«Si vivimos mejor, no es por la democracia, sino por la ciencia»

EL PROFESOR DECEPCIONADO. DIVAGACIONES Y MIERDAS VARIAS. EL OCASO DE UNA ÉPOCA.

José Manuel Sánchez Ron es un hombre canoso pero con aspecto de subir los escalones de dos en dos. «Sin energía no hay nada», dice para comenzar la entrevista, como primer enunciado o titular. Ha publicado «Energía. Historia del progreso y del desarrollo de la humanidad» (Lunwerg). Un volumen amplio y profusamente ilustrado, donde explica cómo se construyeron las grandes pirámides, y no sólo por qué; la importancia que tuvieron los molinos de viento, más allá de las aventuras de Don Quijote, o lo fundamental que ha sido para el mundo la invención de la pila eléctrica, que apareció en 1800. Un recorrido por la historia de la ciencia y la tecnología, que siempre ha sido una historia ignorada, ninguneada.

-El desarrollo de la humanidad, sin la ciencia, no se entiende, pero, al mismo tiempo, se suprime en los libros.

-Es uno de los puntos que intento aclarar. Cuando miro…

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La obsesión por viajar existe: Síndrome Wanderlust

https://buenavibra.es/por-el-mundo/obsesion-por-viajar-sindrome-wanderlust/

El Síndrome Wanderlust hace referencia a la obsesión por viajar que sienten algunas personas. Un deseo que nace de una “necesidad” fuera de lo común, de conocer nuevos rincones y descubrir otras culturas.

Su etimología proviene de wandern (excursión, viaje, paseo) y lust (deseo, anhelo). La traducción literal de wanderlust sería “pasión por los viajes”, similar al significado de “dromomanía” definido por el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española como un inclinación excesiva u obsesión patológica por trasladarse de un lugar a otro.

Síndrome Vanderlust: obsesión por viajar

Hasta hace pocos años, los viajes por placer buscando aventuras que contar y dando rienda suelta al espíritu viajero de los jóvenes era algo inimaginable. El síndrome wanderlust es mucho más que las ganas de irse de vacaciones, que de alguna manera todos las tenemos, es una necesidad que arrastra la pasión por viajar y por descubrir nuevos lugares y diferentes culturas.

sindrome wanderlust

Leé también: Cada vez son más las mujeres que eligen viajar solas

Este síndrome afecta a hombres y mujeres por igual, normalmente entre los 20 y 40 años. Poseen un impulso irresistible de salir, aman escaparse a cualquier parte del mundo y siempre están buscando nuevos destinos.

Algunas encuestas y estudios han demostrado que viajar es la prioridad e interés para esta generación

Internet es su mejor aliado, ya que la red se transforma en su mejor agente de viajes. Reservas, compras, billetes e información; todo se resuelve a través de las nuevas tecnologías.

Destinos

Estos viajeros empedernidos pasan la mayor parte de su tiempo leyendo guías de viaje, navegando por Internet en busca de vuelos, hoteles, albergues, etc., disfrutan con el visionado de documentales sobre lugares exóticos y gastan una buena parte de sus ingresos en viajar.

El destino pasa a un lugar secundario en el planteamiento del viaje, una mera excusa para disfrutar del placer de viajar, es entonces cuando la experiencia wanderlust adquiere todo su significado y se transforma en una forma de vida

Conocer otras culturas, empaparnos de tradiciones y vivir en lugares diferentes, ayuda a ampliar nuestras miras y a alimentar la curiosidad por la desconocido.

“En mi caso, no viajo para ir a un lugar en particular, sino por ir. Viajo por el placer de viajar. La cuestión es movernos”. Robert Louis Stevenson

El síndrome wanderlust y la genética

Existen personas que no sienten la necesidad de viajar, que no se mueve en ellas una inquietud especial por descubrir lugares. Se plantean las vacaciones como un tiempo para descansar y estar tranquilos o quizá para marcharse a un hotel y desconectar de preparar comidas o limpiar.

Este planteamiento es el contrario al síndrome wanderlust, donde impera la necesidad de no estar demasiado tiempo en un lugar y el deseo de viajar se convierte en el centro de la vida de quienes lo padecen.

