Disneyficación social y cultural

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Hace unos días, una madre llamó al instituto donde trabajo para hablar sobre el examen de recuperación de su hijo. Había suspendido cuatro asignaturas, entre ellas la mía. Te llamo para que decidamos la fecha, me dijo. Porque, como tú comprenderás, no podemos ponerle cuatro exámenes seguidos. He pensado que el tuyo lo podría hacer una semana después y el de informática pues ya veremos, total esa asignatura no es importante. Le dije que no estaba en su mano decidir sobre las fechas de exámenes, que había un calendario oficial, y que, en todo caso, cambiar la fecha era una decisión mía y del profesor de informática. Me contestó muy seria, casi enfadada, que no era así, que debíamos decidirlo juntos, que qué me había creído, que era SU hijo. Después me pidió que le dijese todas las páginas que entraban en el examen, para hacerle los esquemas. Lo peor es que ni siquiera disimuló. Aquella marcianada de conversación le parecía lo más normal del mundo.

Cada día encuentro más padres y madres que llaman o wasapean a los compañeros de sus hijos para que les digan las tareas y las fechas de los exámenes. Es que siempre me dice que no tiene nada que hacer… como no se lo apunta me toca ir investigando a mí. A veces, les subrayan la lección para que sepan lo que es importante. Te piden que les apruebes el curso, para que no se traumaticen y cuando te pones en contacto con ellos porque su hijo se porta mal, es irrespetuoso o no estudia nada, lo disculpan con argumentos peregrinos.

Conozco otro caso de una madre que, cuando su hijo le dijo que unos compañeros se metían con él, amenazó a los estudiantes e incluso habló con unos matones más mayores (aprovechando que uno de ellos era su vecino) para que lo protegiesen. Es que mi hijo no sabe defenderse, dijo cuando fue preguntada al respecto. Otro padre vino a hablar conmigo porque había comentado la teoría de la evolución en clase mientras que a su hija le habían dicho siempre que el hombre había sido creado del barro, como afirma la Biblia. Decir que el hombre viene del mono va contra nuestras creencias y puede confundir a la niña, me dijo. Mi respuesta fue clara: Su hija debe seguir creyendo en Adán y Eva a pesar de gente como Darwin o como yo, porque si la tiene en una urna, ella jamás podrá tener una opinión mínimamente seria sobre nada.

Me pregunto qué adultos pueden salir de estos niños mimados y protegidos hasta el exceso. Adultos que no han aprendido a responsabilizarse ni han visto sus ideas problematizadas ni han asumido ninguna culpa. Un montón de adultos infantilizados.  Irresponsables. Perdidos.


Por suerte no son la mayoría (y por suerte muchos de ellos saldrán bien a pesar de sus padres) pero sí es cierto que cada vez hay más gente que no deja a sus hijos crecer, coger las riendas de su propia vida. Y tengo la impresión de que es un problema social más extenso.

No sé qué ha pasado exactamente en nuestra sociedad para llegar a esta sobreprotección. No solamente con los niños y adolescentes (no sea que le dé el sol, que se resfríe, que salga flojo porque no le doy leche materna, que me odie por ponerle límites, que se traumatice si suspende, que se ofenda por algún comentario, etc.) sino con absolutamente todo. Cuando los padres ya no pueden protegerlos, es el sistema el que se encarga de hacerlo. De llevarlos entre algodones.

La cultura es uno de los sectores que más padece este momento de susceptibilidades y recelos. Si los parques infantiles tienen suelo de material blando y amortiguadores en cada arista, también la industria cultural debe velar por nuestra integridad ofreciéndonos productos inofensivos.

No voy a decir esa tontería de que “cualquier época pasada fue mejor”, ni mucho menos. Cada época tiene sus cosas buenas y malas. Pero, en mi opinión, este es uno de los problemas a resolver AHORA: la infantilización social y cultural. La máxima sería: si el entrecot hace trabajar mucho a las muelas. ¡Ofrezcamos carne picada! O mejor aún: papilla, fácil de tragar y digerir con un esfuerzo mínimo.

Pensemos en la televisión, por ejemplo, que nació con cierta misión cultural y ha acabado convirtiéndose en entretenimiento puro y duro. Al precio que sea. Ya se ha convertido en tópico citar La bola de cristal como paradigma de la televisión (y la España) que fuimos. ¿Alguien puede imaginar que se emitiese La bola de cristal hoy día? ¿Cuántos padres y asociaciones de consumidores y peticiones de Change.org la hubiesen denunciado por políticamente incorrecta? O por perturbadora. Porque todo lo que nos haga pensar, lo que escape de los modelos que ya conocemos y de los discursos más frecuentados, es considerado perturbador y debe ser evitado.

Hoy la televisión es el ejemplo más claro del triunfo de lo superficial y la simpleza. Pero ojalá fuera solo la televisión. La música, la literatura o el cine también se han infantilizado y continúan dando Disney a los nuevos adultos: con sus personajes entrañables, sus cancioncitas pegadizas y sus finales felices, no sea que el público se pierda o se angustie y acabe traumatizado.


