Final del blog

Pues eso, el 30 de Septiembre Profeblog dejará de existir y se perderán todos los blogs aquí alojados, incluido este. Atrás quedarán 5 años de muchas e inolvidables experiencias, chistes, notas,etcétera…

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Más leña al fuego

He localizado el ránking de Rafal en la UMH los cuatro años que nos hemos presentado:
2011- 24º
2012- 75º
2013- 43º
2014- 10º

Este año hemos quedado en el puesto 50 en la comunidad valenciana, a 0,9 del 1º pero a escasos 0,3-0,4 de la 10ª posición. Extrapolando a años anteriores quedamos respectivamente en las posiciones 120, 375 y 215 En el año 2013 con la mejor generación que ha pasado por el centro, en el puesto 215 de la comunidad (hay 451 centros, o sea que por la mitad) y a 1,5 puntos de la 1ª posición….:(

Y más. Conociendo a las generaciones, la del 2011 está bien donde está, la de 2012 también, pero no las otras dos. La generación del 2013 (la mejor de la historia del centro y que seguirá siéndolo durante muchos años) debería ser la 1ª, pero en lugar de eso es la 3ª a escasas 3 décimas por encima de la generación del 2012 (6,1 y 5,8), mientras la generación del 2014 (la peor de las 4) resulta que se ha situado la 1ª, con un 7, 1,2 puntos por encima de la generación del 2012, 0,9 puntos encima de la del 2013 y 0,6 puntos por encima de la generación del 2011. ¿Como es posible que la mejor generación acabe a 0,9 puntos de la peor y que la peor acabe siendo la mejor en selectividad de las 4? La explicación es muy sencilla: gestión de los grupos. En un caso, la gestión del grupo fue pésima, hasta el punto de interesarse únicamente por un grupo reducido de alumnos (a los que considera “los suyos”), y el beneplácito de la directiva en todas las decisiones tomadas y criminalización de los que levantábamos la voz contra dicha gestión. Por otro lado, una gestión inteligente, tranquila y evitando conflictos, incluso a costa de su propia asignatura, para conseguir la cohesión del grupo y crear una unión real entre todos, sin considerar a nadie como los “suyos” ni aislar a nadie. Y también, por supuesto, dedicarse a las labores reales de un tutor, como informar sobre la selectividad, todas sus posibilidades y saber guiarles hacia su propio éxito y no hacia el éxito del tutor/a en su asignatura.

Es como darle el Real Madrid a alguien durante dos años, que lo deje en el puesto 16 a punto de descender y no solo no despedirle ipso facto sino renovarle de por vida, multiplicarle el sueldo por 10 y darle 2 o 3 cargos importantes más en el club, mientras en el otro caso es como tener al Mirandés, subirlo a primera y dejarlo 2º en primera división clasificado para la Champions League, pero despedir al entrenador porque no gustan sus métodos.

En defensa de la Renta Básica Universal

Como probablemente sepas, una de las propuestas estrella de Podemos es la Renta Básica Universal. Y tal vez te sorprenda saber que yo estoy de acuerdo con ella. Con algunas salvedades que probablemente hagan “mi” renta básica universal muy diferente de la de Podemos, pero estoy de acuerdo. Y sí, sigo siendo un perverso liberal, anarcocapitalista por más señas, no me he vuelto progresista ni de izquierdas ni bolivariano ni comunista ni nada de eso.

He pensado que podría ser interesante explicar aquí mi postura, porque tiene bastante que ver con el emprendimiento y el diseño de estilos de vida (o como quiera que se traduzca eso de lifestyle design).

¿Qué es la renta básica universal?
Se trata de que el estado entrega una cantidad de dinero mensual a todos los ciudadanos, sin excepción, solo por el hecho de serlo (de ahí lo de “universal”). Esta renta la recibiría tanto Amancio Ortega como un jornalero de Jaén, y ambos recibirían la misma cantidad. En esto se distingue de otras iniciativas como las rentas básicas de inserción, que se dan solo a las personas que no tienen un nivel mínimo de ingresos.

Hay distintas alternativas respecto a los menores de edad, que pueden recibir una renta igual, una renta disminuida o ninguna renta en absoluto.

Cómo se gestionan las ayudas ahora
Sé que una RBU va en contra del principio de que la riqueza se genera cuando una persona crea valor y otra persona le entrega dinero a cambio. Aquí se está entregando dinero a personas que no aportan ningún valor.

Lo que sucede es que no vivimos en una sociedad en la que todo el que puede genera valor y solo unos pocos que realmente tienen dificultad para generarlo se ven obligados a vivir de la caridad. Más bien hay un gran número de personas que reciben rentas en función de su edad (jubilados), otras reciben ayudas por circunstancias como estar parado, otras reciben ayudas que podríamos llamar “redistributivas” (para compensar unos ingresos escasos o una situación personal penosa) y finalmente un gran número de personas reciben ayudas por comportarse como la administración quiere (invertir de determinada manera, comprar o alquilar según qué casas, donar a determinadas entidades…).

Más aún: el requisito para recibir muchas de estas ayudas es no tener ingresos, o tener unos ingresos pequeños, por debajo de un máximo. No es difícil ver que el efecto real de todo este sistema no es aliviar una situación transitoria que desaparece cuando la persona ayudada vuelve a conseguir un trabajo “decente”. Si todo lo que puede conseguir una persona que recibe estas ayudas son trabajos precarios, temporales o mal pagados, su situación trabajando será peor que la situación de “persona ayudada”, con lo que optará por seguir percibiendo esas ayudas mientras pueda hacerlo.

Por poner un ejemplo, si una persona recibe el subsidio de desempleo y encuentra un trabajo a tiempo parcial por el que le pagan 500€ al mes, no tiene mucho incentivo para trabajar, puesto que pierde los 426€ que ahora está recibiendo por no trabajar.

Dicho llanamente: la situación actual de “te ayudamos mientras seas pobre” induce a seguir siendo pobre.

Pero hay más: en demasiadas ocasiones, las ayudas no las recibe quien más las merece, sino quien es más hábil. Una vez que te acostumbras a que tu fuente de ingresos sea el estado, y descubres que hay decenas de organismos dispuestos a ayudar a los débiles, no es difícil ver que tienes más ventajas analizando los criterios de las ayudas y “agradando” a ese estado que buscando trabajo en el mercado.

Y es que nuestra administración multinivel, plagada además de institutos, organismos autónomos y entes varios, produce una sorprendente cantidad y variedad de ayudas. Por ser mujer, por ser madre soltera, por no tener un nivel determinado de renta, por ser huérfano, por ser viuda, por ser discapacitado, por ser familia numerosa, por ser joven, por ser viejo, por ser estudiante, por estar en paro, por hacer deporte, por tener un hijo, por adoptar un hijo, por llevar a tu bebé a la guardería, por llevar a tu hijo a clases de inglés, por donar tu dinero a determinadas instituciones, por invertir en una startup, por comprar una casa, por comprar una casa en un pueblo, por alquilar una casa, por cuidar a un familiar dependiente… las posibilidades son tan inabarcables como los granos de arena de una playa.

