¿Por qué están tan mal nuestros alumnos?

http://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=4947

El otro día escuché las quejas de un profesor compañero mío sobre la creciente incapacidad de sus alumnos para entender unos conceptos que, según me explicaba, no eran nada complicados. Profesor de Dibujo se tiraba de los pelos al ver lo refractarias que se muestran las mentes juveniles de nuestros días ante todo lo que exija un poco de abstracción, de imaginación gráfica, de plasticidad intelectual. Y concluía su desahogo con la confesión de que él no sabía por qué pasaba todo esto, ni creía que nadie lo supiera.
Ciertamente, estamos aquí ante una cuestión compleja, en la que erraríamos si buscásemos explicaciones simplificadoras; pero las líneas maestras que revelan la raíz remota del problema que comento no me parecen difíciles de trazar. Dicho en pocas palabras: las mentes de nuestros jóvenes están insuficientemente trabajadas. Son como una tierra que se ha labrado poco y mal.  A partir de este estado de cosas, todos los esfuerzos educativos posteriores han de resultar por fuerza penosos, desalentadores y básicamente baldíos.
En El pequeño salvaje, aquella deliciosa película de Truffaut, se nos mostraba lo que sucede cuando un niño no es sumergido a tiempo en el universo social humano y en el multiforme mundo del lenguaje. El principio resulta válido también para ese otro lenguaje conformado por el universo cultural: si al niño no se le sumerge en una rica atmósfera de palabras, relatos, juegos y cultura, en un océano invisible que dé plasticidad a su mente, entonces terminará convirtiéndose en un adolescente mentalmente subdesarrollado.
En otros tiempos, esa inmersión sí se producía en un grado muy apreciable. El lenguaje de los mayores, el contacto frecuente con los abuelos, las tradiciones populares, las festividades y ceremonias religiosas, los refranes, las leyendas del lugar, los juegos populares etc. etc.: todo ese conjunto de elementos contribuía poderosamente a que la mente del niño se despertara a la poliédrica realidad del mundo.
Esa cultura antropológica de carácter popular se complementaba con un lento trabajo que se llevaba a cabo dentro de la escuela. Pensemos, por ejemplo, en una escuela española de 1965. ¿Qué encontraríamos allí, si pudiésemos desplazarnos en una máquina del tiempo? Pues, entre otras cosas, muchos poemas, dibujos, rimas, fábulas, canciones escolares, cuentos, relatos moralizantes, trabajos manuales, ejercicios de caligrafía, dictados, copiados, redacciones, búsquedas en el diccionario, modelados con plastilina, etc., etc. Si nos concentramos en lo negativo, claro que había también cosas que no nos gustan: excesivo memorismo, castigos físicos, escasa atención a la dimensión emocional del alumno –lo cual no sucedía exclusivamente en España, por otra parte–; pero es un hecho que, con todos los aspectos criticables que se quiera, la escuela de 1960 o 1970 proporcionaba al niño una excelente gimnasia mental.
¿Qué es lo que, en cambio, tenemos hoy? Pues, básicamente, una crisis de los dos aspectos de la cultura que estamos comentando. En primer lugar, crisis de la cultura antropológica, por la actual decadencia de todo tipo de tradiciones; y, en segundo, una paralela crisis de la cultura académica. Y no sólo porque, desde la perspectiva de los cultural studies, se haya criticado, por ejemplo, el “canon occidental” de un Harold Bloom. Es que se ha dejado de creer en toda una imagen del mundo que hoy se considera “anticuada”, “inservible” para el modernísimo siglo XXI. Si nos centramos en la escuela, ello ha producido un derrumbe del clásico concepto artesanal de la enseñanza: parece seguirse haciendo más o menos lo que se ha hecho siempre; pero, en realidad, se escribe poco, se canta poco, se dibuja poco, se hace poca caligrafía [en Finlandia ni siquiera les van ya a enseñar a escribir a mano. N. de la Red.], se copia poco, se recitan pocos poemas, se aprenden pocas rimas, se cuentan pocas hazañas –o, más bien, ninguna– etc., etc. En lugar de eso, la escuela se lanza hoy con furia irreflexiva a un supuesto bilingüismo y se sobrecarga al alumno con un montón de actividades mal concebidas y de más que dudosa eficacia educativa.
Aunque siempre hay que evitar la tentación de pensar que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, lo cierto es que, educativamente, las décadas de 1960, 1970 y 1980 fueron en España mucho mejores que lo que hoy tenemos. Un alumno que crecía y estudiaba en aquellos años vivía en una cultura antropológica más rica y estructurada que la actual y en una escuela simbolizada por las famosas Enciclopedias Álvarez. Mucho copiar de la pizarra y poca o ninguna fotocopia. Todo obligadamente despacio, nada demasiado deprisa. La Ley de Educación de Ruiz Giménez (1953) y el Bachillerato de 1957, justamente alabado entre nosotros por Pérez Reverte, constituyen hitos de un tipo de educación hoy desaparecida.
