Cómo buscarse la ruina (Qué hacer si entran en tu casa)

http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/248/como-buscarse-la-ruina/

Me despierta un ruido y miro el reloj de la mesilla de noche. Ha sonado en la planta de abajo. Así que cojo la linterna y el cuchillo K-Bar de marine americano -recuerdo de Disneylandia- y bajo las escaleras intentando ir tranquilo y echar cuentas. Cuántos son, altos o bajos, nacionales o de importación, armados o no. Si estuviera en un país normal, este agobio sería relativo. Bajaría con una escopeta de caza, y una vez abajo haría pumba, pumba, sin decir buenas noches. Albanokosovares al cielo. O lo que sean. Pero estoy en la sierra de Madrid, España. Tampoco me gusta la caza ni tengo escopeta. Sólo un Kalashnikov -otro recuerdo de Disneylandia- que ya no dispara. Por otra parte, una escopeta no iba a servirme de nada. Estoy en la España líder de Occidente, repito. Aquí el procedimiento varía. Mientras bajo por la escalera -de mi casa, insisto- con el cuchillo en la mano, lo que voy es haciendo cálculos. Pensando, si se lía la pajarraca, si no me ponen mirando a Triana y si tengo suerte de esparramar a algún malo, en lo que voy a contar luego a la Guardia Civil y al juez. Que tiene huevos.

Lo primero, a ver cómo averiguo cuántos son. Porque si encuentro a un caco solo y tengo la fortuna de arrimarme y tirarle un viaje, antes debo establecer los parámetros. Imaginen que descubro a uno robándome las películas de John Wayne, le doy una mojada a oscuras, y resulta que el fulano está solo y no lleva armas, o lleva un destornillador, mientras que yo se la endiño con una hoja de palmo y pico. Ruina total. La violencia debe ser proporcionada, ojo. Y para que lo sea, antes he de asegurarme de lo que lleva el pavo. Y de sus intenciones. No es lo mismo que un bulto oscuro que se cuela en tu casa de madrugada tenga el propósito de robarte Río Bravo que violar a tu mujer, a tu madre, a tus niñas y a la chacha. Todo eso hay que establecerlo antes con el diálogo adecuado. ¿A qué viene usted exactamente, buen hombre? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre?… Y si el otro no domina el español, recurriendo a un medio alternativo. No añadamos, por Dios, el agravante de xenofobia a la prepotencia.

Pero la cosa no acaba ahí. Incluso si establezco con luz y taquígrafos los móviles exactos y el armamento del malo, un juez -eso depende del que me toque- puede decidir que encontrártelo de noche en casa, incluso armado de igual a igual, no es motivo suficiente para el acto fascista de pegarle una puñalada. Además hay que demostrar que se enfrentó a ti, que ésa es otra. Y no digo ya si en vez de darle un pinchazo, en el calor de la refriega le pegas tres o cuatro. Ahí vas listo. Ensañamiento y alevosía, por lo menos. En cualquier caso, violencia innecesaria; como en el episodio reciente de ese secuestrado con su mujer que, para librarse de sus captores, les quitó el cuchillo y le endiñó seis puñaladas a uno de ellos. Estaría cabreadillo, supongo, o el otro no se dejaba. Pues nada. Diez años de prisión, reducidos a cinco por el Tribunal Supremo. Lo normal. Por chulo.

Imaginemos sin embargo que, en vez de cuchillo, lo que esta noche lleva el malo es una pistola de verdad. Y que en un alarde de perspicacia y de potra increíble lo advierto en la oscuridad, me abalanzo heroico sobre el malvado, desarmándolo, y forcejeamos. Y pum. Le pego un tiro. Ruina absoluta, oigan. Sale más barato dejar que él me lo pegue a mí, porque hasta pueden demandarme los familiares del difunto. Otra cosa sería que el malo estuviese acompañado. En tal caso, nuestra legislación es comprensiva. Sólo tengo que abalanzarme vigorosamente sobre él, arrebatarle el fusco, calcular con astuta visión de conjunto cuántos malos hay en la casa, qué armamento llevan y cuáles son las intenciones de cada uno, y dispararle, no al que lleve barra de hierro, navaja empalmada, bate de béisbol o pistola simulada -ojito con esto último, hay que acercarse y comprobarlo antes-, sino a aquel que cargue de pistolón o subfusil para arriba. Todo eso, asegurándome bien, pese a la oscuridad y el previsible barullo, de que en ese momento el fulano no se está dando ya a la fuga; porque en tal caso la cagaste, Burlancaster. En cuanto al del bate de béisbol, el procedimiento es simple: dejo la pistola, voy en busca de otro bate, bastón o paraguas de similares dimensiones y le hago frente, mientras afeo su conducta y le pregunto si sólo pretende llevarse las joyas de la familia o si sus intenciones incluyen, además, romperme el ojete. Luego hago lo mismo con el de la navaja. Y así sucesivamente.

