Españoles sin WhatsApp

Por el 24 de agosto de 2016, 10:28

Vivir en minoría forja la personalidad. Esto lo saben bien los que viven de espaldas a WhatsApp en una España que no entiende a quien renuncia al poder establecido.

Españoles sin WhatsApp

España sí es país para WhatsApp. Con los datos del último eurobarómetroen la mano, ningún otro país europeo utiliza tanto WhatsApp. Paralelamente, España es también quien menos utiliza el SMS: el 6% de los españoles envía mensajes de texto regularmente, el 62% no los envía jamás. Natural en un contexto en el que los SMS han tenido precios mucho más altos que en otros países. Para la comunicación directa y breve sin la intrusión de una llamada, la llegada de WhatsApp fue como la primavera.

La victoria de WhatsApp en España ha sido consolidarse como estándar. Es la primera aplicación (y en muchos casos, la única) en ser descargada en un smartphone y para bien o para mal es el epicentro de las comunicaciones: no tener WhatsApp en la España de 2016 es casi el equivalente a no tener teléfono móvil hace diez años. El barómetro del CIS de marzo no deja dudas: la mitad de los españoles usa mensajería instantánea, una proeza teniendo en cuenta que en la otra mitad abundan los niños que todavía no tienen móvil y los ancianos que viven sin 4G. De esos usuarios, el 98,1% ha “escogido” WhatsApp. Si acotamos únicamente al parque móvil actual (incluyendo teléfonos sin conexión a Internet), el 70% tiene WhatsApp instalado y en uso. La pregunta es… ¿qué ha movido a los pocos, poquísimos que viven de espaldas a WhatsApp?

whatsapp mundial

Activista anti-WhatsApp

José Fos, un valenciano de 45 años, rompe con el estereotipo que se puede tener de alguien que vive alejado de WhatsApp en 2016. Es informático, hiperactivo en redes sociales y pionero de todas las apps que comienzan a llamar la atención. “Ahora ya un poco menos, antes me bajaba todo el día 1 de su salida. WhatsApp al principio era una app más para comunicarse, éramos pocos usándola, igual podías usar WhatsApp que Twitter, o que otras más”. Luego el servicio se masificó. Al poco, Fos pulsó el aspa de la desinstalación. Eso fue hace tres años y medio, y WhatsApp sigue sin volver a aparecer en su iPhone.

“Al principio la desinstalé sobre todo por temas de seguridad, que en esa época los mensajes se enviaban en texto plano, sin cifrar. También por cómo tambaleaban con el método de monetización, no era nada claro. A un usuario no le suele importar cómo viva la compañía, pero a mí sí me preocupaba cómo se sostenía y qué pedía a los usuarios. Además, no sacaban app de escritorio, no metían llamadas VoIP… Todo eso hizo que la acabara borrando.” Eso fue en 2013, ahora el dilema de la monetización está resuelto, sobre todo desde la compra por parte de Facebook. El de la seguridad, también. La versión web es una realidad y las llamadas, más de lo mismo. Pero Fos sigue resistiendo, ahora por otros motivos: “mi mayor problema ahora con WhatsApp es el mal uso. Está masificado, sobre todo por los grupos. Grupos de veinte personas en los que uno da los buenos días y envía una foto del negro de turno. Veinte personas interrumpidas gratuitamente.”

También apunta a un cambio de conducta interesante que se ha dado en menos de un lustro: “antes, los que teníamos Twitter éramos los únicos interrumpidos en una cena, por ejemplo. Y eran interrupciones que todavía tenían cierto valor. Ahora, a todo el mundo le interrumpen, todo el mundo para lo que está haciendo para mirar el teléfono. La gran mayoría de veces, por WhatsApp. Los grupos hacen que no se deje de mirar qué ocurre en la app. Y se hacen grupos de absolutamente todo”.

Permanecer aislado de WhatsApp también tiene implicaciones sociales y propicia situaciones de conflicto. “Cuando vendes algo por Wallapop, muchas veces te piden hablar por WhatsApp antes de cerrar la venta como forma de obtener un lazo más de confianza. Decir que no tienes WhatsApp no se entiende, muchas veces no se cree.” Se percibe como síntoma de desconfianza: no encaja que haya alguien usando Wallapop y no tenga WhatsApp. “Al final tengo que poner de excusa que no estaré en casa y mejor cierren la venta con mi mujer, que sí usa WhatsApp, diciendo que ella será quien esté en casa”. Renunciar a la app de mensajería estrella equivale a levantar suspicacias.

“Que me llamen”

Otro caso es el de Carlos Rodríguez, taxista madrileño de 56 años. En una ciudad en la que cada vez cuesta más encontrar un taxi que no utilice un servicio como MyTaxi, Hailo y compañía en un smartphone acostado en el salpicadero, Carlos es reacio a ellas. También a WhatsApp. “No me hago con esas cosas. Tener que aprender a usarlo y acordarme… qué pereza. Estoy más acostumbrado a llamar. Ni lo he instalado ni me he molestado en mirarlo, no me gusta. Tampoco he usado nunca los SMS.”

Pese a esta indiferencia absoluta frente a WhatsApp, sí nota cierta presión social para que se lo instale y comience a usarlo. Empezando por su familia y terminando por todo su círculo de amistades, le piden de forma frecuente que se atreva a dar el paso. Aunque según Carlos, “le da absolutamente igual”. En realidad es bastante fácil comprender el origen de esta animadversión: “no me gusta ni el teléfono móvil en general, lo llevo porque no me queda otro remedio, cómo me va a gustar WhatsApp”. Su uso del smartphone como tal, más allá de las llamadas de voz (“que me llamen, que para eso se inventaron los teléfonos”), se limita a consultar horarios de llegadas de trenes y aviones para saber cuándo ir a qué lugar y optimizar sus horas de trabajo. Donde no hay WhatsApp, mejor ni hablar de MyTaxi.

“Quiero centralizar todo en el ecosistema Apple”

Es el principal argumento de Daniel López, un barcelonés de 32 años que trabaja en mantenimiento industrial. Admite que tiene una parte de “activista anti-WhatsApp”, aunque lo que él prioriza es la posibilidad de utilizar iMessage, algo que con el tiempo ha conseguido con su familia y compañeros laborales. “En el trabajo, los he convencido para que se vayan pasando a iPhone, y finalmente a que conmigo al menos usen iMessage. Con mi familia algo parecido, llegó un punto en que tenía más familiares con iPhone que con Android.”

¿Y qué hay de los que no han dado el salto? “A ellos directamente les digo que si quieren algo, me llamen. O que me hagan una perdida y yo les llamo, no tengo problema. Y si me quieren enviar una foto, al mail. Pero no me instalo WhatsApp.” Con iMessage se ha encontrado una barrera de entrada elevada para muchos de sus conocidos: creen que iMessage es un servicio de pago, que cada mensaje cuesta dinero. Por supuesto, fruto de estar integrado en la app Mensajes, y fruto de vivir en España, tierra donde a diferencia de otras los SMS han sido durante lustros el equivalente comunicativo a la trucha cobrada a precio de marisco. “Ahora con lo que llegará en septiembre a iMessage [con iOS 10] será mucho más chulo, espero que más gente dé el salto”.

Más allá del propósito de anclarse al ecosistema de Apple, hay otros motivos. Por ejemplo, la privacidad. En WhatsApp, si algo abunda, son los grupos. “Un grupo para preparar una boda, por ejemplo. Sesenta personas, yo sólo conocía a diez. Cincuenta personas podían acceder desde ese momento a mi número y enviarme un mensaje. Yo no quiero eso.” En ese sentido, los grupos también tienen mucho que ver en la esencia de WhatsApp. “En los grupos de WhatsApp, los límites se difuminan. No es claro cuándo se habla de trabajo, cuándo se pueden hacer chistes, en qué momento sí y en qué momento no…”

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También influye algo más: la naturaleza que los usuarios han dado a WhatsApp. O al menos, la que siente Daniel: según él, percibe algo en WhatsApp que no ocurre en otras redes o plataformas: la sensación de que el otro espera una respuesta inmediata. Sobre todo si el double-check delata a quien leyó el mensaje pero todavía no quiere o puede responder.

La anécdota de José Fos con Wallapop y la conversación por WhatsApp como lazo de confianza extra se repite, con un final más divertido, en el caso de Daniel. “He usado mucho Wallapop, y sí es cierto que muchas veces se quiere seguir la conversación por WhatsApp. Una vez accedí, dando el teléfono de mi mujer, ya que era una venta grande (un iMac) y la persona tenía que venir a casa, verlo, probarlo… Consecuencia: lo compró, y se pasó dos semanas haciendo preguntas como si fuéramos el servicio técnico o un amigo, ya que no tenía mucho conocimiento de ordenadores. Y no somos ni una cosa ni la otra. Mi mujer lo terminó bloqueando.”

“Renuncio a la obligación de estar conectado permanentemente”

Por no tener, Manuel González no tiene ni smartphone. Granadino de 35 años, astrónomo de profesión, vive con un teléfono móvil no-inteligente (y nos ahorramos el calificativo “tonto”). Eso sí, con tarifa plana de llamadas y SMS. “Me siento más libre así, huyendo de esta obligación. Vivimos cada vez más pendientes del móvil, de lo que ocurre en Internet, con una conectividad permanente. Renuncio a eso. Me puedo concentrar mejor en lo que hago: pasear, ir a la playa, leer… Sin interrupciones o distracciones.”

Por supuesto, no todo es este entorno idílico. En la España de esta década, la renuncia a WhatsApp se paga: “me siento algo excluido de mi grupo de amigos. Siempre ha de haber alguien pendiente de mí, o yo pendiente de él, para estar al tanto de los planes. Me he llegado a enterar por un amigo de algo que le ha ocurrido a mi hermana: quien tiene WhatsApp se entera antes de todo”.