Ahora bien: no se trata sólo de que los manuales escolares de aquellos años estuviesen mucho mejor escritos que los actuales libros de texto, ni de que se leyese mucho más en voz alta, ni de que se cantase o se dibujase mucho más. Fuera de la escuela, otros muchos elementos coadyuvaban a trabajar la mente y la sensibilidad de los alumnos, a dotarlos de esa plasticidad que hoy echamos en falta.
Pensemos en el mundo de los tebeos, con el que tantos tenemos contraída una enorme deuda de gratitud.
Pensemos también en los álbumes de cromos, en todo ese universo hoy olvidado casi por entero.
Pensemos en la Radiotelevisión Española de 1960, 1970 y 1980: cine de aventuras, cine clásico, el teatro de Estudio 1, Mundo submarino de Cousteau y tantas otras cosas que todos recordamos.
Pensemos en las clásicas enciclopedias de papel que existían en tantos hogares de clase media.
Pensemos en las novelas de Enyd Blyton: Los cinco, los Hollister, El Club de los Siete Secretos.
Pensemos en los cines de barrio, en las sesiones dobles, en las matinales, en ese mundo al que rindió homenaje Cinema Paradiso.
Pensemos en el mundo de los programas de radio.
Pensemos en los juegos de mesa, simbolizados entre nosotros por los Juegos Reunidos Geyper. O en el Cinexín y el Exín Castillos.
Pensemos en los niños jugando en la calle al escondite o a las canicas con los vecinos del barrio. Pensemos, en fin, en todo ese mundo que vimos hace unos años en Cuéntame.
Con estas o aquellas modificaciones, todo este mundo existió hasta la década de los ochenta. Con la de los noventa ya empezamos a entrar en la sociedad que hoy conocemos. Vino la LOGSE, vino la telebasura, vino la progresiva ruina de RTVE. Desaparecieron los tebeos. Llegaron los dispositivos electrónicos de todo tipo. Vino el Póntelo, pónselo. Vinieron los videojuegos y los móviles, las redes sociales, Gran Hermano, el Sardá de Crónicas Marcianas y La que se avecina.
Por supuesto, ni todo es malo ahora ni todo era bueno antes. Y, sin embargo, creemos poder sostener, con bastante poder de convicción, que efectivamente se ha producido la gran mutación psico-social y cultural que hemos bosquejado en los párrafos anteriores. Una mutación que tiene, como una de sus consecuencias más llamativas, el tipo de alumnado que hoy nos encontramos en la escuela, en los institutos y en la universidad.
Mutatis mutandis, este proceso se ha verificado también en los demás países occidentales. De manera que hoy se clama universalmente contra la “crisis de la educación”. En opinión de muchos, la solución estaría en la escuela 2.0 del siglo XXI. Y, sin embargo, creo que se equivocan de medio a medio. La solución no está en el papanatismo de las tablets ni en el bilingüismo torpe que hemos introducido en España. Se repite que “tenemos aulas del siglo XIX, maestros del siglo XX y alumnos del siglo XXI”, pero es mentira. Las aulas del siglo XX eran con frecuencia mucho más estimulantes que las actuales. Las pizarras digitales y la conexión a Internet tampoco son en sí mismas la panacea. Y sí, tenemos “alumnos del siglo XXI”; pero lo que estos alumnos necesitan no es una educación cada vez más tecnologizada, sino una que recupere el carácter lento y artesanal que actualmente ha perdido. Los alumnos tienen que cantar, dibujar, escribir, leer, modelar, recitar, construir. Ese es el mejor humus para que luego, con tecnología o sin ella, se lancen a explorar el proteico caleidoscopio del mundo.
El profesor de Dibujo al que me referí al inicio de las presentes reflexiones da clases en una Facultad de Arquitectura. Y me cuenta que allí son muchos los que sólo quieren líneas rectas, formas geométricas puras a lo Bauhaus, sin vestigio de escultura alguna en las instalaciones, ya que tales cosas las consideran desagradables residuos del pasado. Y, sin embargo, es a ese pasado lo que hoy tenemos que retornar. Una forma artesanal de enseñar y de vivir la vida. Porque sí, también hemos olvidado lo que antes se denominaba el “arte de vivir”.
Non nova, sed nove, decía el adagio latino: no se trata de hacer cosas nuevas, sino las de siempre de un modo nuevo y original, el que sintamos como propiamente nuestro. El principio vale para la educación, y también –fractal que es el mundo– para mucho más.
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Esas jóvenes hijas de puta – Pérez Reverte