El verdadero arte -al menos como yo lo entiendo- desconcierta, incomoda, hace pensar, te ataca, te pica, te remueve. El entretenimiento ofrece modelos fijos, mascaditos, repetitivos, sin apenas conflicto ni profundidad.

Ejemplos muy claros de esto que digo son, por citar algunos, las modas de la ilustración, la poesía juvenil o los monólogos teatrales, donde triunfa (con excepciones, obviamente) lo infantiloide. Que está genial hasta cierta edad, pero más allá empieza a ser un tanto ridículo.

Las ilustraciones más visibles recuerdan a las de los libros juveniles de hace cuarenta años: Esther y su mundo o Enid Blyton. Los poemas que más venden parecen más bien canciones pop de sentimentalismo adolescente y los monólogos hacen uso de los tópicos más trillados y casposos, sobre todo en lo que a diferencias entre hombres y mujeres se refiere. No hace falta recordar que hay verdaderos artistas dentro de estos colectivos que cito, pero veo algunos problemas. En primer lugar, que el mercado, cuando algo se pone de moda, lo agota con subproductos y lo convierte en parodia en nombre de los beneficios. Subproductos que, normalmente, son más superficiales y pierden la esencia transgresora de los modelos que imitan. Por último, que estas obras para-todos-los-públicos, repetitivas hasta la saciedad y sin riesgo alguno, acaban ocupándolo todo.

¿Todo? ¿Seguro?

Que sí, que a lo mejor después de  trabajar de sol a sol lo que te apetece, si es que vas al teatro, que ya es un gran esfuerzo, es ver a un monologuista diciendo que su novia está dos horas maquillándose y su suegra es malísima y esas cosas que siempre hacen gracia. No estás para Shakespeare, lo entiendo. Y si escuchas música, algo pegadizo que entre rápido. Y si te lees un libro, pues una facilito, que no tienes la cabeza para más. Y si ves una película, pues que sea una de esas blockbuster americanas hechas con cartabón, de las que se casan al final, que al menos entretienen y son fáciles de seguir si te quedas dormido unos minutos.

Si no digo que no haya excusas. Y que todo este discurso no tenga su parte elitista. Digo que somos una sociedad cada vez más dormida. Y que la industria cultural, en lugar de despertarnos, nos canta nanas. El capitalismo nos pone almohaditas alrededor. Nos ha acostumbrado a no esforzarnos. Arte infantilizado para todos los públicos, que cualquiera puede entender sin tener las mínimas nociones de arte. Un arte bonito, sencillo, complaciente, poco subversivo, que evita el conflicto ético o estético. Arte comercial, distraído, para una sociedad perezosa y cansada. Políticamente correcto, por supuesto, no sea que alguien se enfade o se traumatice…

La sociedad capitalista y su cultura del entretenimiento nos miman, como esas madres de mi instituto miman a sus hijos. Nos protegen de los rasguños… y de paso se protegen de nosotros. De que acabemos pensando demasiado por nuestra cuenta, ajenos al discurso oficial, y salgamos a la calle.

Por suerte, siempre hay toboganes oxidados esperando a aquellos que elijan las calles menos transitadas. Parques sin protección desde los que rebelarse contra el adocenamiento: Un Tenderete donde exponer ilustraciones inquietantes e incorrectas, unas Voces del Extremo recitando poemas revulsivos, un portátil desde el que grabar una maqueta incómoda para subirla a Youtube, un Espacio Inestable programando obras que horrorizarían al obispo Cañizares o una editorial al borde de la quiebra publicando esas novelas que jamás ganarán el Planeta.

Siempre ha sido así y, por suerte, a pesar de todo, siempre lo será. Porque siempre habrá gente que prefiera un entrecot a una papilla industrial.

SOBRE LA EDUCACIÓN: De por qué abandoné la enseñanza pública, y tres sugerencias para mejorarla

“De por qué abandoné la enseñanza pública, y tres sugerencias para mejorarla

Hace dos años dejé la enseñanza. Llevaba 5 años como profesor de instituto público, y abandoné mi empleo a pesar de tener un trabajo fijo, un sueldo razonable y un horario que me permitía ir habitualmente a comer a casa. Con la perspectiva que da el alejamiento -en mi caso después de haber vivido la enseñanza muy de cerca-, me gustaría comentar algunas cosas acerca del oficio.

Un profesor debe cumplir religiosamente con sus horas lectivas. Además debe realizar guardias, cierta carga de trabajo burocrático -que cada año parece mayor-, y todo aquél derivado de su posible cargo (tutor, jefe de departamento, jefe de estudios, etc.) Es cierto que el trabajo, a partir de ahí, depende en parte de su voluntad -si hace muchos exámenes o pide muchos trabajos, tendrá mucho que corregir; si realmente le gusta su materia, seguirá estudiándola en su tiempo libre; si lleva pocos años, deberá pasar mucho tiempo preparando clases-, pero la idea expresada por Esperanza Aguirre de que un profesor trabaja solo las horas lectivas es venenosa, además de falsa.