El caso es que, cuando llego al final de la escalera, comiéndome el tarro y más pendiente de las explicaciones que daré mañana, si salgo de ésta, que de lo que pueda encontrar abajo, compruebo que se ha ido dos o tres veces la luz, y que el ruido era del deuvedé y de la tele al encenderse. Y pienso que por esta vez me he salvado. De ir a la cárcel, quiero decir. Traía más cuenta dejar que me robaran.

 

¿Cómo actuar si entran en tu casa y tienes que defenderte para que no te condenen?

 

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Ambos sabíamos que todo terminaba entre nosotros

Reverte, otra vez:

https://www.zendalibros.com/al-fin-solo/

Al fin solo

Acabo de separarme de una mujer con la que conviví durante dos años y medio. Las últimas semanas han sido grises y tristes, porque ambos sabíamos que todo terminaba entre nosotros de forma anunciada e irremediable. El final llegaba sin estridencias, sin señales espectaculares, callado como una enfermedad o una sentencia sin apelación. Todo moría poquito a poco, en la rutina final de cada día. Despacio. Y parece mentira. Al principio, cuando esa mujer entró en mi vida, todo era deslumbramiento, expectación. Ansiaba conocerlo todo de ella, tocar su piel y oler su cabello, vivir como propios su infancia, sus sueños, su memoria. Oír su voz y el rumor de sus pensamientos. Y así lo hice. Durante todo este tiempo anduve sumergido en ella sin reservas. Dormí, comí, viajé, viví con ella. Y ahora, justo cuando se va, la conozco mejor que a mí mismo. Sé cómo pelea, cómo sufre, cómo ama. Identifico sus heridas, porque fui yo quien se las infligió deliberadamente, una por una. Sé cómo ve el mundo, la vida y la muerte. Cómo ve a los hombres. Cómo me ve a mí. No podía ser de otro modo porque, aunque ella siempre estuvo ahí, en alguna parte, esperando que se cruzaran nuestras vidas, fui yo quien en cierto modo la convirtió en lo que ahora es. Nadie pone lo que no tiene. Y de ese modo llegué a reconocerme en sus gestos, palabras y silencios como si contemplara mi imagen en un espejo.

“Qué raro es todo. Cuando al cabo lo sé todo de ella, y tras consagrarle mi trabajo, mi tiempo y mi salud la conozco mejor que a ninguna otra mujer en el mundo, resulta que ya no me importa.”

Ahora todo terminó. Hemos estado por última vez frente a frente, mirándonos a los ojos, y al fin la he visto fuera, lejos. Completamente extraña, como si su vida y la mía discurrieran por caminos distintos. Y lo singular es que al advertir eso no experimenté dolor, ni melancolía. Sólo una precisa sensación de alivio infinito, e indiferencia. Eso es tal vez lo más singular de todo: la indiferencia. Después de haber ocupado durante veintinueve meses la totalidad de mis días y noches, la miro y no siento absolutamente nada. Qué raro es todo. Cuando al cabo lo sé todo de ella, y tras consagrarle mi trabajo, mi tiempo y mi salud la conozco mejor que a ninguna otra mujer en el mundo, resulta que ya no me importa. Es como si se quedara de pronto atrás, a la deriva, o se alejase por caminos que me son ajenos, y me diese igual lo que sufra, a quién ame, con quién viva, cómo sienta o cómo muera. Esa mujer ya no es asunto mío, y eso me hace sentir egoístamente limpio y libre. Es bueno, decido, poder desprenderse de esa forma de pedazos de tu vida, dejándolos atrás como quien se desembaraza de algo viejo e inútil. Una automutilación práctica. Higiénica.

“Y casi todos pensarán: hay que ver cómo la quería. Cómo la quiere. Contaré sobre todo la parte fácil: los primeros días, los primeros tiempos, cuando todo era perfecto y era posible porque aún estaba todo por vivir.”

