IMPRESIONANTE IMAGEN PARA COMPARAR MEDIDAS

La excelente animación que presentamos muestra algo brutal y difícil de imaginar: todas las distancias conocidas. Desde la longitud de Plank y la espuma cuántica hasta el universo observable. Estoy seguro de que os entretendréis un buen rato con ella. También estoy seguro de que os preguntaréis que fabuloso y experimentado científico ha diseñado esta presentación; pero para ello, deberéis pulsar en “Leer más”…

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Había una vez…

Había una vez cuatro individuos llamados Todo el Mundo, Alguien, Nadie y cualquiera.

Siempre que había un trabajo que hacer, Todo el Mundo estaba seguro de que Alguien lo haría.

Cualquiera podría haberlo hecho, pero Nadie lo hizo.

Cuando Nadie lo hizo, Alguien se puso nervioso porque Todo el Mundo tenia el deber de hacerlo.

Al final Todo el mundo culpó a Alguien cuando Nadie hizo lo que Cualquiera podría haber hecho.

Pérez-Reverte: "Llevamos años adaptando la oferta turística para que 7.000 ingleses puedan potar a gusto"

El escritor Arturo Pérez-Reverte se pronunció este domingo a través de su cuenta oficial de la red social Twitter acerca de uno de los aspectos sociales más controvertidos del verano español, la llegada de numerosos turistas extranjeros a ciertas localidades en la cultura de sol, playa, alcohol y excesos.

Tras mostrar una noticia de la invasión de jóvenes en la localidad mallorquina de Magaluf, en la que la ausencia de control policial permite que hasta 20.000 personas saturen las calles por la noche perturbando por completo la vida de los ciudadanos locales, Reverte comentó su visión al respecto.

“La marca España, que diría, babeando de orgullo patrio, el ministro Margallo. Lo de menos es la chusma inglesa mamada y la impotencia de los conductores. Lo bonito es la ausencia absoluta de autoridad. La impunidad. Ni un policía municipal ni nacional, ni un picoleto interviniendo, ayudando a los conductores, ni una autoridad. Nada”, comenzó afirmando.

“Miles de borrachos incontrolados pueden hacer eso y quedarse tan campantes. Es España, oigan. La marca esa del ministro. No pasa nada. Las autoridades municipales se dicen impotentes. No se puede evitar, etc. Miles de animales aerotransportados para vomitar en tu parabrisas. Pero no se puede hacer nada, dicen, para controlarlos. Llegan, pagan, beben, mean, vomitan y se van. Y algo dejan entre el vómito. Unos euros”, apunta el escritor.

Reverte considera que “llevamos años adaptando la oferta turística para esta chusma, reconvirtiéndolo todo para que siete mil ingleses puedan potar a gusto. Y esa es nuestra gran apuesta de futuro. Nuestra elegante oferta. El turismo (España, potencia turística) que nos sacará de la crisis”.

El cartagenero saca entonces su afilada pluma al proponer “el slogan turístico del ministro Margallo: “Vente a España, tío marrano: sol, cerveza y chusma”. “Cualquiera les pone pegas ya. Cualquiera dice que despejen. Con tal de venderles cerveza y hotel, lo que sea. Congraciarse con las bestias”, lamenta.

“Los jóvenes se van de España por necesidad. Dentro de nada empezarán a irse por dignidad: “Que les sirva las cervezas (dirán) su puta madre”, reflexiona el escritor.

Por último, Reverte apunta que si “después de que le abollen el coche, se pone suicida y se hostia con los guiris, o atropella, ¿alguna autoridad vendrá a socorrerlo? encima se caerá usted con todo el equipo, como en lo de las bosnias”.

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ARTURO PÉREZ-REVERTE Conmigo, o contra mí

Un lector me preguntó el otro día por mi escepticismo político: mi falta de fe en el futuro y mi despego de esta casta parásita que nos gobierna, sólo comparable a la desconfianza que siento hacia nosotros los gobernados: sin víctimas fáciles no hay verdugos impunes. Siempre sostuve, porque así me lo dijeron de niño, que los únicos antídotos contra la estupidez y la barbarie son la educación y la cultura. Que, incluso con urnas, nunca hay democracia sin votantes cultos y lúcidos. Y que los pueblos analfabetos nunca serán libres, pues su ignorancia y su abulia política los convierten en borregos propicios a cualquier esquilador astuto, a cualquier lobo hambriento, a cualquier manipulador malvado. También en torpes animales peligrosos para sí mismos. En lamentables suicidas sociales.