Más allá de una moda, algunos expertos aseguran que el espíritu aventurero o síndrome de wanderlust en realidad se encuentra en nuestro genes, y más concretamente en el denominado DRD4-7r, un receptor de dopamina (neurotransmisor del placer) que ha sido bautizado como “el gen viajero”.

gen viajero

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Para David Dobbs, investigador de Nacional Geographics, este gen provoca que las personas que lo tienen “acepten mejor los cambios y la aventura, y también se sienten con mayor afinidad para asumir riesgos en cuanto a nuevas ideas, comidas, relaciones, etc”.

Además de la necesidad constante de viajar, los individuos que portan este gen, son personas lanzadas, creativas, que buscan conocer nuevas culturas y otras formas de vida. En definitiva, cualquier cosa que les aporte crecimiento personal.

¿Padeces el síndrome wanderlust?

Las personas que padecen el síndrome wanderfust tienen características que las diferencian del resto:

  • Siempre tienen actualizado y a mano el pasaporte por si surge la oportunidad de viajar de forma imprevista. No tienen miedo a salir de su zona de confort porque lo gustan los cambios.
  • La curiosidad por descubrir nuevos lugares y otras culturas va más allá de la imaginación y se convierte en una necesidad. Todo el dinero que pueden ahorrar va destinado a vivir nuevas aventuras.
  • En cuanto regresan de un viaje ya están planificando el siguiente: consultando páginas de Internet especializadas, visionando documentales o leyendo guías.

La pasión por viajar y conocer mundo no se reduce solamente a poseer el gen viajero, sino que también se relaciona con la infancia, la época en la que aprendemos a través del juego y la imaginación.

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Es en esta etapa cuando se desarrolla el interés por saber qué hay más allá de los límites del hogar. Más allá de la frontera del colegio y los deberes, hay adultos que siguen sintiendo la misma pasión que entonces.

Fuente: lamentemaravillosa.com

El miedo al silencio

https://www.meneame.net/story/el-miedo-al-silencio

Entre los hombres más afortunados del mundo, están quienes saben convivir con el silencio. Cuando nuestra mente deja de estar ocupada en lo inmediato y no tiene cerca ningún estímulo que la distraiga, el silencio se convierte en el espejo más fiel de nuestro interior. Refleja a nuestros peores fantasmas, nuestro vacío y la eternidad de los minutos cuando no hay nada que los llene o, peor aún, están llenos de oscuridad.

Si algo abunda en nuestra sociedad, son los juguetes rotos. Los hay de todos los tipos, formas y tamaños. El tiburón que no supo morder lo bastante fuerte y fue desterrado de su manada. La muñeca que quiso tocar la luna a fuerza de complacer a un águila para que aceptase llevarle allí, pero terminó presa en su oscuro nido. El robot programado para repetir un mismo movimiento hasta el infinito, y oxidado de tanto hacerlo. Todos ellos sienten terror ante el silencio.

Están quienes temen el silencio porque han sido educados para vivir en el ruido, a depender totalmente de las luces y sonidos artificiales que les rodean y ser incapaces de crear nada por sí mismos. Y están quienes temen al silencio porque les recuerda todas las pérdidas, humillaciones, años malgastados y miserias de toda índole que han padecido durante su existencia. A veces, estas personas están dispuestas a lo que sea por no escuchar el silencio. Incluso a autodestruirse lentamente. En otras ocasiones, el silencio es preludio de la muerte porque hay quien prefiere morir a soportarlo.

Y luego están quienes aprovechan el silencio para reproducir melodías en su mente. Para disfrutar del sonido de la brisa, relajar su cuerpo y sentir la paz. Para dejar volar su espíritu y crear ideas, belleza y arte. Para seguir amueblando su cabeza y reflexionar sobre quiénes son y hacia dónde quieren ir.

Una de las cosas más estúpidas que hacemos los seres humanos es emplear lustros en seguir un camino, pero no dedicar un segundo a reflexionar si ése es el que deseamos. La inercia provoca que millones de vidas se malogren. Y el silencio nos lo recuerda. Por eso le tememos tanto. Pero ninguna persona que sea incapaz de convivir con él podrá ser feliz. Tener un mundo interior lo suficientemente rico como para llenar los momentos de soledad es la clave para construir relaciones sociales sanas. Quien no sabe estar solo, es esclavo de la compañía de otros, del ruido y del vacío.

Miles de años de pensamiento y arte, y un mundo lleno de maravillas naturales, deberían ser suficientes para llenar cualquier mente y dar plenitud a cualquier vida. La sabiduría de tantos pensadores del pasado debería ser un punto de partida lo bastante sólido para que cada cual decida su camino y aprenda a guiarse. Y el silencio debería ser el contexto ideal para saborearlos. Pero los hombres libres no encajan con el modelo de sumiso productor que quieren los de arriba. Por eso nos enseñan a temer el silencio.