Sé que el mundo es un pañuelo, y que voy a tropezarme muchas veces con su fantasma en las próximas semanas. Amigos y desconocidos me hablarán de ella y tendré, a mi vez, que dar explicaciones al respecto. Esto y aquello. La quise. Me quiso. Etcétera. Nuestros caminos se cruzarán sin duda en librerías, aeropuertos, páginas de diarios. Intentaré dejarla lo mejor posible, claro. Hablaré de nosotros como si todavía me importara, o como si mi vida girase todavía en torno a sus palabras, sus pensamientos, sus odios y sus amores. Lo haré echándole buena voluntad, lo mejor que sepa. Y casi todos pensarán: hay que ver cómo la quería. Cómo la quiere. Contaré sobre todo la parte fácil: los primeros días, los primeros tiempos, cuando todo era perfecto y era posible porque aún estaba todo por vivir. Cuando cada momento era una hoja en blanco, y ella un enigma que parecía indescifrable. Callaré el resto: la soledad, el hastío, la indiferencia del final, cuando ya nada quedaba por descubrir, por vivir, por imaginar. Cuando todo estaba consumado y nos situábamos cada día y cada noche uno frente a otro con la intención, el deseo, de terminar de una vez. De agotarnos y olvidarnos.

“Y en el fondo tiene gracia: me rifé en ella el talento, la piel y la vida, y ahora la veo irse y no siento emoción ninguna.”

Ahora, al fin, esa mujer me ha dejado para siempre. Hizo la maleta en su último amanecer gris y acaba de irse sin mirar atrás, el pelo recogido en la nuca, muy tirante y con la raya en medio, su semanario de plata mexicana tintineándole en la muñeca derecha. No la echo de menos, y tampoco creo que ella lamente perderme de vista. Es hora de que viva su propia vida, y lo sabe. Durante todo este tiempo me esmeré en prepararla para eso. Y en el fondo tiene gracia: me rifé en ella el talento, la piel y la vida, y ahora la veo irse y no siento emoción ninguna. Sin duda pronto la encontraré en manos de otros, y la verdad es que no me importa. Antes de marcharse entornando despacio la puerta para no hacer ruido —yo estaba inmóvil, fingiendo que dormía—, dejó sobre la mesa una raya de coca, una botellita de tequila, una pistola y una copa a medio vaciar, y en el estéreo una canción de José Alfredo Jiménez. Cuando estaba en las cantinas, dice la letra, no sentía ningún dolor. Ahora termino de teclear estas líneas, me levanto y apago la música. Qué cosas. Por qué diablos tendré un nudo en la garganta. A fin de cuentas, sólo se trataba de una novela más.

 

Pérez-Reverte da un repaso a Irene Montero: “Me pregunto cómo ciertos analfabetos se atreven a hacer el ridículo de esa manera”

https://casoaislado.com/perez-reverte-da-repaso-irene-montero-me-pregunto-ciertos-analfabetos-se-atreven-ridiculo-esa-manera/

El popular escritor Arturo Pérez-Reverte ha vuelto a dejar por los suelos a aquellos podemitas que defienden a Irene Montero, tras usar la palabra “portavozas” e incluso asegurar que es una forma correcta de decirla.Con un tuit que ha sido compartido en casi 4.000 ocasiones y ha recibido más de 5.500 ‘likes’, Pérez Reverte habla de que la concepción social de hace siglos o décadas era muy distinta a la que tenemos hoy. Destacando el vocabulario que usaban autores como Galdós, Cervantes, Marsé o Clarín en relación a “mujer fácil”.

En el texto, Pérez-Reverte recuerda que en cada época se aplica un vocabulario debido a la visión social del momento, que no coincide con la sensibilidad actual y destaca “la limitación intelectual” para “algunos osados ignorantes”, que son incapaces de comprender e interpretar esos escritos.

“Cuando un extranjero o alguien con poco vocabulario lea en Marsé, Galdós, Clarín, Pardo Bazán o Cervantes “mujer fácil” y desee comprender a qué se refiere el texto, habrá que decirles que se olviden de ello; que el diccionario de la RAE no lo registra ni puede explicárselo porque es una acepción despectiva y machista, y los diccionarios socialmente correctos sólo deben contener palabras bonitas y acepciones agradables, tachando aquello que no lo sea; eliminando todos los usos peyorativos, por mucho que se usen o se hayan usado en otro tiempo y estén en las novelas, en la poesía, en el cine, en el habla de la calle”, dice irónicamente ante la petición de Podemos de eliminar el significado que ofrece la RAE sobre “mujer fácil”.

“A menudo me pregunto con qué autoridad, con qué conocimientos, con qué cuajo, con qué demagógica y estupefaciente cara dura, ciertos arrogantes analfabetos se atreven a hacer el ridículo de esa manera”, sentencia Pérez Reverte refiriéndose a los podemitas.