Un problema añadido es que entregar estas ayudas tiene su coste. Hay que publicarlas, recibir las solicitudes, verificar que el que la solicita tiene derecho a ella, comprobar que no se entregan a quien no tiene derecho, reclamar las entregadas indebidamente, responder a los que piensan que tenían derecho a ellas y no las han recibido… Todo esto tiene su coste y es un proceso en el que se cometen errores por exceso y por defecto (entregando ayudas a quien no las merece y negándoselas a quien las necesita).

Ventajas de la Renta Básica Universal
La RBU reduce drásticamente la burocracia

Puesto que no hay que hacer más comprobación para entregar la renta que verificar que el receptor es ciudadano español, se eliminan las tareas de verificación, inspección, atención a reclamaciones, etc. El coste de la administración se vería reducido en gran medida (no inmediatamente por la imposibilidad de despedir a los funcionarios, pero las personas que realizan ahora estas tareas podrían ocuparse de otras).

La RBU no disuade de trabajar

Dado que la percepción de la RBU no está ligada a “ser pobre”, nada te impide aceptar una propuesta de trabajo, aunque sea temporal o parcial. Si la propuesta te resulta interesante, los ingresos que obtengas de ella se suman a la RBU, así que si quieres mejorar tus condiciones de vida puedes hacerlo sin miedo a perder la ayuda.

La RBU podría reducir la economía sumergida

Una de las críticas que se le hace a la propuesta de Podemos es que plantea sacar el dinero para la RBU de una “reducción del fraude fiscal”. Aunque ciertamente es ingenuo pensar que se puede ser más eficiente en la lucha contra el fraude fiscal con mejores inspecciones, lo cierto es que la RBU puede reducir una de las causas de la economía sumergida.

Como hemos dicho, para muchos perceptores de ayudas hacer un trabajo puntual o limitado es muy complicado o puede suponer el fin de esas ayudas. Al final, o desistes de la idea o lo haces “en negro”. Si la RBU te permite hacer estas “chapuzas” legalmente (por tu cuenta o contratado por otro), estarás más dispuesto a trabajar, a declarar esos ingresos y a pagar los impuestos correspondientes.

La RBU dinamiza el mercado laboral

Y es que una RBU significa la desaparición del salario mínimo interprofesional. Seguro que los proponentes de la RBU de izquierda no estarán de acuerdo con ello, pero es así.

Veamos: el argumento actual para defender un salario mínimo es que de no existir este los empresarios pagarían una miseria que el trabajador se vería obligado a aceptar a falta de una alternativa mejor con la que ganarse el pan. Pero una RBU significa que a nadie le va a faltar el pan. El que decide trabajar es porque quiere algo más que el ingreso de la RBU. El empresario no puede explotar al débil, ni jugar con su hambre, ni ofrecerle un trabajo con condiciones abusivas, porque todas las personas tienen garantizado unos ingresos mínimos. Con la RBU solo trabajas si llegas a un acuerdo con el empresario que sea ventajoso para las dos partes.

Probablemente, una RBU supondría muchos más trabajos “complementarios”: de fin de semana, de temporada, a tiempo parcial… Muchas personas estarían satisfechas complementando su RBU con unos pocos cientos de euros a cambio de unas pocas horas de trabajo. Los empresarios podrían adaptar mejor su plantilla a sus circunstancias al tener más oferta de personas dispuestas a aceptar estos trabajos que ahora son difíciles de ajustar.

La RBU reduce los costes laborales

Otra de las consecuencias sería la desaparición de la indemnización por despido. De nuevo, no espero que los amigos de Podemos estén de acuerdo, pero como en el caso del SMI es la conclusión lógica de la existencia de una RBU. La indemnización por despido tiene como finalidad facilitar la vida al empleado despedido mientras encuentra un nuevo trabajo. Pero si todas las personas tienen garantizado un nivel mínimo de ingresos, independientemente del tiempo que pase hasta que encuentren un nuevo empleo, esa indemnización pierde su razón de ser.

Otra cosa es que pueda haber acuerdos privados entre empresario y empleado, y que haya empleados que exijan una indemnización por despido como parte de su contrato. Y seguro que muchos contratos incluirían cláusulas de este tipo. Pero probablemente a otros trabajadores les bastaría con el “colchón” de la RBU y preferirían negociar sueldos mejores sin cláusulas de despido.

La RBU da una solución al problema de la productividad de personas poco cualificadas

Nuestra sociedad cada vez tiene menos oferta de trabajos repetitivos, que requieran simplemente fuerza física, capacidad de concentración y obediencia fiel. El trabajador medio en Estados Unidos es ahora cuatro veces más productivo que en 1948, y este incremento de la productividad se produce fundamentalmente porque el trabajo que antes hacían las personas ahora lo hacen las máquinas. Si a la mecanización y automatización sumamos la globalización que hace que sea más económico fabricar fuera, nos encontramos con una capa creciente de trabajadores que no están preparados (y posiblemente no lo estarán nunca) para aportar valor con su trabajo como lo hacían antes.

Y no me refiero solo a agricultores o operarios de fábricas. Lo mismo está empezando a pasar con trabajadores “de cuello blanco” con trabajos fácilmente automatizables.

No creo que los trabajos desaparezcan para siempre. Estamos en un cambio de modelo, saliendo de un mundo en el que fabricar cosas era costoso y por tanto poseerlas era deseable, a otro en el que las “cosas” son fungibles y lo que se valoran son las experiencias. Y sin duda surgirán nuevos trabajos en la economía de las experiencias y de la optimización de recursos compartidos.

Pero mientras se produce este cambio, la RBU permite sobrevivir a aquellos a los que les cueste más adaptarse. Es más, la RBU permitirá adaptarse mejor a esta nueva realidad a personas que estén liberadas de la presión de generar unos ingresos mínimos mensuales.

La RBU reduce las consecuencias negativas de la pobreza

No ignoro que la pobreza tiene consecuencias negativas. Y no hace falta hablar de casos extremos como alcoholismo, abandonos del hogar, delincuencia, etc. Un estudio reciente mostró que las personas en situación de pobreza ven disminuidas sus capacidades cognitivas. Es decir, que por sí solo, el hecho de ser pobre te lleva a tomar malas decisiones. Lo que tiene su lógica, al fin y al cabo no saber cómo atender las necesidades de tu familia no creo que te permita dormir plácidamente por las noches y tomar decisiones bien meditadas y sopesadas.

