Acabaremos luchando por la jornada de ocho horas

https://www.eldiario.es/zonacritica/jornada_de_ocho_horas_6_881971827.html

Leo en este mismo diario que cada vez más trabajadores pasan al menos un domingo al mes en el puesto de trabajo, y que la mitad hace horas extra (y el 50% de ellas no se pagan ni compensan). E imagino a tantos lectores, yo entre ellos, exclamando: “¡Si solo fuese un domingo!”. “¡Si solo fuesen las horas extra!”

En la avenida próxima a mi casa hay una manzana donde se acumulan franquicias de comida rápida. Desde la tarde hasta avanzada la noche, de lunes a domingo, los ciclistas de mochila amarilla hacen guardia, pendientes de que salte un pedido en su móvil y corran a entregarlo, deprisa para estar de vuelta a coger el siguiente. Por toda la ciudad circulan taxis a la espera de una llamada o una mano levantada, coches negros pendientes de una app que les marca el próximo servicio, mensajeros llevando y trayendo paquetes a tal velocidad que aumentan sus accidentes, trabajadores contratados a media jornada y que en la otra media son reclamados por el supermercado o el restaurante para cubrir un pico de actividad. Todos saben que si llegas tarde o dices que no vas, te quedarás fuera en el próximo pedido, llamada, servicio, envío, turno.

No solo ellos. En esas mismas calles, en sus casas, en cualquier lugar de ocio o descanso, miles de trabajadores mantienen la misma disponibilidad cuando ya han terminado sus jornadas, salido de sus empresas, desconectado ordenadores o entregado trabajos. En cualquier momento una llamada, un correo que leerán nada más sonar, o un whatsapp que ya ni siquiera va precedido de una disculpa, les reclamará para resolver un imprevisto, una urgencia, o ni eso, la pura rutina que ya no puede esperar a la mañana siguiente. Asalariados ellos, no digamos ya los autónomos, que nos despertamos mirando el correo y los movimientos bancarios, repartimos esfuerzos por todo el día, y respondemos un último mensaje ya en la cama mientras nos disculpamos con nuestra familia porque este fin de semana tenemos que terminar un trabajo.

“¡Si solo fuese un domingo!”. “¡Si solo fuesen las horas extra!” Seguimos midiendo el tiempo de trabajo con relojes de hace un siglo, con máquinas de fichar en la salida, con jefes que no tenían cómo localizarte y trabajadores que todavía podían proteger su tiempo de descanso. ¿Dónde empieza y acaba hoy el trabajo cuando todo es trabajo, cuando la exigencia hiperproductiva se ha licuado y lo empapa todo? Y no solo nuestro tiempo. Ojalá fuese solo nuestro tiempo: ¿cómo medimos esa dedicación que nos ocupa la cabeza mientras estamos con nuestros hijos, que nos distrae de las conversaciones, que nos amarga el ocio y nos desvela el descanso? ¿Cómo hacemos para terminar de trabajar, para decir “se acabó por hoy”, pero de verdad?

¿Te imaginas salir a la calle con una pancarta que diga “Ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso, ocho horas de tiempo libre”? Qué disparate, te tomarán por loco. Una proclama revolucionaria, te verán peligroso. ¿Alguien se imagina hoy ocho horas de tiempo libre sin ser asaltado por lo laboral, sin que te reclamen, sin que tengas que terminar una tarea que en realidad nunca podrá ser terminada? ¿Ocho horas de descanso sin dar vueltas en la cama por lo que no acabaste, por lo que te espera mañana?

Cualquier día nos liamos la manta a la cabeza y nos ponemos a pelear por la jornada de ocho horas. Aunque solo sea por vergüenza histórica y por reconocimiento a quienes hace más de un siglo llevaban esas pancartas exigiendo la jornada de ocho horas, y ya la pelearon y la ganaron hace justo ahora cien años en España.

