«Cuando para producir necesites autorización de los que no producen nada, cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes trafican con favores y que surgen más ricos por el soborno y las influencias que por el trabajo, cuando veas que las leyes no te protegen contra los infames, sino que son ellos los que están protegidos contra tí, cuando los corruptos sean recompensados y ser honrado te resulte un auto sacrificio inútil, podrás deducir, sin temor a equivocarte, que te encuentras atrapado en una sociedad condenada».

Ayn Rand

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El gobierno japonés propone eliminar las carreras de humanidades de la universidad

Japón da un paso hacia la modernidad eliminando carreras que hace un siglo que deberían haber desaparecido de las enseñanzas regladas:

http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2015-09-22/gobierno-japones-universidades-eliminar-humanidades_1029705/

Desde hace dos décadas, Japón vive una crisis que algunos han llegado a calificar de “eterna” y que provoca que el país nipón se haya instalado en un cómodo estancamiento. Ello ha provocado una serie de reformas conocidas como abenomics, en referencia al Primer Ministro Shinzo Abe, reelegido en diciembre de 2012 con el objetivo de reactivar la economía de su país. La última de ella es una de las más polémicas, y se trata de la propuesta deHakubun Shimomura, Ministro de Educación, Cultura, Deportes, Ciencia y Tecnología, de eliminar o reformar las carreras de humanidades para centrarse en las más técnicas, tal y como propuso en una carta enviada a las universidades el pasado 8 de junio.

Una encuesta realizada por The Yomiuri Shimbun afirma que al menos 26 de las 86 universidades estatales planean seguir la recomendación en mayor o menos grado; 17 de ellas han decidido dejar de admitir estudiantes de dichas materias. En su misiva, el ministro pedía a los centros “pasos activos para abolir dichas organizaciones o transformarlas para servir a otras áreas que atiendan mejor las necesidades de la sociedad”. Que tantos centros hayan aceptado rápidamente la propuesta no resulta sorprendente, puesto que gran parte de su financiación para el presente curso dependía de la adopción de dicho plan. Sin embargo, las dos grandes universidades del país nipón, la de Tokio y la de Kioto (las dos únicas que aparecen entre las 100 mejores del mundo según el ranking THE), han anunciado que harán caso omiso de las recomendaciones del gobierno.

Uno de los objetivos es anticiparse a la escasez de profesionales cualificados que provocarán los cambios demográficos del país nipón

Muchos han visto en las palabras del ministro de educación la sombra del propio Abe, que el pasado año señaló durante una reunión de la OCDE que “en lugar de profundizar en las investigaciones académicas más teóricas, impartiremos una educación más práctica y ocupacional que anticipe mejor las necesidades de la sociedad”. Las carreras que se verán afectadas por esta decisión no son sólo las relacionadas con las artes, como Lengua y Literatura o Bellas Artes, sino también otras licenciaturas como Derecho, Educación o Economía.

Nuevos estudiantes para un nuevo país

Esta reforma educativa debe entenderse como un paso más en la reconfiguración estructural del país que Abe está llevando a cabo. Como afirmaba la carta enviada por Shimomura, se trata de una respuesta obligada ante los cambios demográficos, la reducción de la cantidad de estudiantes en edad universitaria y el aumento de la demanda laboral, que provocará durante los próximos años que el país nipón necesite más trabajadores cualificadosen puestos especializados.

Además, la carta también habla de “el control de calidad de las instituciones de investigación y docencia y la función de las universidades nacionales”, una nada velada referencia a las críticas que las universidades públicas japonesas han recibido debido a la alta masificación en las aulas y la falta de correspondencia entre la formación de los estudiantes y las demandas del mundo laboral, como explicaba un artículo publicado en The Wall Street Journal.

El ministro de educación japonés, Hakubun Shimomura. (Reuters/Kyodo)
El ministro de educación japonés, Hakubun Shimomura. (Reuters/Kyodo)

Hay un problema añadido en el país nipón, y es que la crisis ha provocado que muchas empresas hayan dejado de formar a sus trabajadores. Esta reforma tiene como objetivo que las universidades ocupen el lugar de formación y desarrollo que en el pasado jugaba el mundo laboral y de esa manera Japón pueda competir con otras economías desarrolladas como Estados Unidos. El pasado mes de junio, el Primer Ministro alertó que “la vanguardia de los campos de investigación japoneses se ha debilitado, provocando que nuestras capacidades se hayan quedado atrás”.