Unos ingresos mínimos garantizados reducirían la presión en muchas personas, les permitirían tomar mejores decisiones, y reducirían la necesidad de asistencia a las víctimas de esas malas decisiones (alcoholismo, drogas, violencia, delincuencia, etc.)

Pero la RBU desincentiva el trabajar
Ya hemos visto que la situación actual sí desincentiva el trabajo, porque trabajar supone la pérdida de la ayuda. Pero no tenemos que hacer supuestos: hubo un experimento de RBU en Dauphin, una pequeña población de Canadá en los años 70, así que podemos ver qué sucedió allí con los trabajadores.

Y el hecho es que solo dos segmentos de población redujeron su ocupación: las madres de hijos recién nacidos, que optaron por quedarse en casa cuidando de sus bebés, y los jóvenes que prefirieron seguir estudiando a buscar un trabajo con el que ayudar a sus familias. El resto de personas siguió trabajando, aunque se volvió más selectivo con las ofertas de empleo que aceptaba (como os comentaba más arriba).

De modo que en la realidad la RBU no desincentiva el trabajo, salvo en casos en los que cabe pensar que realmente la persona que deja de trabajar es más productiva para la sociedad invirtiendo en su propio futuro o en el de su bebé.

Pero la RBU produce vagos que no se respetarán a sí mismos
Esta es también una objeción frecuente: el trabajo dignifica, ser útil es una necesidad básica del ser humano, y son frecuentes los casos de alcoholismo o drogadicción en poblaciones fuertemente subvencionadas. La renta básica universal produciría una generación de nihilistas alcohólicos y drogodependientes sin educación ni experiencia laboral.

Esta objeción solo tiene sentido si creemos que con una renta básica “los vagos” dejarían de trabajar. Pero ya hemos visto (con datos, no con prejuicios) que la gente no deja de trabajar por recibir una RBU. Y hemos visto que en realidad la RBU elimina la barrera de entrada del “todo o nada” al mundo laboral. Al facilitar la incorporación a trabajos ocasionales o de pocas horas, en realidad permite que más personas trabajen (y por tanto se sientan útiles) el menos unas horas al mes.

Tenemos ahora una situación en la que hay regiones que superan el 60% de paro juvenil, de modo que no creo que estemos en condiciones de rechazar la RBU porque produce “vagos que en lugar de trabajar beben y se drogan”.

Todo esto está muy bien, pero no hay dinero para pagarlo
Hay quien ha hecho cuentas de lo que costaría implantar la RBU en España, por ejemplo Juan Ramón Rallo y estado limitado, y no le salen. Estado limitado consigue pagar 400€ al mes a cambio de reducir las pensiones y las prestaciones por desempleo a ese nivel. Y Rallo necesita 200.000 millones de euros para pagar una RBU de 8.114 euros al año (el umbral de la pobreza nacional), lo que supondría duplicar la presión fiscal o prescindir de la sanidad y la educación públicas.

Por el lado contrario, los defensores de la RBU en España manejan un estudio realizado en Cataluña hace una década por Daniel Raventós y actualizado con datos de 2010. Según este estudio, en Cataluña se podría implantar una RBU de 7.968 euros para los adultos y 1.594 para los menores con tres medidas:

Implantando un tipo único de IRPF del 49,58% (con tipo 0 para la RBU). El que cobra solo la RBU paga 0, los demás pagan el 49,58% del resto de los ingresos.
Eliminando todas las ayudas y exenciones fiscales por debajo de la RBU (por ejemplo, si cobras una pensión de 1.000€ y la RBU es de 500, pasas a cobrar una pensión de 500€ además de la RBU, con lo que el resultado neto es el mismo).
Consiguiendo 1.697 millones de euros adicionales de reducción del fraude fiscal y subidas de impuestos propuestas por Gestha.
Personalmente creo que cualquier propuesta que requiera una subida significativa de impuestos está condenada al fracaso. Por mucho que se empeñen Podemos y sus amigos, aquí no hay un problema de “ricos codiciosos que ocultan sus ingresos al fisco”. De hecho, en el artículo que he enlazado se comete el error frecuentísimo de confundir “rico” con “persona que tiene ingresos altos”. Ambos hechos pueden estar relacionados, pero una persona puede ser “rica” (tener muchos bienes) y a la vez tener ingresos anuales modestos (por ejemplo, porque prefiere reinvertir y no retirar la mayor parte de los beneficios que le producen esos bienes).

No dudo de que haya individuos o empresas que defraudan a Hacienda, pero la cantidad de dinero que se conseguiría “cazándoles” es irrisoria respecto a lo que se necesita recaudar. Y la modificación del IRPF que proponen, que supondría una subida brutal para los mayores perceptores de IRPF (recordemos, no los más ricos, sino los que más cobran: directivos, profesionales liberales, altos funcionarios como jueces o catedráticos, etc.), provocaría lo mismo que en otros países en los que se han producido subidas similares: fuga a otros países más favorables de los que puedan hacerlo, y disminución del esfuerzo (y por tanto de la cantidad a cotizar) por parte de otros. Yo soy partidario del tipo único para el IRPF, pero creo que para ser viable (no provocar fraude o elusión) debería ser muy inferior.

Y esto sin entrar en el hecho de que Cataluña no es precisamente la región más pobre de España. Si en Cataluña es complicado poner en marcha la RBU, casi mejor no analizar Andalucía o Extremadura.

¿Abandonamos entonces la idea como algo deseable pero impracticable?

Yo creo que merecería la pena considerar con detalle cuánto costaría implantar una RBU aunque fuera de 400€ (algo más de la mitad de la que consideran Rallo y Raventós). Esos 400€ no dan para vivir de manera independiente en una gran ciudad (ni en una pequeña) pero sí pueden bastar para subsistir compartiendo vivienda en una localidad pequeña. Y quien aspirase a algo más sería libre para complementar este ingreso.