 

 

 

Lo político es lo privado

https://www.elsaltodiario.com/opinion/lo-politico-es-lo-privado-2#

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El vagón avanza a través del túnel. Te distraes observando el reflejo del interior en los cristales. Estamos ahí, todos, en teoría, voluntariamente, a las seis de la mañana, cada uno encajado en el rol que lo alimenta. Aunque no lo parezca a simple vista, todos uniformados. Apretaditos. Incómodos. Disfrazados. Preparados para mentir. La gente miente. Tu mientes. Constantemente. Todos los días. Estamos obligados a mentir y a mentirnos. Si quieres tener un techo que te cubra, es muy probable que la mentira, que la credibilidad de la pose, sea directamente proporcional a tus posibilidades de acceder y mantener a un trabajo.

A veces puedes ver en ese reflejo lo perverso de todo esto. Es tan real, tan irrefutable, que casi parecería natural, que está ahí desde siempre, que estará siempre… Sin embargo, apenas tiene cien años. El tren, que avanza con la pesada carga de nuestra subsistencia, es el absoluto triunfo de la ideología.

Miras de reojo el mapa de las estaciones, la estructura subterránea que cruza el interior de la ciudad hecha a base de subvenciones, contratos y licitaciones, eligiendo cuidadosamente las paradas, de dónde a dónde, conectando con líneas de autobuses el centro y los suburbios, los colegios, los hospitales, los polígonos industriales, los empresariales y las zonas de ocio prefabricadas, el horario laboral, el salario base, el precio de la vivienda, el sexo de los viernes —porque el sábado no se madruga—, los códigos sociales, tu angustia de los lunes, el coste de la vida, tu tiempo de lectura, las mañanas que no disfrutaste… Podría ser una metáfora, pero no hay aquí nada de poesía, solo es una parte minúscula de un contrato social. De un contrato firmado de antemano. Antes siquiera de que tú hubieras nacido.

Conoces el pacto. Tendrás la certidumbre de un camino trazado. A cambio, acatarás las limitaciones laborales y burocráticas de tu existencia

Conoces el pacto. Tendrás la certidumbre de un camino trazado, que no es garantía de ningún éxito. A cambio, acatarás las limitaciones laborales y burocráticas de tu existencia. Aceptarás que te rompan el corazón a las siete menos cuarto y, a las ocho y media, estar con un cliente, intentando sostener una sonrisa, que el duelo por la pérdida es de dos días laborales, y el tercero se te permite alguna lágrima mientras te dan el pésame junto a la fila de mesas modulares donde pequeños objetos de contrabando emocional (un cactus, un portalápices, una foto de una niña de tres años que sonríe ajena a toda esa brutalidad hecha tedio…) dejan revelar los pequeños resquicios de identidad permitidos. Tolerarás, por ley, dos días y medio para olvidar que tuviste una madre, un hermano.

Una tarde para un amigo. Cinco semanas para conocer a tu hijo. Cuatro meses si eres madre, el mínimo de lactancia necesaria para garantizar algo de inmunidad en su organismo. Una desconocida oirá sus primeras palabras, verá sus primeros pasos y guardará silencio, que es otra forma de mentir, para que tú creas que su primera vez es la primera vez que estabas presente. Y si no puedes con ello, si no lo asumes, si la mentira se te hace excesivamente dura, tendrás dos días de baja y cuatro tipos de pastillas para que, aunque sigas sin asumirlo, porque es inasumible, seas al menos capaz de cargar con la ficción que se te exige.

Vives (lo sabes) en el mejor de los mundos posibles, pero en el reflejo negro del cristal no parece gran cosa. Decía Curzio Malaparte que “la lucha contra la muerte es heroica; la lucha por la supervivencia, miserable”. No se trata de una conspiración, es solo una consecución de decisiones en las que nadie como tú ha tomado parte. El ganadero no busca el sufrimiento de las reses, es simplemente que no lo tiene en cuenta si no es para maximizar su beneficio. Extraño cataclismo el de lo imperceptible. Pasó vertiginosamente despacio, empezó en los albores del siglo XX, cuando el automóvil, el urbanismo y la especulación confluyeron en la primera gran crisis del capitalismo moderno. Roosevelt decidió invertir en infraestructuras y en industria automovilística. Le Corbusier, fascinado con el edificio de Fiat y por Henry Ford, empezó a diseñar ciudades organizadas a la medida de la humanidad. De su humanidad de prócer, de varón de su tiempo bien remunerado. Arrinconó todo aquello que afeaba su paisaje y puso las viviendas de los asalariados —monótonas, minúsculas, apiladas en los márgenes—, confinó la infancia a los espacios conocidos, recluyó a las amas de casa y los ancianos, diseñó una ciudad inabarcable caminando, a una hora en coche de cualquier sitio.