Una de las universidades que van a seguir las recomendaciones del ministerio es la de Ehime, que eliminará programas y reducirá el número de estudiantes en los departamentos de humanidades y educación al mismo tiempo que creará otros nuevos, asesorados por empresarios, que formarán a los estudiantes para que encuentren trabajos en industrias locales como el turismo o la pesca. “Necesitamos salir de la torre de marfil y escuchar al mundo real”, ha manifestado el profesor de Derecho y supervisor de la reforma Katsushi Nishimura.

El final de las humanidades

Son muchos los profesionales del mundo de la educación que han protestado por el chantaje del ministro de Educación. Es el caso, por ejemplo, de la junta ejecutiva del Concilio de Ciencia de Japón, que publicó el pasado mes de julio una declaración en la que manifestaba “una profunda preocupación por el impacto potencialmente grave que puede tener esta directiva administrativa en el futuro de las humanidades y las ciencias sociales en Japón y en la idea de la universidad en sí misma”. “Es miope pedir respuestas rápidas a las letras”, explicaba la declaración. “Hay otra clase de demandas sociales más latentesque deberían ser satisfechas por las universidades, como articular el conocimiento que se base en una perspectiva a largo plazo, apuntale la diversidad y cree las bases sobre las que florezca la creatividad”.

La mala costumbre de evaluar el aprendizaje y la ciencia según su utilidad aún está viva

Algo semejante es lo que se pregunta Noah Smith, profesor de finanzas en la Universidad de Stony Brook en Bloomberg View. Para Smith, se trata de un paso atrás en la economía japonesa, que se desarrolló durante los años 60 y 70 gracias a las industrias manufactureras, pero que como cualquier otra economía desarrollada, debe basar su crecimiento en el sector servicios. Y para ello hace falta mucho más que “una fuerza de trabajo formada por ingenieros cualificados”: también managers, abogados, economistas y filósofos que sean capaces de tener una visión más estratégica. Además, Smith sugiere que puede haber una razón política bajo esta reforma: las universidades siguen siendo uno de los grandes reductos progresistas, y Abe es un conservador recalcitrante.

O quizá se trate de algo tan sencillo como lo que explica Takamitsu Sawa, presidente de la Universidad de Shiga, en una columna de opinión en el Japan Times en la que recordaba que “la mala tradición de evaluar el aprendizaje académico y la ciencia según su utilidad, con empresas del sector privado metiéndose en la educación superior, aún vive en Japón”. Y en el resto del mundo, como sugeríamos en un pasado artículo. En su columna, Sawa recordaba que uno de los objetivos de Abe es colocar 10 universidades en el top 100 para la próxima década, pero ha tomado el camino equivocado: “Creo que no estoy solo al pensar que si Japón de verdad quiere alcanzar ese objetivo, sería mucho más rentable y ventajoso promover la educación y la investigación en humanidades y ciencias sociales en lugar de abolirla o limitarla”.

 

Gregorio Luri: ‘No hay alternativa pedagógica a los codos’

Quién lo diría, pero Gregorio Luri no tenía una vocación docente. Sólo sabía que estudiar era la alternativa al campo. Y que Magisterio, en Navarra, es lo que su familia se podía permitir. Ni ir a Zaragoza ni la privada. Cuando habla de los niños pobres, lo hace desde la experiencia, aunque el pudor le impida dar detalles. “Y tanto que sé”, dice. Se echó novia, ahora mujer de muchos años, que quiso estudiar Psicología en Barcelona y allí se fueron. Él siguió con Magisterio. Sus padres le enseñaron el “amor al trabajo bien hecho y huir de las excusas, porque es lo que más infecta al alma”. “No consigues la autonomía personal echando la culpa a alguien”, remata. Si había que ser profesor, sería bueno. Cree que uno se motiva solo, “creando el relato de tu propia vida”. “No puedes ir todos los días a trabajar al Paraíso”, dice y añade su frase favorita de Nietzsche: “Donde no puedas amar, pasa de largo”. Él lo ha buscado. Encontró el amor también en sus libros. El trabajo bien hecho del que le hablaban sus padres. Y en aquella novia, hoy abuela, por la que llegó a Barcelona, donde siempre fue Gregorio, como le habían bautizado. Tiene dos títulos en las librerías, ‘¿Matar a Sócrates?‘ y ‘Mejor Educados’. Lleva todo el verano inmerso en el siguiente, titulado provisionalmente ‘Fe, Esperanza y Caridad’, sobre Caridad Mercader, madre de Ramón, el asesino de Trotski. Es Gregorio Luri, navarro en Cataluña.