Respecto a los costes, es cierto que Raventós y compañía pecan de ingenuos, pero Rallo y los suyos parten de un a priori en el que no consideran los efectos positivos:

Reducción del coste de la administración. Suponiendo (y es mucho suponer) que nuestra administración es tan eficiente que sólo supone un coste adicional del 10% respecto al dinero gestionado, la RBU supondría ahorrar una gran parte de ese coste de gestión.
Reducción de las ayudas “caciquiles”. Y cuando digo caciquiles, me refiero a todas las administraciones. Cambiar la idea de que el político concede graciosamente ayudas porque se preocupa por la gente por una idea de “soy ciudadano y tengo derecho a una RBU que el político no puede manejar a su antojo” es necesario y conveniente. Dado que ahora el político tiene todos los incentivos para generar todas las ayudas discrecionales que se le ocurran, la desaparición de estos incentivos supondría una disminución de gastos.
Desaparición de los “presupuestívoros” que viven de conocer los entresijos de las ayudas. Cuando Rallo y compañía sostienen que la RBU es injusta porque entrega dinero a personas que no generan valor, olvida que ahora se entrega más dinero a menos personas que dedican su esfuerzo no a generar valor sino a maximizar las ayudas recibidas.
Estimulación de la actividad económica. No creo que redistribuir el dinero genere ningún beneficio como sostiene Raventós (más bien al contrario). Pero como hemos comentado, la RBU, dado que no penaliza realizar trabajos esporádicos o a tiempo parcial, supondría un aumento la actividad económica. Y al facilitar la generación y el afloramiento (declaración) de estos ingresos adicionales, podemos encontrarnos con que financiar la RBU es más sencillo de lo que calculamos a priori.
Y además habría que tener en cuenta los efectos positivos no económicos:

Aumento de la responsabilidad individual. Al desaparecer tanto las ayudas ajenas a la RBU como los incentivos perversos para “seguir siendo pobre”, quien quiera tener ingresos por encima de la RBU sabe que no tiene más alternativa que trabajar para conseguirlos.
Disminución de la influencia de los políticos en los estilos de vida. Al ser la RBU igual para todos, no cabe favorecer a tu grupo social favorito concediendo ayudas dirigidas, sean para educación privada como hace el PP en Madrid o sean para operaciones de cambio de sexo como hace el PSOE en Andalucía.
Flexibilidad laboral. Al aumentar la capacidad de negociación de los trabajadores más débiles (que con la RBU pueden sobrevivir sin aceptar trabajos “en negro” o mal pagados) se reduce la necesidad de “protegerlos” con medidas inflexibles que en la práctica los expulsan del mercado laboral.
Mayor facilidad para el emprendimiento. No lo he comentado antes, pero sin duda uno de los resultados de la RBU sería que más personas se decidirían a crear un negocio. Primero por la seguridad de saber que si sale mal siempre pueden contar con unos ingresos garantizados. Y segundo porque la RBU puede liberarles de la necesidad de trabajar para otros cuando su negocio todavía no genera ingresos suficientes.
Más actividad creativa y cultural. Puestos a imaginar un país de vagos que no harían más que drogarse y ver la televisión, como hacen muchos detractores de la RBU sin base alguna, yo prefiero (también sin base alguna) imaginarme un país en el que más personas se dedicarían a actividades creativas y culturales. Lo que no sé es si esto a la larga sería bueno o acabaríamos hartos de escritores incomprendidos, videoartistas conceptuales y profesores de ciencias orientales esotéricas.
La Renta Básica Universal en 2025
Si has tenido la paciencia de leer hasta aquí, tengo algo más que decirte. Todo lo que he escrito está planteado para la sociedad de España en 2015. Pero resulta que (por si no te habías enterado) estamos en un cambio de sistema al menos tan radical como el que supuso la revolución industrial. Y eso hace que si la RBU es deseable ahora, vaya a serlo mucho más en el futuro. Es más, creo que no solo será deseable, sino que será inevitable.

http://desencadenado.com/2014/07/en-defensa-de-la-renta-basica-universal.html

Recordando a Carl Sagan

http://www.jotdown.es/2014/07/recordando-a-carl-sagan/

Carl-Saganp

Cierto día en la estación de trenes de Washington, un mozo ayudó a Carl Sagan con su equipaje, como hacía con cualesquiera otros pasajeros. Sin embargo, cuando Sagan sacó su billetera para darle la propina de rigor, el mozo hizo un gesto de rechazo. Aunque lo relevante de la anécdota no es el gesto en sí, sino la frase con que el mozo lo acompañó: «Guarde su dinero, señor Sagan. Usted ya me ha dado el universo».

La anécdota es muy famosa y habla por sí misma del papel que tuvo Carl Sagan en nuestra cultura. Ningún otro divulgador científico ha sabido pulsar tan bien los resortes de la imaginación colectiva. Quizá se debiera a aquella característica tan suya: la capacidad para experimentar y compartir un extático asombro ante la magnitud y complejidad del universo. Un entusiasmo que resultaba contagioso y al que él llamaba el «sentido de lo maravilloso». Gracias a Sagan y sobre todo a su serie televisiva Cosmos: Un viaje personal, muchas personas experimentaron ese sentido de lo maravilloso junto a él. Especialmente quienes tuvieron la suerte de verla por primera vez durante la tierna infancia: Carl Sagan era como el mago que abría el baúl de los grandes secretos ante nuestros ojos y desvelaba prodigios que parecían fantásticos, pero que no pertenecían al ámbito de las novelas o películas de ficción, sino que existían de verdad. Prodigios que estaban allá arriba, sobre nuestras cabezas, o a nuestro alrededor, o incluso dentro de nosotros. Carl Sagan fue sin duda el catalizador de las ensoñaciones cósmicas de toda una generación. Incluso de quienes nunca nos convertimos en científicos, porque teníamos escrito otro destino o sencillamente lo elegimos así, prácticamente no hemos pasado una noche sin alzar la mirada hacia las estrellas y entonces resulta inevitable acordarse de él. Siempre nos quedará la imagen inolvidable de aquella «nave de la imaginación» con forma de semilla emplumada con la que Sagan nos condujo hacia lugares que nunca visitaremos, pero que ya forman parte de nosotros mismos, tan familiares como nuestra propia casa, como el «pálido punto azul» que flota en torno a una estrella cualquiera en un rincón poco destacado de una insignificante galaxia.

Sagan diría, naturalmente, que el número 2014 carece de importancia en términos cósmicos, como carece de importancia cualquier otra cosa que los humanos podamos pensar, decir o hacer y que al vasto universo le resultará indiferente. Pero en el fugaz extracto temporal de nuestras vidas llamamos 2014 al año en que se estrena la nueva versión de Cosmos, presentada por el que muchos consideran el sucesor de Sagan, el astrofísico Neil deGrasse Tyson. Y también en este 2014 Sagan está de aniversario: hubiese cumplido los ochenta años, caso de no habernos dejado huérfanos hace casi dos décadas. Pero, ¿quién era Carl Sagan? ¿Cómo pensaba? ¿En qué consistía su mensaje? Sirva este repaso a algunas de las facetas de su vida y de su pensamiento no solamente como homenaje, sino también como recordatorio de todo aquello que lo convirtió en una figura única e irremplazable.