Todo su círculo de amistades y familiares tiene WhatsApp, sin excepción. Incluyendo a su padre, de 75 años y con visión reducida, que lo utiliza sobre todo con mensajes de voz. “Soy el único. Siempre tengo que dar explicaciones de por qué no lo tengo. En mi trabajo no me hace falta tenerlo tampoco, soy un privilegiado, a mucha gente se lo exigen prácticamente. La presión social es muy grande“. No obstante, no nota que haya perdido amistades o contacto con conocidos en el largo plazo por no tener WhatsApp.

“Soy feliz en mi burbuja de Telegram igual que otros lo son en la suya de WhatsApp”

El más joven de la lista es Daniel Fernández, informático madrileño de 22 años. Por supuesto, tuvo WhatsApp durante mucho tiempo, hasta que él y su entorno (eminentemente, el universitario) descubrieron Telegram. Y con él, la posibilidad de usarlo desde el ordenador (cuando WhatsApp aún no tenía versión web, en un entorno de informáticos esto pasó a ser canónico). A eso se le sumó la opción de enviar grandes archivos a contactos y grupos. Al poco, Daniel evangelizó a su novia y sus padres.

A partir de ahí, se encontró con que todo su entorno estaba en Telegram. “Si alguno quedaba sin Telegram, no era de mi entorno más directo, y sabía que podía contactarme por otras vías, como Twitter”. El último empujón que faltaba para que Daniel también diese el paso menos habitual en España: pulsar el aspa para desinstalar WhatsApp.

Daniel también se sabe, en cierta forma, un privilegiado: apenas nota presión social por volver a instalarlo, ni siente que se pierde nada. “Si acaso, algunos grupos de eventos, cumpleaños, etc. Pero con saber que cuentan contigo, no hace falta mucho más. Mucha gente se sale de grupos de ese estilo para evitar los aluviones de mensajes”.

El gran motivo de Daniel es la existencia de Telegram, incluso ahora que WhatsApp ha incorporado mejoras respecto a la versión de hace dos años. “Uso mucho la conversación contigo mismo, ahí envío archivos, enlaces, de todo. Y ya tengo en Telegram mi burbuja, para qué voy a salir de ella. Igual que el que la tiene en WhatsApp y no ve motivos para probar nada más”.

“No sabes lo bien que se vive sin WhatsApp”

Un caso, si cabe, más atípico, es el de Rafa Laguna, desarrollador de videojuegos y profesor de seguridad informática en Barcelona. A sus 35 años, no ha tenido WhatsApp instalado ni un sólo día. “Cuando WhatsApp salió y vi lo que era, decidí que no me interesaba.” Al preguntarle por sus motivos, tiene un discurso perfectamente estructurado. Sintomático. A la pregunta de si es cuestionado muchas veces por esta decisión, responde casi con sarcasmo. “Normalmente lo único que digo es que sin WhatsApp se vive muy bien, y la gente ya me suele entender. Pero si hay ocasión de profundizar más, ya doy todas mis razones desarrolladas”.

Razones que se resumen en cuatro: de privacidad, de seguridad, filosófica y personal. La que hace referencia a la privacidad se basa en que WhatsApp es una empresa, no un servicio. Más todavía cuando fue comprada por Facebook. Como tal, hace uso de nuestros datos, y a Rafa no le convence que lo haga con conversaciones privadas y la cantidad de datos que puede llegar a manejar de forma automatizada. Sobreseguridad, Rafa recuerda sus clases de hace años, cuando un día estaba enseñado a sus alumnos a interceptar mensajes enviados a través de una red Wi-Fi y de casualidad comenzaron a aparecer en pantalla los mensajes que sus alumnos se estaban enviando a través de WhatsApp. “Ahora ha mejorado, pero así y todo sigue siendo un software que solo controla WhatsApp. Puede tener problemas de seguridad no reconocidos, o incluso que sean descubiertos públicamente pero no sean solucionados”.

En la parte filosófica es donde entra la convicción de Rafa de utilizar software de filosofía abierta. Como el email. “El email es un protocolo conocido por todo el mundo, estándar, con un certificado de un consorcio que dice cómo funciona el mail. WhatsApp comenzó con algo así pero luego se encerró para tener todo controlado. No me gusta que me digan qué teléfono puedo o no puedo usar para hablar por WhatsApp, quizás mañana WhatsApp decide que mi móvil ya no puede seguir usándolo. Tampoco me gusta que para hacerle llegar un mensaje al WhatsApp de alguien sólo pueda hacerlo desde otro teléfono con WhatsApp.” La única red social que Rafa usa es Twitter. “Al final, para comunicarte tienes que elegir al menos malo”. Ahí tiene un reducto de mensajería directa (y privada), pero la mayoría del tiempo lo dedica a conversaciones públicas. En una clase pocos meses antes de que Facebook anunciase la compra de WhatsApp, dijo a sus alumnos que no le gustaba un servicio únicamente controlado por una empresa, ya que eso significaba que otra empresa podía comprarla en cualquier momento y hacer lo que le diese la gana con ella.

Finalmente, la parte personal. Sus amigos, como todo español promedio, no dejan de recibir notificaciones durante casi todo el día. ¿Adivinan a dónde apunta el dedo de Rafa? ¡Bingo! “Grupos de veinte, treinta personas, sonando todo el día. Se pierde el hilo, es imposible seguirlos si te dedicas a otras cosas. Sin WhatsApp se vive muy bien.” Por supuesto, ni se plantea ceder. “Hay mucha vida más allá de WhatsApp, muchas más vías de comunicación. Yo, si no llamo o hablo por Twitter, envío un SMS, ¡casi todas las operadoras ya tienen tarifas planas de SMS!” Al mismo tiempo, también admite que tiene suerte por rodearse de personas comprensivas con él, que comparten puntos como el deseo de conocer cómo funciona algo antes de utilizarlo.

“Cuando cambié de teléfono y fui a instalar las apps, me di cuenta de que no necesitaba WhatsApp”

Otro veinteañero de la lista es Juan Pablo Delgado, canario de 22 años, actualmente en paro. Tras un lustro usando WhatsApp, su teléfono se rompió y pasó un tiempo sin ninguno. Cuando otro smartphone llegó a sus manos y se vio en el proceso de volver a instalar sus aplicaciones, decidió que WhatsApp pasase de largo. “Me di cuenta de que no lo necesito, igual que con las redes sociales. No fue algo tajante ni una decisión como tal, fue a raíz del teléfono estropeado y de darme cuenta de forma espontánea. No sentía que fuese conmigo”.

Por supuesto, sí nota esa presión social. Su círculo de amistades le cuestiona su decisión, quiere entender los motivos (aunque en la práctica casi nunca nadie los entiende) y le pide que vuelva al corral. “Si quieren hablar conmigo, que vengan a mi casa o que me busquen en la calle”. Ahora Juan Pablo está en paro, pero en su último trabajo, hace unos meses, también notó que todo el mundo daba por sentado que WhatsApp era la vía de comunicación y organización.

En el día a día, también nota que se pierde algo, como cuando está con un grupo de amigos y percibe que en las conversaciones se habla de temas asumiendo asuntos que han sido tratados en un grupo de WhatsApp. “No es grave, pero a veces sí lo noto”. Y una vez más, los grupos. Para Juan Pablo no significaron algo especialmente negativo durante sus tiempos en la aplicación, pero sí admite que se hacían “grupos de todo, grupos y más grupos, grupos de gente en los que sólo había una persona de diferencia entre uno y otro… Grupos donde nadie paraba de hablar. Entiendo que para muchos puede resultar negativo”.

Cuando el problema es tecnológico

Normalmente las principales razones a las que se aluden para justificar la renuncia a WhatsApp, como hemos visto, se centran en las sociales, la preferencia de alternativas o la voluntad de permanecer desconectado. Para Roberto Santalla, un ingeniero informático leonés de 23 años, las causas son sobre todo tecnológicas.

“La principal razón es la privacidad. No puedo ocultar mi estado en línea. Ocultar la hora de última conexión es una tontería si los estados online le llegan a todos tus contactos.” Roberto se refiere a que el estado “en línea” es imposible de ocultar, así que cualquiera que esté con la conversación abierta puede saber si la otra persona está conectada, aunque haya ocultado su última hora de conexión. Y por supuesto, los grupos también salen a la luz. “Sólo con invitarme a uno, todos los integrantes saben mi número de teléfono y me pueden agregar y hablar. Hasta hace poco había otra razón, que era que no había manera de cifrar los mensajes de extremo a extremo. Ahora se cifran, con un protocolo supuestamente seguro”.

También echa de menos una aplicación de escritorio que le permita usar WhatsApp desde el ordenador. No le vale con la versión web estrenada a principios de 2015. “No permite clientes de terceros, y no tiene una API abierta. Esto no me parece vital, pero siempre está bien tener la posibilidad”.

“Si no estás en WhatsApp, en muchos sentidos estás fuera de la sociedad”

En enero de 2015, Jesús Hernándezdecidió llevar a cabo un experimento: un año sin WhatsApp. Este navarro de 47 años, enfermero de oficio, tiene en la tecnología una de sus mayores pasiones. “Lo hice tanto por rebeldía contra la aplicación que todo el mundo usa, como por la experiencia, por ver qué ocurría”. Desde entonces, sabe bien lo que es la vida en minoría: “te conviertes en un paria social, la sociedad civil utiliza WhatsApp”. Al contrario que testimonios anteriores, cree que WhatsApp es una buena herramienta, pese a algunas carencias que pueda tener frente a, por ejemplo, Telegram o iMessage. El problema, según él, está en el “mal uso” que se suele hacer de WhatsApp.