Le preocupa que nadie se ocupe en serio de la educación de los niños pobres. Que ahora se diga que los resultados de PISA tienen que ver con el estatus socioeconómico de la familia y poco más…
La diferencia entre los niños culturalmente ricos y los culturalmente pobres es doble. En primer lugar, es una diferencia de conocimientos, porque los ricos siempre están reforzando en casa lo que aprenden en la escuela, mientras que los pobres hay muchas cosas que, si no las aprenden en la escuela, no las aprenden en ningún sitio. Un niño culturalmente rico escucha un promedio de 2.150 palabras por hora, mientras que el pobre apenas llega a las 620. El momento crítico para los niños culturalmente pobres es tercero de Primaria, cuando pasan de aprender a leer a aprender leyendo. Los que mejor leen, más aprenden y las diferencias iniciales se incrementan. El fracaso escolar es básicamente un fracaso lingüístico. El mayor escándalo de nuestra escuela es que, en cuarto de Primaria, ya podemos identificar a los niños que fracasarán académicamente. En segundo lugar, es una diferencia de agenda al acabar la enseñanza obligatoria. Todos sabemos que, para encontrar un trabajo, una buena agenda es más importante que un buen currículo.
¿Ha leído el libro de Amanda Ripley, ‘Los chicos más listos del mundo’? Explica cómo la directora de un colegio, en un barrio todo lo pobre y conflictivo que puede ser en Helsinki, dice que procura no empatizar con los problemas de los niños en sus casas…
Hay un profundo cinismo en la oferta de empatía a un niño pobre, porque no le ayuda nada a buscar salidas a su miseria. Los pobres necesitan herramientas intelectuales, no nuestra lástima. Es decir, debemos ofrecerles nuestro respeto. Para ello hay que decirles claramente que no hay alternativa pedagógica a los codos. No existe el aprendizaje fácil de cuestiones complejas por una sencilla razón: la cultura es siempre elitista. Quien no entienda la diferencia entre las obras completas de Georgie Dann y un cuarteto de cuerda de Beethoven, no puede llamarse culto. Esto ha sido siempre así, pero hoy lo es aún más, porque las diferencias entre los intereses espontáneos de un niño y las demandas de conocimiento de la vida adulta son cada vez mayores.
El secretario de Educación en EEUU plantea que los niños que vayan bien académicamente en colegios de barriadas marginales puedan estar internos en colegios con niños similares de lunes a viernes.
Bart Simpson se queja de que, como va retrasado, lo llevan a una clase en la que se trabaja más lento, con lo cual su retraso no deja de incrementar. La pregunta que una escuela con una conciencia de servicio público debe plantearse es: ¿cómo compensar las desigualdades culturales familiares? La respuesta es triple: con profesores de mayor calidad, con una instrucción lineal y más horas de escuela. Hay experiencias internacionales que lo demuestran.
La élite occidental sí que dispone que sus hijos sepan lo que es esforzarse para poder entrar en las mejores universidades. Creo que usted ha acuñado el término para eso, “aristocracia cognitiva”. Y eso puede ser origen de mayor desigualdad, algo que se impone como una preocupación del discurso político.
Desgraciadamente la expresión «aristocracia cognitiva» no es mía. Me la he apropiado. Me parece que se percibe una mutación en nuestra pobre meritocracia. El mérito antiguo tenía que ver con la información que manejaba una persona; hoy, cuando la información es cada vez más asequible, lo valioso es lo más escaso y lo más escaso es la atención y la capacidad para identificar, buscar y ordenar la información valiosa, es decir, el criterio. Se dicen muchas vaciedades sobre la escuela del futuro, como que el conocimiento ya no será valioso. Pero para educar la atención y el criterio necesitamos conocimientos. El interés no es el motor del conocimiento, sino que el conocimiento es el motor del interés. El ignorante no tiene interés por lo que ignora porque no sabe ni que lo ignora, mientras que cuanto más sabemos de algo, más interés le descubrimos, más fácil aprendemos cosas nuevas y con más placer lo comunicamos.