Hace dos largas décadas que escribo en esta página. También, en los últimos dos años, Twitter me ha permitido acercarme a lo más caliente de nuestro modo de respirar. Y no puedo decir que sea confortable. Inquieta el lugar en que una parte de los lectores españoles se sitúan: lo airado de sus reacciones, el odio sectario, la violenta simpleza -rara vez hay argumentos serios- que a menudo llegan a un desolador extremo de estolidez, cuando no de infamia y vileza. Cualquier asunto polémico se transforma en el acto, no en debate razonado, sino en un pugilato visceral del que está ausente, no ya el rigor, sino el más elemental sentido común.

Destaca, significativa, la necesidad de encasillar. Si usted opina, por ejemplo, que a Manuel Azaña se le fue la República de las manos, no encontrará criterios serenos que comenten por qué se le fue o no se le fue, sino airadas reacciones que, tras mencionar el burdo lugar común de Hitler y Mussolini, acusarán al opinante de profranquista y antidemócrata. Y si, por poner otro ejemplo, menciona el papel que la Iglesia Católica tuvo en la represión de las libertades durante los últimos tres siglos de la historia de España, abundarán las voces calificándolo en el acto de anticatólico y progre de salón.

Pondré un ejemplo personal: una vez, al ser interrogado sobre mi ideología, respondí que yo no tengo ideología porque tengo biblioteca. No pueden ustedes imaginar cómo llovieron, en el acto, las violentas acusaciones de que escurría el bulto «y no me mojaba». Y es que en España parece inconcebible que alguien no milite en algo y, en consecuencia, no odie cuanto quede fuera del territorio delimitado por ese algo. Reconocer un mérito al adversario es para nosotros impensable, como aceptar una crítica hacia algo propio. Porque se trata exactamente de eso: adversarios, bandos, sectas viscerales heredadas, asumidas sin análisis. Odios irreconciliables. Toda discrepancia te sitúa directamente en el bando enemigo. Sobre todo en materia de nacionalismos, religión o política, lo que no toleramos es la crítica, ni la independencia intelectual. O estás conmigo, o contra mí. O eres de mi gente -y mi gente es siempre la misma, como mi club de fútbol- o eres cómplice de la etiqueta que yo te ponga. Y cuanto digas queda automáticamente descalificado porque es agresión. Provocación. Crimen.

Qué fácil resulta entender, así, nuestra despiadada Guerra Civil. Si ahora no se dan delaciones y paseos por las cunetas, es sencillamente porque ya no se puede. Pero las ganas, el impulso, siguen ahí. Me pregunto muchas veces de dónde viene esa vileza, esa ansia de ver al adversario no vencido o convencido, sino exterminado. La falta de cultura no basta para explicarlo, pues otros pueblos tan incultos y maleducados como nosotros se respetan a sí mismos. Quizá esa Historia que casi nadie enseña en los colegios pueda explicarlo: ocho siglos de moros y cristianos, el peso de la Inquisición con sus delaciones y envidias, la infame calidad moral de reyes y gobernantes. Pero no estoy seguro. Esa saña que lo mismo se manifiesta en una discusión política que entre cuñados y hermanos en una cena de Navidad es tan española, tan nuestra, que me pregunto quién nos metió en la sangre su cochina simiente. Desde ese punto de vista, el español es por naturaleza un perfecto hijo de puta. Por eso necesitamos tanto lo que no tenemos: gobernantes lúcidos, sabios sin complejos que hablen a los españoles mirándonos a los ojos, sin mentir sobre nuestra naturaleza y asumiendo el coste político que eso significa.

Dispuestos a decir: «Preparemos al niño español para que se defienda de sí mismo. Eduquémoslo para que conviva con el hijo de puta que siglos de reyes, obispos, mediocridad, envidia, corrupción, violencia, injusticia, le metieron dentro».

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/arturo-perez-reverte/20130901/conmigo-contra-6099.html#VwZ1qf57cdWZGcG8