¿Tengo depresión o solo estoy triste?

http://psicopedia.org/8040/depresion-o-tristeza/

tristeza o depresión

Miriam Martín Canales

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La tristeza no es otra cosa que una emoción que el organismo desencadena cuando nos enfrentamos a una pérdida o a una situación en la que percibimos una falta de la competencia. Es una emoción básica o universal, lo que significa que todos tenemos la capacidad de sentirla.

Como todas las emociones que tenemos la suerte de poder sentir, la tristeza cumple un papel adaptativo. Sin embargo tratamos de superar una depresión es porque esta tristeza en un principio adaptativa ha perdido su camino.

¿Te imaginas como sería la vida sin la capacidad de sentir emociones? ¡Qué aburrido! ¿Verdad?

Cuando digo que la tristeza tiene un papel adaptativo me refiero a que ha favorecido la supervivencia de la especie. Es decir ha ayudado a que los seres humanos sigamos vivitos y coleando hoy en día.

La tristeza favorece la reflexión y la introspección. Te invita a tomarte un tiempo contigo mismo y a elaborar/digerir ese suceso que la ha provocado.

Por ejemplo cuando sufres una ruptura sentimental y te tomas un tiempo para reflexionar qué es lo que falló en la relación para poder mejorar la parte que te corresponde de cara al futuro o cuando pierdes a un familiar y sientes que necesitas despedirte mediantes algunos rituales o pensar a cerca del sentido de la vida y nuestra caduca estancia en este mundo.

Además otra de las funciones que cumple la tristeza es provocar la empatía de los demás. Actúa como una especie de alarma para que tus allegados se vuelquen más en ti y te ayuden a superar el mal trago.

Sentirse triste no es malo, es algo natural pero cómo ya decía Buda “El dolor es necesario, pero el sufrimiento es opcional”.

Entonces… ¿Por qué nos empeñamos en sufrir cuando no es necesario?

Parece que los seres humanos tenemos una especie de adicción al sufrimiento pero en realidad lo que tenemos es una tolerancia muy baja a la incertidumbre.

Intentamos buscar respuestas a todas nuestras preguntas y necesitamos señalar con el dedo a algún culpable cuando sentimos que no somos capaces de controlar determinadas situaciones.

A veces nuestras preguntas no tienen respuesta (o al menos no podemos conocer cuál es) y otras veces no existen culpables. Además ¿Qué más da quién tenga la culpa? ¿Acaso eso va a cambiar la situación?.

Sufrimos porque nos aferramos a otras situaciones, personas, y sentimos que tenemos que luchar con uñas y dientes por ellas cuando quizás sea el momento de dejarlas ir. Sufrimos porque no nos valoramos, no sabemos querernos.

También porque tenemos miedo, miedo al futuro, a nuestras emociones, a no ser capaces, a no ser suficientes.

Cuando la tristeza se vuelve patológica

La tristeza se vuelve patológica cuando en vez de dejarle cumplir su función e irse, tratamos de luchar contra ella con las estrategias inapropiadas.

Es entonces cuando sin quererlo, sin saberlo, empezamos a alimentarla y ésta empieza a irrumpir cada vez con más fuerza en nuestra vida cotidiana.

Cuando nos pasa algo que categorizamos como “malo” es normal reaccionar con tristeza, miedo o con cualquier otra emoción desagradable, cuanto más “grave” y “doloroso” consideramos que es lo que nos ocurre, el impacto emocional inicial ante la experiencia es más fuerte.

Sin embargo una vez digerida esta emoción inicial son las cosas que hagamos a partir de ese momento, las estrategias que usemos para enfrentarnos a esa situación, los cambios que introduzcamos  lo que va a determinar que la tristeza se vuelva patológica y pueda convertirse en un episodio depresivo.

La depresión nunca nunca nunca surge automáticamente de la experiencia aversiva sino que constituye un proceso activo, de aprendizaje, que se pone en marcha cuando intentamos superar una situación difícil.

En definitiva aunque sentirse triste es natural, el proceso de deprimirse no es un proceso lógico sino que surge de nuestros intentos por enfrentar de la mejor manera posible las experiencias difíciles y doloras de la vida.

Ejemplo

Imagina la situación de un actor cuya mujer tras 20 años de matrimonio ha tomado la decisión de que ya no quiere continuar a su lado.

Nuestro actor se encuentra terriblemente dolido y triste tras la desaparición de su mujer y decide cancelar todas las obras de teatro que tenía planeadas para el siguiente año, se encierra en casa a vivir con su dolor, se repite una y otra vez que su mujer es irreemplazable, que la perdió por su culpa y que nunca podrá superar su pérdida.

También elude todas las situaciones sociales, deja de quedar con sus amigos de siempre y apenas acude a reuniones familiares. Este tipo de actividades le exigen un esfuerzo y un estado de ánimo que desde luego ahora no posee y por lo tanto rechaza todo tipo de invitaciones.