Sagan y el cosmos

Queríamos llegar a todo el mundo, porque pensábamos que tener disponible este conocimiento era un derecho innato de la persona. (Ann Druyan, viuda y colaboradora de Carl Sagan)

Ya cuando el pequeño Carl tenía cinco o seis años, sus padres eran conscientes de su brillantez intelectual, de su ansia por obtener respuestas ante cuestiones como «¿qué son las estrellas y de dónde están colgadas?». Hijo único de una familia de condición muy humilde —su padre era un inmigrante ucraniano que trabajó como acomodador en un teatro y su madre una neoyorquina que había crecido prácticamente en la miseria—, el pequeño Carl tenía pocos medios para saciar aquellas ansias. Pero sus padres eran inteligentes y demostraron una gran sensibilidad hacia las necesidades intelectuales de su retoño, así que decidieron que lo mejor que podían hacer era apuntarlo a una biblioteca pública. Aquello abrió los ojos de Carl Sagan y cambiaría su vida para siempre:

Le pedí al bibliotecario algún libro sobre las estrellas. Y la respuesta a mis preguntas era impresionante. Resultó que el sol era una estrella que estaba muy cerca de nosotros. Que las estrellas eran soles, aunque estaban tan lejos que las veíamos como meros puntitos de luz. De repente, la verdadera escala del universo se reveló ante mí. Fue una especie de experiencia religiosa. Había una magnificencia en ello, una grandeza, una sensación de magnitud que nunca después me ha abandonado. Nunca me ha abandonado.

El mensaje divulgador de Sagan giró siempre en torno a una idea central: el ser humano, especie animal que vive sobre la superficie de un planeta cualquiera, es insignificante cuando lo contemplamos bajo términos cósmicos. La humanidad es apenas un soplo fugaz del que seguramente no quedará ni rastro cuando se extinga; y a nadie ahí fuera le importará, si es que hay alguien. El cosmos es un lugar inmenso, inabarcable, que nos humilla y empequeñece. Y sin embargo, cuando era Sagan quien nos describía ese panorama aparentemente descorazonador, brillaba una intensa luz poética que cautivó a quienes le escuchábamos. El ser humano, nos decía, no es importante para el universo. Pero sí es inmensamente afortunado porque puede contemplar la inmensa grandeza de ese universo y maravillarse a causa de ella. Cuando miras las estrellas, lo importante no eres tú: son las estrellas. Y siéntete feliz por poder mirarlas.

Sagan y la comunidad científica

El polo opuesto de la ciencia popularizada es, al final, una ciencia impopular. (Gregory Benford, revista Skeptic)

Sagan contribuyó significativamente a la ciencia astronómica, particularmente con sus análisis de las atmósferas y superficies planetarias en una época en la que apenas se disponía de información fiable. Su bagaje abarcaba tanto astronomía como biología —trabajó con biólogos tan notables como Stanley Miller, George Muller o Joshua Lederberg— y así ayudó a dar forma tanto a las ciencias planetarias como a la exobiología. Colaboró directamente en varias misiones espaciales de la NASA y fue, como sabemos, quien diseñó los mensajes destinados a posibles civilizaciones extraterrestres que fueron incluidos en las sondas espaciales Pioneer y Voyager.

Sin embargo, estas aportaciones resultaron empequeñecidas por su papel como divulgador. Hoy sabemos que en la comunidad científica existieron muchos recelos hacia Sagan y su siempre creciente fama. Entre los astrónomos gozaba de gran predicamento, pero entre otros científicos —algunos físicos, por ejemplo— podía llegar a estar bastante mal visto porque consideraban que sus intentos de popularizar la ciencia amenazaban con «trivializarla». Otros lo veían como un ególatra que buscaba la fama y otros más, probablemente, tenían envidia de su capacidad para llegar a diversos estratos de la sociedad. El caso es que, académicamente hablando, Sagan pagó un precio por esa celebridad. En 1967, cuando era profesor interino en Harvard, le denegaron una plaza fija pese a sus extraordinarias dotes como docente, dotes bien documentadas por su alumnado. ¿El motivo oficial? Que sus investigaciones departamentales eran «poco relevantes» y «derivativas». Pero en realidad tuvo mucho que ver el que hubiese empezado a aparecer en televisión el año anterior, algo que no agradaba en la elitista universidad. Tras aquello, Sagan se marchó a la Universidad de Cornell para poder obtener una cátedra fija. Así que sí, como suena: en Harvard prácticamente echaron a patadas al divulgador científico más importante del siglo XX… y todo porque aparecía demasiado menudo en la pequeña pantalla.

Otro ejemplo: en 1992, siendo ya una celebridad internacional, Sagan fue nominado para el ingreso en la Academia Nacional de Ciencias. Su nombre fue propuesto por iniciativa de los astrónomos, pero más allá del mundillo científico se esperaba la aceptación de su candidatura como un hecho lógico e inevitable, dado lo mucho que Sagan había hecho por la difusión del saber científico. Sin embargo, su candidatura originó en la Academia uno de aquellos caldeados debates que habían colmado la paciencia de Richard Feynman, el famoso premio Nobel que había llegado a dimitir de la Academia cansado del elitismo y luchas de egos de sus miembros. La candidatura de Sagan fue rechazada cuando la mitad de los miembros votaron negativamente, algo que no sucedía a menudo. El pretexto más aireado fue que más allá de la divulgación sus logros científicos no resultaban lo suficientemente relevantes. Ni siquiera importaron detalles como que Stephen Hawking lo hubiese elegido como prologuista para su Breve historia del tiempo. Fuera de la Academia nadie entendió el correctivo que algunos científicos que se consideraban más «serios» habían querido infligir a la estrella mediática. Aunque Sagan no se pronunció en público sobre su ingreso fallido en la Academia, sabemos por su viuda que «le dolió bastante, porque fue un desprecio que él ni siquiera había buscado». Cuatro años después fallecería sin haber obtenido el honor.

Tras su muerte, la Academia corrigió el error haciéndolo miembro honorífico. Ni que decir tiene que la percepción de la comunidad científica hacia Sagan ha cambiado radicalmente desde entonces. Hoy en día no existe un científico que se permita el lujo de menospreciar públicamente su figura. Muchos científicos de la nueva generación comenzaron a estudiar bajo la influencia de Sagan. Algunos, como Neil deGrasse Tyson, recibieron incluso el respaldo personal del propio Sagan durante sus años como estudiante: Sagan, impresionado por su expediente académico, envió una carta de ánimo a un incrédulo Tyson adolescente e incluso le invitó a visitar su laboratorio. Aún hoy, Neil deGrasse afirma que se siente obligado a animar a los jóvenes estudiantes siguiendo el ejemplo del propio Sagan. Sea como fuere, hoy se reconoce abiertamente la tremenda importancia de su tarea como popularizador de la ciencia. Y aunque no hubiera sido así, él lo explicaba de manera tremendamente sencilla: la mayor parte de la financiación de los científicos proviene del pueblo, así que el pueblo tiene derecho a que le expliquen qué hacen los científicos con su dinero, y los científicos tienen la obligación de explicarlo en los términos más asequibles posibles.