¿Usted echa en falta en los discursos pedagógicos actuales, muy centrados en la creatividad, conceptos como el autocontrol y el coraje?
Echo en falta más rigor. ¡Qué dejen de presentarnos como innovaciones experimentos fracasados hace cien años! Los que nos aseguran que la creatividad puede enseñarse deberían decirnos a quién se la han enseñado. Los demás no sabemos cómo producir ni Picassos ni Steve Jobs. Allí donde hay una personalidad creativa lo que encontramos es a alguien que conoce bien su oficio, que le dedica muchas horas y que es capaz de concentrarse intensamente en los problemas que desea resolver. Para eso necesita tener conocimientos. Los grandes hombres comparten una característica un poco deprimente: todos trabajan mucho.
También cree que hay un abuso del concepto de espontaneidad, como si reprimirla fuera un sinónimo de opresión casi fascista.
Eso que llamamos cultura es posible porque somos capaces de abrir un espacio para la reflexión entre la aparición de un deseo y su satisfacción. Los deseos son caprichosos y se despiertan sin pedir permiso en cualquier parte. Yo defiendo el poder educativo de la frustración, que es la represión que es capaz de ejercer un pastelero sobre sí mismo para no comerse los ingredientes mientras hace un pastel. Sin autocontrol, sin la capacidad para abrir el espacio de reflexión, no hay pensamiento estratégico. La idea de que la educación ha de desarrollar todas las capacidades del niño sólo pudo nacer entre pedagogos sin hijos que nunca impartieron clases a adolescentes. Hay muchas potencialidades que deben reprimirse: el robo, la mentira, la laxitud, etc.
Y el caso es que son miles de padres los que han leído mucho sobre educación, más que nunca quizás; o sea, los que sienten una obligación de educar bien a su hijo y, si no lo consiguen, se sienten culpables y responsables.
La mayor parte de la literatura pedagógica dirigida a las familias no tiene por misión enseñar la naturaleza de la paternidad, sino ocultarla. Es hija de la pedagogía new age, que cree que un deseo es un hecho, y del mito tecnológico contemporáneo, que nos asegura que hay una respuesta precisa para cada problema. En las cosas humanas no es así. Ni los deseos son hechos, ni hay manera de controlar el azar. Eso que llamamos educar hay que tomárselo con mucha humildad. Podemos colaborar en el desarrollo de nuestros hijos y, sobre todo, evitar ciertos errores de bulto, pero la vida de nuestros hijos nunca está dúctilmente presente ante nuestras manos. Una familia no es un tubo de ensayo. Esto debería contribuir a relajarnos. Yo defiendo la introducción de dos nuevos artículos en los derechos del niño: “Todo niño tiene derecho a tener unos padres imperfectos» y «Todo niño tiene derecho a tener unos padres tranquilos”.
“Para educar éticamente hay que ser ético. No hay otra”, dice usted.
Educamos por impregnación. El órgano educativo de nuestro hijo es el ojo, no el oído. Y la impregnación es más eficaz cuando no sabemos que estamos educando, cuando nos comportamos espontáneamente, cuando mejor se exhiben nuestras convicciones morales. Si asumimos esto, debemos asumir también que no siempre damos a nuestros hijos ejemplos intachables. Para compensar la diferencia de altura entre nuestros buenos propósitos y nuestra conducta, sólo hay un medio: el amor. Una familia normal es un enorme chollo psicológico, capaz de sobrellevar sus neurosis cotidianas sin demasiadas estridencias.
