque sangre como un cerdo tiene que sonreír.

1) No diga «buenos días». Cada mañana (hechos reales) mi bisabuela le decía a mi bisabuelo: «buenos días», a lo que mi bisabuelo le contestaba «ya te lo diré por la noche si han sido buenos».

Huya de ese modelo opresivo que le han querido vender como educación y que en realidad es un auténtico coñazo. Mueva ligeramente la cabeza cuando alguien le salude, diga «mm-hm» si insisten, pero deje de transmitir que tiene la impresión de que el día va a ser bueno. Usted sabe que casi con toda seguridad el día va a ser una porquería. Y si lo hace bien ellos/as sabrán que usted lo sabe. Va a convertirse usted en un/a tipo/a inquietante/a y en el próximo amigo invisible le va a caer un reloj de oro, o un Porsche Cayenne, básicamente porque a sus compañeros les visitará el fantasma del pánico pensando en que cualquier día puede ir a la oficina con una Uzi y mucha munición.

2) Sea negativo. Usted lo sabe y nosotros también, no todos los problemas tienen solución. Es más, muchos de ellos no tienen solución. Es más, la gran mayoría no tienen solución. Lo de «nada es imposible» solo tiene una respuesta: tener a mano un lanzallamas. Si desea comprobar lo imposible que son algunas cosas dese una vuelta por la Antártida en bermudas o vaya a Fukushima y respire hondo.

Sin embargo, se han empeñado en aconsejarle que cada vez que se encuentre con el barro hasta el cuello sonría y piense que todo —de algún modo milagroso— se arreglará. Es más, le han hecho creer que cualquier metáfora, hipérbole o analogía por torticera que sea, es aplicable a su persona y no dudan en usarla como arma arrojadiza: «Como el elefante que descubrió su propia trompa. Un libro que le permitirá revelar sus virtudes ocultas». A partir de ahora déjese de estupideces, cada vez que alguien le diga que «mañana volverá a salir el sol» o «el tiempo lo cura todo» mírele como el náufrago al que arrojan una pelota de Nivea y le dicen que se entretenga, que ya irán a rescatarle cuando tengan un momento.

3) Piense que cada día es domingo por la noche. A menos que sea autónomo, cuando todos los días son lunes, deje de pensar en semanas y concentre su mala actitud en pensar que está usted a punto de llegar al lunes, perpetuamente. Ese día donde todos tienen cara de haber sido abducidos y sufrido abusos sexuales en una nave nodriza a manos de un grupo de extraterrestres fans del Marqués de Sade.

Este sencillo ejercicio de pesimismo forjará en usted una mala baba sin precedentes y le ayudará a dejar de pensar en campos verdes llenos de cortacéspedes conducidos por monjes budistas donde los pájaros vuelan del revés para no cagarse en su cabeza.

4) Coma como un jabalí. Esta es otra rama de la autoayuda que debe usted eliminar de su vida: «comer bien le hará mejor persona». La teoría es tan ridícula que desmentirla significaría darle pábulo; sin embargo, eso significa (si le damos pábulo) que no existen vegetarianos ni veganos que sean unos hijos de puta, y que si es usted un psicópata o un corrupto bastará con empezar a hacerse unas verduritas a la plancha y a beber leche de algas y se le pasará. Un día de estos alguien descubrirá que las plantas tienen sentimientos y que las zanahorias sienten un dolor infinito cuando se las hierve o separa de las otras zanahorias y viviremos un Apocalipsis alimenticio. Esperando a que llegue ese día dedíquese usted a engullir donuts (los cronuts, esa infecta mezcla entre donut y cruasán, sería otra posibilidad —incluso mejor— y le haría sentir sucio e inmundo casi inmediatamente, que al final es de lo que se trata) y beber mejunjes azucarados, con la mayor parte de colorantes posibles. Y haga apología de ello cada vez que tenga ocasión: «Joder, ayer me metí veinticinco mil calorías y os odié a todos aun más que de costumbre».