XLSemanal – 26/1/2015

Supongo que a muchos se les habrá olvidado ya, si es que se enteraron. Por eso voy a hacer de aguafiestas, y recordarlo. Entre otras cosas, y más a menudo que muchas, el ser humano es cruel y es cobarde. Pero, por razones de conveniencia, tiene memoria flaca y sólo se acuerda de su propia crueldad y su cobardía cuando le interesa. Quizá debido a eso, la palabra remordimiento es de las menos complacientes que el hombre conoce, cuando la conoce. De las menos compatibles con su egoísmo y su bajeza moral. Por eso es la que menos consulta en el diccionario. La que menos utiliza. La que menos pronuncia.

Hace dos años, Carla Díaz Magnien, una adolescente desesperada, acosada de manera infame por dos compañeras de clase, se suicidó tirándose por un acantilado en Gijón. Y hace ahora unas semanas, un juez condenó a las dos acosadoras a la estúpida pena -no por estupidez del juez, que ahí no me meto, sino de las leyes vigentes en este disparatado país- de cuatro meses de trabajos socioeducativos. Ésas son todas las plumas que ambas pájaras dejan en este episodio. Detrás, una chica muerta, una familia destrozada, una madre enloquecida por el dolor y la injusticia, y unos vecinos, colegio y sociedad que, como de costumbre, tras las condolencias de oficio, dejan atrás el asunto y siguen tranquilos su vida.

Pero hagan el favor. Vuelvan ustedes atrás y piensen. Imaginen. Una chiquilla de catorce años, antipática para algunas compañeras, a la que insultaban a diario utilizando su estrabismo -«Carla, topacio, un ojo para acá y otro para el espacio»-, a la que alguna vez obligaron a refugiarse en los baños para escapar de agresiones, a la que llamaban bollera, a la que amenazaban con esa falta de piedad que ciertos hijos e hijas de la grandísima puta, a la espera de madurar en esplendorosos adultos, desarrollan ya desde bien jovencitos. Desde niños. Que se lo pregunten, si no, a los miles de homosexuales que todavía, pese al buen rollo que todos tenemos ahora, o decimos tener, aún sufren desprecio y acoso en el colegio. O a los gorditos, a los torpes, a los tímidos, a los cuatro ojos que no tienen los medios o la entereza de hacerse respetar a hostia limpia. Y a eso, claro, a la crueldad de las que oficiaron de verdugos, añadamos la actitud miserable del resto: la cobardía, el lavarse las manos. La indiferencia de los compañeros de clase, testigos del acoso pero dejando -anuncio de los muy miserables ciudadanos que serán en el futuro- que las cosas siguieran su curso. El silencio de los borregos, o las borregas, que nunca consideran la tragedia asunto suyo, a menos que les toque a ellos. Y el colegio, claro. Esos dignos profesores, resultado directo de la sociedad disparatada en la que vivimos, cuya escarmentada vocación consiste en pasar inadvertidos, no meterse en problemas con los padres y cobrar a fin de mes. Los que vieron lo que ocurría y miraron a otro lado, argumentando lo de siempre: «Son cosas de crías». Líos de niñas. Y mientras, Carla, pidiendo a su hermana mayor que la acompañara a la puerta del colegio. La pobre. Para protegerla.

Faltaba, claro, el Gólgota de las redes sociales. El territorio donde toda vileza, toda ruindad, tiene su asiento impune. Allí, la crucifixión de Carla fue completa. Insultos, calumnias, coro de divertidos tuiteros que, como tiburones, acudieron al olor de la sangre. Más bromas, más mofas. Más ojos bizcos, más bollera. Y los que sabían, y los que no saben, que son la mayor parte, pero se lo pasan de cine con la masacre, riendo a costa del asunto. La habitual risa de las ratas. Hasta que, incapaz de soportarlo, con el mundo encima, tal como puede caerte cuando tienes catorce años, Carla no pudo más, caminó hasta el borde de un acantilado y se arrojó por él.

Ignoro cómo fue la reacción posterior en su colegio. Imagino, como siempre, a las compis de clase abrazadas entre lágrimas como en las series de televisión, cosa que les encanta, haciéndose fotos con los móviles mientras pondrían mensajitos en plan Carla no te olvidamos, y muñequitos de peluche, y velas encendidas y flores, y todas esas gilipolleces con las que despedimos, barato, a los infelices a quienes suelen despachar nuestra cobardía, envidia, incompetencia, crueldad, desidia o estupidez. Pero, en fin. Ya que hay sentencia de por medio, espero que, con ella en la mano, la madre de Carla le saque ahora, por vía judicial, los tuétanos a ese colegio miserable que fue cómplice pasivo de la canallada cometida con su hija. Porque al final, ni escozores ni arrepentimientos ni gaitas en vinagre. En este mundo de mierda, lo único que de verdad duele, de verdad castiga, de verdad remuerde, es que te saquen la pasta.