Por otro lado, el Plan Marshall y la deuda como fuente de beneficio fueron dibujando las cláusulas de tu hipoteca, el precio de tu alquiler. Las Naciones Unidas y el Banco Mundial redactaron tu convenio laboral, la televisión, internet, tu idea de fracaso, del triunfo personal, las manifestaciones del amor, el orden familiar, la normalidad aceptada, tu capacidad de resilencia, el límite de tu paciencia… Nada que ver contigo. Y, sin embargo, ahí está, todo el paradigma ideológico de la globalización, delimitando tus afectos, tu código postal, lo que sabes, aquello de lo que hablas, todo lo que te preocupa, tu estado de ánimo, la hora a la que comes… Nada que ver contigo.

Llegarás a casa de noche, prepararás las cosas del día siguiente, cenarás algo, verás una serie, leerás las noticias mortalmente aburrida, pensando si esta desazón es culpa tuya

Dice McMihail que “una es y la hacen ser”. En esa frase resume un siglo de literatura política, sociológica, psicológica, que nos habla de que el ser humano necesita un hábitat habitable. Eso tan simple. Podríamos hablar de la sociedad líquida de Bauman, del psicoanálisis social de Fromm, del panoptismo de Foucault, de esos estudios de psicología comunitaria que confirman que las ciudades-dormitorio son lo opuesto a las comunidades, que el aislamiento crea individuos desarraigados, que el desarraigo genera ansiedad, miedo, frustración, que cuando esto se prolonga se vuelve patológico… O podemos decir que vives mal y por eso levantarás la voz, perderás la paciencia, te comportarás como un perfecto gilipollas.

Y llegarás a casa de noche, prepararás las cosas del día siguiente, cenarás algo, verás una serie, leerás las noticias, sustituyendo una cerveza con tus amigos por el Facebook, jugando a una aplicación idiota, mortalmente aburrida, pensando si esta desazón es culpa tuya, si deberías apuntarte a un gimnasio, o al psicólogo, o a bailes de salón. Si el problema es que el amor de tu vida no te satisface. O que la vida está en otra parte.

“La vida tiene razón y el arquitecto se equivoca”, confesó Le Corbusier en su lecho de muerte. Pero ya no le escuchaba nadie.

El largo ocaso del centro comercial en Estados Unidos

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El largo ocaso del centro comercial en Estados Unidos

Para cualquiera que creciera en los Estados Unidos de los años noventa, el shopping mall era uno de los lugares que definieron gran parte de su adolescencia.

El mall es una criatura urbanística típicamente americana, ocasionalmente imitada pero raramente replicada en Europa. En su diseño más básico, un mall es un centro comercial situado en un suburbio en algún lugar en el extrarradio de un área metropolitana. En su mayoría, son grandes mazacotes de cemento sin apenas ventanas rodeadas de hectáreas de asfalto. Son construcciones brutalistas, opacas, frías, imponentes.

Los shopping mall tradicionales son agresivamente anti-urbanos: por su propio diseño, no están construidos para interactuar con el exterior. Acceder en cualquier cosa que no sea un vehículo privado es un horror, y pasear fuera del mall es básicamente deambular por un aparcamiento. Uno va al mall, entra en él, y no sale. En centro comercial es un destino cerrado, sin nada alrededor que sea fácilmente accesible a pie.

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En planta, los malls acostumbran a tener forma de “T” o una “H” con un brazo central alargado. En los extremos del edificio se sitúan lo que en jerga comercial se llaman “comercios ancla” (anchor stores), habitualmente unos grandes almacenes estilo Sears o Macy’s o una tienda de ropa o electrónica especialmente grande (H&M, Best Buy, Nordstrom, etcétera). Los brazos de conexión casi siempre son pasillos de dos niveles con luz natural y tiendas de cadenas nacionales a ambos lados.