Ahí entran los grupos. Trombas de mensajes, demasiadas veces intrascendentes, con una triste guinda: las personas que son incapaces de construir oraciones directas y escriben doce pequeños mensajes (con sus doce correspondientes notificaciones) en lugar de una única oración compuesta que transmita la idea. “Esto por supuesto no es culpa de WhatsApp, pero al estar tan masificado, se cuela sobre todo ahí esa gente”. Luego está la “otra” presión social: “en cuanto te sales de un grupo, todo el mundo piensa raro de ti, habla, se preguntan por qué saliste…”

Al contrario que para los protagonistas de otros testimonios, especialmente más jóvenes, para Jesús es inviable conminar a su entorno a que instale Telegram, por ejemplo. “Para la gente de mi edad, utilizar el teléfono móvil y WhatsApp a veces ya es un hito, no puedes pedir más”. Tanto es así que a veces ha tenido que claudicar temporalmente e instalar WhatsApp de forma efímera en su teléfono móvil secundario. Como cuando unos amigos, vasco y argentina, acudieron a su Navarra para asistir a los sanfermines y sólo querían recibir las fotos de recuerdo en WhatsApp. O como para la organización de un viaje, donde ni siquiera el mail se contemplaba como opción. “Si no estás en WhatsApp, en muchos sentidos estás fuera de la sociedad”.

https://hipertextual.com/2016/08/espanoles-sin-whatsapp

Una muy buena herramienta generalmente mal usada y explotada hasta el extremo.

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25 años de la apertura al mundo de la World Wide Web: así fueron sus primeros pasos en 1991

El 23 de agosto de 1991 fue la primera vez en la historia que usuarios externos al CERN pudieron empezar a acceder a su última creación. Llevaba dos años siendo desarrollada por el científico informático Tim Berners-Lee, y se trataba de una red con la que poder conectar varios ordenadores para compartir información.

Se llamaba World Wide Web y al haber sido el 23 de agosto el día en el que se abrió al mundo hoy se celebra el Día del Internauta. Y viene bien recordar cómo era navegar en Internet en aquellos tiempos, porque hoy en día estamos tan acostumbrados a utilizar la web que no se nos ocurre pensar que empezó a abrir sus puertas sólo hace 25 años.

Los primeros pasos de la World Wide Web

Propuesta

Después de graduarse en Oxford, Tim Berners-Lee entró a trabajar como ingeniero de software en el CERN en junio de 1980. Allí se dio cuenta que los muchos científicos tenían bastantes problemas para compartir la información, ya que había muchos datos repartidos en diferentes ordenadores, pero había que loguearse en cada uno para ir accediendo a ellos.

Fue entonces cuando empezó a trabajar en un proyecto que presentó en marzo de 1989. Se trataba de una propuesta para la gestión de la información (Information Management: A Proposal), en la que proponía solucionar los problemas de pérdidas de datos utilizando un sistema distribuído de hipertextos. Todos los ordenadores estarían conectados entre sí para que fuera más fácil acceder a la información de cada uno.

El proyecto no causó demasiado entusiasmo, pero tal y como explican en la web de la Web Foundation, su jefe le permitió en septiembre de 1990 que empezase a trabajar en él. Para octubre de ese mismo año Berners-Lee ya había desarrollado tres tecnologías fundamentales para sacarlo adelante: el lenguaje HTML, las direcciones URI (comúnmente conocidas como URL) y el protocolo de transferencia de hipertextos HTTP.

Captura De Pantalla 65

Había llegado el momento de ponerlo en práctica, y el 20 de diciembre de 1990 se publicó la primera página web de la historia, aunque hasta el 6 de agosto de ese año no estuvo completamente operativa. Actualmente la web ya no existe, pero la W3 sigue manteniendo una copia para que veamos su simplicidad.

Un año después, el 23 de agosto de 1991, los primeros usuarios no pertenecientes al CERN empezaron a ser invitados a acceder a su red, lo que hace que hoy se celebre el Día del Internauta. Así es como la World Wide Web pasó de ser un proyecto local a uno global, a lo que ayudó que en abril de 1993 el CERNanunciase su decisión de hacer gratuito el código del proyecto, permitiendo que todo el mundo pudiese colaborar en su expansión.

Los primeros pasos de la World Wide Web

Primer NavegadorLa primera web del CERN desde el primer navegador

Hay que entender que por aquel entonces las conexiones eran muchísimo más lentas que las que utilizamos hoy, por lo que tardaron algunos años en poder utilizarse elementos como fondos o imágenes adjuntas. De hecho, como podemos ver, la primera web jamás creada era extremadamente simple, con texto plano y unos cuantos enlaces.

La navegación en estas primeras páginas por lo tanto era extremadamente sencilla. En un índice se nos mostraban los enlaces a las diferentes categorías o artículos, y podíamos navegar entre ellas pulsando sobre los hipervínculos. Nada más, no había publicidad que nos entorpeciera ni menús confusos, todo era simple, plano y muy rápido.

Imdb 1

Las primeras páginas que se crearon después fueron de hecho muy parecidas. Tras visitar el CERN en septiembre del 91, a los miembros del Stanford Linear Accelerator Center les encantó la idea de la WWW, y decidieron crear su propia página web, que también sería la primera en ser creada en los Estados Unidos.

Según un informe del MIT, para finales de 1993 ya se habían creado 623 páginas web en todo el mundo, como la del Instituto Nacional Holandés para la física subatómica, Bloomberg.com, The Internet Movie Database, MTV o Wired.com. Lamentablemente la mayoría de estas primeras versiones no se han conservado, aunque quedan imágenes de algunas de ellas que nos ayudan a entender lo extremadamente sencillas que eran.

Google

En 1993 también nació Aliweb, el que es considerado el primer motor de búsqueda creado para indexar la World Wide Web. En 1994 le siguieron otros proyectos como WebCrawler o la famosa Jerry’s Guide to the World Wide Web, que un año después cambió de nombre para pasar a llamarse simplemente Yahoo.

Estos buscadores ofrecían un buen método para poder encontrar páginas sin necesidad de saber su dirección, por lo que no tardaron en popularizarse y ganar peso en la red. En 1997, los estudiantes de la Universidad de Standford Larry Page y Sergey Brin crearon Google, que como ya sabemos ha acabado convirtiéndose en el buscador más importante.

Actualmente la web sigue en constante evolución. Tim Berners-Lee abandonó el CERN en 1994, y fundó una World Wide Web Consortium (W3C) con la que lleva desde entonces dirigiendo el camino abierto de Internet, aprobando por ejemplohace dos años la estandarización del HTML5.

Desde el principio Berners-Lee creó la web con la idea de que fuera un espacio descentralizado, universal, consensual y no discriminatorio. Esto le ha llevado varias veces a quejarse de tendencia a la centralización que está viendo en ella o apedir la creación de una constitución global de los derechos digitales para evitar que estos sigan infringiéndose por todas partes.

http://www.xataka.com/historia-tecnologica/25-anos-de-la-apertura-al-mundo-de-la-world-wide-web-asi-fueron-sus-primeros-pasos-en-1991

300 trampas con las que empresas y gobiernos nos toman el pelo a los consumidores

POR RUBÉN SÁNCHEZ

Optimismo Tóxico: El exceso de positividad puede ser insano

En los últimos años se ha puesto de moda un optimismo ingenuo que muy poco tiene que ver con la Psicología Positiva. De hecho, el optimismo a ultranza puede ser extremadamente dañino, e incluso tóxico. No es lo mismo tener esperanza que desarrollar un optimismo excesivo que le da la espalda a la realidad.
Tanto la esperanza como el optimismo se centran en un futuro positivo. Sin embargo, mientras que la esperanza implica tener fe en que vamos a obtener resultados positivos, el optimismo tóxico implica contar con ellos, darlos por hecho. Este tipo de optimismo se desarrolla cuando dejamos que nuestras emociones manipulen las estadísticas, hasta el punto que nuestro deseo porque algo ocurra sobrepasa con creces las probabilidades reales de que suceda.

El optimismo desmesurado, un mal que se contagia rápidamente

Podemos pensar que el optimismo tóxico es un mal raro pero en realidad no es así. De hecho, es la causa por la que muchos emprendedores fracasan. Estas personas tienen una idea de negocio y su excitación es tan grande que piensan que se trata de una idea brillante que tiene todas las cartas ganadoras para triunfar. Guiados por ese exceso de optimismo, no crean un plan de emergencia sino que invierten todo lo que tienen en esa idea. Ante las adversidades, contratiempos y problemas, que tarde o temprano siempre surgen, no tienen un plan que les cubra las espaldas, por lo que pueden terminar perdiéndolo todo.
En realidad, el problema no era que la idea no fuera brillante, quizá lo era. El verdadero problema fue su exceso de optimismo, que les llevó a asumir demasiados riesgos y les impidió realizar un plan objetivo de desarrollo que tuviera en cuenta los problemas que podían presentarse en la realidad.

Obviamente, el exceso de optimismo no solo es tóxico para los negocios sino también para nuestra vida personal y profesional. Comprometerse demasiado pronto en una relación de pareja con una persona que apenas conocemos también puede pasarnos una enorme factura emocional, por ejemplo.

En este sentido, resulta particularmente reveladora la paradoja de Stockdale. James Stockdale fue el prisionero estadounidense de mayor rango en la guerra de Vietnam. Lo retuvieron durante 8 años y lo torturaron repetidamente. Sin embargo, sobrevivió.

Mientras estuvo en cautiverio, Stockdale se dio cuenta de que los prisioneros que menos probabilidades tenían de sobrevivir eran precisamente los que tenían un exceso de optimismo. Estos prisioneros no se paraban de repetir que para Navidades todos estarían en casa. Sin embargo, cuando pasaban unas y otras Navidades y seguían allí, terminaban deprimidos y se rendían.

Al contrario, los prisioneros que mantenían la esperanza pero que, a la vez, eran más realistas y no intentaban evadirse de su situación sino que aceptaban los horrores que estaban viviendo con entereza, fueron los que sobrevivieron.

El problema es que el optimismo ingenuo daba lugar a una montaña rusa emocional marcada por la esperanza y la desilusión que, al final, terminaba agotando a la persona, tanto desde el punto de vista físico como psicológico.