5) Su cuerpo no es ningún templo. Nadie lo ha demostrado aún pero el ejercicio es letal. No, no hablamos de esos ciclados de gimnasio que intentan parecerse al David de Miguel Ángel y acaban pareciéndose a una escultura de Botero (el músculo de hoy es el michelín del mañana) sino de los que dados a elegir entre una siesta e ir a correr les falta tiempo para ponerse las zapatillas (los hay, cada vez más, créanos). No sea usted un hombre/mujer sano/a, encuentre ese lugar del sofá donde poder atrincherarse sin que le salgan llagas y luche contra las costumbres establecidas. A medida que su cuerpo se aclimate a la falta de ejercicio físico y la televisión se convierta en su mejor amigo empezará usted a cogerse manía. No recoger las cajas de pizza, ni las latas de Coca-Cola (nada de Zero, cuantas más calorías mejor), ni las bolsas de ositos de goma, ayudará bastante. Ánimo, estamos a medio camino.

6) Deje de creer que fracasar es malo. Los libros de autoayuda le enseñan que es usted un triunfador, que bajo esa pinta de figurante de anuncio de clínica estética (el de «Antes», concretamente) se encuentra el hombre del milenio. No es verdad, usted es como los demás, y tiene muchas posibilidades de acabar haciendo el primo unas cuantas docenas de veces en todos los ámbitos de la vida, así que atrévase a fracasar, a fracasar a lo grande, sin miedo. Recuerde aquellas palabras de Samuel Beckett: «fracasa otra vez, fracasa mejor». No intente excusarse, aliente las pifias y los malentendidos y una vez en el charco diviértase, no trate de arrastrarse por el fango para solucionar lo imposible: abra una botella de vino y échesela por encima, como si hubiera acabado de ganar una carrera de Fórmula 1. Qué coño, siempre puede ser peor (y eso sí que es impepinable).

7) Abrace el caos. Dedique unas horas de su tiempo a escribir centenares de post-its con la frase «sigues siendo un perdedor», en letras grandes. Luego pásese por todas las librerías a su alcance y pegue ese post-it en la última página de cada libro que encuentre en la sección de autoayuda. Cuidado con los ataques de risa, especialmente en las grandes superficies, allí no están acostumbrados a la gente sonriente y sospecharían de sus intenciones. Piense que está usted contribuyendo al bien de la raza humana. Si le sobran post-its vaya a buscar el libro de Belen Esteban. (Si desea abrazar aún más el caos tenga un par de hijos: cuando a los catorce les encuentre un fajo de billetes y medio kilo de cocaína en su habitación —«papá, no te preocupes, es para consumo propio»— no diga que no se lo advertimos).

8) Vea mucho porno. Dicen que embrutece, y eso está bien.

9) Invéntese una enfermedad ficticia. El objetivo de estas instrucciones es alejarle de ese invento de Satán que son los gurús del buenrollismo. Ya está usted preparado para los pasajes finales de su cruzada contra la autoayuda, así que está preparado para el final: acuda a una de esas charlas en las que tratan de venderle una vida ficticia, espere al momento de las preguntas e inquiera, con total tranquilidad: «Tengo ébola. Es muy contagioso, pero yo creo que puedo ser feliz, ¿qué me aconseja?». Permanezca sentado mientras los asistentes empiezan a correr y los organizadores sufren un ataque de pánico. Si lleva una nevera con unas cervecitas y un puro habano puede usted disfrutar de uno de los mejores días de su vida (cuando le arresten ni se le ocurra mencionarnos. Y no, no tenemos dinero para su fianza).

10) Sea usted mismo/a, y que se joda el mundo. Decía el doctor Zeuss que «Be who you are and say what you feel because those who mind don’t matter and those who matter don’t mind» (esta es una revista hipster, si no habla usted inglés búsquese la vida porque los hipsters no traducimos ni del chino). Obre en consecuencia.