Complementando los comercios, los malls acostumbran a tener un food court, (un comedor rodeado de garitos de comida rápida) y con algo de suerte un cine multisalas, un arcade y un parque infantil o un tiovivo para chavales.

El shopping mall tradicional está sentenciado

Desde hace unos años en Estados Unidos se habla de la muerte del shopping mall tradicional. Hay todo un género fotográfico que se dedica a documentar la lenta decadencia de centros comerciales abandonados. En un estudio citado hasta la saciedad, se calcula que una quinta parte de los malls del país tienen más de un diez por ciento de tiendas vacantes, la primera señal que ha entrados en una espiral que lo llevará a su cierre. En los estudios más pesimistas, se habla que cuatro de cada cinco centros comerciales desaparecerán en menos de dos décadas.

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La causa sonará familiar: los milenials. Los centros comerciales están viendo sus ventas caer debido a la competencia de las ventas por internet (léase: Amazon), algo que las generaciones más jóvenes adoran. La vieja obsesión por los suburbios y casitas unifamiliares, además, parece estar desapareciendo, y ahora los profesionales jóvenes prefieren vivir en entornos más urbanos y amigables para el peatón. El mall, en esta historia, es un dinosaurio, y las bancarrotas constantes de cadenas como Sears o JC Penney son una señal clara que van camino de la extinción.

En los estudios más pesimistas, se habla que cuatro de cada cinco centros comerciales desaparecerán en menos de dos décadas.

La historia, sin embargo, es un poco más complicada. Para empezar, nunca ha habido tantos malls en Estados Unidos como hay ahora. En los últimos diez años (del 2007 al 2017) el número total de centros comerciales ha aumentado un cuatro por ciento, hasta alcanzar 1.211 en todo el país. Aunque la cifra de crecimiento es menor que el crecimiento de la población del país o del ritmo de construcción desaforado de los años ochenta (un 52%) y noventa (un 19%), las cifras indican que la cosa es un poco más complicada.

Para empezar, no todos los malls son iguales. La industria clasifica los centros comerciales en cinco categorías, “trofeo”, A, B, C y D, según la calidad de instalaciones y tiendas. El factor más importante para definir un centro comercial es el volumen de ventas por superficie comercial. Un mall “trofeo” o “fortaleza” acostumbra a generar ventas de más de $8.500 al mes por metro cuadrado; uno B se mueve en los $3.700, mientras que una D anda por los $2.500.

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Traducido a tiendas, un centro comercial A es la clase de sitio que tiene un Apple Store, una tienda de Louis Vutton, y un Nordstrom o Lord & Taylor de ancla. Un “trofeo” tiene Neiman Marcus, Tiffany, Cartier y sitios donde te miran mal si preguntas cuánto cuesta algo. Un mall tipo D tiene sitios donde hacerte tatuajes, tiendas de todo a un dólar y un JC Penny donde nadie ha pasado una escoba desde 1997.

Como era de prever, los malls no mueren repentinamente, sino que van progresivamente perdiendo categoría. La tienda de Gap es substituida por una de Old Navy, que vende ropa más barata. Macy’s, unos grandes almacenes un poco anticuados pero decentes, pasa a ser unTJ Max, un sitio de descuentos, y así sucesivamente.

Si se miran las cifras de cierres de malls con cierto detalle, es de B para abajo donde hay una escabechina importante. Los malls de tipo C y D no pueden cobrar alquileres demasiado altos, ya que las tiendas venden poco. Dado que sus costes fijos son comparables a los de un centro comercial “de categoría” pero sus ingresos son menores, son menos rentables, y tienen una “tasa de mortalidad” más elevada.

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Esto no sucede en los centros comerciales en la parte alta de la escala, los 300 malls con clasificación A o mejor. Aquí tenemos tiendas caras con márgenes enormes (léase, un Apple Store), clientes pudientes y tráfico abundante. En este segmento de mercado, los malls gozan de buena salud, e incluso hoy en día las ventas siguen subiendo, los alquileres siguen siendo altos y los beneficios siguen siendo abundantes.

En mitad de la escala, en los centros comerciales de clase media (los 400 de clase B), también gozan de buena salud. En este caso, lo que vemos a menudo es una redefinición de lo que es un centro comercial, con menos tiendas y más restaurantes y lugares de ocio, o un uso más mixto, con locales como gimnasios, oficinas y (cielos) reconversiones para hacerlos más acogedores para peatones. En realidad, las cifras parecen indicar que hay sobre un veinte por ciento de malls moribundos, pero al ochenta por ciento restante no le va del todo mal.