¿No crees que en pocos meses esta persona habrá convertido su dolor y su tristeza natural en un episodio depresivo?

Contraejemplo

Imagina la situación de un actor cuya mujer tras 20 años de matrimonio ha tomado la decisión de que ya no quiere continuar a su lado.

Nuestro actor se encuentra terriblemente dolido y triste tras la desaparición de su mujer y decide cancelar las actuaciones más próximas y sus compromisos inmediatos, se rodea de un grupo de amigos y familiares que lo apoyan y lo ayudan a reincorporarse progresivamente a la vida pública y a su profesión, poco a poco vuelve a aceptar compromisos y obras, eligiendo en un principio aquellos menos costosos y más apetecibles, busca y encuentra nuevas actividades satisfactorias que sustituyan a aquellas que realizaba con su mujer y aunque a veces se siente terriblemente triste no convierte esa tristeza en el eje de su vida.

Entiende que su mujer es irreemplazable pero acepta la pérdida y acaba encontrando satisfacción en el recuerdo de la vida pasada con ella. Incluso a medida que pasa el tiempo comienza a pasárle por la cabeza la idea de que quizás pueda volver a enamorarse y rehacer su vida con otra mujer.

Conclusión

En épocas de tristeza el cerebro está sumamente activo (recordamos, pensamos, sufrimos, razonamos buscando soluciones, etc) por lo tanto tiene un incremento significativo de su metabolismo consumiendo más oxígeno y glucosa y provocando sensación de agotamiento.

También se reducen los niveles de serotonina, un neurotransmisor cuyos niveles muestran una estrecha relación con la depresión.

Además cuando sentimos tristeza tendemos a tener más pensamientos negativos y a pasar más tiempo solos, siendo más probable que dejemos de lado aquellas actividades sociales o de ocio que son un componente casi imprescindible en la estabilidad emocional.

De esta forma es probable que entremos en un bucle de pensamientos negativos – emociones negativas y apatía que si no cortamos a tiempo puede desencadenar en un episodio depresivo.

“Está situación es terrible, me siento fatal” –> “Emociones negativas” –> “No tengo ganas de hacer nada” –> “No hago nada” –> “Me siento peor porque no hago nada” –> ¡Vuelta a empezar! “Está situación es terrible, me siento fatal”

La tristeza se alimenta mediante:

  • La evitación (de situaciones, de responsabilidades, de emociones, etc…)
  • Pensamientos irracionales acerca de nosotros mismos, los demás y el mundo (soy una mierda, nunca voy a salir de esto, no merezco, no soy suficiente, nada me sale bien, voy a estar solo toda la vida, nunca nadie me ha querido ni va a querer, etc…)

Y es de esta manera como una emoción en un principio natural y adaptativa se transforma, sin quererlo, sin saberlo en una tristeza infinita, apatía, pensamientos distorsionados, falta de apetito, dificultades para concentrarse o conciliar el sueño, desánimo y en esa sensación de que jamás podremos superar esa situación.

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La industria musical: de los discos de oro a las descargas digitales

https://vaventura.com/cultura/musica/la-industria-musical-discos-oro-descargas-digitales/

Bajando la calle con el discman colgando del cinturón, un joven cualquiera de los años noventa iba escuchando música recién comprada en la tienda de discos. Unos años después, el reproductor de CDs cogía polvo en una caja en el armario, la música se escuchaba a través de Internet y la tienda de discos había cerrado.

La mayoría de analistas marcan el año 1999 como el momento preciso en el que la industria musical cambió para siempre. Después de décadas comprando música en formato físico (desde los cartuchos de 8 pistas de los sesenta hasta los compact discs de los noventa), tres letras revolucionaron todo: www. La llegada de Internet abrió un mundo nuevo en la comunicación y en el consumo. Un mundo intangible, desarrollado en el espacio virtual. Intocable y a la vez al alcance de todos. La red se convirtió en el lugar de encuentro para quienes querían compartir conocimiento y contenidos de manera libre. Y la música era un contenido muy demandado por los nuevos usuarios de Internet.

60s, 70s y 80s: la prehistoria de la industria musical

Antes de llegar al momento que disfrutamos los consumidores hoy en día, donde todo está a un click de nosotros, tuvieron que pasar décadas de incómodos dispositivos para escuchar música y continuos viajes a la tienda de discos para comprar. Si durante los cuarenta y cincuenta la música salía mágicamente por una caja llamada radio, con la llegada de los cartuchos de 8 pistas la forma de escuchar canciones cambió radicalmente. El sencillo sistema de una cinta magnética que no dejaba de girar pasó a ser un artículo de éxito comercial a partir de 1964, cuando Ford incluyó en sus coches un reproductor de este tipo de cartuchos.