Los niños varones son los que peor lo están haciendo en los exámenes y el fracaso escolar se ceba con ellos. Usted cree que conceptos como «coraje» están en el olvido porque, quizás, se asocia con cierto machismo. Hay países en los que se plantea la educación diferenciada como una solución. ¿Cómo lo ve?
Hay cuestiones escolares que tienen que ver más con los derechos civiles de una ciudadanía adulta en una sociedad liberal que con las opiniones de los pedagogos. La educación diferenciada o la educación en casa son dos ejemplos. Si el ciudadano propietario está convencido de que nadie puede imponerle una ideología política, una religión, una orientación sexual o estética, un modelo familiar, etc., ¿por qué ha de confiar la educación de sus hijos al Estado? Este es un problema mayor que ya, de hecho, está afectando a todos nuestros debates escolares, de ahí las crecientes dificultades de los legisladores para alcanzar consensos educativos amplios. Cada vez será más difícil ponernos de acuerdo sobre los contenidos mínimos que han de dominar las nuevas generaciones y cada vez será más necesario que los padres asuman la trayectoria educativa de sus hijos. Es más fácil y más cómodo criticar al ministro de Educación, sea el que sea, aunque no dispongamos de ningún paraíso educativo al que retornar, que llegar a un pacto educativo eficiente, amplio y estable. A los hechos me remito.
En muchas memorias de británicos de principios del siglo XX hablan de la obsesión de aquellos internados por forjarles el “carácter”.
La educación del carácter es esencial en la tradición pedagógica británica y no se puede decir que les haya ido mal. Se ha llegado a decir que las guerras mundiales las ganaron los británicos en los campos de deporte de Eton. Incluso ahora Nicky Morgan, secretaria de Educación, insiste en que la educación del carácter ha de ser equiparable a la formación académica. Nosotros consideramos mucho más ese discurso bonito de la educación en valores que es un fomento de la náusea en lugar del apetito. Les intentamos inculcar a nuestros alumnos lo mal que se han de sentir ante determinadas conductas, pero no les impulsamos a dar ejemplo, es decir, a manifestar sus valores en sus conductas.
La excelencia está en boca de los políticos pero al hablar de ayudas a los alumnos excelentes, muchos se rasgan las vestiduras. No así con los deportistas de élite. ¿Por qué?
La excelencia es un concepto que cada vez genera más reticencias en la escuela al mismo tiempo que es cada vez más demandado en sociedad, incluso por los pedagogos cuando van al dentista. La escuela ha sacralizado la equidad. Nadie pone en cuestión este principio socialdemócrata, ¿pero una equidad que no garantice la movilidad social, puede dejarnos satisfechos? En Andalucía, para un pobre será más relevante que pueda haber movilidad social que la equidad, pero claro, un sistema educativo con todos con un cuatro es muy equitativo. Los sistemas de éxito dan más excelencia que deficiencia, porque incrementan el capital social. Si producen más deficiencia que excelencia, y esto se puede comprobar con una resta en los resultados de PISA, o importan excelencia o tendrán un problema con su desarrollo futuro. La escuela tradicional estaba concebida como un puente de confianza entre la familia, donde el niño es querido incondicionalmente por ser quien es, y la sociedad, donde somos valorados condicionalmente, según lo que sepamos hacer. No tengo claro que la escuela sepa hoy cuál es su función. Obviamente, si se pierde el sentido de la función, se pierde también el de la excelencia.
http://www.elmundo.es/cronica/2015/09/13/55f41a01268e3e1f658b457b.html