Los fundadores de la Sociedad Planetaria. Carl Sagan, sentado a la derecha. Foto: NASA (DP)

Sagan y la fama

Carl Sagan poseía dos cualidades que no pueden transmitirse ni en la más excelsa de las instituciones educativas: un tremendo carisma personal y una gran capacidad para comunicar; características ambas que no abundan entre los científicos y que obviamente constituyeron los cimientos básicos de su estrellato. Antes de estrenarse Cosmos, Carl Sagan ya era famoso en los Estados Unidos gracias a sus frecuentes apariciones televisivas, incluyendo el programa más famoso de América, el show de Johnny Carson. El público quedó rápidamente prendado por su manera calmada pero pasional de hablar sobre el universo. Se convirtieron en coletillas populares algunas de sus expresiones, las hubiese dicho en voz alta o no: a Sagan, por ejemplo, le sorprendía que le atribuyeran constantemente la frase «billions and billions» y en una conversación privada con Carson aseguraba no haberla pronunciado jamás. Pero el presentador se limitó a responder: «pues si nunca la has pronunciado, deberías». Así, entre otras cosas, fue como Sagan aprendió que la fama depende de ciertos estereotipos y tics que pueden ser irreales, pero que capturan la imaginación del público. Entendió que en su labor divulgadora el estilo era tan importante como el contenido, y esto lo distinguió de muchos otros divulgadores científicos. Había que llegar al público, diciendo verdades, sí, pero haciéndolas no solamente fáciles de asimilar sino formalmente atractivas. En el acto de comunicación existen dos partes: el emisor y el receptor. Sagan, saltándose muchas actitudes elitistas extendidas entre los científicos de entonces, trató a sus televidentes y lectores como iguales intelectuales. Los consideró dignos receptores del saber científico y la gente común respondió convirtiéndolo en el rostro más reconocible de la ciencia a nivel mundial. Terminó asumiendo que el público tenía una imagen formada de él y que esa imagen era una importante herramienta de divulgación. Incluso llegó a titular su último libro Billions and billions, un guiño chistoso a aquella frase que nunca había salido de sus labios pero que la gente le había adjudicado como suya.

Sagan y la religión

Sagan no creía en Dios, pero cuando hablaba de sí mismo, rechazaba el término «ateo» porque para él implicaba el conocimiento cierto de que Dios no existe, un conocimiento que sencillamente no estaba a su alcance. Así pues, prefería definirse como «agnóstico». Sin embargo, su discurso no era exactamente el de un agnóstico. Según sus allegados, Carl Sagan era «ateo en todo excepto en el nombre», lo cual es una buena definición de su actitud. Su amigo David Grinspoon, por ejemplo, diría que en la práctica Sagan era prácticamente indistinguible de un ateo que use ese término para definirse.

Su actitud podía parecer contradictoria, pero lo era más que nada a niveles semánticos. Sagan no creía en Dios y con frecuencia calificó el concepto de un Dios personalizado, como el que se venera en casi todas las religiones, de pura fantasía. En su discurso el término «religión» aparecía generalmente acompañado de otros como «superstición», «mitología» y «folclore»; no como sinónimo hay que decir, pero sí en una yuxtaposición que difícilmente podía tener algo de casual. Es más: en sus últimos años, cuando era consciente de que la enfermedad podía llevárselo a la tumba, se preocupó muy mucho de dejar claro que no había comenzado a creer en Dios o en una vida ultramundana ni aun con la perspectiva de una muerte cercana. Incluso sabemos, gracias a su correspondencia publicada póstumamente, de su disgusto cuando alguno de sus colegas científicos consideraba la idea de abrazar la fe en algún dios. Si algo así sucedía, Sagan le enviaba una carta repleta de razones por las que consideraba intelectualmente indefendible la creencia en un dios personal.

El autoproclamado agnosticismo de Sagan era pues más un posicionamiento público que una creencia íntima. Y la gente lo sabía, porque en su mensaje planeaba constantemente una concepción atea del mundo. Conforme crecía su fama lo hacían también las interpelaciones de personas creyentes que discutían sus ideas, incluso ocasionalmente las amenazas de algunos fanáticos religiosos. A menudo lo invitaban a encuentros organizados por asociaciones religiosas para que su opinión sirviera de contraste, pero Sagan era extraordinariamente escrupuloso a la hora de aceptar. En una ocasión declinó participar en un congreso titulado «¿Cómo encontrar a Dios?» porque, como decía en su carta de rechazo, el título del congreso daba a entender que la existencia de Dios era un hecho probado independientemente de las conclusiones a las que se pudiera llegar durante el susodicho congreso. Sagan fue uno de los más notorios representantes del pensamiento escéptico, entendiendo como tal la no aceptación de la certeza de un hecho sin las necesarias evidencias que la sostengan, y acostumbraba a repetir el principio de que «afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias». Aun así, como en muchos otros asuntos, Sagan primaba la ponderación. Pese a manifestar una y otra vez su desaprobación intelectual hacia cualquier tipo de pensamiento mágico, incluyendo el de las grandes religiones, recordaba que mientras hubiese una pequeña posibilidad de que existiese un dios, él no se sentía capacitado para descartarla. Pero, al mismo tiempo, disimulaba mal su concepción de la religión como mera superchería y de manera parecida a Arthur C. Clarke confiaba —o deseaba confiar— en que el avance del conocimiento científico pusiera a las religiones en recesión de una manera progresiva y natural.

Sagan y las pseudociencias

Al igual que con la religión, Sagan se caracterizó por un abierto escepticismo hacia campos como el de la astrología y otras creencias «paranormales» que no podían sustentarse mediante una observación contrastable, como la que tiene lugar en el método científico. De hecho pensaba que estas creencias eran irracionales y estaban inevitablemente ligadas a factores puramente emocionales: en una ocasión, durante un debate televisivo con Stephen Hawking y Arthur C. Clarke, el presentador preguntó a Sagan si los nuevos descubrimientos científicos harían que los astrólogos terminasen perdiendo su negocio. Sagan, con tanta rapidez como sarcasmo, respondió: «¡Nada podría conseguir que los astrólogos se queden sin su negocio!».