Y mientras en los coches se disfrutaba de los 8-tracks, en casa los tocadiscos hacían sonar los famosos elepés (LP, long play), discos de larga duración movidos a 33 revoluciones por minuto y con 20-25 minutos de música en cada cara del vinilo. Entre 1950 y 1980 los LP fueron el formato predominante para publicar música grabada. Sin embargo eran muy frágiles, y había que tener cuidado de no rayarlos. A principios de los ochenta las cintas de cassette destronaron a los LP. En el siglo XXI su recuerdo se ha recuperado con cierta nostalgia, y son muchos los que prefieren comprar música en vinilo. Ese romanticismo llevó a que en 2009 se vendieran 3,5 millones de LP tan sólo en Estados Unidos. Se dice que en ellos está la verdadera música, y que suenan ciertamente con un sabor mejor que los singles de iTunes o Spotify.

Los discos de vinilo fueron el formato original en el que se publicaron algunos de los álbumes más importantes, con ilustraciones para la portada que ya han pasado a la historia de la cultura, como el famoso The Dark Side of the Moon, de 1973. Muchas veces, en el interior de esas finas carpetas de cartón no solo había un disco de vinilo, sino también un cuadernillo con las letras de las canciones.

La evolución técnica hizo que una nueva forma de albergar la música llegara al mercado de manera masiva. Aunque la empresa Philips las desarrolló por primera vez en 1962, las cintas de cassette se popularizaron a partir de 1978. Durante los ochenta fueron el medio predominante para consumir música. Albergaban dos programas de dos canciones cada uno, dispuestos en dos caras (cara A y cara B). Para pasar de una cara a otra había que extraer la cinta del reproductor de cassettes y volver a meterla dándole la vuelta. Hoy en día parece una incomodidad, pero en su época era la tecnología más moderna.

Era popular rebobinar las cintas de cassette con un bolígrafo

En 1979 Sony sacó al mercado el walkman, que permitía reproducir cassettes en cualquier lugar. La música salía a la calle y millones de jóvenes se lanzaron a comprar walkmans y cassettes. Famoso es el litigio que Sony tuvo con Andreas Pavel por los derechos de creación de reproductor de música portátil.

Las cintas de cassette son uno de los símbolos de los años ochenta, y se consumieron también durante gran parte de los noventa. En la actualidad, han revivido de la mano de la banda sonora de la película Guardianes de la Galaxia. En 2016 se vendieron en Estados Unidos 129.000 cintas de cassette. Un número muy pequeño al lado de los 13 millones de vinilos que compraron los amantes de la música estadounidenses.

1990: el pasado de la industria discográfica

Hubo una época en la que, para escuchar una canción favorita, tenías que comprarte un disco entero. Seguramente ocho o nueve de las doce canciones que tenía aquel CD no eran del interés del usuario, pero no había forma de escuchar únicamente una canción. La creación de listas de reproducción diseñadas por cada consumidor aun quedaba lejos.

La idea del disco compacto (CD, compact disc) nació de la colaboración entre Philips y Sony, gigantes tecnológicos que llevaban décadas trabajando en mejorar la forma de albergar música. En 1982 comenzaron a comercializarse los primeros CDs, y en 1984 se lanzó al mercado el discman (como el walkman para cassettes, pero esta vez para CDs). Las cintas magnéticas daban paso a la tecnología digital para contener pistas de audio. La calidad de la música consumida aumentó considerablemente. En 1992 los CDs ya vendían más que los cassettes y los vinilos combinados. Ese año Nevermind de Nirvana llegó al número uno en la lista ‘Billboard 200’, como el álbum más vendido. Una nueva época había comenzado para la música.

Si los 8-tracks y los cassettes habían utilizado la cinta magnética para grabar el sonido, los compact discs utilizaban discos ópticos sobre los que un rayo láser grababa la música. De la misma manera se desarrollaron los DVDs (1995) y el Blu-ray (2002). Los compact discs suponían un sistema de grabación digital de sonido, por lo que era de una mayor calidad. Sin embargo los discos también podían rayarse fácilmente, eran frágiles como el vinilo.

Los CDs se consideran el último formato de la llamada “Era del álbum”. Muchos críticos musicales y analistas hablar de esta época para referirse al periodo entre 1960 y principios de los años 2000, cuando el álbum fue el formato principal a la hora de consumir música (en diferentes formas físicas: vinilo, cassette, compact disc…). En la actualidad podríamos hablar en contraposición de la “Era del single“, por ser este el objeto musical de consumo más extendido. Una gran mayoría de los consumidores compran singles, no álbumes. Un single puede costar desde 20 céntimos en iTunes. Un álbum supera los 7 dólares.

1999: el año en el que llegó el futuro

En 1999 la venta de discos alcanzó su máximo histórico, con 600 millones de personas en todo el mundo comprando al menos un álbum en formato físico. La industria discográfica gozaba de buena salud, y encadenaba varios años de aumento en las ventas. Se calcula que ese año se generaron 40.000 millones de dólares en venta de discos. El CD era el rey y las tiendas de discos estaban llenas. Los noventa habían sido geniales para la industria.