El motor de agua, ¿una conspiración?

http://conqdequimica.blogspot.com.es/2013/12/el-motor-de-agua-una-conspiracion.html

En el ciberespacio existen multitud de páginas que recogen el “olvidado” invento del motor de agua, ¿qué pasó con este invento?, ¿por qué quedó en nada?

Su inventor, el español Arturo Estévez, añadía a su motor agua y unas “misteriosas bolitas”, que no eran otra cosa que boro, con ello el motor generaba hidrógeno a partir de la siguiente reacción:

2B + 3H2O <====> B2O3 + 3H2   -433 kJ

Para poder determinar si esta reacción produce mucha o poca energía necesitamos compararla con la que producen otras sustancias conocidas, como estamos hablando de un motor, qué mejor que compararla con la gasolina: 43.950 kJ / kg , aproximadamente 1,47 litros (densidad de la gasolina 680g/L) (fuente).

Llegados a este punto no nos queda más remedio que calcular cuántos kJ se producen con un kilogramo de agua para poder enfrentar ambos datos. Si vamos a la fórmula, observamos que por cada 3 H2O se producen 433 kJ, ¿cuántos gramos de agua son?.

Aviso: a continuación realizaremos cálculos matemáticos con el objetivo de demostrar de dónde salen los números, si no te interesan pasa más abajo.

El número 3 nos indican los moles de agua, para calcular los gramos solo tenemos que multiplicarlos por lo que pesa un mol, es decir, cada elemento por su masa molar:

2 (hidrógeno) x 1 g/mol (masa molar del hidrógeno) = 2

1 (oxígeno) x 16 g/mol (masa molar del oxígeno) = 16

Si sumamos 16+2= 18 g/mol, como hemos dicho que para producir los 433 kJ necesitamos 3 moles de agua pues: 18 x 3 = 54 gramos.

Sabiendo que con 54 gramos producimos 433 kJ  basta una simple regla de tres para determinar cuánta energía se obtiene de un kilogramo de agua gracias a la reacción dada: 8.018,52 kJ/ kg

Ahora estamos en disposición de comparar ambos datos:  Agua: 8.018,52 kJ/kg, Gasolina: 43.950 kJ/kg, es decir, que para obtener la misma energía necesitamos cinco veces más agua…. bueno, pero el agua es más barata, ¿cuál es el problema?.

Pues el gran problema no está en el agua, sino en el otro reactivo: el boro, vamos a hacer los cálculos anteriores pero ahora para el boro (masa molar 10,8 g/mol)

2 (boro) x 10,8 = 21,6 gramos de boro para producir 433 kJ, de nuevo con una regla de tres podemos calcular cuánto boro sería necesario para igualar a un kilo de gasolina (o lo que es lo mismo 1,47 litros): 2,2 kilos de boro.

Vamos a aplicar esto a un coche normal, teniendo en mente que un depósito medio tiene una capacidad de 40L, necesitaríamos 59, 86 kilos de boro para igualar la energía producida por un depósito medio lleno de gasolina.

Aquí finalizan los cálculos.

Teniendo en cuenta que el precio del boro es de unos 4 euros el gramo, conseguir una energía igual a la de un tanque de gasolina nos costaría 239.440€, frente a los 56€ que nos cuesta llenarlo de gasolina.

A la vista de los precios, queda claro que el motor de agua no lo podría usar prácticamente nadie, por tanto es lógico que el invento quedase finalmente en nada.

¿Qué dicen en la red de redes de todo esto?, vamos a ver algunas webs:

(enlace a la web: http://troglobioman.blogspot.com.es/2012/05/el-motor-de-agua-de-arturo-estevez.html)

Está claro ¿no?, las personas que pertenecen al colegio de ingenieros son unas envidiosas y los científicos unos cabezas cuadriculadas, la industria del petróleo también hizo parte, y cómo no “el poder”. Aunque es curioso, lo invitaban a la televisión pública, debe ser que esos de “el poder” eran un poco bipolares.

La siguiente web también acaba planteando algunos interrogantes, y parece afirmar que sus lectores/as están “dormidos”
(enlace a la web: http://troglobioman.blogspot.com.es/2012/05/el-motor-de-agua-de-arturo-estevez.html)

Esta última tampoco se queda atrás, está claro que todo es una conspiración:

(enlace a la web: http://stopsecrets.ning.com/video/motor-de-agua-h2o-de-arturo-estevez-varela-en-tv-1971-la)