* Por favor, no le dé cabezazos al cristal del baño, háganos caso.

http://www.jotdown.es/2014/05/deje-de-ayudarme-cono-como-acabar-de-una-vez-por-todas-con-esa-plaga-llamada-autoayuda/

Ya no tienes edad para llevar esas camisetas.

1980. Tenía 11 años, iba por El Corte Inglés con mi madre y vi por primera vez algo que no se vendía en España: Una camiseta friki.
Era una camiseta de Mickey Mouse disfrazado de Superman, tampoco era el colmo de lo friki, pero hasta ahí llegaba este país en esas cosas.

Pedí a mi madre que me comprara la camiseta y ella me miró con esa cara que ponen las madres de: “lo tengo que querer porque es mi hijo, pero ahora mismo lo estampaba contra el mostrador de oportunidades”.

-Es que me gusta.

Mi madre tiró de mi mano en dirección contraria mientras decía una de esas frases que hacen grandes a las madres:

– Y a mí también me gustan muchas cosas y no las tengo.

Lo más curioso es que esa visita a El Corte Inglés era para comprarme “un traje mono” para ir a una boda. Vestido con pantaloncitos de pinzas, camisa y corbata y jersey de pico, me sentí en aquella boda más disfrazado, más ridículo y menos yo que si me hubieran dejado llevar esa camiseta.

2014. Tengo 45 años. Un armario reventado de camisetas frikis y un montón de gente que me dice que ya no tengo edad para llevar esas camisetas. Pero las sigo llevando porque por dentro pienso:

– Eres tú el que ya no tienes edad para disfrutarlas.

http://arturoparroquia.com/2014/05/09/ya-no-tienes-edad-para-llevar-esas-camisetas/

Ser "normal"

En un cementerio, un hombre chino colocaba un cuenco de arroz sobre la tumba de su mujer. Un occidental que le vio, se echó a reír y le dijo:

– De verdad cree que su muerto vendrá a comerse el arroz?

A lo que el chino respondió:

– Tanto como usted cree que el suyo vendrá a oler sus flores?”

“Lo normal” es uno de los conceptos que más odio. Cualquier persona que utiliza esa expresión como positiva, ignora que no existen cosas normales y cosas raras, sólo hay cosas que vemos habitualmente y normalizamos y cosas que no. Como decía Hannibal Lecter: “Uno se enamora de aquello que ve cada día” Menos los no-normales, que nos enamoramos de lo que el día a día no nos deja ver.

La expresión “friki” viene un poco de eso, es la forma que tienen los “normales” de recordarnos que nuestra afición no es la que la sociedad aprueba. Hemos suavizado la expresión original “freak” (monstruo) pero sigue siendo una forma de llamarnos diferentes, raros, los que hacen cosas no-normales.

Lo que pasa es que, cuando quiero hacer esfuerzos para ser normal, me pongo a mirar lo que hacen y, desde fuera, son ellos los que me parecen los no-normales y se me pasa enseguida:

Es normal hablar durante horas de la vida de Rosa Benito.

No es normal hacerlo de El Señor De los Anillos. Aunque sea también una obra de ficción.

Es normal que alguien tenga en casa imágenes o figuras de su religión, equipo o ideología. política.

No es normal tener figuritas de personajes que te han hecho muy feliz.

Es normal ver a gente quejarse de que la cultura es muy cara aunque hay libros de todos los precios.

No es normal quejarse de que te cobren tanto por una copa de alcohol que sabemos que vale mucho menos

Es normal ver gente discutir por una idea política hasta la violencia, aunque los políticos cada día se muestren más corruptos

No es normal que te guste estar horas hablando de películas, cómics o videojuegos que te han dado entretenimiento, felicidad y conocimientos que no tenías

Es normal saberse todos los jugadores de la liga.

No es normal saberse los miembros de la Liga de La Justicia.