Pero 1999 también fue el año en el que nació Napster, una palabra que resuena hoy en día en las cabezas de muchos empresarios, productores y creadores y se aparece en sus pesadillas. Napster fue el primer servicio que permitió compartir y descargar música en formato mp3 en Internet. Sin duda era un Internet arcaico y no masificado, pero para 2001 la web ya tenía 26 millones de usuarios activos, descargando música de manera gratuita e ilegal. Una auténtica revolución.

Rápidamente las discográficas y varios grupos (entre ellos Metallica) demandaron a Napster por violar los derechos de autor. Los creadores de la web se defendieron alegando que ellos únicamente habían creado una plataforma, una herramienta, y que eran los usuarios quienes estaban compartiendo de manera libre la música. Aun así, la sentencia condenó a Napster a pagar una multa millonaria y la web cerró en 2002. Pero Internet era un hábitat salvaje, y no se pueden poner puertas al campo. Rápidamente surgieron decenas de plataformas de intercambio de contenidos: LimeWire (2002), eMule (2000), Audiogalaxy (2002), eDonkey (2006), Gnutella (2000), Kazaa (2001)… Entonces se desató una guerra continua entre las discográficas y organismos de la industria musical contra las miles de webs que, en cada país del mundo, se iban creando mes tras mes. La Recording Industry Association of America (RIAA) consiguió hacer cerrar algunas de ellas (LimeWire, eDonkey…), pero la victoria en algunas batallas no significó el fin de la guerra. La piratería y la descarga ilegal de música iba a ser el principal problema del sector durante el siglo XXI.

Ante este panorama de anarquía en el espacio virtual y con la venta de discos en rápida y continuada caída (de los 40.000 millones de dólares generados en 1999 se pasó a apenas 10.000 millones en 2009), algunos optaron por idear nuevas -y legales- formas de compraventa de música. En 2007 el grupo Radiohead colgó su disco In Rainbowsen Internet con la opción de descargarlo gratuitamente o haciendo un pago voluntario de la cantidad que el usuario estimara oportuna. El álbum se descargó 1,2 millones de veces, con únicamente un tercio de los usuarios decidiendo pagar. El importe medio de aquellos que pagaron fue de 2,90 dólares. El público se había acostumbrado a no pagar por la música.

El almacenamiento de música también vivió una revolución cuando Steve Jobs presentó en octubre de 2001 un nuevo dispositivo: el iPod. En la primera década del siglo XXI esta fue la herramienta más popular en el mundo para escuchar música. A finales de 2010 se habían vendido 275 millones de unidades. A unos cien euros por dispositivo, el negocio le salió redondo a Apple. El primer iPod tenía diez horas de autonomía y podía albergar mil canciones.

Con la masificación de los smartphones entre la población, el uso del iPod pasó rápidamente a perder su sentido: los teléfonos móviles ofrecían ya las mismas posibilidades y herramientas que los reproductores de música. Desde 2014 Apple no ofrece datos de ventas de los iPods.

2001 la compañía de la manzana estrenó iTunes, una plataforma legal de descarga y compra de música. Para el año 2013 iTunes tenía 500 millones de usuarios, que habían descargado 25.000 millones de canciones a nivel global y gastaban una media de 40 dólares al año. Una auténtica revolución en la industria musical. Por primera vez se ofrecía la posibilidad de que la gente, de manera masiva y legal, comprara música, canción a canción, creando sus propias listas de reproducción y transportando esa música en distintos dispositivos físicos (ordenador, reproductor mp3, teléfono móvil…).

2014: el año el que llegó el presente

La revista Billboard revolucionó su famosa lista ‘Billboard 200’ en el año 2014 para incluir las ventas de sencillos a través de las descargas digitales y las reproducciones en streaming. Estas dos nuevas formas de consumir música se sumaba a la venta de música física (principalmente CDs y vinilos) para conformar una industria heterogénea en las posibilidades disponibles.

Durante décadas sólo se pudo consumir música física en formatos distintos (8 pistas, vinilos, cassettes, CDs). Ahora, en el presente, ya es posible consumir música sin soporte físico. Por ello las ventas de álbumes han caído enormemente. Esta nueva realidad ha cambiado de manera radical la industria musical, y las históricas listas de álbumes más vendidos han tenido que cambiar su nombre por “álbumes más populares”. Organismos certificadores como la RIAA estadounidense o revistas como Billboard han adoptado una metodología basada en la “unidad equivalente a álbum” para seguir contabilizando de manera ordenada la música que se consume. Ahora, las descargas digitales (legales) y las reproducciones por streaming se equivalen a las ventas físicas de la siguiente manera: 10 descargas equivalen a un álbum vendido, al igual que 1500 reproducciones. Es una metodología arriesgada, pero necesaria para poder registrar el estado de la industria.