ARTURO PÉREZ-REVERTE Los godos del emperador Valente

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-arturo-perez-reverte/20150913/godos-emperador-valente-8841.html

En el año 376 después de Cristo, en la frontera del Danubio se presentó una masa enorme de hombres, mujeres y niños. Eran refugiados godos que buscaban asilo, presionados por el avance de las hordas de Atila. Por diversas razones -entre otras, que Roma ya no era lo que había sido- se les permitió penetrar en territorio del imperio, pese a que, a diferencia de oleadas de pueblos inmigrantes anteriores, éstos no habían sido exterminados, esclavizados o sometidos, como se acostumbraba entonces. En los meses siguientes, aquellos refugiados comprobaron que el imperio romano no era el paraíso, que sus gobernantes eran débiles y corruptos, que no había riqueza y comida para todos, y que la injusticia y la codicia se cebaban en ellos. Así que dos años después de cruzar el Danubio, en Adrianópolis, esos mismos godos mataron al emperador Valente y destrozaron su ejército. Y noventa y ocho años después, sus nietos destronaron a Rómulo Augústulo, último emperador, y liquidaron lo que quedaba del imperio romano.

Y es que todo ha ocurrido ya. Otra cosa es que lo hayamos olvidado. Que gobernantes irresponsables nos borren los recursos para comprender. Desde que hay memoria, unos pueblos invadieron a otros por hambre, por ambición, por presión de quienes los invadían o maltrataban a ellos. Y todos, hasta hace poco, se defendieron y sostuvieron igual: acuchillando invasores, tomando a sus mujeres, esclavizando a sus hijos. Así se mantuvieron hasta que la Historia acabó con ellos, dando paso a otros imperios que a su vez, llegado el ocaso, sufrieron la misma suerte. El problema que hoy afronta lo que llamamos Europa, u Occidente (el imperio heredero de una civilización compleja, que hunde sus raíces en la Biblia y el Talmud y emparenta con el Corán, que florece en la Iglesia medieval y el Renacimiento, que establece los derechos y libertades del hombre con la Ilustración y la Revolución Francesa), es que todo eso -Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Newton, Voltaire- tiene fecha de caducidad y se encuentra en liquidación por derribo. Incapaz de sostenerse. De defenderse. Ya sólo tiene dinero. Y el dinero mantiene a salvo un rato, nada más.

Pagamos nuestros pecados. La desaparición de los regímenes comunistas y la guerra que un imbécil presidente norteamericano desencadenó en el Medio Oriente para instalar una democracia a la occidental en lugares donde las palabras Islam y Rais -religión mezclada con liderazgos tribales- hacen difícil la democracia, pusieron a hervir la caldera. Cayeron los centuriones -bárbaros también, como al fin de todos los imperios- que vigilaban nuestro limes. Todos esos centuriones eran unos hijos de puta, pero eran nuestros hijos de puta. Sin ellos, sobre las fronteras caen ahora oleadas de desesperados, vanguardia de los modernos bárbaros -en el sentido histórico de la palabra- que cabalgan detrás. Eso nos sitúa en una coyuntura nueva para nosotros pero vieja para el mundo. Una coyuntura inevitablemente histórica, pues estamos donde estaban los imperios incapaces de controlar las oleadas migratorias, pacíficas primero y agresivas luego. Imperios, civilizaciones, mundos que por su debilidad fueron vencidos, se transformaron o desaparecieron. Y los pocos centuriones que hoy quedan en el Rhin o el Danubio están sentenciados. Los condenan nuestro egoísmo, nuestro buenismo hipócrita, nuestra incultura histórica, nuestra cobarde incompetencia. Tarde o temprano, también por simple ley natural, por elemental supervivencia, esos últimos centuriones acabarán poniéndose de parte de los bárbaros.

A ver si nos enteramos de una vez: estas batallas, esta guerra, no se van a ganar. Ya no se puede. Nuestra propia dinámica social, religiosa, política, lo impide. Y quienes empujan por detrás a los godos lo saben. Quienes antes frenaban a unos y otros en campos de batalla, degollando a poblaciones enteras, ya no pueden hacerlo. Nuestra civilización, afortunadamente, no tolera esas atrocidades. La mala noticia es que nos pasamos de frenada. La sociedad europea exige hoy a sus ejércitos que sean oenegés, no fuerzas militares. Toda actuación vigorosa -y sólo el vigor compite con ciertas dinámicas de la Historia- queda descartada en origen, y ni siquiera Hitler encontraría hoy un Occidente tan resuelto a enfrentarse a él por las armas como lo estuvo en 1939. Cualquier actuación contra los que empujan a los godos es criticada por fuerzas pacifistas que, con tanta legitimidad ideológica como falta de realismo histórico, se oponen a eso. La demagogia sustituye a la realidad y sus consecuencias. Detalle significativo: las operaciones de vigilancia en el Mediterráneo no son para frenar la emigración, sino para ayudar a los emigrantes a alcanzar con seguridad las costas europeas. Todo, en fin, es una enorme, inevitable contradicción. El ciudadano es mejor ahora que hace siglos, y no tolera cierta clase de injusticias o crueldades. La herramienta histórica de pasar a cuchillo, por tanto, queda felizmente descartada. Ya no puede haber matanza de godos. Por fortuna para la humanidad. Por desgracia para el imperio.

