IV. Departamento de diagnóstico (de Luisa J.D. – Extraído de deseducativos.com)

Para que leáis un poco…

2. Dialogado (entre besugos)

Misterio: ¿cómo es que ahora abundan tanto los padres que no se acuerdan de cuando solo eran hijos? Nunca han tenido catorce años, nunca fueron contando a casa que el profesor es malo y les tiene manía, que hoy no tienen deberes, ni mañana, ni al otro, que las asignaturas son dificilísimas, que en realidad han sacado un dos por pura injusticia, por casualidad, por mala suerte. Con lo bien que se lo sabían todo, pero justo ese día… ¡Ay , ay! Qué tonto y qué injusto es el profesor, que les pone la nota “por ese día sólo”.

-Pero ustedes habrán visto su cuaderno…

-Es que él me ha dicho que de momento no tiene deberes.

“De momento” es finales de diciembre.

-¿Cómo no va a tener deberes a su edad? ¿Pues cuándo, entonces? Habrán visto en la hoja que lleva a casa al empezar el curso que el trabajo diario en el cuaderno supone la tercera parte de la nota, y que él casi no tiene nada hecho.

-Es que esa hoja a él no se la han dado.

-La tiene pegada en la primera página. La tienen todos, porque la hemos pegado en clase (monólogo interior: si se la hubiese mandado pegar en casa, no estaría; por eso, de la clase de castellano, invertimos un cuarto de hora pegando cositas, porque la mayoría aún no han acabado, porque aún les tienen que pasar el pegamento: lo traen cuatro y los demás lo pegan con su derecho inapelable a usar el pegamento ajeno).

-(…)

-¿Y no les extraña que en el cuaderno no haya prácticamente nada escrito, ni en casa ni en la clase? Así es imposible que aprenda ni que apruebe… llevamos una evaluación entera y debería haber hecho unas treinta páginas de cuaderno, más los ejercicios del libro.

-Lo del libro sí que lo tiene.

-Sí… pero lo hizo su primo Jorge el año pasado, que estaba en clase conmigo.

-No le voy a comprar otro libro, si a mi sobrino ya no le hace falta. Mi hijo me ha dicho que no importa que los ejercicios estén hechos.

Parece estar esperando a que yo le levante la voz, ¿creerá que me apetece, o que lo tengo por costumbre?; para animarme, la va subiendo ella.

-Y… no sé, es que hacer tanto caso de lo que diga él…, a lo mejor…, ¿no les habrá dicho también que a los quince años se puede empezar a escribir con minúscula, y las palabras mal separadas, y que en lugar de escribir se puede uno dedicar a no dejar en paz a todo cuanto alcanza a la redonda sin que valga reprenderle, más que para perder el tiempo discutiendo con él, porque no calla?

– Es que él es muy inquieto, no puede remediarlo. Pero él en el colegio escribía estupendamente.

-¿ ?

¡Cuántas veces el profesor pensó grabar estas conversaciones, en la idea de que alguien más debería oírlas! Sin esperar respuesta, se pregunta a sí mismo qué traen instalado de casa estas paternas pensantes cabecitas…¿Creerán que lo que yo quiero es no dar mi brazo a torcer… que estoy interesada en discutir y acalorarme? ¿Vienen aquí a que nos plantemos mutuamente cuatro frescas? ¿A ver quién tiene la razón, o sea a ver quién le echa más descaro? ¿Piensan que estamos en un show televisivo? ¿Creerán que aquí damos clase a su hijo belenes estébanez y campanarios? Para mí que aquí alguno anda perdido, pero que yo no soy…

¿Cómo es que ahora hay tal número de papás dispuestos a creerse lo que nadie se cree más que ellos, y a venir a reñirle al profesor para que el chico no se disguste y no sea víctima de atroces injusticias? Qué falta hace que llegue a haber violencia física para darse cuenta de que han venido a agredir y a intimidarme. Estamos a puntito de que salga lo de que no sé motivar…

Mientras, se desahogan, meditando.

El profesor tiene la firme convicción de que en esto consiste el así llamado fracaso escolar en la gran mayoría de los casos. En que el chico no haga prácticamente nada por sí mismo, para sí mismo, y en que luego, para justificarlo a él y a quien no se preocupa de que lo haga, haya siempre respuesta para todo… ¿Y, llegados aquí, piensa él, ¿qué puedo hacer yo por ellos cuando ya el chico ha cumplido los catorce, aparte de esperar a que terminen de desahogarse, me den por imposible y se vayan donde el psicólogo a reclamar consuelo y después a casita, a ponerme verde? Como dijo Juan Marsé, hasta luego, corazones…

¿Es la escuela la que lleva mucho tiempo fracasando? ¿A un tal fracaso le conviene este adjetivo? Nuestro muchacho –lo sabe el profesor- es candidato aventajadísimo a abandonar el instituto a los dieciséis, a los diecisiete, incluso a los dieciocho años (¡tiene derecho, oiga!) como analfabeto funcional y como mano de obra no cualificada. Se le contabilizará como fracaso solamente si se marcha sin el título, pero da igual: el profesor ya ha conocido a muchos como él, y sabe que, en efecto, más de uno –este mismo, ¿por qué no?- se irá con título y todo; pero, en un caso o en otro, habrá sido un gran fracaso. Ahora bien, ¿’escolar’?…, ¿seguro?, ¿y qué tal ‘fracaso cívico’, ‘fracaso legislativo’, ‘fracaso político’…?, ¿qué tal todo esto sumado?, se pregunta en su fuero interno con un sentimiento de frustración sordo e impotente. ¿De qué sirve aguantar a diario a la criatura, literalmente inaguantable? Preguntas, sentimientos que no le importan a nadie, porque él no es legislador ni experto.

Bueno, sí: su vecina le comprende. La vecina tiene un hijo profesor en un colegio religioso, y está al tanto de que ahora algunos chicos realmente se pasan de malcriados. El año pasado, uno llegó a montar tamaña bronca que hasta le gritó al hijo profesor unas palabrotas, pero unas palabrotas… Este año ya no está: lo han expulsado, claro… Claro.

El profesor escucha atento el relato, y juega a adivinar dónde estudia este año el muchacho de conducta intolerable, y con cuántos más como él ha coincidido en el aula, y en practicar ciertas pautas de comportamiento que la enseñanza “seria” y bien pagada no tolera. Realmente ahora abundan demasiado los padres malcriadores y los hijos malcriados: así no hay quien enseñe. Esto no puede ser, hay que poner remedio, concluyen los responsables en colegios privados o privadísimos; y proceden sin cortapisas a aplicar el adecuado tratamiento. Y de paso nos ahorran el tener que cavilar: nos dan servido el diagnóstico.

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