Estos cambios se basan en una realidad innegable. En 2014, Uptown Funk fue la primera canción reproducida más de dos millones de veces en una semana, algo que se repitió durante diez semanas consecutivas. En septiembre de 2014 la banda irlandesa U2 hizo un trato con Apple para publicar de manera gratuita su álbum Songs of Innocence en iTunes. En ese momento 500 millones de usuarios de la plataforma musical pudieron escuchar las canciones de U2 sin comprar el disco. A cambio Apple prometió 100 millones de dólares al grupo. Cambios en las formas de consumo que el público y los usuarios no cuestionan y han interiorizado y normalizado.

En 2017, en Estados Unidos, la venta de CDs y vinilos produjo más ingresos ($1.500 millones) que las descargas digitales ($1.300 millones). Sin embargo, nada comparado con lo que la industria musical ingresó gracias al streaming: $5.700 millones. Pero, ¿en qué consiste realmente el streaming? La palabra inglesa se traduce al castellano literalmente como “transmisión”,  y en el ámbito de la industria musical hace referencia a todas aquellas canciones escuchadas a través de la red de Internet sin necesidad de descargarlas. Los consumidores de música a través de streaming no poseen canciones o álbumes, no los han comprado ni los han descargado. No los tienen en sus estanterías como CDs o vinilos ni en sus ordenadores o reproductores como archivos mp3. Pero los tienen a su disposición en línea, constantemente, para escucharlos una y otra vez. Es una manera legal de consumir música, y los creadores y grupos ingresan dinero por cada reproducción en streaming.

Álbumes enteros y millones de canciones están disponibles en las plataformas de streaming, muy populares en la actualidad y con un público creciente. Con la red de Internet extendida por muchos países del mundo, la cantidad de personas con opciones de escuchar música en streaming es enorme. Ni siquiera se precisa un ordenador en casa: basta con tener un teléfono móvil conectado a Internet. El siguiente paso es descargarse una plataforma de streaming y comenzar a escuchar la música que uno quiera. Spotify es posiblemente el servicio más popular del mundo hoy en día para consumir música por streaming, si bien en Estados Unidos tiene más usuarios el servicio de streaming de Apple.

Esta nueva manera de concebir el consumo de música, sin necesidad de tener que comprar discos ni descargarse canciones, parece haber encantado al gran público. En la actualidad no hay duda de que el streaming es la forma que más ingresos produce a la industria musical, y ha obligado a empresas discográficas, productores, empresarios, artistas y grupos a adaptarse a la nueva era.

Hay algunos que han tratado de resistirse a la dictadura del streaming. Taylor Swift eliminó su música de Spotify diciendo: “La música es arte, y el arte es una cosa importante e inusual. Las cosas importantes e inusuales tienen valor, y por tanto se debería pagar por ellas. En mi opinión la música no debería ser gratuita”. Sin embargo el futuro arrasa con todo y Swift volvió a poner toda su música gratis en Spotify el mismo día Katy Perry publicaba nuevo álbum en la plataforma. Es más sencillo navegar con la corriente.

La Generación ‘indoor’: cada cual en su burbuja

https://www.eltiempo.com/tecnosfera/novedades-tecnologia/generacion-indoor-cada-cual-en-su-pantalla-de-celular-313950

Conectividad tecnológica

Para algunos expertos, la tecnología se ha convertido en una adicción tan peligrosa como las drogas.

Foto:

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Tarde de sábado al sol en el barrio de Puerto Madero, Buenos Aires. El punto de encuentro –difundido vía redes sociales– fue un sitio junto al río, donde los enamorados van a llenar de candados las rejas, confiando en que esa cerradura active alguna promesa de eternidad. Al principio eran pocos –adolescentes de pelo cacatúa, lánguidos emos, grupitos de treintañeros, madres y padres desorientados y expectantes, acompañando a sus crías–, pero poco a poco el lugar se llenó de gente.

Cada quien con su celular en la mano, apenas moviéndose en el puesto. De hecho, todo el mundo parecía más concentrado en algo que no estaba “realmente ahí”, sino en sus pantallas. ¿Qué era eso? ¿Para qué juntarse en un mismo sitio si nadie miraba a nadie?

Aquel día de hace dos años, algunos entendieron, tal vez del más brutal de los modos, que el futuro, a veces, se presenta así: dejándonos afuera. Aquel día se lanzaba en Argentina un juego de realidad virtual llamado Pokémon Go, y la idea era juntarse a ‘cazar’ vía celular algunas de las muchas criaturas Pokémon que, por un rato, habían sido ‘liberadas’ en el barrio porteño. Vista de afuera, la escena no podría haber sido más extraña: cuerpos casi detenidos y celulares apuntando a la nada. Los que habían ido acompañados mostraban, cada tanto, los trofeos del caso: un Charmander, un Abra, un Baltoy. Seres imaginarios capturados al costado de un dique por humanos de todas las edades. ¿Estaban juntos? Sí, si entendemos por eso compartir un mismo espacio físico. Por lo demás, cada quien se zambullía en su pantalla y ahí se quedaba. Estaban juntos, pero no tanto. Reunidos. Y solos.