Maestras con hiyab y otros disparates

http://www.xlsemanal.com/firmas/20170305/perez-reverte-maestras-hiyab-otros-disparates.html

De aquí a un par de años –si es que no ha ocurrido ya– saldrá de las facultades españolas una promoción de jóvenes graduadas en Educación Infantil y Primaria, entre las que algunas llevarán –lo usan ahora, como estudiantes– el pañuelo musulmán llamado hiyab: esa prenda que, según los preceptos del Islam ortodoxo, oculta el cabello de la mujer a fin de preservar su recato, impidiendo que una exhibición excesiva de encantos físicos despierte la lujuria de los hombres.

Ese próximo acontecimiento socioeducativo, tan ejemplarmente multicultural, significa que en poco tiempo esas profesoras con la cabeza cubierta estarán dando clase a niños pequeños de ambos sexos. También a niños no musulmanes, y eso en colegios públicos, pagados por ustedes y yo. O sea, que esas profesoras estarán mostrándose ante sus alumnos, con deliberada naturalidad, llevando en la cabeza un símbolo inequívoco de sumisión y de opresión del hombre sobre la mujer –y no me digan que es un acto de libertad, porque me parto–. Un símbolo religioso, ojo al dato, en esas aulas de las que, por fortuna y no con facilidad, quedaron desterrados hace tiempo los crucifijos. Por ejemplo.

Pero hay algo más grave. Más intolerable que los símbolos. En sus colegios –y a ver quién les niega a esas profesoras el derecho a tener trabajo y a enseñar– serán ellas, con su pañuelo y cuanto el pañuelo significa en ideas sociales y religiosas, las que atenderán las dudas y preguntas de sus alumnos de Infantil y Primaria. Ellas tratarán con esos niños asuntos de tanta trascendencia como moral social, identidad sexual, sexualidad, relaciones entre hombres y mujeres y otros asuntos de importancia; incluida, claro, la visión que esos jovencitos tendrán sobre los valores de la cultura occidental, desde los filósofos griegos, la democracia, el Humanismo, la Ilustración y los derechos y libertades del Hombre –que el Islam ignora con triste frecuencia–, hasta las más avanzadas ideas del presente.

Lo de las profesoras con velo no es una anécdota banal, como pueden sostener algunos demagogos cortos de luces y de libros. Como tampoco lo es que, hace unas semanas, una juez –mujer, para estupefacción mía– diera la razón a una musulmana que denunció a su empresa, una compañía aérea, por impedirle llevar el pañuelo islámico en un lugar de atención al público. Según la sentencia, que además contradice la doctrina del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, obligar en España a una empleada a acatar las normas de una empresa donde hombres y mujeres van uniformados y sin símbolos religiosos ni políticos externos, vulnera la libertad individual y religiosa. Lo que significa, a mi entender –aunque de jurisprudencia sé poco–, que una azafata católica integrista, por ejemplo, acogiéndose a esa sentencia, podría llevar, si sus ideas religiosas se lo aconsejan, un crucifijo de palmo y medio encima del uniforme, dando así público testimonio de su fe. O, yéndonos sin mucho esfuerzo al disparate, que la integrante de una secta religiosa de rito noruego lapón, por ejemplo, pueda ejercer su libertad religiosa poniéndose unos cuernos de reno de peluche en la cabeza, por Navidad, para hacer chequeo de equipajes o para atender a los pasajeros en pleno vuelo.

Y es que no se trata de Islam o no Islam. Tolerar tales usos es dar un paso atrás; desandar los muchos que dimos en la larga conquista de derechos y libertades, de rotura de las cadenas que durante siglos oprimieron al ser humano en nombre de Dios. Es contradecir un progreso y una modernidad fundamentales, a los que ahora renunciamos en nombre de los complejos, el buenismo, la cobardía o la estupidez. Como esos estólidos fantoches que, cada aniversario de la toma de Granada, afirman que España sería mejor de haberse mantenido musulmana.

Y mientras tanto, oh prodigio, las feministas más ultrarradicales, tan propensas a chorradas, callan en todo esto como meretrices –viejo dicho popular, no cosa mía– o como tumbas, que suena menos machista. Están demasiado ocupadas en cosas indispensables, como afirmar que las abejas y las gallinas también son hembras explotadas, que a Quevedo hay que borrarlo de las aulas por misógino, o que las canciones de Sabina son machistas y éste debe corregirse si quiere que lo sigan considerando de izquierdas.

Y aquí seguimos, oigan. Tirando por la borda siglos de lucha. Admitiendo por la puerta de atrás lo que echamos a patadas, con sangre, inteligencia y sacrificio, por la puerta principal. Suicidándonos como idiotas.