¿Por qué triunfan los mediocres?

https://www.yorokobu.es/triunfo-mediocre/

La mediocridad es un arte. Al menos, eso piensan los mediocres. Un arte cuyo único objetivo es la supervivencia. Ya sea esta laboral, emocional o social.

«En el país de los ciegos, el tuerto es el rey». Una frase que hemos escuchado toda la vida y que representa el máximo exponente de la mediocridad. Porque en esta filosofía, el éxito reside en la habilidad de deshacerte de las personas que puedan delatar tus carencias, rodeándote, en cambio, de esas otras que las encubren.

Una de las características que identifica al mediocre es su facilidad para alegrarse ante la desgracia ajena. Esa es la razón por la que ese tipo de personas pasan más tiempo mirando hacia afuera que hacia adentro. Y también, del enorme éxito de muchas noticias sensacionalistas en las que se celebran los fracasos de demás porque sirven para acallar los propios.

Hay otras dos características más que también identifican al mediocre. La primera es su capacidad de camuflaje. Cuando existía el servicio militar obligatorio en España, el primer consejo que te daban al incorporarte a filas era que no fueras «ni el más listo ni el más tonto». Es decir, que estuvieras en «la mitad de la montaña», que es el sentido original que le da el latín a esta palabra.

La segunda característica es su habilidad para no implicarse. Es lo que Karel Kosik, en su libro El hombre nuevo, llamaba «el alma bella». El alma bella es aquella persona que, al no tomar decisión alguna, está exenta de cometer errores. Lo cual le permite, al mismo tiempo, poder criticar a cualquier otra que los cometa.

Por eso la mediocridad ha terminado convirtiéndose en una forma de éxito. Somerset Maugham decía que «solo una persona mediocre está siempre en su mejor momento». Jamás triunfa, pero jamás fracasa. Y eso le permite, especialmente en épocas de crisis donde los errores tienen mayores consecuencias, ser valorada como alguien menos brillante, pero más controlable.

En el mundo empresarial y político es donde los mediocres mejor se desenvuelven. Porque en ellos, su labor no consiste tanto en prosperar como en evitar que otros prosperen. Una estrategia que le puede permitir incluso llegar a algún puesto de responsabilidad. Y una vez en el mismo, todo le resultará más fácil. Ya solo tiene crear un equipo formado por personas jamás le hagan sombra.

Los norteamericanos tienen una forma jocosa de describir este escenario: «¿Sabes cuál es el secreto del éxito? Busca una persona ambiciosa, inteligente, trabajadora, capaz de sustituirte… y despídela».

Esta obsesión puede alcanzar tal nivel de vileza que, en algunos casos, cuando dejan su puesto y eligen a un sucesor, aterrados ante la idea de que su mediocridad pueda quedar desenmascarada ante los aciertos del mismo, suelen nombrar a alguien más mediocre todavía. Ejemplos tenemos muchos y seguro que ahora mismo se te ocurren unos cuantos.

El problema es que tanto los partidos políticos como las empresas pueden soportar un número determinado de mediocres. Sobrepasado el mismo, esas instituciones inevitablemente se colapsan. Pero para entonces, el mediocre que dio origen a todo ello ya no se siente responsable. Más aun, para su satisfacción personal, lo normal es que llegue a creerse que eso ha sucedido precisamente porque él ya no está en el cargo.

Ese es el último pecado del mediocre. El intentar persistir en la memoria de los demás a partir de la hecatombe que se produce tras su ausencia. Y todo porque en su miserable vida jamás tuvo en cuenta lo que su día nos anunciara Borges: «Todos caminamos hacia el anonimato, solo que los mediocres llegan un poco antes».

 

Ni entierro ni incineración: el ‘compost humano’ como ceremonia funeraria

https://www.eldiario.es/theguardian/Washington-quiere-legalizar-compost-cadaveres_0_878062537.html

Cuando la paisajista y artista Briar Bates supo que se moría, hizo una petición a su amiga Katrina Morgan: que la enterraran en su jardín de la isla de Vashon, en el Estado de Washington. Llevaba años cuidándolo y no quería separarse de él, recuerda Morgan.