Por eso no me gustan “Los normales” , porque miran en una única dirección, porque no quieren saber lo que hay detrás de la esquina, porque prefieren aceptar a preguntar.

http://arturoparroquia.com/2014/05/15/ser-normal/

El truco matemático del MP3, el JPEG y la cara de Homer Simpson

Por si no ha quedado claro, nos encantan las mates. Tras esas fórmulas y ecuaciones aparentemente incomprensibles hay un mundo de posibilidades. A la transformación de Fourier, por ejemplo, le debes la música que escuchas en formato MP3 y las fotos que subes a Facebook en formato JPEG. ¿Quieres saber por qué? ♦

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Homer Simpson escuchando música (Foto: discusionez.com)

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En el instituto, seguro que eras uno de aquellos que caían en un sueño profundo cada vez que llegaba la clase de matemáticas. Números y letras bailaban una danza que emocionaba a tu profesor, mientras que a ti la coreografía sólo te producía una terrible somnolencia.

Pues amigo, aunque te pueda parecer extraño, las matemáticas no son del todo aburridas. De hecho, una de las peculiaridades que tiene esta ciencia estriba en el uso de trucos que facilitan la resolución de problemas complejos y su aplicación en el mundo real. Porque a los matemáticos tampoco les gusta complicarse la vida.

Algunos de estos trucos toman forma en campos como la física o la informática. En este último mundo, una de las herramientas matemáticas que se han utilizado con frecuencia ha sido la transformación de Fourier. Un descubrimiento matemático que caracteriza el funcionamiento del formato MP3 y el JPEG, además de representar la actividad básica de la popular aplicación Shazam.

Fórmulas matemáticas (Foto: Wikipedia.org)
Fórmulas matemáticas (Foto: Wikipedia.org)
Pero vayamos por partes. ¿En qué consiste el truco de Fourier? De acuerdo con el físico Aathis Bhatia, es la herramienta que te dice cuánto de cada una de las ondas que forman una onda más grande tienes que coger para recomponer esa última onda. Y quién dice una onda, dice también una circunferencia. ¿Dónde está la gracia? En la multitud de aplicaciones que posee.

Pero volvamos a los orígenes del truco, que ha visto ya unas cuantas primaveras. Hace 200 años, dos de las grandes preocupaciones que tenían los físicos y matemáticos eran, por un lado, el problema de la cuerda vibrante – o, dicho de otro modo, cómo se propagaba el sonido en un medio elástico – y, por el otro, la determinación de las órbitas de los planetas.

El origen del truco de Fourier está alejado de estos problemas. En 1804 comenzó a estudiar la conducción del calor de los sólidos. El resultado le llevó a la creación de las ‘series de Fourier’ y de su truco, la transformada de Fourier, introducida al estudiar cómo conducía el calor una barra de longitud infinita.

Años más tarde, los científicos de la época empezaron a utilizar el truco para solucionar las dos grandes cuestiones que les atormentaban. Y aún hoy día se halla en el engranaje básico de muchas herramientas tecnológicas.

El matemático Joseph Fourier (Foto: Wikimedia)
El matemático Joseph Fourier (Foto: Wikimedia)
Un ejemplo lo encontramos en el formato MP3. Éste utiliza una variante de la transformación de Fourier, la Transformada de Fourier discreta (DFT, en sus siglas en inglés). Para convertir un archivo WAV en este formato, el MP3 divide la canción en varios pedazos. Para cada pedazo de audio, el truco toma las ondas y averigua cuánto de cada onda – y de cada nota – necesitamos para recomponer la onda principal. El MP3 coge las notas esenciales para recomponer ese pedazo de canción y desecha las que no son necesarias, que suelen ser las notas agudas. ¿Qué consigue con ello? La función básica del formato MP3: ocupar menos espacio.