Precisamente así, ‘Alone Together’ (‘Juntos pero solos’), fue como la investigadora del MIT Sherry Turkle llamó uno de sus libros, al que dotó también de un subtítulo sugestivo: ‘Por qué esperamos más de la tecnología y menos de los otros’. Diez años antes, con ‘The Second Self’ (‘El segundo yo’), Turkle se había emocionado al imaginar un futuro en el que las nuevas tecnologías serían las herramientas al servicio de una humanidad más libre y más unida. Pero con el correr del tiempo verificó que muchas de aquellas expectativas se habían terminado. La fantasía de una hermandad cibernética comenzaba a mostrar rajaduras. Aparecían derivaciones inesperadas. Inquietantes.

Círculos viciosos

Entre ellas, la creciente dependencia frente a los dispositivos y la merma en las formas tradicionales de intercambio humano. El encuentro, la conversación y aun los conflictos comenzaron a estar mediados por aparatos, soportes y lenguajes absolutamente novedosos. “La vida de los jóvenes que tienen menos de 18 años está atravesada por las pantallas”, confirma Roxana Morduchowicz, doctora en Comunicación, autora de ‘Los chicos y las pantallas’ y consultora de la Unesco. “Es difícil comprender hoy la identidad juvenil sin tener en cuenta el papel que cumplen las tecnologías e internet. Hace diez años, los adolescentes argentinos se conectaban a internet 30 minutos por día. Hoy, 7 de cada 10 no apagan nunca su celular, incluso cuando duermen”, describe. En Colombia, según una investigación realizada por Tigo Une y la Universidad Eafit este año, el promedio nacional se establece en una hora con 46 minutos para los niños de 9 a 10 años, dos horas y 34 minutos para los de 11 a 12 años, cuatro horas con 19 minutos para los adolescentes de entre 13 y 14 años, y de cinco horas y cinco minutos para los jóvenes de 15 a 16 años.

¿Estaban juntos? Sí, si entendemos por eso compartir un mismo espacio físico. Por lo demás, cada quien se zambullía en su pantalla y ahí se quedaba. Estaban juntos, pero no tanto. Reunidos. Y solos

Ese contacto con las pantallas ya no es privativo de los adolescentes, sino que derrama sobre otras generaciones y convierte a cada quien en un mundo en sí mismo, una burbuja ambulante. Un universo autocontenido que para Germán Beneditto, psicólogo clínico especializado en tecnoadicciones e investigador externo de la Universidad Nacional de General Sarmiento, en Argentina, está directamente asociado a las nuevas tecnologías. “El poder de superar las fronteras físicas mediante un dispositivo contribuye a los fenómenos de encierro. Si de base existe una tendencia al aislamiento, las tecnologías actúan como facilitadores”, precisa.

No hace mucho, una empresa dedicada a la construcción de ventanales desarrolló una acción publicitaria con foco en los riesgos de salud a los cuales están expuestas las personas que viven, como la mayoría de nosotros, en ambientes cerrados y mal ventilados. Transformó la generación ‘indoor’ en una publicidad, pero también habló tácitamente de la clase de sociedades en las que nos hemos habituado a vivir: amuralladas, desconfiadas, temerosas.

“Es un fenómeno curioso, pero a menudo preferimos relacionarnos con el otro en una especie de edición de las relaciones –comenta Alejandro Tortolini, docente, investigador y consultor en tecnología educativa–. ¿Es producto de cierta desconfianza o del deseo de no dedicarle demasiada atención a nada que no sea uno mismo? ¿Es parte de la muerte del prójimo que menciona el filósofo Luigi Zoja? No lo sabemos. Tal vez, esta edición de la vida nos permite creer que podemos mostrarnos mejores de lo que somos y a salvo de declaraciones impulsivas. De hecho, mucha gente prefiere charlar vía mensajes de voz por WhatsApp en vez de hablar por teléfono”, señala. En palabras de Pierre-Marie Lledo, autor de ‘El cerebro en el siglo XXI’: en tiempos revolucionarios, también las preguntas se revolucionan. El problema es entonces ver si estamos realmente dispuestos a indagar sobre estas tecnologías que nos deslumbran.

Patricia Faur, docente de la Universidad Favaloro (Argentina) y psicoanalista, va todavía más lejos: “No me gusta demonizar la tecnología, pero es real que, así como ayudó a muchos a superar la ansiedad o las fobias sociales, a otros tantos los encerró en sus propias burbujas. Cada vez estamos más adentro. No solo más dentro de nuestras casas, sino también dentro de nuestros mundos. Tanto que este es uno de los problemas que más a menudo se traen a la terapia de pareja. La realidad aumentada, la realidad virtual, los audífonos y todo lo que se viene están planteando una nueva dimensión. Es central que comencemos a pensar en eso”.