5 consecuencias terribles del optimismo tóxico para nuestra vida

El optimismo nos permite mantener la esperanza y luchar por lo que queremos, pero el exceso de optimismo nos puede convertir en personas negligentes y miserables.
1. Te mientes a ti mismo. Mantener un optimismo desmesurado, sin tener en cuenta la realidad, equivale a mentirse a sí mismos, aunque lo peor de todo es que no somos plenamente conscientes de que nos estamos autoengañando.
2. Desarrollas una atención selectiva. Ser excesivamente optimista nos llevará a centrarnos exclusivamente en las cosas que queremos ver. Ese optimismo desmesurado hará que interpretemos incluso las señales de alarma como confirmaciones de que todo va bien, llevándonos a ignorar los pequeños problemas, que probablemente seguirán creciendo hasta convertirse en obstáculos insuperables.
3. Das pasos en la dirección equivocada. El optimismo excesivo impide realizar una valoración objetiva de la realidad, como resultado, no somos capaces de adaptar nuestro guión a lo que ocurre y terminaremos dando pasos en la dirección errónea, en pos de una meta inalcanzable.
4. No tienes un plan B. En la vida, sobre todo cuando emprendemos proyectos importantes, es fundamental mantenerse atentos a los cambios de dirección para corregir el rumbo y, si es necesario, aplicar el plan B. El optimismo tóxico nos impide siquiera valorar esa posibilidad, es como apostar todo a una única mano, sin ser conscientes de que existen probabilidades de perder.
 
5. Desarrollas expectativas irreales. Organizamos gran parte de nuestra vida en base a lo que esperamos conseguir, lo cual significa que alimentar expectativas irreales hará que vivamos en el mundo de nuestra mente, alejándonos cada vez más de la realidad. En práctica, sería como pensar siempre: “¿para que necesito el paraguas si no va a llover?”

¿Cómo protegerse del optimismo tóxico sin caer en el pesimismo?

Cuando pensamos en el optimismo lo relacionamos con la metáfora del vaso. Ser optimistas es pensar que el vaso está medio lleno, ser pesimistas es pensar que está medio vacío. Obviamente, nadie cuestiona la existencia del vaso, el énfasis siempre se pone en la perspectiva y la interpretación del nivel del agua.
También es curioso que en la cultura occidental tenemos la tendencia a pensar que las cosas buenas, mientras más, mejor. Sin embargo, lo cierto es que el exceso de alegría puede degenerar en moria y el autocontrol emocional puede convertirse en embotamiento afectivo. Los extremos, incluso los que catalogamos como “positivos”, pueden convertirse en un arma de doble filo.
En el taoísmo, dado que los eventos no se catalogan como buenos o malos, se promueve un equilibrio entre los extremos. En esta filosofía se piensa que cualquier extremo, sea negativo o positivo, no brinda la felicidad y, a la larga, resulta dañino.
1. Comprender qué es realmente el optimismo. Algunas personas asumen el optimismo como una negación. De hecho, incluso muchos gurús del Desarrollo Personal lo venden como tal. El mantra es: “¿Te ha ido mal? No importa, pon mente positiva”. En realidad, si nos ha ido mal, debemos buscar las causas y aprender de los errores para no volver a cometerlos. El optimismo beneficioso es aquel que nos permite seguir adelante, a pesar de las cosas negativas pero siendo conscientes de ellas.
2. Abrazar el optimismo proactivo. Ser optimistas es positivo, decenas de investigaciones han demostrado sus beneficios para nuestra salud mental y física. Sin embargo, sentarse a desear algo no hará que ocurra. Por eso, es importante que el optimismo se acompañe con un plan de acción. Si deseamos algo, no debemos quedarnos de brazos cruzados, debemos trazar un plan realista para lograrlo. Solo así el optimismo dará sus frutos, caso contrario conducirá a la frustración.
3. Bebe una dosis de negativismo estratégico. Alguien dijo: “planea lo mejor y prepárate para lo peor”. No es adoptar una actitud pesimista sino adelantarse a los posibles problemas y buscar soluciones, de manera que no tengamos que renunciar a nuestros sueños. El negativismo estratégico consiste en prever los problemas y contratiempos, para que estos no se conviertan en obstáculos insuperables.

Qué significa en realidad cuando dicen que hay un 50% de probabilidad de lluvia

http://es.gizmodo.com/que-significa-en-realidad-cuando-dicen-que-hay-un-50-d-1785495241

Miras el parte meteorológico, ves que hay un 70% de probabilidad de lluvia y decides cancelar la visita a la playa. No cae ni una gota en el resto del día y acabas pensando que el meteorólogo es un cretino. En realidad, lo que ha pasado es que el porcentaje de probabilidad de lluvia es una medida más compleja de lo que parece.

Vaya por delante que decir que hay una probabilidad de lluvia del 50% no significa que igual llueve o igual no. Tampoco significa que vaya a llover el 50% del día, o sobre el 50% del territorio designado para esa previsión. Por último no significa que el 50% de los meteorólogos consultados crean que va a llover, ni mucho menos es una manera de de cubrirse las espaldas y acertar pase lo que pase.

El parte meteorológico es el resultado de un montón de ecuaciones de dinámica de fluidos y termodinámica que no son precisamente sencillas. Esas ecuaciones parten de los datos que generan los satélites o las estaciones meteorológicas para generar un modelo matemático que trata de reproducir el estado de la atmósfera en un momento dado. El meteorólogo divide un territorio en celdas, recopila los datos actuales para cada una, hace sus cálculos y saca la “foto” del clima que va a hacer en cada una de ellas.

Mapas con la probabilidad de lluvia de la Agencia Estatal de Meteorología. A la izquierda, la probabilidad de que llueva más de 0,5mm. A la derecha, la probabilidad de que llueva más de 10mm. Foto: AEMET

El problema es que esa “foto” solo es válida para las condiciones del momento en el que se sacó. En cuanto pasan unas horas, todo se ha movido y la predicción resultante podría ser completamente distinta. Es, por reducirlo muy burdamente, como si sacas una foto a un automóvil en marcha desde lo alto de un edificio. Es fácil mirar la foto y predecir en que punto de la calle estará ese automóvil 10 segundos después por su posición actual, pero ya no lo es tanto predecir su posición pasados 10 minutos. Puede seguir recto, girar varias calles, o estamparse contra un árbol.

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Con un umbral de tiempo de 5 o 6 horas, y si nos atenemos a un área reducida, la exactitud de la predicción meteorológica es tremenda, pero ya no lo es tanto cuando hablamos un viernes del tiempo que creemos que hará el domingo en toda una comunidad autónoma.

Ejemplo de mapa de diagnóstico. Foto: AEMET

Cualquier pequeño cambio puede llevar el modelo matemático en una u otra dirección, así que el meteorólogo introduce pequeñas variaciones en los parámetros para tratar de analizar todos los resultados posibles. También es muy común comparar el modelo resultante con los modelos anteriores iguales para esa misma zona. En el caso de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET):

El método de predicción por conjuntos (EPS) del Centro Europeo de Predicción a Medio Plazo (CEPMP/ECMWF) calcula, para cada alcance de predicción, 51 predicciones diferentes, basadas en 51 análisis iniciales, uno de ellos sin perturbar y 50 ligeramente perturbados. Con ello se pretende captar las posibles evoluciones que pueda llegar a tener la atmósfera.

Imaginemos, en definitiva que de 100 resultados calculados con diferentes parámetros o pertenecientes al registro climatológico de esa zona ha llovido en 50 de ellos. Entonces la probabilidad de lluvia es del 50%. ¿No?

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Pues no.

Muchos sistemas de predicción introducen una variable más, que es la del territorio. Una región, por pequeña que sea no es como el plato de una ducha que se moja al 100% cuando abrimos el grifo. Hay zonas en las que llueve, y zonas en las que no, incluso en el área de una sola ciudad. El Servicio Meteorológico Nacional de Estados Unidos lo explica así:

Qué significa un porcentaje de precipitación del 40% ¿Significa que va a llover el 40% del día? ¿En el 40% del territorio?

La probabilidad de Precipitación (PoP por sus siglas en inglés) describe la posibilidad de que ocurra una precipitación en cualquier punto de un área dada. Matemáticamente la PoP se define así:

PoP = C x A donde “C” = la confianza de que la precipitación ocurrirá en algún lugar de esa zona y “A” = el porcentaje del área que recibirá esa precipitación si es que llega a producirse

Si el meteorólogo supiera con absoluta certeza que va a llover (confianza del 100%) aún tendría que multiplicar esa variable por el porcentaje del territorio que va a recibir esa precipitación. En otras palabras, si solo fuera a llover en el 40% del territorio, la probabilidad de precipitación es del 40% aunque sea absolutamente seguro que vaya a llover. PoP = 100 x 0,4

Sin embargo, la mayor parte del tiempo, el meteorólogo expresa una combinación del grado de confianza en que va a llover y el porcentaje del área afectada. Si el meteorólogo cree que hay un 50% de posibilidades de que llueva y espera que, si esa lluvia llega a producirse, lo haga sobre el 80% del territorio, la Probabilidad de Precipitación será del 40% ( PoP = 50 x 0,8)

En este caso, la manera correcta de interpretar la previsión es que hay un 40% de posibilidades de que llueva en algún punto de la región para la que se da la previsión.

Mapa de previsión de lluvias en Estados Unidos. Foto: NWS Houston

No hay que olvidar que la confianza de precipitación es el dato del que hablábamos al principio. En otras palabras. El famoso porcentaje de precipitación del 40% equivale a decir que, bajo las condiciones actuales, llovió la mitad de las veces en ocho de cada diez lugares de la región. En España, AEMET trata de ofrecer el porcentaje de precipitación para cada lugar, pero cuanto más extensa el área, más inexacta es la cifra.