Intolerancia y otras idioteces

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Hace tiempo que los libros de texto escolares en España se han convertido en interesante territorio donde espigar lo que nos espera. O lo que vamos teniendo ya. Un observador superficial deduciría que todo responde al plan maquiavélico de un profesor Moriarty que se proponga convertirnos, de aquí a una generación, en un país de imbéciles analfabetos; aunque, eso sí, rigurosa y políticamente correctos. Pero no creo que haya plan. Ojalá tuviéramos uno. Se trata, en realidad, de simple contagio colectivo e inexorable, propio de un país como el nuestro, donde cuando se celebre el Día del Orgullo Gilipollas no vamos a caber todos en la calle.

El último hallazgo acabo de hacerlo en un texto escolar de 5º de Primaria. Tras la triple pregunta ¿Cuál era la religión en los reinos de los reyes católicos? ¿Qué les sucedió a los judíos y musulmanes en esta época? ¿Qué era el Tribunal de la Inquisición?, cuestión absolutamente lógica y que con buenos profesores se presta a útiles debates sobre momentos decisivos –para bien y para mal– en la historia de España, figura, bajo el epígrafe Educación Cívica, otra doble pregunta de carga envenenada:¿Crees que los Reyes Católicos eran tolerantes? ¿Qué opinas sobre que se obligue a las personas a practicar una religión?.

La respuesta a esa simpleza no puede ser más que una: los Reyes Católicos no eran tolerantes ni por el forro, y es malo que se obligue a nadie a practicar una religión, como hicieron ellos y sus sucesores. Faltaría más. La misma forma de plantear la pregunta conduce, inevitablemente, a esa respuesta simple, que en realidad no lo es tanto. De ahí lo peligroso del asunto. Su carga envenenada.

Vistos desde aquí, por supuesto, los Reyes Católicos no eran tolerantes en absoluto. Lo que eran es una mujer, Isabel de Castilla, y un hombre, Fernando de Aragón –reino que incluía el condado de Barcelona, entre otras cosas–, cuyo matrimonio unió a dos extraordinarios personajes de Estado que, con decisión política y visión de futuro, consiguieron la unidad de España al conquistar el reino musulmán de Granada. Los dos eran inteligentes y poderosos –los más poderosos de su tiempo en Europa–, pero desde luego no eran tolerantes. No podían serlo, como no lo fue ninguno de sus coetáneos, ni el papa de Roma, ni los reyes de Francia o Inglaterra, ni el sultán de Turquía, ni nadie con mando en plaza. La tolerancia, como la entendemos hoy, estaba reñida con el poder, con las nacionalidades que se empezaban a afirmar –la española fue de las primeras– y con la guerra y la violencia, instrumento habitual de relación entre comunidades, territorios, pueblos, estados y religiones. Con tolerancia no se habría construido España, como tampoco ninguno de los países hoy conocidos. Y en el siglo XV, la religión era fundamental a la hora de establecer todo eso. Sin unidad religiosa era imposible establecer unidades políticas; y esa cruda realidad aún daría pie a muchas guerras y atrocidades en los siglos siguientes: guerras de religión que ensangrentarían Europa y muchos otros lugares.

Desde luego que la respuesta es no. Desde una mirada actual, tolerantes no fueron los Reyes Católicos, ni antes de ellos los cruzados, ni Saladino, ni los reinos hispanos, ni Almanzor, ni lo serían después Carlos V, Felipe II, Lutero, Calvino, Napoleón, Robespierre, Lenin, ni nadie que haya pretendido consolidar su poder y vencer a sus enemigos. Ni en Atapuerca lo eran. La Historia de la Humanidad, entre otras cosas, está hecha de intolerancias. Y atribuir ese rasgo a unos reyes decisivos para España sin situar el asunto en el contexto real de su tiempo, supone una irresponsabilidad. Significa echar, sobre nuestras siempre maltrechas espaldas históricas, falsas responsabilidades y complejos perniciosos y estúpidos.

Nuestro pasado fue tan crudo, triste, fascinante y admirable como el de cualquier otro país. Transcurrió en un mundo en el que todos jugaban con las mismas reglas, o ausencia de ellas. Juzgar a sus actores con ojos del presente es una injusticia y un error, sobre todo en esta España que vive mucho de lo oído y poco de lo leído. Aplicar la mirada ética de hoy a los hechos de entonces no sirve sino para que los jóvenes renieguen de una historia que no es mejor ni peor que en otros países o naciones. Así que no mezclemos churras con merinas. Preguntemos a un joven estudiante si un neonazi, un maltratador de mujeres o un yihadista son tolerantes, y situemos a los Reyes Católicos en el contexto que les corresponde. El deber de un sistema educativo es conseguir que la historia, el pasado, la memoria, se estudien para comprenderlos. No para condenarlos desde la simpleza y la ignorancia.