Otra muestra la hallamos en el JPEG. Una de los métodos utilizados para comprimir imágenes deriva, precisamente, de la transformada de Fourier. En lugar de ondas, aquí hablamos de círculos. En este caso, el truco de Fourier te indica qué círculos – y a qué velocidades – debes coger para reconstruir una onda, sea de la forma que sea.

Es necesario saber, por otro lado, que los círculos, todos ellos de diferentes tamaños, acogen en su borde círculos más pequeños. Pues bien, con el JPEG la imagen se divide en porciones de 8×8 píxeles. Al igual que el MP3 desecha las notas agudas, el JPEG elimina de cada una de esas porciones los círculos más pequeños, que no afectarán a la recomposición de la porción y, por ende, de la foto. En realidad es más sencillo de lo que parecía, ¿no crees?

Los más pequeños tampoco quieren perderse las bondades de las nuevas tecnologías (Foto: Oneras | Flickr)
Los más pequeños tampoco quieren perderse las bondades de las nuevas tecnologías (Foto: Oneras | Flickr)
Shazam, la popular ‘app’ que reconoce canciones mientras suenan, también se sirve de la transformada del matemático francés. Esta aplicación divide la pieza musical en diferentes porciones para, a continuación, analizar las notas que componen cada una de ellas. Una vez analizada, busca en su base de datos una canción que contenga las mismas notas colocadas de la misma forma. ¡Tachán! Así es capaz de decirte el nombre del temazo que está poniendo el DJ en la discoteca.

En lo que respecta a las imágenes, JPEG no es la única herramienta que goza de las virtudes de este truco matemático. Aplicando la transformación en circunferencias se pueden reconstruir rostros, tal y como hace la enciclopedia y motor de búsqueda matemático Wolfram Alpha, o como se ha hecho con la cara del mismísimo Homer Simpson.

Ahora sí que no pudes decir que las matemáticas son aburridas. Estudia un poco, anda, que tú también puedes hacer chuladas como esta.

http://www.hojaderouter.com/tecnologia/transformacion-de-fourier-mp3-jpeg-homer-simpson/13422

Las 10 peores tragedias de los pisos compartidos

¿Quieres emanciparte pero tu sueldo de prácticas como tornero fresador community manager no te da ni para el abono del metro? Entonces seguramente estés considerando la opción de compartir piso. Antes de embarcarte en semejante aventura, has de saber que estás entrando en terreno minado. Por suerte para ti, en Playground estamos elaborando la “Guía Definitiva Para Compartir Piso En El Siglo XXI”, futura biblia para precarios jóvenes y ya-no-tan-jóvenes del mundo. Basta un vistazo a nuestra guía, y un montón de valium, y ya tendréis todo lo que hace falta para navegar más plácidamente por las turbias aguas de la convivencia doméstica. Si el otro día os hablábamos de las especies más habituales de compañeros de piso, esta vez entramos a cuchillo en las situaciones críticas más comunes, esas que te harán poner los ojos en blanco y bufar por la nariz como un caballo de carreras y maldecir el día en que te hiciste mayor. Y mejor que vayas prevenido: si compartes piso no vas a poder evitarlas.

¿Quieres emanciparte de una vez del domicilio familiar? Bien por tí. Pero antes, que sepas que te metes en territorio peligroso, y que te vas a tener que enfrentar a situaciones críticas. Aquí algunas de las más comunes.

01. El punto de inflexión

Las leyes evolutivas del compartir piso lo dicen: todo va bien hasta que deja de ir bien. Las primeras semanas en un nuevo hogar suelen ser placenteras. Los compañeros miden las distancias y son razonablemente simpáticos. Se establecen unas reglas de convivencia y se cumplen. Te vas haciendo tuyo el nuevo espacio. Pero con los días y el desgaste, SIEMPRE, llega un momento en el que te das cuenta de que las cosas no son como las imaginabas. El simpático es un guarro, la exigente es una quejica, y tú no eres tan buena persona como te crees. Don’t panic: si lográis mantener la calma, con un poco de trabajo todo irá bien. Si no, lo siguiente que sabrás es que tu pisito se ha convertido en una versión urbana de El Señor de las Moscas, con pinturas tribales y cerdos empalados incluidos.