La meteorología es una ciencia exacta, pero es imposible que la respuesta a una ecuación sea la misma si cambiamos una variable. Por eso el parte meteorológico usa porcentajes y posibilidades. La decisión final de llevar paraguas es solo nuestra. [vía Servicio Meteorológico Nacional de Estados Unidos, AEMET, Curiosidad científica y Ciencia Xplora]

«La España vacía»: cuando el primer verbo que se aprende a conjugar es huir

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Llamas por teléfono a tu tío, tu abuela o tu primo, preguntas qué tal y te contestan siempre lo mismo: «Cada vez hay menos gente en el pueblo, ya no quedan niños en la escuela, la calle está vacía…». De hecho, hay gente que ni llama. Cada vez son más las generaciones de españoles que no tienen un vínculo directo con el pueblo de sus antepasados. Hay una España que está desapareciendo y no parece importarle gran cosa a nadie. Solo nos acordamos de ella cuando truena, como cuando tras las últimas elecciones mucha gente le ha echado la culpa a «los viejos de los pueblos» de los malos resultados de electorales de la izquierda. La España por debajo del valle del Ebro, excluyendo el litoral y Madrid, es una España ignorada en general, a la que se odia oportunamente y de la que en realidad poco se sabe.

Sergio del Molino, periodista, ha publicado este año el ensayo La España vacía (Editorial Turner) sobre la situación y trayectoria de las regiones más deshabitadas de nuestro país, algunas con densidades de población siberianas, como el sur de Aragón y la Castilla oriental. «Siempre me ha fascinado el erial», comenta al preguntarle qué le motivo para escribir sobre este asunto. «Desde que empecé a trabajar como reportero en Zaragoza y descubrí que esa extensión donde vivían cuatro gatos estaba llena de historias a las que nadie prestaba atención, vi un filón periodístico que nadie apreciaba».

Esta conversación trascurrió justo después de las últimas elecciones y era menester comentar las alusiones a «los viejos de los pueblos» que llenaron las redes sociales para justificar los aparentemente buenos resultados del PP —puesto que aún no ha logrado gobernar a día de hoy—, que demostraban el desconocimiento que hay de estas áreas rurales: «Son muy injustos los comentarios, porque ese mapa azul que llena las circunscripciones del interior peninsular no significa que la gente —efectivamente, más envejecida que en la España urbana— de esos lugares haya votado unánimemente al PP, sino que el sistema electoral, con su división por circunscripciones, distorsiona el reparto de escaños y hace imposible la proporcionalidad en las regiones despobladas. Dicho de otra forma: no es que todos voten al PP o que voten al PP en una proporción mayor que en las ciudades, sino que cualquier opción que no sea el PP tiene mucho más difícil lograr escaño porque el sistema se comporta como mayoritario y no proporcional, y en lugares como Soria o Teruel deja fuera del parlamento el 40% de los votos, mientras que en Madrid no llega al 3%. Y eso que a Unidos Podemos no le ha ido tan mal en la España vacía: ha logrado escaños en circunscripciones de tres diputados, como en Huesca, algo impensable hasta ahora para un partido que no fuera PP o PSOE. Hay que tener claro que el PP agranda su mayoría con la distorsión del voto rural, sí, pero que este ni es unánime ni serviría de nada si el PP no fuera antes mayoritario en la España urbana y joven».

El libro comienza analizando los porqués de esta animadversión recíproca entre el campo y la ciudad, no exclusiva de España, pues se da en todas las latitudes. Por ejemplo, en Gales, cuenta, hubo un periodo entre los setenta y los noventa en el que las casas de los veraneantes en el lugar eran quemadas. La campaña duró doce años y aún el misterio sigue sin resolverse. Dejaron de hacerlo tan misteriosamente como empezaron. No se sabe quién fue ni qué le motivo, pero el autor de La España vacía se inclina por que eran aldeanos que iban por libre, movidos por el odio individual. Algo parecido a Perros de paja de Sam Peckinpah.

Para Sergio del Molino estos desencuentros se deben a una cuestión atávica de heterofobia —en ciencias sociales miedo a lo distinto, al otro—. El nosotros y el ellos. Aunque hoy en día, señala, hemos sustituido las lealtades tribales por «afinidades cambiantes y sutiles que son sucedáneos de la tribu», tales como, por ejemplo, la música y sus géneros, así como en el caso evidente del fútbol. Los medios de comunicación, especialmente la televisión, han igualado a los habitantes de las grandes urbes y de los pueblos. Y con internet lo que ocurre en el extranjero ya no llega antes a la ciudad. Pero hace no tantas décadas como pudiera parecer, en los pueblos vestían diferente. Solo ahora todos nos diferenciamos de la misma manera, con los abalorios contemporáneos como la música que llevamos en el coche, el festival al que vamos en verano, un equipo de fútbol y alguna que otra tontería más.

Fotografía: Feans (CC).

Y nunca fue así. En este libro aprendemos que los árabes y los romanos sublimaban a la ciudad y despreciaban el campo, que solo servía para abastecerla. Un ejemplo es que los españoles en América, según el autor, se limitaron a levantar ciudades de las que luego no salieron. No tenían ni idea de lo que había en la selva, sostiene.

Un caso paradigmático y ejemplo curioso que cita es el del origen de la palabra «tenedor» en lengua española. En catalán es «forquilla», en inglés «fork», en francés «fourche», en italiano «forchetta»… ¿Por qué en español no se denominó a este entonces moderno utensilio con el nombre de la herramienta rural —«horca», en castellano; en latín «furca»—  como hicieron las lenguas romances que nos rodeaban? Dice Sergio del Molino que porque en nuestra sociedad renancentista no soportaban que su objeto de uso cotidiano se llamara igual que un apero de labranza.

Escritores como Gustavo Adolfo Bécquer escribieron sobre España como un país exótico. Sobre su propio país. Y ya antes Cervantes ridiculizaba el paisaje, entiende el autor, y los españoles, que se avergonzaban del erial ¡pillaron el chiste! Los estepeños lo entendían y les hacía mucha gracia.

Según me explica: «Aunque la leyenda negra, desde la Inquisición hasta hoy, parece un invento europeo, la literatura española ha sido mucho más cruel y cínica. En ninguna otra tradición cultural de nuestro entorno la crueldad tiene tanto prestigio intelectual como en España ni se asocia tanto a un rasgo de inteligencia como aquí. A menudo, leyendo a los viajeros románticos, se tiene la sensación de que, a pesar del orientalismo y del exotismo con el que tratan al país, hacen más esfuerzo que los autores españoles por conocerlo. Es significativo que buena parte de la mejor literatura de viajes que se ha escrito sobre España sea obra de franceses e ingleses. Los autores españoles, hasta el siglo XX, han sido muy perezosos a la hora de echarse a los caminos».

Cuando cayó el Imperio romano, cayeron sus ciudades, explica. La historiografía lleva años dando cuenta de que la vuelta al campo y aparición del feudalismo no fue un cambio tan dramático, pero seguimos percibiendo hoy día el relato tal y como lo contaban aquellos pijos del siglo XV, los autores del neologismo «tenedor», para distinguirse y distanciarse del medio rural.

En la hermana Portugal las cosas no parecen muy diferentes. El ensayo trae un dicho local cargado de este sentimiento. Al parecer, por allí se dice «Portugal es Lisboa, el resto es paisaje», lo que confirma de forma clara la dicotomía campo-ciudad. Pero el sentimiento era recíproco, circulaba en las dos direcciones. La ciudad, desde el campo, era visto como un lugar de la depravación y el vicio. Tal y como lo explica este periodista: «La ciudad siempre ha simbolizado la corrupción en la tradición religiosa judía de la que venimos, y aunque la oposición es muy antigua y propia de todas las civilizaciones, no tiene mucho que ver con la brecha que abrió la sociedad industrial».

Porque fue con la industrialización del territorio y el éxodo a los centros de producción cuando las diferencias estuvieron más marcadas que nunca. El ensayo en este punto cita a Marx, que consideraba que los campesinos eran como patatas, juntos podían sumar una multitud, pero no una masa, decía. Y las diferencias que los marxistas tenían con los anarquistas, a los que calificaban de arcaístas, por anhelar un regreso al campo con consejos revolucionarios que no jugarían otro papel más que el de la vieja nobleza.

Fotografía: Feans (CC).

En este trabajo a esas grandes migraciones del campo a la ciudad entre 1950 y 1970 se las denomina como «el gran trauma». Se dejaron atrás pueblos que no eran más que «residencias de ancianos», prácticamente sin servicios, y se marchó a una ciudad que en primera instancia solo ofrecía chabolas porque la construcción no dio abasto para absorber tanta población.

Franco, en cuya propaganda de guerra prometía a los agricultores un regreso a un pasado edénico, fue quien asestó el golpe más duro a la vida rural en España. Sergio nos lo amplía: «Franco estaba muy empeñado en industrializar el país, sobre todo tras el Plan de Estabilización de 1959 que puso fin a la autarquía. Y para ello no dudó en desplazar poblaciones, inundar pueblos, crear otros de la nada y dejar que las grandes ciudades se colapsasen con un éxodo rural que, aunque ya existía, no tenía las dimensiones que alcanzó entre 1950 y 1970. Franco se alzó con la promesa de devolver la grandeza a esos campesinos que eran descendientes del Cid y desanta Teresa, pero su política consistió en destruir sus medios de vida y arrasar con su cultura secular, de la que apenas quedó nada tras veinte años de industrialización forzosa».

Desde entonces, concluye, las tensiones entre lo urbano y lo rural están más presentes en nuestra literatura que en ninguna otra. Es un fenómeno sin comparación en Europa. Y de esta manera surgió una forma de mirarnos a nosotros mismos muy particular: el autoodio.

