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ARTURO PÉREZ-REVERTE Reyes magos y reinas magas

Creemos que los niños son gilipollas. Que no se enteran. Que podemos engañarlos con facilidad, haciéndolos cómplices de nuestros prejuicios, torpezas y limitaciones. Pero nos equivocamos. Esos diminutos seres con cara de panoli son formidables desarrollando intuiciones magistrales y conclusiones perspicaces. Su capacidad de observación, de intuición extrema y casi animal, su honradez intelectual incontaminada por las convenciones sociales que más tarde acabarán atrapándolos, son asombrosas. Nadie tan coherente, recto y tenaz como ellos al construir mundos propios y defenderlos, aplicar el sentido común, ilusionarse con desafíos, razonar sobre evidencias. Tan consecuentes y honrados, a veces hasta la crueldad, con el mundo que ven o creen ver. Tan próximos todavía a las reglas naturales de la vida; a esas realidades inexorables que los adultos aún no hemos podido hacerles olvidar, ni enmascarar y manipular estúpidamente para ellos. O más bien para nosotros. Para nuestra comodidad y sosiego.

Me hace pensar en esto una moda reciente relacionada con la cabalgata de la noche de Reyes: confiar el papel de Melchor, Gaspar o Baltasar a una mujer. Todo, naturalmente, como cuota políticamente correcta: un tercio de sus majestades de Oriente, para cumplir con el qué dirán. Lo que se traduce en señoras disfrazadas de varón, con barba, corona y demás parafernalia. En los días siguientes al último de Reyes, algunos lectores y amigos me hicieron llegar cartas con sus opiniones sobre la cosa; y algunos, incluso, recortes de prensa con otras cartas publicadas en periódicos locales. Comentarios jocosos o indignados, según el talante de cada cual: mucha chufla y algún cabreo, como el de esa madre cuyo hijo de seis años, embozado con bufanda y gorro de lana bajo los que sólo podían verse sus ojos atónitos, le zarandeaba una mano gritando: «¡Mami, mami, ese rey es una mujer!».

No pasa nada, dirán algunos, por que un rey mago, incluso los tres, sea una mujer. Si ciertas señoras creen que su presencia ahí ayuda a conseguir más respeto para su sexo, pues oigan. Bendito sea. Adelante con los faroles. A fin de cuentas, una cabalgata de Reyes toca menos el rigor que el folklore. Puestos a disfrazarse y a dar espectáculo, sería como negarse a que en las fiestas de moros y cristianos, o en las de cartagineses y romanos -pura y divertida murga sana-, haya señoras que quieran salir de guerrero almohade o legionario romano. Allá cada cual con sus fiestas, sus disfraces y sus botas de vino. Otra cosa es cuando se trata de una reconstrucción histórica calculada y rigurosa, como Las Navas, el 2 de Mayo o la batalla de La Coruña, por ejemplo. Meter ahí a una señora de fusilero británico o de adalid navarro da el cante; quita credibilidad al asunto, porque en aquellos tiempos las señoras no andaban pegando tiros, asaltando trincheras ni dando espadazos a los infieles; y cuando ahora se escriben novelas o se hacen películas donde ocurre eso, tales películas y novelas suelen ser una imbecilidad perfecta.

El problema con los reyes magos es otro: la tradición se refiere a tres reyes varones. Y es la tradición precisamente, transmitida de padres a hijos, la que hace a los niños que aún conservan la inocencia adecuada esperar con ilusión la llegada anual de esos magos de Oriente, cuyos nombres y sexo conocen perfectamente, hasta el punto de que resulta imposible darles Baltasara por Baltasar. Y como los pequeños cabroncetes no tienen un pelo de tontos, en cuanto pasa por delante la carroza, huelen la tostada. Y se les fastidia así la fiesta, la ilusión, la fe en algunas cosas que, para bien de la Humanidad, es conveniente conserven durante el mayor tiempo posible, antes de que la vida les demuestre lo que hay bajo el cartón y el falso armiño de cada rey, mago o no mago. Y así, subida en una carroza, la reina Gaspara, o como se llame, puede que haga un favor enorme a la visibilización de la mujer; pero también estará reventando la ilusión, en su noche más hermosa del año, a millares de criaturas que, sintiéndose estafadas, se volverán a sus padres para denunciar, con justa indignación: «¡Papi, ese rey con barba es una chica!».