02. El Mato Grosso en la ducha

Las 10 peores tragedias de los pisos compartidos

El lugar más innombrable de cualquier piso compartido (además de la parte trasera de la nevera) es sin duda el desagüe de la ducha. Es también un punto de la casa que concentra mucho mal rollo, y que tiene muchas papeletas para hacerte empezar a sentir lo que comentábamos: todo lo contrario al amor por tu hogar. Agachado sobre el desagüe, metiendo los dedos en una mezcla indefinida de material humano y colonias de bacterias, te encontrarás a ti mismo ideando formas nada agradables de degollar al guarro que nunca jamás limpia los pelos después de la ducha. Para cuando acabes de limpiar, te habrás acordado de la niña podrida de The Ring y te estarás preguntando por qué somos tan defectuosos.

03. El Jenga de la basura

El Jenga es ese juego en el que hay que ir quitando maderitas de una torre y evitar que se caiga. Quien la tira, pierde. Con las basuras del piso pasa exactamente lo mismo: se aplica el principio de “tonto el último”. Los desperdicios se van acumulando hasta que la física te dice que ya no se puede más. El pringado al que le finalmente se le cae la montaña tiene que aguantar el escarnio de ser el que saca la basura al contenedor. Da lo mismo que mucho antes de que eso pase las ratas se hayan hecho fuertes entre la pila de inmundicia, o tener un cangrejo ermitaño viviendo dentro de la cubeta de KFC que te comiste la semana pasada. Este es un juego de resistencia y habilidad. Que gane el mejor.

04. El grupo de Whatsapp

Las nuevas tecnologías nos hacen mejores, y enriquecen la convivencia doméstica. Lo que antes se resolvía dejando notas pasivo-agresivas por la casa, ahora se resuelve con mensajes irónico-agresivos por el móvil. Algo así como “Última vez que lavo los platos sucios de alguien, je je. Prometo partir piernas”. De esta manera, la rabia latente, que es la energía de la que se nutren todos los pisos compartidos, pasa de ser individual y discreta a colectiva y chillona. Y multimedia: no olvides la posibilidad de hacer fotos de cada guarrada que te encuentres por la casa. A tus compis les encantará. Además, la mensajería instantánea permite que cualquier discusión idiota se alargue horas y se malinterprete hasta el absurdo. Mucho mejor así, dónde va a parar.

05. La lista de la compra

Las 10 peores tragedias de los pisos compartidos

La alimentación es fuente inagotable de conflictos desde que el mundo es mundo. Lo era en el paleolítico y lo es en tu apartamento de 60 m2. ¿Cómo se gestiona el dinero común, y en qué se gasta? “¿Compramos brócoli o Phoskitos?” “¿Avena, o pizza de salami?” “¿Quién ha traído diez paquetes de galletas de chocolate rebozado y se ha olvidado de comprar café?” “En la lista ponía agua con gas, no aguarrás.” “Los huevos son para comer, no para tirárselos al vecino.” “¿Te has comido tú mis espaguetis?”, “No” “Tienes la cara llena de tomate.” “Bueno, estaban en mi estante del frigorífico.” “Eso que señalas no es el frigorífico, es la tele”. Y así hasta el infinito.

06. Cosas que desaparecen vs. Cosas que no deberían estar allí

Un piso compartido es como un universo paralelo: las leyes de la física común no se aplican. Al ya conocido fenómeno de los calcetines fantasma, tienes que sumar unas cuantas personas con sus respectivas ideas de orden, que en algunos casos son peores que el paso de un ciclón y un maremoto juntos. En un piso compartido es fácil acabar encontrando las zapatillas de alguien en el cajón del pan, y a la vez perder cosas que nunca imaginaste poder perder en casa como tu portátil o a tu perro. Nuestro consejo ante estas situaciones es actuar con la frialdad mental del detective. Las cosas siempre acaban apareciendo, pero para ello tienes que aprender a pensar a la inversa. ¿Todo lo que creías saber de la lógica del mundo? Olvídalo.