En especial cuando se trata de una novedad que cambia la naturaleza de lo que conocimos hasta ahora, empezando por la tranquilizadora separación entre lo real y lo virtual. ¿Por dónde pasa esa frontera ahora que los dispositivos nos cuentan historias, nos llaman por nuestro nombre, nos despiertan con nuestra canción favorita y hasta pueden, llegado el caso, actuar sin nuestro consentimiento?

Mi mundo privado

En ese sentido, el caso de Alexa, la asistente personal de Amazon, tiene todo lo necesario como para inquietar a más de uno. Cilíndrica y discreta, Alexa imita un parlante, pero es mucho más que eso: puede decirnos qué hace falta comprar o conversar con nosotros. Pero, desde que usuarios en Estados Unidos comenzaron a denunciar que Alexa podía encenderse sola de noche, comenzar a tocar una canción y hasta reír, el entusiasmo amainó. Se habló de “errores de programación” aunque, ¿cómo saber a ciencia cierta qué hace ese aparato que es a nuestros fieles cachivaches de antaño (batidora, lustradora, lavarropas) lo que un fénix a un perro?

Así las cosas, no es extraño que para millones de personas olvidarse el celular en casa equivalga casi a salir sin ropa. El punto titilante que cada uno de nosotros representa dentro de la red de redes opera como una gran manta de luz que, al tiempo que aísla, protege del entorno. Como una casita portátil adonde llevar, replegado sobre sí, lo que somos y fuimos. Nuestro universo personal. Algo que en el caso de los más pequeños a veces cobra una importancia crucial. “¿Hay conexión? Porque si no hay señal, no voy”, suele ser una respuesta habitual a una invitación que implique viajar a sitios sin acceso a la red. “Viven enchufados, sobre todo a juegos. Es una de las adicciones más difundidas, y pasa desapercibida porque se ha naturalizado”, comenta la psiquiatra Graciela Moreschi, autora de ‘Adolescentes eternos’. “Cuando no están enchufados, se aburren. Están incluso deserotizados, porque la libido está puesta en la computadora. Las relaciones sociales son escasas o nulas y las afectivas, también, lo que aumenta el círculo vicioso. A los padres les diría que se arriesguen, porque un chico en casa no adquiere herramientas. Si la calle es peligrosa, el mundo será peor si no se sale a tiempo. Y tengan claro que la tecnología es una adicción tan peligrosa como la de las drogas ilegales”, sostiene.

Sin embargo, y más allá de lo que suceda con las personalidades vulnerables, algunos especialistas destacan que la llamada ‘generación de interiores’ está redefiniendo muchas cosas. “Se comienza a crear un espacio en donde la vieja puja entre real y virtual se deshace. Sin demonizar la tecnología ni los avances inevitables, creo que hay que acompañar y redirigir todo esto hacia lugares más saludables”, precisa Faur. En el mismo sentido, para Morduchowicz está claro que el fervor por las redes no es más que una forma de estar en el mundo. “Las pantallas no hacen que los chicos se aíslen. Estudios internacionales reflejan que, cuando definen qué es un día divertido, la enorme mayoría elige salir con amigos y no usar el celular o navegar en internet. La primera opción sigue siendo la vida real”.

Es real que a otros tantos  la tecnología los encerró en sus propias burbujas. Cada vez estamos más adentro. No solo más dentro de nuestras casas, sino también dentro de nuestros mundos

Tal vez porque, como concluye Faur, “todavía hay algo que es irreemplazable: las caricias, el abrazo, la tersura de una voz. El tema será entonces seguir trabajando no tanto en redes sociales como en redes humanas”. Estar ahí, cerca, sin ninguna pantalla negra que oficie de escudo frente al mundo.

El casoplón de Iglesias y Montero es ilegal: está construido en un parque natural protegido

https://okdiario.com/investigacion/2019/01/16/casoplon-pablo-iglesias-irene-montero-ilegal-esta-construido-parque-natural-protegido-3583239/amp

El casoplón del matrimonio Pablo Iglesias e Irene Montero es ilegal al estar construido en un parque natural protegido de alto valor ecológico y que, desde hace años, los ecologistas y los grupúsculos de Podemos lo han tratado como una zona intocable. Cuando el líder podemita adquirió la vivienda, en mayo de 2018, ya sabía de antemano que su nueva morada había sido levantada en una zona ubicada fuera de los límites urbanos del municipio que quedaba delimitado por el plan urbanístico de 1976.

Por tanto, el líder de Unidos Podemos, coalición en la que conviven la formación morada y los ecologistas de Equo, entre otros, asumía la compra de una vivienda producto de la especulación y que conculcaba los más elementales principios medioambientales.