Así que ya pueden despedirse de la magia, nuestras criaturas. Darse por fastidiadas. En este país acomplejado y cobarde donde no caben un tonto, un sinvergüenza, un oportunista más, cualquier nueva idiotez triunfa que da gusto. Habrá polémica, claro. Sentido común versus matonismo ultrarradical. Acusaciones de machista intransigente a quien no trague. En consecuencia, las autoridades dispondrán cada vez más cabalgatas con la cuota adecuada de reyes y reinas, magos y magas, camellos y camellas, pajes y pajas. Todo sea por no discrepar. Y a los niños, pues bueno, pues vale, pues me alegro. A ésos, que les vayan dando.

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/arturo-perez-reverte/20130224/reyes-magos-reinas-magas-4815.html

Simplificar la Educación Primaria

Que el fracaso escolar se fragua en Primaria es algo que nadie puede discutir. A los doce años, que es cuando la mayoría de los chavales llegan a la ESO, ya está hecho el estropicio. Es prácticamente imposible recuperar los “errores” de aprendizaje que se han establecido en la etapa educativa anterior. Una etapa, curiosamente, que está siendo la gran olvidada (más allá del establecimiento de una reválida en último curso de la misma), en todas las propuestas de mejora educativa que se plantean. Una etapa donde se habría de abocar gran parte de los recursos y, que bien gestionada, podría llevar a un ahorro importante en etapas posteriores. Un ahorro complementado por una equidad real de los alumnos que accedieran a la misma.

Lo de quitar a los alumnos de séptimo y octavo de la extinta EGB para incorporarlos a la ESO está siendo un fracaso. Un fracaso que, por diferentes motivos, no exime la potencialidad educativa de dicho cambio. Un cambio que hubiera permitido reconfigurar los aprendizajes en etapas inferiores para establecer unos mínimos básicos. Unos mínimos que, hoy en día, ni tan sólo quedan observables como los máximos al acabar etapas posteriores. Unos mínimos alejados de todo lo que implique aprendizajes fácilmente olvidables. Aprendizajes y materias totalmente innecesarios en dichas edades. Unas edades, como muy bien plantean algunos, que se habrían de destinar a los siguientes objetivos básicos:

Aprender a leer con corrección (en la lengua o lenguas cooficiales), sabiendo interpretar lo que se lee
Aprender las operaciones matemáticas básicas (sumar, restar, multiplicar y dividir)
Competencias básicas con las TIC (saber buscar información, cribarla y usar herramientas ofimáticas básicas)
Escribir con corrección en la lengua o lenguas cooficiales en su territorio
Introducción a una lengua extranjera (capacitación básica en la misma a nivel oral y escrito)
Más allá de lo anterior, todo sobra. Sobran currículums llenos de “cosas a dar”. Sobran horas lectivas. Sobran estudios memorísticos de cuestiones científicas o sociales. Sobra el exceso de equipaje de una etapa donde, con unos conocimientos básicos asumidos, se conseguiría una posterior mejora educativa de todo el sistema.

Seguro que a estas alturas de la disertación alguno puede llegar a hablar de la “imprescindibilidad” de ciertas asignaturas. De lo imprescindible que es que el alumno conozca los ríos de España, que conozca las partes del cuerpo humano, sus huesos, el año en que se descubrió América, etc. No es por desanimar… pero lo anterior es poco importante. Poco importante en una etapa donde los hábitos y aprendizajes básicos han de ser el núcleo fundamental de la misma. Unos aprendizajes complementados por rutinas, por incentivar el amor a la lectura, al arte, a la felicidad, al juego, a los buenos y saludables hábitos, etc. Unos objetivos mucho más importantes que cifras y datos de olvido fácil.

Quizás sobran horas lectivas. Quizás faltan ganas de montar proyectos comunes. Quizás hay muchos a los que les convenga sentirse especiales pero, la realidad, es que el alumno llega a Secundaria sin lo básico asumido. Mucho conocimiento inútil de serie pero dificultad en lo básico. Lo básico es lo importante. Lo básico es lo necesario. Lo que capacita a todo el mundo para poder desenvolverse en la sociedad es el conocimiento esencial a imbuir. Lo demás… discutible.

¿Qué pasaría si se abolieran los contenidos en Primaria? ¿Qué pasaría si los chavales sólo tuvieran que preocuparse de aprender lo básico? ¿Qué pasaría si el aprendizaje, más allá de la memorización, fuera asumido de forma natural por los chavales? ¿Qué pasaría si nos cargamos de una vez un modelo que no da nada más que problemas?

La Educación Primaria es fundamental. Los maestros son la base de cualquier mejora educativa. La cuestión es apoyarles y facilitarles su trabajo. Un trabajo para que ayuden a quien lo necesita. Un trabajo que permita la obtención de alumnos capaces, críticos y sin potencialidades destruidas. Una etapa, de necesaria e imprescindible simplificación, donde se fraguará el destino de nuestra sociedad.

http://www.xarxatic.com/simplificar-la-educacion-primaria/