La RAE, ese modelo de negocio

http://historiasdehispania.blogspot.com.es/2017/07/la-rae-ese-modelo-de-negocio.html

Anda el mundo hispano algo revolucionado desde que, hace unas horas, el académico Arturo Pérez-Reverte hiciera público en su cuenta de Twitter que la RAE va a aceptar el imperativo «iros» para la segunda persona del plural del verbo ir. Dijo Reverte, y aquí se le escapó un meconio de su viejo oficio de periodista, que la RAE es notario, no policía. Otrosí: si la gente lo dice, la RAE lo acepta.



Para empezar, el argumento es incompleto. La gente, sí, dice iros a tomar por saco. Pero también dice manteneros firmes a cualquier precio, o chuparos los dedos, que esto está de cine; y no por ello la RAE va a admitir estos usos como posibles o canónicos. Éste es un inquietante elemento de esta decisión aunque, en realidad, es la clave de todo. Ya llegaremos a ello en el momento de este post en el que descubramos quién es el asesino.

Pérez-Reverte, que se ha erigido, no sé si voluntariamente o por casualidad, en defensor de una medida polémica, ha esgrimido, como ya he dicho, el súper democrático argumento de que la RAE no hace sino lo que hace la gente, lo que habla y escribe la gente. Lo que pasa es que ese argumento es un tanto inquietante y, por qué no decirlo, discutible. Hace muy poco tiempo, la misma Real Academia la montó con uno de sus libritos normativos (subraya las palabras uno de: ahí está la clave) cuando decidió que la palabra «sólo», en uso adverbial, no se acentúa. Lo hizo a pesar de las cohortes de españoles que habían aprendido a tildarla en la escuela y que, de seguir la norma, habrían de cambiar sus usos. En ese momento, la verdad, a la RAE, y es de suponer que al señor Reverte de consuno, parece que le importó una mierda lo que la gente decía o escribía. Se erigió en eso que Reverte dice que no es (policía) y decretó: por este callejón no se deambula. Si quiere usted pasar, amable ciudadano, deje la tilde aquí mismo.

La cosa, pues, es: ¿por qué la RAE, en ocasiones, norma contra la costumbre y otras lo hace apoyándose en ella? ¿Es eso una actitud coherente?

Pues la verdad es que sí. Sí lo es. Pero lo es si vemos la RAE como lo que es, no como lo que dice que es. La RAE no es una institución que limpia, fija y da esplendor. La RAE es un modelo de negocio. De hecho es, probablemente, el modelo de negocio actualmente más exitoso del ámbito empresarial patrio.

Hace muchos, muchos años, cuando yo trabajaba en una empresa que estaba situada en el barrio de San Blas, me entretuve un mediodía que tuve que comer solo escuchando la conversación de la mesa de al lado. Los comensales eran todos marmolistas (la Almudena está cerca, por ahí son frecuentes los locales de fabricantes de lápidas); y, como tales, eran miembros de una asociación empresarial de marmolistas. Estaban preparando un golpe de Estado, así lo llamaban ellos mismos. Contaban con fruición votos: Genaro nos vota fijo, a Lupiáñez lo puedes convencer tú, que eres su primo, bla. Y, al parecer, casi les salían las cuentas. En el segundo plato ya estaban salivando de placer contándose los unos a los otros lo mucho que iban a disfrutar dirigiendo una asociación de marmolistas de mierda que, por lo que pude escuchar, apenas servía para otra cosa que para organizar, una vez al año, las fiestas de San Clemente, patrón de los marmolistas. Y, por lo que se pudo escuchar, también de los marmolillos.

La RAE es un poco así también. Lo que pasa es que en este caso cambiamos marmolistas por cultiparlantes o eso que llamamos intelectuales; lo cual se supone que le da nivel a la cosa, aunque ni modo. Decía Camilo José Cela, en frase que ya no aguanta los tiempos presentes de lucha denodada contra el heteropatriarcado, que la RAE es como Petrita la del tercero, porque todo el mundo dice que es muy fea, pero todo el mundo se la quiere tirar. Pero él, claro, se refiere al pequeño subconjunto de humanos a los que todo esto le importa un clítoris; o, mejor, clítorix, pues así es como lo escribía un académico.

A la característica de coto cerrado que genera la teórica habilidad necesaria para ser académico, es decir el conocimiento del idioma; y digo teórica porque académicos ha habido, y hay, que escribían como la rana; a la característica de coto cerrado de la RAE, decía, se une el hecho de que los académicos se eligen entre ellos, con lo que la docta institución lleva más de doscientos años con las ventanas cerradas y no ventila aunque la bombardeen. Este tipo de ambientillos recargados, en los que cuatro cafeses bien pagados valen más que el apoyo de toda la población residente en la provincia de Pontevedra, provocan la siempre difícil mecánica de las elecciones mayúsculas y minúsculas, y promueven actitudes tan poco edificantes como la que, tradicionalmente, ha guardado esa santa casa hacia la presencia de la mujer en sus pasillos.