La parcela de casi 2.500 metros cuadrados, comprada por Iglesias, se halla dentro de una zona súper protegida, en el Parque Regional del Curso Medio del Guadarrama. Y la vivienda de 268 metros, más anexos habitables, había sido construida en 2002 contraviniendo todas las normas urbanísticas municipales de Galapagar.

El Ayuntamiento había concedido los permisos de obras sólo para algunas de las viviendas que estaban ubicadas dentro del área de un polígono trazado por el plan del 76. Sin embargo, los promotores del chalé de Iglesias levantaron la casa más allá de la linde legal, en lo que ya estaba considerado como parque natural. Las autoridades municipales de entonces reaccionaron con apatía y consintieron la irregularidad.

El emplazamiento ilegal de la vivienda del dirigente podemita –los técnicos consultados por este diario prefieren utilizar el término “alegal”– se puede apreciar claramente en los planos municipales que ha obtenido en exclusiva OKDIARIO, no sin cierta resistencia por parte de los mandatarios locales de Galapagar.

<img class="i-amphtml-intrinsic-sizer" src="data:;base64,” />El casoplón de Iglesias y Montero es ilegal: está construido en un parque natural protegido

En los planos del desarrollo urbanístico de Galapagar –una ciudad madrileña de 33.000 habitantes, situada en la zona oeste de la Comunidad de Madrid y muy cerca de El Escorial– aparece la parcela del matrimonio Iglesias-Montero como la única que invade el parque natural protegido del Medio Guadarrama, sin ningún margen de duda. El sector urbanizable está coloreado en naranja y con la marca “Polígono 37”, mientras el casoplón de Iglesias está pintado de color verde.

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Incluso, en las modificaciones urbanísticas de 1988 por las que el consistorio concedió una serie de licencias en el polígono 37 (Riomonte y Vedado de las Monjas), la parcela donde los anteriores propietarios construyeron el chalé, ahora de Iglesias, sigue figurando en una zona fuertemente protegida.

En el catastro pero ilegal

La vivienda de una sola planta Pablo Iglesias e Irene Montero tiene una superficie construida de 268 metros y está ubicada en el paraje conocido como Vedado de la Monja y Riomonte, en una parcela de 2.500 metros cuadrados. La compra fue escriturada el 9 de mayo de 2018 e inscrita en el registro de la Propiedad un mes después. Estaba afectada por una hipoteca de 210.000 euros de los anteriores propietarios concedida por Bankinter, que fue levantada con otro crédito de 540.000 euros, concedido a Iglesias y Montero por la Caja de Crédito de los Ingenieros Sociedad Cooperativa de Crédito. El precio de compra fue de 615.000, según los actuales propietarios.

Fuentes municipales de Galapagar hacen la salvedad de que la vivienda del dirigente podemita figura inscrita en el registro de la Dirección General del Catastro y paga su impuesto de bienes inmuebles (IBI) todos los años, como el resto de las edificaciones legales, pero destacan así mismo que es “alegal” porque está construida en una zona verde, que nunca fue recalificada. Además, resaltan que su licencia de obra fue obtenida con el engaño ante las autoridades municipales.

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Es una realidad que las normas de urbanismo de Galapagar son muy antiguas –se remontan a 1976– pero en las 15 ó 20 modificaciones urbanísticas que se han desarrollado en el municipio desde entonces nunca se recalificó la situación de la vivienda de Iglesias, que sigue manteniéndose en una zona verde. En todos esos años se efectuaron cambios en los polígonos de Las Monjas, Río Monte, Colegio de La Navata, el Mercado y otros lugares, pero nunca en la parcela del líder podemita, como se puede apreciar en los planos a los que ha tenido acceso OKDIARIO. La villa de Iglesias queda en todos ellos fuera del área urbanística, transgrediendo las más elementales normas municipales y del medio ambiente.

<img class="i-amphtml-intrinsic-sizer" src="data:;base64,” />Galapagar
El casoplón de Pablo Iglesias e Irene Montero en La Navata (Galapagar).

El futuro de “Villa Iglesias” queda al albur del nuevo Ayuntamiento que saldrá de las elecciones del próximo mes de mayo. En la actualidad el poder municipal está en manos del PP, con 10 concejales.

Galapagar es un municipio de 33.000 habitantes al que le corresponden 21 concejales. En las elecciones de 2015 PSOE, C´s y Cambiemos Galapagar (Podemos) lograron tres ediles cada uno de ellos e Izquierda Unida y Sí se Puede –una variante de la formación de Iglesias– los dos restantes.

Con el caso de la parcela de Iglesias las fuerzas políticas de Galapagar no se explican cómo pudieron edificar en un parque natural sin que nadie en el Ayuntamiento lo impidiera. En la población madrileña se da la circunstancia de que su plan urbanístico es tan restrictivo que no se puede construir ni un hotel ni una casa rural en el término municipal, algo sorprendente en un municipio con un gran potencial turístico.