Sin embargo, ese escepticismo estaba una vez más matizado por el deseo de ponderación. Ante el disgusto, incomprensión o sorpresa de otros científicos, Sagan veía razonable que los defensores de estas ideas tuviesen voz en determinados simposios, encuentros o conferencias. Su filosofía parecía ser la de que, mientras existiese una posibilidad aun remota de que hubiese oculto algún conocimiento válido entre tanta superchería, merecía la pena el intento de intentar sacarlo a la luz. Por ejemplo, sorprendió mucho su apoyo a algunos congresos ufológicos. Sabiendo que Sagan nunca creyó que seres inteligentes de otros mundos nos hubiesen visitado y que el fenómeno OVNI estaba compuesto de innumerables malas interpretaciones de estímulos visuales explicables o de fenómenos de sugestión, no tenía reparos en afirmar que quizá, y solo quizá, un pequeñísimo porcentaje de avistamientos podría haberse debido a la presencia de naves extraterrestres. Como en el caso de la existencia de Dios, Sagan no creía en ello pero parecía no querer negar algo en un cien por cien mientras no tuviese pruebas suficientes y tampoco quería negar su voz a quienes lo creyesen.

Sagan y la marihuana

Carl Sagan fue un ávido consumidor de marihuana durante muchos años, aunque esto no se supo hasta después de su muerte, cuando sus allegados lo hicieron público. A mucha gente le sorprendió saber que un científico de aspecto tan formal había fumado «hierba» habitualmente. A Sagan siempre le preocupó mucho que la difusión de este hecho pudiera dañar a su carrera. Pensemos que su popularidad se cimentó en unas décadas donde el consumo de marihuana era considerado por mucha gente casi como un signo de personalidad antisocial. Él, sin embargo, comprobó en primera persona que los mensajes emitidos sobre el gobierno sobre los peligros de la marihuana eran una exageración. Eso sí, nunca quiso convertirse en un apologista. Al menos no con su nombre. Sí escribió algún texto con seudónimo en el que defendía el consumo de marihuana de los ataques que recibía por parte del establishment, pero aparte de eso a lo más que llegó fue a abogar por su uso medicinal en condiciones controladas, porque sus efectos terapéuticos sobre ciertas dolencias estaban siendo bien documentados. Por lo demás no quería ser asociado con aquella droga que podría arruinar su imagen pública. De hecho, se enfadó mucho cuando uno de sus amigos escribió un artículo defendiendo la marihuana, donde se decía que muchos profesionales respetados la consumían y se citaba entre esas profesiones la de astrónomo: Sagan pensó que la gente podría deducir que estaba hablando de él porque el autor del artículo era un amigo muy cercano.

Pese a sus preocupaciones, el público nunca supo de su afición al cannabis. Sin embargo, tiene cierto sentido cuando lo contemplamos desde hoy. Sagan publicó muchos libros y artículos, pero en realidad escribía poco; acostumbraba a dictar ideas sueltas y textos a una grabadora que llevaba siempre consigo; después una secretaria lo transcribía a papel. Esta costumbre no solamente le ayudó a perfilar el característico tono conversacional de su discurso, sino que hizo que muchas de sus reflexiones surgieran cuando estaba bajo los efectos de la marihuana. Sagan, en privado, defendía que cuando estaba colocado le surgían ideas que podían ser certeras, pero que resultaban inaceptables para el ego cuando las escuchaba al día siguiente estando sereno. Y entonces abogaba no por descartar las ideas que tenía cuando estaba colocado, sino por examinarlas a despecho de la resistencia que sus esquemas preconcebidos pudieran ofrecer. Así, consideraba la marihuana una herramienta legítima de exploración intelectual.

Sagan y la política

No resulta fácil trazar un perfil convencional de sus opiniones políticas, aunque sí se le podría definir como liberal en el sentido estadounidense del término. En España podríamos llamarlo progresista, por buscar un término más o menos equivalente. Sí fue un activista político comprometido, pero lo fue en algunos asuntos concretos, muy particularmente el pacifismo y las preocupaciones en torno a la ecología.

Sagan fue, como bien sabemos, un estrecho colaborador de la NASA. Al principio de su carrera lo fue también de las fuerzas aéreas estadounidenses, cuando los vasos comunicantes entre ambas instituciones eran bastante fluidos. Sagan llegó a tener un perfil alto como asesor militar, hasta el punto de que estaba autorizado a consultar documentos calificados como alto secreto. Sin embargo renunció a colaborar con las Fuerzas Armadas en el mismo momento en que su país se involucró en la guerra del Vietnam, a la que se oponía abiertamente. Desde entonces se caracterizó por un mensaje abiertamente pacifista. También se opuso a la proliferación nuclear y fue muy activo en contra del programa de Iniciativa de Defensa Estratégica de Ronald Reagan (la «Guerra de las Galaxias», para entendernos), llegando a ser detenido en algunos actos de protesta. Consideraba que aquel programa rompía el equilibrio atómico con la URSS y por tanto dificultaba un acuerdo de desarme nuclear total, paso que consideraba necesario.

También se oponía a los totalitarismos y recordaba siempre que buena parte de sus familiares europeos —tanto por parte materna como paterna—, judíos casi todos ellos, habían sido asesinados en los campos de exterminio nazis. Aunque él era pequeño durante la guerra y su madre trató de protegerlo de esas nefastas noticias, Sagan supo que la pobre mujer sufrió intensamente durante aquellos años, así que conocía de primera mano los nefastos efectos de una ideología extremista. En consecuencia, condenaba los estados totalitarios y dictatoriales. También se oponía a que los gobiernos entrasen a regular determinadas opciones éticas de los ciudadanos, y por ejemplo, con su ponderación habitual, lanzó argumentos en favor del aborto en determinados plazos de la gestación, un asunto por entonces muy sensible en los Estados Unidos, incluso más de lo que pueda serlo hoy.

Sagan junto a una maqueta de las sondas Viking, destinadas a posarse sobre Marte. Foto: NASA (DP)

Sagan y el calentamiento global

Una de las aportaciones científicas más relevantes del inicio de su carrera fue la deducción de cuáles eran las características superficiales del planeta Venus. Hasta entonces se había especulado con la idea de que podía ser un planeta húmedo, siempre cubierto de una capa de nubes de vapor de agua que lo protegían de la radiación solar y bajo la que quizá se cultivaba un clima benigno y favorable para la vida. Una especie de blanco Edén. Pero Sagan descartó esta idea y dedujo que Venus estaba sufriendo un caso extremo de efecto invernadero, que su capa perenne de nubes impedía que el calor saliese del planeta y que por lo tanto su superficie se habría convertido en un infierno capaz de derretir plomo a temperatura ambiente. Sagan tenía razón, como demostrarían más adelante las sondas enviadas a nuestro planeta gemelo, y esa como decimos fue una de sus grandes aportaciones a la ciencia planetaria.