La paradoja es que años después en España se experimentaría una obsesión por el Antiguo Régimen también sin parangón. Cuando se crearon las comunidades autónomas, cita el autor, en muchos casos hubo que elegir ciudades de consenso porque las grandes urbes no podían ser capitales, estaban corruptas a ojos de los aldeanos. Así fue Santiago capital de Galicia, frente a A Coruña. Mérida, la eterna y romana, frente a Cáceres y Badajoz. Y hasta en Aragón se intentó que fuera Jaca, primera corte del Reino de Aragón. Mientras que en Francia con la Revolución se reorganizó todo el campo dividiéndolo en departamentos con nombres geográficos, lo más neutros posible, eliminado todos los marquesados, ducados y demás vestigios del Antiguo Régimen, aquí todo ese campo semántico y designaciones permanece en las instituciones.

Una razón a nuestra desatada pasión por el legado político del Medievo pueda hallarse en las guerras carlistas que asolaron el país en el XIX. Este movimiento, políticamente, pretendía un regreso al absolutismo propiciado por los sectores más reaccionarios de la Iglesia. Pero en el ámbito popular también había un rechazo a la llegada de un liberalismo que había coincidido con la pérdida de las colonias, es decir, un descenso del comercio y el empobrecimiento de tantos campesinos que, arruinados, menos aún pudieron adaptarse a una economía basada en el crédito y perdían sus tierras y sus casas.

Entre ellos, el odio a la ciudad fue furibundo. Y además, como en la guerra nunca pudieron tomar las grandes capitales, el movimiento se acomodó aún más en las zonas rurales sin posibilidad de evolución. Los sectores eclesiásticos que controlaban el carlismo, como citas en la Biblia de odio a la ciudad no faltan precisamente, cuenta el autor, encontraron un filón en ese odio de la ciudad de los campesinos.

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Esto propició, por un lado, que se crearan periódicos en euskera y catalán en estas regiones, donde el carlismo tuvo fuerza. Se institucionalizó la lengua de aquellos campesinos frente al español de la ciudad, y se sentaron las bases de lo que a la postre y hasta hoy fueron los movimientos nacionalistas. «El carlismo no los trataba de palurdos», señala el autor, mientras que los liberales de la ciudad se reían de ellos y les decían que hablasen en cristiano; un sentimiento de rechazo a lo rural que persistió durante años. Un ejemplo que trae el autor es cuando en el franquismo Radio Barcelona inició unas emisiones en catalán con un programa de contenido folclórico. Según explica, «la burguesía del Eixample lo consideró como un agravio rústico».

Y por otro lado, las demandas políticas de las áreas rurales quedaron fuera de los principales debates o contenciosos políticos del país. Así lo entiende Del Molino: «la brecha de la España vacía con la urbana es tan grande, en términos demográficos, que no interesa como sujeto político. El único discurso que queda es el del lamento, el rencor y la reclamación contra el olvido del que se sienten víctimas. A menudo es un discurso desarticulado y no pocas veces secuestrado por los pocos caciques y fuerzas vivas que aún quedan y que lo utilizan para reclamar inversiones públicas de interés dudoso, pero que les sirven para presentarse ante su comunidad como “conseguidores” o “influyentes” en Madrid y, por tanto, necesarios en su comarca».

Hubo quienes en la literatura trataron de romper con los tópicos. Azorín, por ejemplo, cuando describió paisajes de la meseta no lo hizo con desprecio como había sido habitual hasta el momento. En palabras de Sergio: «se adelantó cuarenta años a los beatniks». Hablaba de «calor, soledad, inmensidad plana». En lugar de recurrir a los sufijos despectivos, parecía «en un estado de conciencia alterado propio de un budista californiano». La conclusión que arroja el autor es palmaria. Hasta hace muy pocos años, «frente al deseo de volver de Proust, los españoles tienen el de huir de la estepa, no hay mayor desapego que el suyo por donde nacieron sus padres».

Tan solo ahora a un nivel apreciable, quieén sabe si recogiendo los sentimientos antimodernidad de los anarquistas o los de los carlistas, o si de los dos a la vez, son más frecuentes y apreciables los anhelos de volver a la vida en el campo. Ya sea en modo yuppie new age, siempre con modernas comunicaciones, o en planneohippie, consolándose con huertos urbanos, añorando comunas que les protejan de las incertidumbres de la megaurbe y confieran a su vida un sentimiento de autenticidad. Ya desde principios del siglo pasado muchos movimientos políticos entienden que la verdadera vida se encuentra en contacto con la naturaleza.

Los medios han denominado a los que se han atrevido a dar el paso y abandonar las ciudades como neorrurales. Sergio del Molino estuvo en contacto con muchos en el ejercicio del periodismo en Aragón. Sus retratos son los más interesantes de esta obra. Lejos de arcadias felices, normalmente el reportero se encontraba con convivencias viciadas y deseos de volver atrás.

Uno de los casos más tristemente célebres que cubrió fue el crimen de Fago, en Huesca, cuyo alcalde, asesinado, pidió un año antes por televisión que se hicieran análisis psicológicos a los que querían dejar la ciudad para instalarse en los pueblos. «Era un síntoma más del enrarecimiento claustrofóbico de la comunidad» —dice Sergio—. «Visto desde hoy, da escalofríos, parece una llamada de socorro, una premonición. Y algo de razón llevaba. Por desgracia, no he conocido a neorrurales felices o que no manifiesten algún grado de arrepentimiento. Sé que los hay, pero creo que hay que tener una tenacidad y una militancia casi monacal para que funcione esa opción de vida, y eso es algo que está al alcance de muy pocos», concluye, «resistir en un entorno aislado y muy duro requiere de una psique muy bien plantada y de unos arrestos y una convicción poco comunes. No todo el mundo sirve».

Fotografía: Joseba Barrenetxea (CC).

¿Por qué hay ríos y mares del mundo donde el color de sus aguas no se mezcla?

https://magnet.xataka.com/preguntas-no-tan-frecuentes/por-que-hay-rios-y-mares-del-mundo-donde-el-color-de-sus-aguas-no-se-mezcla

 

El proceso de unificación de dos ríos es relativamente simple. Un tributario muere a la orilla del caudal principal y deposita todas sus aguas, arrastradas durante centenares de kilómetros, en el río más grande. Las aguas se juntan en feliz compañía y la naturaleza sigue su curso. No suelen ser hechos destacables. Pero en ocasiones sí que lo son. Es entonces cuando un río choca frontalmente contra otro y no hay fusión visual, no se convierten en uno de forma indistinguible. Sus colores se mantienen separados y corren en paralelo durante kilómetros.

El fenómeno es relativamente ubicuo a lo largo de los continentes y es posible identificarlo incluso en algunos océanos. El más célebre, quizá, sea el del Río Negro y el Amazonas, en Brasil, cerca de la gigantesca capital del caucho que es Manaos. Allí el tributario del más caudaloso del mundo entrega sus aguas negras al lodoso acauce del Amazonas, pero lo hace sin mezclarlas, manteniéndolas apartadas y dibujando una frontera visual y física alucinante.

En portugués, el fenómeno se conoce como “Encontro das Águas“, el encuentro de las aguas, precisamente porque se dan la mano de forma explícita, narrando al mundo su repentino casamiento. La explicación científica no tiene nada de misterioso, pese a lo fascinante del hecho natural. El del Negro y el Amazonas sólo es el más llamativo de una larga lista de ríos de aguas negras y aguas blancas entrelazando sus cauces a lo largo de kilómetros, para finalmente fundirse en un sólo color. ¿Pero qué es exactamente un río de aguas negras?

Aguas negras: ahora con menos minerales

La foto que abre el post ilustra desde el aire cómo se funden el río Negro y el Amazonas. Desde un satélite, la imagen es aún más impresionante:

SateliteImagen: NASA.

A la izquierda, el río Negro, el río de aguas negras (como su propio nombre indica) más largo del mundo. Sus aguas no son técnicamente negras, sino un tanto más ordinarias (marrones). Lo que le da el toque oscuro y un tanto siniestro es la altísima concentración de ácidos húmicos. El río Negro nace en los macizos al norte de la selva del Amazonas, en zonas de carácter pantanoso, selvático y pobres en nutrientes. Arrastran gran cantidad de materia orgánica, pero pocos minerales (taninos y fenoles, lo que tinta sus aguas de negro).

En resumen, son ríos pobres en diversidad, poco aptos para el desarrollo de fauna y flora dado su carácter ácido y escaso en nutrientes. Su composición química se puede observar en esta tabla, comparada con la de ríos de aguas blancas: tienen un PH más bajo, también muy poca conductividad, concentraciones iónicas más altas y, por norma general, menos especies de casi todas las clases de animales que el resto de ríos. La mayor parte de las aguas negras del mundo se encuentran en la cuenca del Amazonas, pero se reparten por todo el mundo.

VasosA la izquierda, un vaso con agua del río Negro. A la derecha, un vaso con agua del río Amazonas.

Ok: ya sabemos que hay ríos de aguas negras y ríos de aguas claras, y que en algún momento pueden llegar a encontrarse los unos con los otros. Pero eso sigue sin explicar por qué sus distintos colores no se mezclan al modo de una paleta. A priori, la intuición nos dice que el color del nuevo Amazonas tras recibir sus aguas del río Negro debería ser una mezcla de ambas tonalidades. Sin embargo, caminan juntos, no se mezclan. ¿Por qué?

La temperatura: la clave del espectáculo

Porque no es tan sencillo como juntar amarillo y azul y obtener el verde. El motivo por el que cuando un río de aguas negras se topa con uno de aguas claras se forma una evidente frontera visual tiene más que ver con la temperatura de ambos ríos que con su carácter químico divergente.

Sigamos con nuestro célebre ejemplo del río Negro y el Amazonas (definido por los brasileños como Solimões antes de su fusión en Manaos). Mientras el primero fluye plácidamente a alrededor de 28º C de temperatura, a una velocidad de dos kilómetros por hora, el segundo lo hace a 22º C y más rápido, a seis kilómetros por hora. El Amazonas nace en las altitudes andinas del Perú y arrastra una gran cantidad de sedimentos, mientras que el Negro pasa la mayor parte de su vida en la calidez tropical de la selva amazónica, a resguardo de bajas temperaturas.