Prácticamente cada generación de la cultura española tiene su nómina trífida de: académicos aceptados como tales por todos, académicos que fueron nombrados en flagrante escándalo, y personajes muy notorios, algunos de ellos de gran erudición y cultura, que siempre se quedan a las puestas de la Academia, sin entrar, normalmente por el pecado de tener coño o de, aun disponiendo de pene y glande en su azimut, no avenirse a adular a quien, como vulgar Richard Gere morfogramático, demanda: quiero que se me haga más la pelota. Y estas tres bandas de intelectuales, quédele claro al lector si no lo sabe, se han arrancado tradicionalmente los ojos como marmolistas.

La RAE ha sido, durante muchos años, una institución ajada y con las ventanas cerradas, en la que se dirimían peleas que le interesaban aproximadamente a 7 españoles de cada 100.000. En las últimas décadas, sin embargo, descubrió su Sangri-la, que no era otro que convertirse en un modelo de negocio.

En el mundo de la tecnología circula una historia que yo, la verdad, que con la tecnología tengo una relación de usuario mediocre, no puedo saber si es cierta. Dicen los que saben destripar un Autorun.exe que, en buena parte, los virus informáticos han sido creados por los fabricantes de soluciones antivirus. Como digo, no sé si es verdad, pero lo que sí sé es que como modelo de negocio está muy bien pensado: tomas un mercado que no tiene necesidad, le creas la necesidad, la necesidad se hace demanda, y entonces apareces con tu oferta. Corolario: te vendes a ti mismo la solución al problema que has creado, y hay un tipo por medio que lo paga todo.

Si en el mundo de la informática está por ver que las cosas sean así, en el de la lengua española es exactamente así. El modelo de negocio de la RAE pasa, precisamente, por crear normas nuevas. Por hacer ajustes en lo que queda limpio, fijado y esplendoroso, para que así quienes, por querencia, por necesidad o por obligación, han de estar a la última con la norma, compren un nuevo librito. Que es lo que se busca.

Desde que la RAE es un modelo de negocio, han florecido sus diccionarios. Tiene su diccionario de siempre, y luego otro de dudas, uno que se llama Nuevo diccionario histórico (el nombre no es baladí, pues ya te dice que hay otros anteriores. ¡Puedes coleccionarlos!) Tiene gramáticas nuevas y viejas, ortografías nuevas y viejas; y, para colmo, ha descubierto la creativa diversidad del idioma en otros países del mundo, lo cual la ha llevado a explotar el filón el modo multinacional. Ciertamente, el idioma es un hecho vivo; pero esa vivacidad, la verdad, se refiere, en buena parte, al ámbito del léxico. Es lógico que si la gente comienza a decir postureo o posverdad, con el tiempo el diccionario deba ambicionar recoger esos lemas. Pero lo que ya no está tan claro es que gramática y ortografía evolucionen de la misma manera o con la misma rapidez.

La RAE, sin embargo, como demuestra la anécdota que ha provocado este comentario, trata de que sea así. Trata de convertir el idioma no en un ente cambiante, que lo es; sino en un ente rápidamente cambiante. Con una velocidad suficiente como para justificar que las notarías de la situación sean muy frecuentes. Notaría = librito = pasta. That’s it.

Aquí está la clave: admitimos iros pero no admitimos manteneros. ¿Para qué, si podemos descolgarnos, dentro de dos o tres años, con que acabamos de hacer notaría de que también se usa manteneros, y así vendemos otro librito?

Por último, fíjese el lector en una cosa.

Dentro de la RAE hay sesudos lingüistas, escritores de fama, profesores exigentes, economistas con cultura, periodistas influyentes. Hasta hay enfants terribles como Pérez-Reverte, que dice que se cisca en todo lo que no le gusta, que a él no le calla nadie, que su criterio es sacrosanto porque él es libre como el sol de la mañana y como el maaaaar. Y todo eso es cierto: los lingüistas saben de lo suyo, los escritores escriben bien, y Reverte dice y escribe lo que le sale del pingo.

Pero ninguno, jamás, osa hablar de que la RAE es un modelo de negocio; de que ha dejado de ser lo que debería ser; y mucho menos se posiciona en contra de ello.

Y es que ya lo dice el viejo refrán castellano: culos conocidos, de lejos se dan silbos.