Su amiga sabía que un entierro de esas características no era posible. La ley estatal exige que la propiedad haya sido designada antes como cementerio. Así que se puso en contacto con Katrina Spade, la diseñadora y empresaria local que está desarrollando una nueva alternativa para después de la muerte: el compost humano.

Bates murió en 2017 después de que le diagnosticaran melanoma metastásico, una forma especialmente peligrosa de cáncer de piel. En el contrato que firmó con la Universidad del Estado de Washington, aceptó formar parte de un innovador estudio de cuatro meses para probar la eficacia del compost creado a partir de restos humanos. “[Bates] ponía la naturaleza y la ecología por encima de todo”, indica Morgan. “Era su religión, su centro espiritual, su hogar físico y el lugar donde más cómoda se sentía”.

Gracias a personas como Bates y a un grupo de investigadores, diseñadores y legisladores, el estado de Washington está a punto de convertirse en el primero donde el compost humano, también llamado recomposición, sea legal en Estados Unidos. Un proyecto de ley del demócrata Jamie Pederson pasó por el Senado estatal y el mes pasado fue aprobado por unanimidad (con retoques menores) en un Comité de Protección al Consumidor de la Cámara.

Si el gobernador demócrata de Washington, Jay Inslee, firma finalmente la lay, se podrá hacer compost a partir de cadáveres humanos en instalaciones autorizadas, descomponiéndolos hasta convertirlos en tierra rica en nutrientes.

Según Peterson, el compost humano es perfecto para Washington, un estado donde predomina la preocupación por el medioambiente y de menor religiosidad que otros lugares del país. Según una encuesta reciente de Gallup, casi uno de cada dos adultos de Washington se considera no religioso.

Katrina Spade es la persona que más ha presionado para que los legisladores estatales consideren legalizar la práctica. Gerente y fundadora de la empresa de compost humano ‘Recompose’, a Spade se le ocurrió la idea mientras estudiaba en la universidad, cuando una amiga le habló sobre la vieja costumbre de los agricultores de usar los cadáveres del ganado para hacer compost. De golpe, Spade entendió que esa opción, más respetuosa con el medio ambiente, también podría servir para los restos humanos.

“Fue una epifanía realmente maravillosa darme cuenta de que no habíamos explorado aún todas las formas que hay de disponer de nuestros cuerpos, de nuestro ser físico, después de la muerte, y que esta podía ser una alternativa verdaderamente útil y práctica, además de una posibilidad que para mucha gente tiene sentido desde el punto de vista emocional”, dice Spade. “La cremación detiene ese ciclo de la vida a la muerte y de la muerte a la vida, arruinando el potencial que tienen nuestros cuerpos, que pueden ser devueltos a la tierra”.

En 2014 Spade se asoció con Lynne Carpenter-Boggs, profesora de agricultura orgánica y sostenible de la Universidad del estado de Washington. Juntas comenzaron a estudiar la viabilidad del compost humano.

Según Carpenter-Boggs, en los restos humanos hay muchas proteínas y humedad, como ocurre con el cuerpo de cualquier animal. Para facilitar su rápida descomposición, se depositan en un recipiente con oxígeno y materiales vegetales, como alfalfa, paja y astillas de madera. Esa combinación estimula la actividad microbiana, que elimina las bacterias y virus del cuerpo. El proceso suele llevar unos 30 días. De acuerdo con Spade, lo que hacen es acelerar el proceso natural que ocurre en los bosques “a medida que el material orgánico muerto se descompone creando la capa superior del suelo”.

El compost humano también es una opción más ecológica para el tratamiento de los cadáveres: la energía que requiere es ocho veces menor que la de una cremación. Por cada persona que lo elija por delante de la cremación o del entierro, dice Spade, se ahorra el equivalente a mil kilos de CO2.