Una cuestión de clases

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En el fondo, lo que vemos en la evolución del centro comercial en Estados Unidos es un reflejo de lo que está sucediendo a la sociedad americana: un colosal aumento de las desigualdades. A un extremo de la escala tenemos los centros comerciales para las clases acomodadas, bonitos, llenos de tiendas caras y rentables.

Estos centros comerciales sólo cierran cuando abre uno aún más bonito y caro cerca de ellos, pero gozan de una salud excelente. Junto a ellos, tenemos una concentración de la actividad económica en las grandes áreas metropolitanas del país, y ejemplos de vitalidad económica en la renovación de viejas estructuras. Los que cierran es porque eran arquitectónicamente insalvables o porque sus propietarios eran demasiado torpes como para entender que debían cambiar.

Lo que vemos en la evolución del centro comercial en Estados Unidos es un reflejo de lo que está sucediendo a la sociedad americana: un colosal aumento de las desigualdades.

En el nivel más bajo de la escala, sin embargo, tenemos los centros comerciales cerca de ciudades pequeñas alejadas de los lugares que generan empleo, o malls en zonas deprimidas de grandes urbes. Aquí la espiral de pobreza se ha enquistado, los comercios cierran, y los pasillos están cada vez más vacíos. Es la América que la economía ha dejado atrás, en el rust belt y las pequeñas ciudades lejos de las costas.

En los próximos años, es muy posible que la idea tradicional de shopping mall, la vieja imagen de un edificio gigante con suelos de falso mármol, adolescentes aburridos y familias de clase media pasando la tarde sea cada vez menos habitual. Esto sucederá, sin embargo, no tanto porque los viejos centros comerciales desaparezcan, sino porque poco a poco se habrán ido transformando o bien en palacios de ocio para clases pudientes, o bien en algo parecido a un centro urbano improvisado con arquitectura a veces cuestionable.

La ironía, en todo caso, es que esto sería una vuelta a los orígenes. Victor Gruen, el hombre que inventó el shopping mall cubierto moderno, diseñó los centros comerciales como centros cívicos para una nueva era. Su intención, en sus proyectos iniciales, era rodear el edificio del mall con viviendas, oficinas y zonas peatonales, no aparcamientos. El automóvil, el mal urbanismo y los incentivos fiscales de la América de esa época dejaron sus ideas de lado. La reemergencia del viejo urbanismo peatonal, denso y urbano quizás las traiga de vuelta.

Fotos | iStock, Fire At Will [Photography]Jim G

La opinión pública no vale una mierda (y por eso deberíamos engañarte)

https://www.yorokobu.es/la-opinion-publica-no-vale-una-mierda/

Ya no puedo contar los estudios que demuestran que la homeopatía no cura nada, pero la mayor parte de la opinión pública repite como enloquecida «pues a mí me funciona» o lo de que «mal no me va a hacer» (aunque sí lo pueda hacer) y acaba moviento un mercado de 10.000 millones de euros. Incluso las personas con más estudios, según la última encuesta del FECYT, son las que más creen en ello, a pesar de que no hay pruebas científicas (lo cual sugiere, quizás, que tener estudios no te vuelve una persona más crítica).

Ya han aparecido varios estudios de conjuntos de estudios que no encuentran ni una sola prueba de que el WiFi sea perjudicial para la salud, pero la opinión pública dice que, por si acaso, lo apaga por la noche porque le produce jaqueca, en el mejor de los casos, o cáncer, en el peor.

Los antivacunas, a pesar de que sostienen un conocimiento que parece recién llegado de la Edad Media más oscura e ignorante, están ganando la batalla, porque incluso están mejor informados que el ciudadano medio sobre el tema (aunque estén equivocados).

A la ciencia, parece evidente, se le antoja irrelevante lo que sostenga la mayor parte de la opinión pública: los hechos son los hechos, y las opiniones valen poco al respecto: analizar los hechos requiere de complejos estudios o ensayos de laboratorio.

Progresivamente, el mundo se está tornando un lugar tan complejo, técnico y lleno de información que la opinión pública empieza a ser un lastre. Es decir, que cada vez resultará más espinoso preguntarle algo a propósito de cualquier asunto a ella, a la opinión pública. Imaginad que sometiéramos a votación popular el grosor que deberían tener los pilares maestros de un rascacielos de treinta plantas de altura. O que se votara, muy democráticamente, el voltaje de determinado aparato eléctrico. Ahora extrapoladlo a casi todo lo que nos rodea, incluida la propia democracia.