Mezcla ManaosY así durante seis kilómetros.

Es un elemento clave, porque la temperatura define la gran diferencia dedensidad entre unas aguas y otras. El secreto reside ahí, en realidad: al tratarse de dos masas con diferentes propiedades minerales y con un grado de densidad muy distinto, su mezcla inmediata se hace muy compleja. Por eso, el río Negro y el Solimões caminan juntos y en paralelo durante más de seis kilómetros, hasta que finalmente sí se fusionan. La cuenca del Amazonas, de proporciones y riqueza mastodónticas, ofrece estas estampas de forma común (véase el Tapajós).

También pasa en (algunos) mares y océanos

Con cierta frecuencia las imágenes de dos supuestos océanos encontrándose y dividiendo sus aguas en torno a una perfectamente visible línea fronteriza recorre las redes sociales. No se trata de dos masas de agua chocando las unas contra los otras, sino de un fenómeno particular que se produce entre la costa del sur de Alaska y el inmenso Golfo de Alaska, en el Pacífico Norte. Pese a que hay quien lo identifica erróneamente, aquí, en esta foto de Flickr, se puede observar dónde son tomadas de forma exacta la mayor parte de las imágenes.

Como se explica aquí, es algo menos épico, pero igual de interesante: los glaciares de Alaska se deshielan durante el verano, y a menudo liberan toda suerte de materiales (entre ellos ciertas cantidades de hierro que, como han investigado expertos en la materia, terminan en el Golfo de Alaska, donde no deberían estar). Los materiales del glaciar en descomposición son arrastrados por pequeñas corrientes circulares hacia el interior del golfo. Al tener una salinidad y densidad distinta, forman, al igual que el río Negro, la barrera de la foto.

El proceso es parecido al narrado con anterioridad. En última instancia, ambas masas de agua se terminan fundiendo en el interior del Golfo de Alaska. Las imágenes son alucinantes, por supuesto. Para vuestro deleite, aquí van otras de otros ríos:

Colorado Y Verde
El río Colorado y el río Verde, en Estados Unidos.
Confluence Of Bhagirathi And Alaknanda
El río Bhagirathi y el Alaknanda, en la India.
Thomson Frasier Columbia Canada
Los ríos Thomson y Frasier, en la Columbia canadiense.
Mosela Y Rin
El Mosela desembocando en el Rin, en Coblenza, Alemania.
Morava Y Danubio
El Morava desembocando en el Danubio, cerca de Bratislava.
Rodano Arve Ginebra
El Ródano y el Arve en Ginebra.
Ilz Danubio Inn
El encuentro del Inn, el Danubio y el Ilz, cada uno con un color distinto, en Passau, Alemania.

Las matemáticas que usó Pixar en ‘Ratatouille’

ASÍ TRABAJAN LOS ANIMADORES

Repasamos las matemáticas que ayudan a los animadores a crear personajes tan entrañables como el chef de ‘Ratatouille’.

Las matemáticas que usó Pixar en RatatouilleLas matemáticas que usó Pixar en Ratatouille | Foto: Raquel García Ulldemollins

Clara Grima | @claragrima  |  Sevilla  | Actualizado el 11/08/2016 a las 10:25 horas

Hace poco me topé en la página de la ‘American Mathematical Society’ con este artículosobre las matemáticas usadas por los animadores de Pixar para los movimientos de los personajes de la película ‘Ratatouille’. No vamos a contar lo que ya cuentan ellos, entre otras cosas porque las matemáticas implicadas son más complicadas de las que usamos usualmente en esta casa, pero sí nos va a servir como excusa para tratar de explicar cómo y dónde están presentes las matemáticas y la informática en las películas de animación en general y en las de Pixar en particular.

Muy atrás quedaron los tiempos en los que las películas de dibujos animados se hacían con batallones de artistas que iban dibujando fotograma a fotograma. Hoy en día, como todos sabemos, los dibujos animados se hacen con ayuda (mucha) de los ordenadores. Bien, eso es lo que desde hace tiempo hemos oído, pero, realmente ¿cuál es el papel de los ordenadores en esas películas actualmente? ¿Se limitan a servir de soporte, a ser el lienzo sobre el que dibujan los artistas sobre los que sigue recayendo el rol principal en todo el proceso? Vamos a tratar de aclararlo.

El papel de los ordenadores es mucho más que servir de soporte: son fundamentales en el diseño de los personajes, sus movimientos, los fondos y los movimientos y efectos de las cámaras (en las películas de dibujos actuales los movimientos de las cámaras se asemejan totalmente a las de las superproducciones más costosas de Hollywood).

Empecemos por el diseño de los personajes. Este es el proceso denominado modelado y en él lo que se hace es un trabajo muy parecido al de un escultor: se parte de un cubo (en este caso no es de arcilla) y se le va dando forma y detalle hasta tener totalmente definido nuestro personaje. Veamos algunos detalles de este proceso y en qué medida y cuánto interviene el artista clásico.

El primer paso podría ser definir la figura muy a ‘grosso modo’. Empezando por el cubo, añadimos algunos puntos más, los unimos para formar líneas y los vamos arrastrando para empezar a dar forma:

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Eso sería el principio del tronco. Ahora, realizamos alguna subdivisión más y añadimos cabeza y piernas (las cuales hemos empezado a modelar partiendo de otro cubo o de un cilindro: otros trozos de arcilla):

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Ya es cuestión de ir añadiendo detalle (y los brazos), para obtener algo así:

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Naturalmente, la figura anterior no es nada artística, pero es fundamental después para definir el movimiento. En este proceso de modelado se pueden definir los nodos que son puntos de articulación, los que son más rígidos… Todos esos datos serán fundamentales a la hora de animar el personaje.

Antes de pasar a la siguiente fase, obsérvese que lo que tenemos son puntos, aristas entre puntos y triángulos o cuadriláteros. Todo se puede almacenar y procesar usando herramientas más o menos elementales de la geometría y del álgebra (aunque ésta jugará un papel más importante en otras fases).

Vamos a tratar de ver qué lugar ocupa el arte. Mientras realizamos lo anterior, un artista dibuja la cara de nuestro personaje. En principio, tendremos al menos dos vistas del carácter (si queremos que tenga una imagen tridimensional). Esos dibujos los copiamos en nuestro programa de diseño y vamos haciendo lo mismo que que hemos hecho anteriormente pero ya de manera más fina:

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Es importante aquí, para lograr el efecto tridimensional, que cuando creemos un punto en la imagen frontal, creemos el mismo en la lateral e indiquemos al programa que son el mismo, de forma que creará un punto con tres coordenadas en lugar de las dos de una pantalla de ordenador.

Seguimos este proceso y definimos todos los detalles -saltamos muchos de los elementos más complicados, como el pelo y la ropa, pero aclaro que hay módulos (basados en ecuaciones extraídas de la física y usando mucha geometría) que permiten un diseño totalmente fotorrealista de esos elementos-.

Después de este paso, nuestro personaje estaría perfectamente modelado y tendríamos algo así:

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La siguiente fase sería dotar de movimiento a nuestro muñeco. La forma más simple de hacerlo es dándole un esqueleto muy similar al de los humanos o animales. Así, tenemos el personaje y su esqueleto y lo que haremos es moverlo, lo cual es muy simple porque tenemos que definir la trayectoria de pocos puntos. Con él se movería solidariamente el resto del modelo.

Un ejemplo viene dado por la siguiente figura:

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Para definir el movimiento, lo hacemos es dar las curvas que describen unos cuantos de dichos puntos del esqueleto que son nuestras ‘anclas’. Se han estudiado en bastante profundidad dichas curvas de movimiento y pueden tener una expresión matemática más o menos complicada, porque un pequeño animador puede hacer esos movimientos a mano (o utilizando módulos creados por otros), pero los grandes estudios suelen tener funciones que imitan de forma más efectiva los movimientos de personas o animales.

En este sentido, Pixar ha declarado que suele utilizar un tipo de aplicaciones llamadasfunciones armónicas, las que se explican en el artículo que mencionábamos alprincipio.

El modelado de los escenarios es relativamente similar al descrito aquí para los personajes, y las cámaras también se modelan (cada cámara y lente viene definida por lo que se conoce en matemáticas como una matriz 4×4, un cuadrado con 16 números). La iluminación también podemos simularla matemáticamente (de nuevo son matrices y vectores y se aplican las leyes de la física que vienen determinadas por operaciones simples entre dichas matrices y vectores), y todo ello nos permite tener todos los elementos como puntos del espacio, relaciones entre dichos puntos (y texturas asociadas a los “parches”), funciones definidas sobre dichos puntos y poco más.

Pero para ello hemos necesitado de la geometría, la combinatoria, el álgebra lineal, el análisis… y un toque de algún artista.

Y así es como, en líneas muy generales, gracias a las matemáticas y la informática hemos pasado de tener personajes con el pelo tieso como la Blancanieves de Disney a la maravillosa melena rizada de Mérida en la película ‘Brave’ de Pixar.

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O de los movimientos torpes del ratoncito Gus de ‘Cenicienta’ a la chulería del chef de Rataouille

http://www.cienciaxplora.com/divulgacion/matematicas-que-uso-pixar-ratatouille_2016072900155.html

Estrellas del deporte, desastres para la ciencia

Son fuertes, son rápidos… y también estúpidos
TIEMPO DE LECTURA7 min
14.08.201617:19 H.

Hubo una época en que los grandes atletas del mundo, teniendo a su disposición los mejores tratamientos que el dinero puede pagar, acababan cayendo en los brazos de la superchería y la pseudociencia para tratar sus lesiones. Esa época es siempre.