Spade se reunió el año pasado con Pederson y le preguntó si estaba interesado en un proyecto legislativo para legalizar el compost humano. La respuesta fue un entusiasta sí. Pederson dice que la idea le pareció “poética”. “Hacer que todo el proceso sea más amable, permitir que la gente se convierta en parte de la tierra rápidamente y se convierta en un árbol o algo así”.

Según Pederson, la Iglesia católica se resiste al proyecto y considera al compost humano como un proceso indigno. La presidenta de la Asociación de Directores de Funerarias de Washington, Lisa Deverau, también ha mostrado cierto rechazo, exigiendo leyes estrictas sobre los lugares en los que se permita el uso del compost.

Si la legislatura de Washington aprueba el proyecto ley y el gobernador Inslee lo firma, algo que podría llevar meses, aún quedará trabajo por hacer para que el compost humano sea una realidad. Según Carpenter-Boggs, hará falta acordar las reglas específicas del proceso con la junta funeraria y otras autoridades.

Una vez que eso suceda, Spade dice que su empresa ‘Recompose’ pedirá la autorización para abrir la que espera sea la primera instalación de compost humano (ya tiene a 7.000 personas en su lista de correos). ‘Recompose|SEATTLE’, quiere llamarla. Piensa en ella como en un lugar donde los familiares y amigos puedan participar plenamente del proceso posterior a la muerte. Los allegados podrán lavar y preparar el cuerpo, para luego cubrirlo de paja, alfalfa y astillas de madera.

“Queremos que sea un lugar acogedor y cómodo para que los familiares puedan seguir adelante”, dice. “Queremos que sea un lugar donde reconozcamos la existencia de la muerte y nuestra propia mortalidad, que sea un espacio de reparación para que las familias celebren una ceremonia por la muerte de su ser querido y participen en la experiencia de forma un poco más plena que en un crematorio”.

Sentir verguenza puede ser desagradable pero es indispensable para nuestra superviviencia

http://www.psicologiaparatodos.net/destacados/sentir-verguenza-puede-ser-desagradable-pero-es-indispensable-para-nuestra-superviviencia/

Pocos sentimientos son tan incómodos como la vergüenza. Todos la hemos sentido alguna vez y la verdad que es difícil entender en qué podría beneficiarnos. ¿Pero es tan mala como parece o podría sernos útil bajo ciertas circunstancias?

Realmente es difícil de entender si lo pensamos fríamente, para qué puede servir la vergüenza. Sabemos que el miedo nos permite no cometer riesgos innecesarios que podrían acabar con nuestra vida, pero ¿la vergüenza? ¿Por qué no nos podemos librar de ese sentimiento?¿No podríamos nacer todos ya sin ese miedo al juicio de los demás?

Útil y fundamental

Daniel Sznycer investigador del Centro de Psicología Evolutiva de la Universidad de Montreal, realizó un interesantísimo experimento para intentar resolver estas dudas. Sus resultados indicaron que la vergüenza no sólo es útil, sino que es fundamental para nuestra supervivencia y para prosperar en un grupo. Por muy raro que pueda parecer, según el estudio la principal función de la vergüenza sería la de evitar que seamos excesivamente egoístas.

La vergüenza en las pequeñas comunidades

Los investigadores entrevistaron a 899 personas que vivían en 15 pequeñas comunidades  de diferentes partes del mundo.

Estas “sociedades a pequeña escala” incluían personas de diferentes nacionalidades, lenguas, culturas y religiones como los Andes (Ecuador), regiones remotas de Siberia (Rusia) o las islas  Mauricio.

Se presentaba a los participantes 12 situaciones hipotéticas en las que debían responder cuánta vergüenza debería sentir la persona implicada. Estas situaciones podían hacer referencia tanto a aspectos físicos o a comportamientos como robar a un compañero o ser demasiado perezoso.

También un grupo debía indicar en una escala, qué tan negativamente juzgarían a una persona que tiene esas características o comportamientos, mientras que  otro grupo debía responder cuánta vergüenza sentirían si fuesen esa persona.