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¿En qué estamos fallando?

Disponemos de mayor información que nunca antes en la historia, existen más artículos advirtiendo acerca de las pseudociencias que nunca… pero las ideas erróneas prosperan también a mayor velocidad que nunca. Parece que la batalla por informar correctamente no solo debe enfrentarse a la idiocia humana, sino al propio contexto: hay más formas que nunca de compartimentar la información, de solo leer lo que te interesa y únicamente relacionarte con personas que piensan como tú gracias al llamado sesgo endogrupal (un sesgo que es particularmente insidioso en las relaciones online).

Es decir, que la información no nos está haciendo más libres ni tampoco nos da una mayor educación. Parece que en realidad somos más cautivos que antes del error porque las herramientas tecnológicas que nos permiten estar informados también nos permiten escoger qué es lo correcto y qué lo incorrecto, como si fuéramos expertos en todo.

Por consiguiente, el problema puede abordarse de dos formas, no necesariamente excluyentes. La primera: concibiendo algoritmos informáticos que impidan el sesgo endogrupal y/o criben la información en relación a la calidad de la fuente de la que emana (por ejemplo, un metaanálisis sería información cinco estrellas, pero un tuit o un estado de Facebook, información de una estrella). En ese sentido, hace poco se puso en marcha la verificación de hechos, o Fact Check, una etiqueta que ayuda a los usuarios de Google News a identificar historias que han sido revisadas de entre los miles de nuevos artículos que se publican cada día.

La segunda: considerar la opinión pública como algo totalmente irrelevante, incluso para el sostén de la propia democracia (o dicho de otro modo: si delegamos el pilotaje de un avión a un experto acreditado, tal vez deberíamos delegar en prácticamente todas las decisiones que tomamos, porque generalmente somos ineptos en lo que no somos expertos: en casi todo).

Ambas formas anteriormente presentadas podrían fortalecerse con un ardid que quizá suene un tanto anatema entre los que defendemos la libertad, la democracia, el poder para el pueblo y todo lo demás: engañar a la gente por su bien.

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La desinformación como forma de información

Los sistemas de navegación por GPS que informan de atascos en tiempo real no sirven de mucho si dicen la verdad: en cuanto todos los usuarios descubren un atasco y toman la vía alternativa, la vía alternativa se atasca. La forma más conveniente de resolver el atasco es que solo una parte de los usuarios tome la vía alternativa. El GPS, pues, puede engañar a determinados usuarios a propósito del atasco a fin de que continúe por la vía principal.

En asuntos complejos en los que intervienen multitud de variables quizá podría emplearse una estrategia parecida.

No se trataría de engañar solo a la gente tonta, sino también a los que se creen listos en un tema, cuñadismo on fire. Porque si discutes con alguien acerca de un tema sobre el que tiene una opinión muy arraigada, probablemente nunca le convencerás de su error. Mucho menos si usas palabras gruesas y descalificaciones, pero incluso empleando la retórica más pedagógica probablemente no cambiará de opinión más que un porcentaje minúsculo de personas.

Parece que los cambios de opinión globales, pues, no se producen tanto por la idea un tanto romántica de tipo Platón enseñando a pensar a sus discípulos. Las ideas cambian porque sostenerlas te hace parecer imbécil o porque la generación que las sostienen ya ha sido sustituida por una nueva. En otras palabras, cambias de opinión cuando la gente que te rodea lo ha hecho: al fin y al cabo, te gusta opinar como la mayoría para no parecer un tipo raro (y tendemos a pensar que si algo lo cree la mayoría es que será más cierto que si lo cree una minoría).

Como las nuevas generaciones suelen abrazar ideas contestarias por sistema, es decir, ideas que de algún modo ponen en entredicho el statu quo, las ideas cambian para bien o para mal. El problema es que la realidad es ahora más cambiante que antes y lo hace en menor plazo tiempo, así que esperar a que las generaciones equivocadas sean reemplazados por las nuevas no es muy eficaz.