Los chicos de aquel verano

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Atardece mientras estoy fondeado cerca de tierra, al pie de un acantilado de mediana altura. El lugar es tranquilo, pues la playa está lejos y en las proximidades sólo hay una antigua torre vigía medio en ruinas, como la de El pintor de batallas, y una urbanización a lo lejos, medio oculta por las rocas. El mar está muy quieto y estoy sentado a popa, leyendo por enésima vez Juventud, de Joseph Conrad. En la pared rocosa que tengo a menos de un cable hay tallada una escalera que lleva a un pequeño mirador, y de vez en cuando oigo los chapuzones de una docena de muchachos que se arrojan al agua desde allí, suben y vuelven a arrojarse de nuevo. A veces dejo de leer, levanto la vista y los observo. Son una pandilla, chicos y chicas entre los doce y los quince años, de ésas que suelen formarse en verano. Sin duda son de la urbanización cercana. Cuando se cansan del agua se sientan en el repecho, con las piernas colgando, a mirar el mar. A ratos, el incipiente terral trae el eco de sus voces y sus risas.

Cierro un momento el libro y los observo con más atención. La pareja, chico y chica sentados un poco aparte, que charla en voz baja. El que parece líder del grupo. El tímido algo marginado. El que les arranca carcajadas. El audaz que se lanza al agua desde más arriba que los otros. Las tres jovencitas hablando en voz baja de sus cosas… Los reconozco tan fácilmente como si yo mismo fuera uno de ellos. Cualquiera de ustedes los reconocería, supongo. No hay nada de extraño en eso, pues también fuimos ellos alguna vez: veranos que parecían interminables, atardeceres cárdenos, rumor suave del agua en la orilla, sabor de sal, juegos, chapuzones, reuniones al atardecer en lugares como éste, primeros ensayos de libertad, de amistad, de amor. El roce de una mano, las miradas reveladoras de sentimientos, el primer atisbo de la zona no bronceada en una piel morena, el calor de un cuerpo cercano, o el primer beso. El despertar al mundo, al sexo, a la vida, gracias al mar cercano y cómplice.

Sigo mirando a los chicos del acantilado. Los conozco bien, como digo. Cada año desde hace muchos, cuando aferro las velas y echo el ancla en este lugar, ellos siguen ahí sin envejecer nunca, en el mirador tallado en la roca. Siempre distintos y siempre idénticos. Se van relevando a sí mismos y siempre tienen entre doce y quince años, y la pareja se sienta un poco aparte, y el líder de la pandilla sugiere tal o cual cosa, y el tímido mira de lejos a la muchacha que le gusta, y el gracioso los hace reír a todos, y el audaz se lanza al agua desde más arriba, y las tres jovencitas siguen sentadas un poquito aparte, mirando a hurtadillas a los chicos mientras hablan de sus cosas. Y aunque todos ellos, los que fueron y los que fuimos, ya se encuentran lejos de allí, o quizá son padres y abuelos que ahora están en esa urbanización cercana, sentados viendo la tele, o la vida los llevó a lugares distintos, o los borró de ella hace muchos años, esa pandilla de chicos tostados por el sol y con sal en la piel, con las piernas colgando del repecho del mirador, obra el milagro de mantener intacto el bucle de la memoria y de la vida que se renueva a sí misma. Y ustedes, y yo, y cuantos nos precedieron junto al mar impasible, seguimos sentados ahí arriba, despertando cada verano al mundo, al amor, al sexo y a la vida mientras alguien nos observa desde lejos, quizá desde un velero solitario anclado en la bahía, con un libro en las manos. Y ese alguien sonríe, porque comprende; y de ese modo, con la sonrisa aún en la boca, vuelve al viejo Conrad y lee:

«Lo más maravilloso de todo es el mar, o eso creo. El mismo mar. ¿O es sólo la juventud? ¿Quién sabe? Todos habéis logrado algo en la vida; dinero, amor, cuanto se consigue en tierra. Pero decidme: ¿No fue el mejor de los tiempos cuando éramos jóvenes y no teníamos nada, en el mar que no daba más que duros golpes y a veces una oportunidad para ponernos a prueba, sólo eso? ¿No es lo que echáis de menos?

Y todos asentimos: el financiero, el contable, al abogado, asentimos sobre la mesa pulida que, como una lámina de agua parda e inmóvil reflejaba nuestras caras con surcos y arrugas, marcadas por la fatiga del trabajo, las decepciones, los éxitos, el amor; nuestros ojos fatigados que buscaban todavía, buscaban siempre, buscaban ansiosos ese algo de vida que mientras se espera ya se ha ido, que ha pasado sin ser visto, en un suspiro, en un instante, junto con la juventud, con la fuerza, con el ensueño de las ilusiones».