Todo eso lleva al núcleo de la cuestión: Europa o como queramos llamar a este cálido ámbito de derechos y libertades, de bienestar económico y social, está roído por dentro y amenazado por fuera. Ni sabe, ni puede, ni quiere, y quizá ni debe defenderse. Vivimos la absurda paradoja de compadecer a los bárbaros, incluso de aplaudirlos, y al mismo tiempo pretender que siga intacta nuestra cómoda forma de vida. Pero las cosas no son tan simples. Los godos seguirán llegando en oleadas, anegando fronteras, caminos y ciudades. Están en su derecho, y tienen justo lo que Europa no tiene: juventud, vigor, decisión y hambre. Cuando esto ocurre hay pocas alternativas, también históricas: si son pocos, los recién llegados se integran en la cultura local y la enriquecen; si son muchos, la transforman o la destruyen. No en un día, por supuesto. Los imperios tardan siglos en desmoronarse.

Eso nos mete en el cogollo del asunto: la instalación de los godos, cuando son demasiados, en el interior del imperio. Los conflictos derivados de su presencia. Los derechos que adquieren o deben adquirir, y que es justo y lógico disfruten. Pero ni en el imperio romano ni en la actual Europa hubo o hay para todos; ni trabajo, ni comida, ni hospitales, ni espacios confortables. Además, incluso para las buenas conciencias, no es igual compadecerse de un refugiado en la frontera, de una madre con su hijo cruzando una alambrada o ahogándose en el mar, que verlos instalados en una chabola junto a la propia casa, el jardín, el campo de golf, trampeando a veces para sobrevivir en una sociedad donde las hadas madrinas tienen rota la varita mágica y arrugado el cucurucho. Donde no todos, y cada vez menos, podemos conseguir lo que ambicionamos. Y claro. Hay barriadas, ciudades que se van convirtiendo en polvorines con mecha retardada. De vez en cuando arderán, porque también eso es históricamente inevitable. Y más en una Europa donde las élites intelectuales desaparecen, sofocadas por la mediocridad, y políticos analfabetos y populistas de todo signo, según sopla, copan el poder. El recurso final será una policía más dura y represora, alentada por quienes tienen cosas que perder. Eso alumbrará nuevos conflictos: desfavorecidos clamando por lo que anhelan, ciudadanos furiosos, represalias y ajustes de cuentas. De aquí a poco tiempo, los grupos xenófobos violentos se habrán multiplicado en toda Europa. Y también los de muchos desesperados que elijan la violencia para salir del hambre, la opresión y la injusticia. También parte de la población romana -no todos eran bárbaros- ayudó a los godos en el saqueo, por congraciarse con ellos o por propia iniciativa. Ninguna pax romana beneficia a todos por igual.

Y es que no hay forma de parar la Historia. «Tiene que haber una solución», claman editorialistas de periódicos, tertulianos y ciudadanos incapaces de comprender, porque ya nadie lo explica en los colegios, que la Historia no se soluciona, sino que se vive; y, como mucho, se lee y estudia para prevenir fenómenos que nunca son nuevos, pues a menudo, en la historia de la Humanidad, lo nuevo es lo olvidado. Y lo que olvidamos es que no siempre hay solución; que a veces las cosas ocurren de forma irremediable, por pura ley natural: nuevos tiempos, nuevos bárbaros. Mucho quedará de lo viejo, mezclado con lo nuevo; pero la Europa que iluminó el mundo está sentenciada a muerte. Quizá con el tiempo y el mestizaje otros imperios sean mejores que éste; pero ni ustedes ni yo estaremos aquí para comprobarlo. Nosotros nos bajamos en la próxima. En ese trayecto sólo hay dos actitudes razonables. Una es el consuelo analgésico de buscar explicación en la ciencia y la cultura; para, si no impedirlo, que es imposible, al menos comprender por qué todo se va al carajo. Como ese romano al que me gusta imaginar sereno en la ventana de su biblioteca mientras los bárbaros saquean Roma. Pues comprender siempre ayuda a asumir. A soportar.