Pues bien, Sagan citaba el ejemplo de Venus para ilustrar que el efecto invernadero es un proceso que no se autorregula, que perfectamente puede salirse de madre porque, pasado cierto punto crítico, se retroalimenta y se acelera hasta convertir un planeta en un horno. A menudo expresó su preocupación por el fenómeno del calentamiento global en la Tierra, considerando que los gobiernos y las sociedades no se lo tomaban lo bastante en serio. Nos recordaba que el efecto invernadero no se corrige por sí mismo, o de lo contrario Venus sería el vergel húmedo que se había imaginado en otras épocas y no el infierno que sabemos que es. Sagan veía las cosas a escala planetaria e intentaba que los poderes públicos las viesen así también. Los procesos de la atmósfera de un planeta nada entienden de intereses económicos o políticos, y funcionan por sí mismos, más si la actividad humana pudiese contribuir a empeorar sus efectos. La sola posibilidad de que así fuese le parecía motivo más que suficiente para prestar mucha atención al asunto.

Sagan y las mujeres

Siempre se consideró un feminista. Aunque públicamente apenas hablaba de su vida personal, sabemos por su correspondencia que le marcó profundamente el destino que habían tenido sus padres. Su madre era una huérfana a la que por su condición de mujer pobre se le había denegado la posibilidad de sacar partido a su potencial intelectual. Su madre fue muy creyente —cumplía escrupulosamente los preceptos de su religión—, y Sagan siempre creyó que las circunstancias le habían impedido poseer una manera de pensar verdaderamente crítica y una vida acorde a sus capacidades, todo por haber sido mujer en el lugar y momento equivocados.

Carl Sagan se casó tres veces y tuvo cinco hijos. Sabemos gracias a su primera mujer que su matrimonio fracasó porque dedicaba demasiado tiempo a su carrera y poco a su familia; probablemente sucedió lo mismo con el segundo matrimonio. Su tercera esposa, Ann Druyan, fue no solamente su relación más estable sino una estrecha colaboradora en el ámbito profesional (de hecho le ayudó a escribir la serie Cosmos). En todo caso, buscó activamente en sus parejas una contrapartida intelectual, una igual, y en privado lamentaba que su madre no hubiese gozado de las mismas oportunidades.

Sagan y los alienígenas

Sagan creía en la existencia de vida extraterrestre —incluso en la existencia de civilizaciones alienígenas— mucho antes de que fuesen descubiertos los primeros planetas más allá del sistema solar. Para él era cuestión de pura lógica: si la raza humana era producto de procesos naturales, y siendo el universo tan grande, por la pura fuerza de los números debían existir otras razas avanzadas en planetas con unas igualmente condiciones favorables para la vida compleja. Ayudó a impulsar el programa SETI y esperaba que tarde o temprano pudieran localizarse indicios de alguna civilización alienígena, consistentes en algún tipo de señal anómala no explicable mediante procesos naturales. Llegó a decir que le fastidiaba la idea de morir sin haber vivido ese momento en que escuchásemos una voz procedente del espacio.

Esa creencia está bastante extendida entre otros científicos y resulta bastante razonable, pero hoy por hoy no se ha detectado la más mínima señal. Como exclamó un día Enrico Fermi: «¿Dónde están?». Si el universo produce civilizaciones con relativa frecuencia, ¿por qué no las detectamos? Todavía no existe una explicación unánime, pero Sagan defendió hasta el final la creencia de que no tiene sentido pensar que somos la única especie tecnológica en el universo, ni siquiera en nuestra propia galaxia. Solamente el paso del tiempo, con suerte, podrá decirnos si Sagan tenía razón. O quizá nunca lleguemos a saberlo. Pero él jamás dejó de acariciar la idea.

Sagan y nosotros

Carl Sagan nos hizo mirar hacia las estrellas y darnos cuenta de la magnitud del universo, en el que ocupamos un rincón infinitesimal. Nos trató, a los ciudadanos de a pie, como a seres inteligentes y a quienes la ciencia concierne tanto como a los propios científicos, porque el universo no es patrimonio de los científicos, sino de cualquiera que pueda alzar sus ojos y contemplar sus prodigios. Gracias a Carl Sagan, la NASA incluyó en sus sondas una cámara fotográfica que pudiera captar el planeta Tierra desde una gran distancia, y todo porque Sagan quería que pudiéramos entender que estamos todos en el mismo barco, la Tierra, y que ese barco es apenas una frágil chalupa en mitad de un océano inmenso. Que las fronteras, ideologías y religiones son simplemente invenciones de unas criaturas que habitan una esfera hospitalaria, iluminada a la distancia justa por una estrella blanca, y que deberíamos preocuparnos ante todo de que nuestra esfera continúe siendo hospitalaria porque la inmensa mayoría del universo no lo es. Sin nuestra pequeña barca, suspendida en mitad de ese inhóspito vacío, no podríamos contemplar el cosmos y experimentar ese sentido de lo maravilloso, que es una de las mejores cosas que tendremos durante nuestra breve existencia.

Al final, lo verdaderamente importante es que Carl Sagan, más allá de su coyuntura y de sus cualidades o defectos personales, mimó y cuidó su mensaje hasta el más mínimo detalle, como un compositor de sinfonías. Lo resumió en una serie de televisión, el más improbable de los medios, y consiguió crear poesía mientras transmitía conocimiento. Y ese mensaje de divulgación es puro, mucho más poderoso de lo que cualquiera excepto él podría llegar a expresar. Nosotros somos insignificantes; el universo no lo es. Y no podría ser más hermoso si fuese de otra manera.

Mira de nuevo a ese pequeño punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Ahí estamos nosotros. Todos a quienes amas, todos a quienes conoces, todos de quienes has oído hablar alguna vez; todo ser humano que alguna vez existió; cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada niño repleto de esperanzas, cada inventor, cada explorador, cada reverenciado maestro moral, cada político corrupto, cada superestrella, cada líder supremo, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie ha vivido ahí… en una mota de polvo suspendida en mitad de un rayo de sol.

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Ránking Selectividad 2014

Bueno, un año más se acabó la selectividad y podemos actualizar el ránking de la asignatura de matemáticas. Este año se incorpora una nueva categoría: los alumnos de ciencias que han hecho matemáticas de ciencias sociales.

MATEMÁTICAS II (CIENCIAS)
Yeray 8,3
Marina 8
Clara 7,7
Laura 7,4
Aarón 7
Iván 6,7
Belén 6,2
María 5,5
Jesús 5,23
Juan Antonio
Esther
Josue
Idaira (si la incluimos como “mi alumna”)
Rubén
Pedro

MATEMÁTICAS APLICADAS A LAS CIENCIAS SOCIALES II
Irene 8,5
Silvia – Paola 7,5
Lidia 7,3
Laura I. 7
Alexis – Loida 6,84
Carla – Manuel 6
Saray 5,84
Laura R. 5,83
Paula 5,5
Angela
Pablo
Jose F.
Alba-Andrea R.

MATEMÁTICAS APLICADAS A LAS CIENCIAS SOCIALES II (Por alumnos de ciencias)
Juan Antonio 9
Ruben 6
Pedro 5,34
Jesús 5,33