Tal vez la solución no sea tanto explicar cómo se sabe si un medicamento cura o no, por qué es más fiable un estudio de estudios antes que mil testimonios y un largo etcétera epistemológico para hacer que la gente deje de consumir homeopatía. Tal vez la solución sea poner de moda no consumir homeopatía. Tal vez lo más efectivo sea darle un empujoncito y engañarla para que haga lo correcto. Manipular su GPS para que vacune a sus hijos y no ponga en peligro la inmunidad del resto de las personas que no han decidido vivir en la Edad Media.

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El calentamiento global me la bufa

La opinión pública estadounidense no parece demasiado preocupada con el calentamiento global, a pesar de que existe mucha información acerca de los riesgos que ello supone. ¿Qué diablos le pasa a la opinión pública? Es algo que intentó responder un grupo de investigadores llamado Cultural Cognitive Project. La conclusión que extrajeron es que la opinión pública no cree que los expertos sepan de lo que hablan.

Para determinar si esta deconfianza nacía de la incultura científica, se sometió a cada encuestado a un test que evaluaba su nivel de conocimientos científicos. Los resultados fueron muy extraños: quienes tenían mayor cultura científica eran los que más despreciaban la amenaza del cambio climático. En realidad, lo que ocurría es que los que tenían más formación tenían una opinión extrema: o consideraban el cambio climático muy grave o muy poco grave. Una posible explicación a esta reacción podría ser que las personas más cultas e inteligentes están más habituadas a tener razón y saben defender mejor sus posturas, de modo que lo hacen con independencia de si tienen razón de verdad o no.

Y aquí llegamos al quid de la cuestión. Las personas más formadas suelen cambiar menos de opinión… y cada vez somos personas más formadas. Conocedores de este sesgo, Richard Thaler y Cass Sunstein fueron pioneros en el llamado pequeño empujón: más útil que tratar de convencer a las personas de algo parece ser engañarla con pistas sutiles o nuevos entornos predeterminados. Por ejemplo, en vez de poner un letrero en un urinario instando a la gente que no salpique al orinar, porque eso es malo para todos (nadie quiere orinar en un baño salpicado), parece más eficaz pintar una mosca y que el cliente se dedique a hacer puntería.

Dicho de otro modo: más que informar a la opinión pública, debemos usar lo que ya sabemos sobre la forma en que nos formamos las opiniones y las defendemos para explotar los puntos flacos. Más que ofrecer más información, hay que investigar mejor cómo convencer a la opinión pública de que haga lo más conveniente.

El abogado del Departamento de Defensa de Estados Unidos, Steve Epstein, tuvo que informar en varios departamentos del Gobierno lo que estaba autorizado o no a hacer un empleado. En vez de enumerar largas listas de reglas y normativas, creó un catálogo de meteduras de pata muy divertido basado en casos reales. Alojando historias en la mente de los empleados (que además no resultaban pesadas de leer), estos cumplieron más eficazmente la normativa. No se trataba de enseñarles las normas, sino de contarles un cuento divertido.

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Tecnología y democracia

Así como es muy difícil convencer de la verdad a una persona instruida, es relativamente fácil engañarla para que crea lo que nosotros queramos (sea la verdad o no). Ello ha propiciado que la tecnología de las comunicaciones incremente la desinformación. Los debates en las redes sociales solo son batallas entre extremos, y grupos ideológicamente tendenciosos han secuestrado el debate social.

Quienes usan esta tecnología para promover el negacionismo del Holocausto, el sida o el cambio climático, entre otras barbaridades, ganan la batalla a las exposiciones razonadas y científicas porque los primeros cuentan historias y los segundos cuentan la verdad, como explica Don Tapscott en su reciente libro La revolución blockchain.

Es decir, que quizá debemos embaucar un poco a la opinión pública porque es la forma más eficaz de convencerla, pero también porque el enemigo ya lo está haciendo mucho mejor que nosotros y no debemos dejar que nos tomen ventaja. O dicho de otro modo: este artículo no será muy útil para nadie. La próxima vez subcontrato a alguien de Cuarto Milenio.

POR SERGIO PARRA

Un comentario… Heidi

…extraído de un foro:

La historia original de Heidi ya era bastante sórdida: hija de madre soltera, ES abandonada a manos de un viejo antisocial que la explota como criadora de cabras y que solo accede a escolarizarla bajo amenazas. Después, el abuelo la coloca como acompañante de una chica minusválida, alejada de toda su familia y entorno social. Finalmente la minusválida visita el pueblo de Heidi y milagrosamente empieza a andar, con lo que se deduce que su minusvalía era fingida o psicosomática.