La otra actitud razonable, creo, es adiestrar a los jóvenes pensando en los hijos y nietos de esos jóvenes. Para que afronten con lucidez, valor, humanidad y sentido común el mundo que viene. Para que se adapten a lo inevitable, conservando lo que puedan de cuanto de bueno deje tras de sí el mundo que se extingue. Dándoles herramientas para vivir en un territorio que durante cierto tiempo será caótico, violento y peligroso. Para que peleen por aquello en lo que crean, o para que se resignen a lo inevitable; pero no por estupidez o mansedumbre, sino por lucidez. Por serenidad intelectual. Que sean lo que quieran o puedan: hagámoslos griegos que piensen, troyanos que luchen, romanos conscientes -llegado el caso- de la digna altivez del suicidio. Hagámoslos supervivientes mestizos, dispuestos a encarar sin complejos el mundo nuevo y mejorarlo; pero no los embauquemos con demagogias baratas y cuentos de Walt Disney. Ya es hora de que en los colegios, en los hogares, en la vida, hablemos a nuestros hijos mirándolos a los ojos.

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-arturo-perez-reverte/20150913/godos-emperador-valente-8841.html

 

El 80% de los españoles ha vuelto de sus vacaciones sin recordar quién es Pedro Sánchez

El 80% de los españoles ha vuelto de sus vacaciones sin recordar quién es Pedro Sánchez

 

De esta amplia mayoría, el 35% confunde a Sánchez con el presentador de “Ahora caigo” y otro 15% con “el chico ese que sale en los anuncios de Media Markt”.

Algunos ciudadanos han llegado incluso a interpelar al político en plena calle para decirle que “tendrías que haber ganado Supervivientes en vez de Christopher, no hay derecho”.

“Me suena, sí. Creo que vino a arreglar el ascensor antes de verano. Estuvo unos días por aquí trasteando”, declara el guardia de seguridad de la sede madrileña del PSOE después de observar una foto del líder socialista durante cinco minutos.

“¿Pdr Snchz? Claro, hombre, a este sí le conozco” ha dicho uno de los encuestados.

“El otro nombre que me has dicho no me suena, pero Pdr Snchz por supuesto que sé quién es. Si te partes con él. Es el amigo de Valeria. O Juana. Ahora no recuerdo cómo se llamaba la chica”, ha insistido.

 

El 80% de los españoles ha vuelto de sus vacaciones sin recordar quién es Pedro Sánchez

 

UN 35% LO CONFUNDE CON EL PRESENTADOR DE “AHORA CAIGO”

Según un informe presentado esta mañana en la sede del Instituto Nacional de Estadística (INE), el 80% de los españoles ha vuelto de sus vacaciones estivales sin recordar quién es Pedro Sánchez.

De esta amplia mayoría, el 35% confunde a Sánchez con el presentador de “Ahora caigo” y otro 15% con “el chico ese que sale en los anuncios de Media Markt”.

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Algunos ciudadanos han llegado incluso a interpelar al político en plena calle para decirle que “tendrías que haber ganado Supervivientes en vez de Christopher, no hay derecho”.

“Me suena, sí. Creo que vino a arreglar el ascensor antes de verano. Estuvo unos días por aquí trasteando”, declara el guardia de seguridad de la sede madrileña del PSOE después de observar una foto del líder socialista durante cinco minutos.

“¿Pdr Snchz? Claro, hombre, a este sí le conozco” ha dicho uno de los encuestados.

“El otro nombre que me has dicho no me suena, pero Pdr Snchz por supuesto que sé quién es. Si te partes con él. Es el amigo de Valeria. O Juana. Ahora no recuerdo cómo se llamaba la chica”, ha insistido.

La historia del chaval que modificó los shortcuts en los móviles de sus padres para que cuando escribían “no”, pusiera “hell yes” (en el caso de la madre) o “WHERE THE BITCHES AT.” (en el del padre).

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