Selección natural

En general los resultados indicaron un elevado nivel de acuerdo entre el gscreenshot-2018-10-10-09-23-17rado de vergüenza que los participantes señalaban que una persona debería sentir con cuánto esa persona perdería valor para el grupo. Este nivel de acuerdo se daba tanto al interno de la misma comunidad como cuando se compraban los resultados entre las diferentes comunidades.

Los investigadores explican que este nivel de acuerdo entre diferentes sociedades, podría indicar que la vergüenza no es producto de la cultura, sino que formaría parte de la selección natural de la especie.

Entre el desinterés y el egoísmo

Analizémoslo desde la óptica de la evolución. Nuestros ancestros vivían en pequeñas comunidades y dependían del grupo para sobrevivir. La confianza era literalmente un caso de vida o muerte. Pero era necesario aprender a comportarse. Ser completamente desinteresado no era una buena estrategia porque se corre el riesgo de que te exploten. Por otro lado, ser completamente egoísta tampoco era una buena opción porque el riesgo era que ser excluido del grupo.

Según los investigadores, para prosperar una persona debía medir con precisión las consecuencias que tendrían sus actos, especialmente si eran demasiado egoístas como por ejemplo robarle a un compañero.

Una ayuda para mantener el equilibrio social

Los resultados del estudio sugieren que la vergüenza evolucionó para ayudarnos a tomar la decisión adecuada, o sea actuar pensando en los beneficios a largo plazo sin poner en peligro nuestro lugar en el grupo. En este caso, la vergüenza funcionaría como el dolor, nos avisa que no debemos repetir un comportamiento que amenaza nuestro bienestar.

Evidentemente esto no quiere decir que la vergüenza es siempre algo positivo. Si los estándares de nuestro grupo de referencia están distorsionados, la vergüenza funciona como un elemento de castigo y exclusión. Si pensamos en nuestros ancestros, el objetivo del grupo era sobrevivir.

Hoy en día los objetivos no son tan claros, y si por ejemplo nuestro grupo de referencia otorga un valor excesivo a un aspecto no determinante como por ejemplo la apariencia física, la vergüenza que sentimos por no seguir la norma no sería algo positivo, sino algo muy dañino para el individuo.


Fuentes:

  • Daniel Sznycer, Dimitris Xygalatas, Elizabeth Agey, Sarah Alami, Xiao-Fen An, Kristina I. Ananyeva. Cross-cultural invariances in the architecture of shameProceedings of the  National Academy of Sciences. Sep 2018, 115 (39) 9702-9707. Recuperado el 12 de Marzo 2019 de enlace
  • Young, MM. Shame may feel awful but new cross-cultural evidence shows it is fundamental to our survivalResearchers Digest. Recuperado el 12 de Marzo 2019 de enlace

Ambos sabíamos que todo terminaba entre nosotros

Al final todo termina.

EL PROFESOR DECEPCIONADO. DIVAGACIONES Y MIERDAS VARIAS. EL OCASO DE UNA ÉPOCA.

Reverte, otra vez:

https://www.zendalibros.com/al-fin-solo/

Al fin solo

Acabo de separarme de una mujer con la que conviví durante dos años y medio. Las últimas semanas han sido grises y tristes, porque ambos sabíamos que todo terminaba entre nosotros de forma anunciada e irremediable. El final llegaba sin estridencias, sin señales espectaculares, callado como una enfermedad o una sentencia sin apelación. Todo moría poquito a poco, en la rutina final de cada día. Despacio. Y parece mentira. Al principio, cuando esa mujer entró en mi vida, todo era deslumbramiento, expectación. Ansiaba conocerlo todo de ella, tocar su piel y oler su cabello, vivir como propios su infancia, sus sueños, su memoria. Oír su voz y el rumor de sus pensamientos. Y así lo hice. Durante todo este tiempo anduve sumergido en ella sin reservas. Dormí, comí, viajé, viví con ella. Y ahora, justo cuando se va, la conozco mejor que a mí mismo. Sé…

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