La frase no es mía, sino de mi compañero Antonio Villarreal, de El Español, y no puede resumir mejor la actitud de los deportistas de elite. En su afán por mejorar sus marcas, por crecer ese 1% que marca la diferencia con los rivales, los deportistas a menudo recurren a terapias sin respaldo científico y, lo que es peor, ejercen como prescriptores de las pseudociencias a nivel mundial.

El último caso que hemos visto es el de el nadador-leyenda Michael Phelps con elcupping, materializado en una serie de moretones redondos que han llamado la atención del planeta. Se trata de una técnica derivada de la acupuntura que se vale de unos vasos con los que hacen ventosa sobre la piel y, presuntamente, se favorece la circulación del Qí. El , o flujo de energía vital, es uno de esos conceptos abstrusos que utilizan las pseudociencias para darse fuste sin necesidad de más explicaciones.

No es que le acaben de bajar de la cruz, es cupping (Reuters)
No es que le acaben de bajar de la cruz, es cupping (Reuters)

Los estudios más prestigiosos sobre el cupping advierten que la literatura científica sobre el tratamiento publicada desde 1992 es de poca calidad y que no deben llevar a conclusiones. Según los últimos resultados, la técnica se revela útil como paliativo del dolor cuando se combina con otros tratamientos y siempre en casos de afecciones muy concretas, como el herpes zóster o la parálisis facial. También se detalla en las investigaciones, y este es uno de los puntos clave de las terapias pseudocientíficas, que el cupping no posee efectos adversos a reseñar. Los promotores de estos tratamientos siempre se cuidan de que, si no pueden demostrar los beneficios de su técnica, que al menos les mantenga alejados de los tribunales.

El cupping es un caso especial en tanto que se trata del repunte de una técnica centenaria que no precisa material ni personal especializado. Los vasos pueden adquirirse por 30 euros en Amazon y cualquiera puede aplicarlos (en la selección norteamericana los nadadores lo hacen entre ellos, sin aparente supervisión médica). Lo normal es que detrás de la pseudociencia esté la empresa que fabrica el producto y una red de fisioterapeutas y entrenadores que promocionan su aplicación al más alto nivel. Como sucede con los médicos y las farmacéuticas, es casi imposible distinguir a los profesionales convencidos de las virtudes de un producto de aquellos que han sido persuadidos con comisiones o regalos.

Vendajes más estéticos que funcionales

El caso de las cintas K-Tape -o vendaje neuromuscular, esas tiras de colores que lucen muchos atletas-  es sintomático. Patentadas en la década de los 70 por un laboratorio japonés, durante tres décadas los intentos por introducir el producto en el mercado tuvieron un éxito modesto. El ‘boom’ llegaría en los Juegos Olímpicos de 2008 gracias una maniobra de marketing ambiciosa que repartió 50.000 tiras de cinta entre los 58 países participantes en el evento. En 2012 se institucionalizó su empleo en alta competición y hoy, aunque se encuentra en retroceso, todavía puede verse en recintos deportivos.

Perder el oremus, versión neuromuscular (Reuters)
Perder el oremus, versión neuromuscular (Reuters)

La publicidad del vendaje neuromuscular argumenta que, al ser tiras elásticas capaces de estirarse hasta un 140% de su tamaño original, sirven para contener al músculo y prevenir hiperextensiones. Durante un tiempo llegó a sostener que el color de los vendajes era clave, ya que los colores claros, al acumular menos calor de la luz solar, servían para enfríar el músculo y, las oscuras, justo al revés, pero las referencias se han ido eliminando en favor de una versión puramente estética.

Los estudios sobre el vendaje neuromuscular admiten que la cinta adhesiva es capaz de separar la piel del músculo, lo que conseguiría un leve de beneficio de oxigenación “nunca superior a un masaje suave”. El único estudio aleatorizado doble ciego (PDF) -ni los pacientes ni los investigadores saben quiénes utilizan las cintas verdaderas y quiénes pertenecen al grupo de control- que existe fue publicado en el Journal of Orthopaedic and Sports Physical Therapy fue incapaz de encontrar una mejora significativa en la disminución del dolor en tendinitis y pinzamientos. En los pacientes sanos concluyen que simplemente no tiene efecto. Los expertos advierten, por último, que las tiras no suplen el reposo necesario para que los atletas se recuperen de lesiones y que, “si se colocan las tiras sobre zonas lesionadas no tratadas, el resultado será dolor”.

El dominguero perfecto: medias de compresión, K-tapes despegadas y un monitor en cada muñeca
El dominguero perfecto: medias de compresión, K-tapes despegadas y un monitor en cada muñeca

Las K-Tape añaden a la fórmula pseudocientífica imperante (ni perjuicio ni beneficio) un componente estético que dispara su interés y, por tanto, valor comercial. Algo semejante sucede con las medias de compresión, cuyo uso se ha popularizado en los últimos cinco años, especialmente entre los corredores de largas distancias. Una terapia que se practica desde hace décadas en pacientes con problemas de circulación sanguínea se convirtió en una forma de mejorar el rendimiento deportivo de la noche a la mañana; bastaron una serie de estudios dirigidos y unos diseños basados en la velocidad para empezar a venderlas como churros.

No obstante, las investigaciones independientes continúan apuntando hacia lo que ya sabíamos: que las medias tienen sentido como medida de recuperación, puesdisminuyen los niveles de lactato acumulados en el músculo, favorecen la circulación y reducen el dolor después del ejercicio. No existen evidencias de que su uso en competición mejore el rendimiento deportivo. “Como medida de prevención del daño muscular, lo apropiado sería utilizarlas los días antes de una competición o después de un entrenamiento intenso”, explican los investigadores.

“Los deportistas no tienen ningún criterio; igual que se enconmiendan a Dios antes de competir se ponen una tira en el músculo, y los fisios también se dejan llevar, ambos funcionan por modas”, dice Rubén Tovar, fisioterapeuta especialista en terapia manual. Tovar es uno de los pocos profesionales que ha levantado la voz públicamente contra las pseudociencias que operan en su sector: “No existe una regulación que pare los pies a estas empresas. Los colegios profesionales deberían asumir este papel [informar de la consistencia científica de las nuevas terapias], pero prefieren no molestar a ninguno de los colegiados y mirar para otro lado”, denuncia. ¿Hay presión de las marcas a los fisioterapeutas para empujar determinados tratamientos? “Por supuesto, pero no insisten tanto en los productos como en aparatología y formación, que supongo les aportan mayores beneficios”, concluye Tovar.

Los productos sin evidencias sólidas no siempre son efímeros en el mercado. Algunos, como las bebidas isotónicas, los batidos de recuperación o las zapatillas adaptadas, han sido incapaces de demostrar lo que la publicidad promete de ellos.Un macroestudio realizado en 2012 intentó revisar la literatura científica detrás de 104 de estos productos y se encontró con el vacío. El 97,3% de los estudios financiados por las marcas para respaldar sus bebidas fue calificado como “inaceptable” por los investigadores por diversos motivos, entre ellos muestras de nueve personas o investigaciones en las que informa a los sujetos de lo que están bebiendo. Y lo que es aún peor: el 52% de los productos no aportó ningún tipo de documento que avale sus promesas comerciales, lo que significa que los fabricantes, o bien ocultan las pruebas de laboratorio, o bien ni se han preocupado en comprobar si lo que dicen es cierto.

El grupo de trabajo tampoco pudo demostrar que el uso de zapatillas adaptadas al tipo de pisada fuesen capaces de prevenir lesiones. “Con los datos en la mano, consideramos que es virtualmente imposible para el público hacer una elección razonada entre estos productos”, explican los investigadores.

Por el camino quedan ingenios como la pulsera Power Balance, con ese holograma milagrero que convenció a Cristiano Ronaldo, o las tiras nasales para favorecer la respiración que ha recuperado Neymar en los últimos años, para recordarnos que la época en la que los deportistas caían en manos de la superstición teniendo la ciencia a su servicio es siempre

http://www.elconfidencial.com/deportes/juegos-olimpicos/2016-08-14/estrellas-del-deporte-desastres-para-la-ciencia_1246291/

Veinte geniales intervenciones artísticas en las que la ciudad se convierte en lienzo

http://blogs.publico.es/strambotic/2016/08/ciudad-lienzo/

Vinie Graffiti

Artista urbano: Ella&Pitr.

No existe todavía una definición simple del arte urbano. Es una bestia amorfa que abarca diferentes disciplinas de expresión callejera inspirada por el entorno urbano. Clandestino, rebelde, divertido es una forma democrática de arte popular que no se limita a la galería y huye al control encorsetado de los museos, no es coleccionable e imposible convertirlo en trofeo.

Su definición y usos están cambiando: originalmente fue una herramienta para marcar los límites territoriales de la juventud urbana, como  hoy se ve, en algunos casos, un medio de embellecimiento urbano. Estos escurridizos, y muchas veces anónimos creadores, consiguen que un acto, tildado de vandálico, sea la expresión máxima de una ciudad viva que respira arte por sus costuras, como un museo orgánico y cotidiano que no se mira el ombligo.

Enjuaga tus pupilas y disfruta de esta variopinta colección de arte y asfalto.

Ella&Pitr

Artista urbano: Dome.

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Artista urbano: Isaac Cordal.

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Artista urbano: Anonimo.

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Artista urbano: Oakoak.

Artista urbano: Mentalgassi.

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Artista urbano: Anonimo.

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Artista urbano: Escif.

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Artista urbano: Jeroen Koolhaas.

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Artista urbano: Anonimo.

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Artista urbano: Phlegm.

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Artista urbano: Vinie Graffiti.

Vinie Graffiti

Artista urbano: Bordalo II.

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Artista urbano: Anonimo.

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Artista urbano: 183art.

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Artista urbano: Leon Keer.

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Artista urbano: Pejac.

Artista urbano: Anonimo.

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Artista urbano: Anonimo.

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Artista urbano: Blu.

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