07. El rollo de papel ninja

Las 10 peores tragedias de los pisos compartidos

Una variante de estos fenómenos inexplicables que merece un punto y aparte tiene que ver con los rollos de papel higiénico del baño. Te darás cuenta poco a poco que alrededor del lugar donde deberían colocarse, el típico aplique al lado del inodoro, parece haber un extraño campo de fuerza que repele los rollos nuevos y atrae los gastados. Es la única explicación que podrás encontrar al hecho de no encontrar nunca un rollo nuevo colocado en su sitio. Los verás por todas partes, pero NUNCA donde tienen que estar. Tu mente poco entrenada no acabará de entender qué clase de magia negra impide hacer un gesto tan sencillo como quitar-poner. No te esfuerces mucho, siente el flow. Tu salud lo agradecerá.

08. La fiesta en la que nadie es tu amigo

Alguien ha montado una cena y no os ha avisado. Por tanto llegas tu casa y te la encuentras llena de desconocidos que hacen ruido, meten las narices en tu comida y toquetean tus libros. Seguramente eso pasa el mismo día que tenías unas ganas locas de estar tirado en el sofá viendo alguna de Jennifer Aniston. Ante algo así, en primer lugar deberías replantearte tus gustos cinematográficos. En segundo, tienes dos opciones. Una es quedarte en un rincón del salón, viendo tu película caiga quien caiga y echando miradas acusadoras a toda esa gente que pasa de ti MUY FUERTE. Otra mucho más efectiva aunque potencialmente peligrosa, es unirte a la fiesta y hacer y decir tantas cosas inapropiadas que tu amigo quede en evidencia y sus colegas nunca más quieran volver a vuestra casa. Quien no juega, no gana.

09. Los novios retarded

Deberían inventar un “impuesto por novio”. Que estuviera en el BOE. O mejor, escrito en piedra en tablas bíblicas. Si quieres meter a tu novio en casa, y el tío es un tarado social y sólo come bacon con mermelada, pagas una cuota. A mayor grado de gaseosa cerebral, más pagas. Así la gente se andaría con más ojo antes de introducir elementos disruptivos en ambientes que ya son de por sí bastante volátiles. Ojo que esto también se aplica a novias. Y de hecho también se aplica a novios que nos caen bien y que son buenísimas personas. Maldita sea, ¿no veis que vuestra feliz vida conyugal interrumpe nuestro Vietnam amoroso? Un poco de respeto.

10. Algo se ha roto

Admitámoslo: muchos de nosotros somos unos incompetentes en lo doméstico. Puede que nos sepamos el nombre de todos los personajes de The Wire, o que podamos manejar cuatro cuentas de Twitter a la vez, pero nuestra confortable educación del primer mundo no nos ha hecho ser especialmente espabilados cuando se trata de resolver problemas. Por eso cualquier pequeño desastre casero se convierte por arte de magia en una situación Defcon 2. Nadie sabe a quien llamar, ni qué hacer. Los problemas se parchean hasta que son irresolubles, mucho más caros de arreglar y peligrosos para toda la comunidad de vecinos. Esta es la prueba definitiva, el momento en que se separan los adultos de los niños. Los primeros se arman de valor y resuelven la movida como pueden, es decir, llamando a sus padres. Los segundos hace rato que han decidido que “como en casa en ningún sitio”, y están sentados a la mesa de la abuela, comiéndose un buen cocido.

¿Quieres emanciparte de una vez del domicilio familiar? Bien por tí. Pero antes, que sepas que te metes en territorio peligroso, y que te vas a tener que enfrentar a situaciones críticas. Aquí algunas de las más comunes.

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