He leído en un blog que ”una hora delante de 30 alumnos es algo infinitamente estresante y agotador, y que muchos que hemos tenido anteriormente trabajos de oficina reconocemos como mucho más esforzado”. Esto es totalmente cierto, una hora de clase puede equivaler a tres de oficina, pero no siempre fue así. Un amigo me comentaba ayer que su madre daba 24 horas en secundaria, y que se jubiló obligada a los 70 años porque le encantaba dar clase. Mi padre disfrutaba muchísimo enseñando, y durante muchos años dio bastante más de 30 horas de clase entre instituto y universidad. Mi época de estudiante de secundaria en un instituto público se remonta a mediados de los 90, a clases de 35 alumnos de las que el profesor no salía ni estresado ni agotado. Es verdad que si el profesor tenía poco carácter le vacilábamos, pero a poco que se pusiera serio, la clase fluía con tranquilidad. En aquel entonces yo ya pensaba que la enseñanza era francamente mejorable, que debía existir algún mecanismo para retirar de la pizarra a los malos profesores (¿una trampilla bajo la tarima?), y que el recreo duraba muy poco. Lo que se ha demostrado con el paso del tiempo es que el sistema era también francamente empeorable (y que la tarima no era un “símbolo de jerarquía que malicia el proceso de enseñanza-aprendizaje”, como diría algún pedabobo, sino un instrumento muy útil para ver lo que se cuece en el fondo de la clase).

Las causas del deterioro de la enseñanza -en especial la pública- son variadas, y según a quién le preguntes: que si falta de inversión, que si los padres no controlan, que si los profesores no motivan, que si las leyes son un desastre (yo estoy con el último grupo, para los interesados, recomiendo leer el “Panfleto Antipedagógico” de Ricardo Moreno Castillo). Para no abusar de la paciencia del lector, me limitaré a exponer tres puntos que considero clave para mejorar la calidad de la enseñanza:

1. Sin disciplina, no hay educación posible. La disciplina en el aula, el silencio durante la explicación, el respeto a las normas que hacen posible la convivencia, no son ni de derechas ni de izquierdas: son condiciones técnicas sin las cuáles la enseñanza no es posible. Yo abandoné el oficio de profesor porque gastaba mucho más tiempo y energía en mantener el orden en la clase que en enseñar. (Esto va dirigido especialmente a mis alumnos de 1º de la ESO y a los padres que no son capaces de entender esto)

2. Hay que mejorar la formación que reciben los alumnos en primaria. Hay alumnos que llegan a secundaria con buenos conocimientos y hábitos de esfuerzo y trabajo. Hay otros que llegan a secundaria sin saber hacer cuentas básicas, leyendo a duras penas y sin haber aprendido a escuchar. Muchos de estos últimos han sido víctimas de una corriente pedagógica que se implantó en este país durante los años 90, que afirmaba que ni los conocimientos ni la memoria eran importantes, y atacaba la enseñanza tradicional por obsoleta. (Curiosamente, muchos de los que implantaron aquellas modas pedagógicas mandaban sus hijos a colegios donde se practicaba la enseñanza tradicional. Uno de los promotores de aquella reforma, Ministro de Educación entre 1992 y 1993, es hoy candidato a la Presidencia del Gobierno. Rubalcaba, para más señas)

3. Hay que adelantar el inicio de la FP a los 14 años (Yo diría que a los 12 incluso). Es necesario ofrecer diversas alternativas a partir de cierta edad para que puedan formarse los que tienen inclinaciones tanto más académicas (matemáticas, ciencias) como más profesionales (peluquería, mecánica). El itinerario único de estudios hasta los 16 años se ha revelado ineficaz y frustrante para los profesores, pero sobre todo para los alumnos.

Evidentemente se pueden hacer muchas más cosas, como implantar una carrera docente que premie a los buenos profesores y penalice a los malos, pero quiero señalar que aplicar estos tres puntos requiere más de una inversión más de sentido común que económica, algo a tener en cuenta en un país en el que el despilfarro de nuestros gobernantes ha llevado las cuentas públicas al borde de la quiebra.”

http://deseducativos.com/2011/09/07/de-por-que-abandone-la-ensenanza-publica-y-tres-sugerencias-para-mejorarla/

SOBRE LA EDUCACIÓN: Por qué dejé mi trabajo en la enseñanza pública

Bien, hoy voy a iniciar un nueva categoría en la que analizar el porqué la educación funciona tan mal, visto desde otros puntos de vista. Cómo siempre esto se inicia cuando algunos padres vienen al centro a justificar los suspensos de sus hijos con excusas absurdas. Padres, en su gran mayoría, que no han aparecido jamás por el centro y se sorprenden cuando les dices que su hijo no ha hecho nada en todo el curso y ha sido de los alumnos metidos en casi todos los problemas. Padres que no se dan cuenta que para que se pueda dar clase en condiciones, el aula debe estar en silencio, o por lo menos intentarlo, y es muy importante recalcar todos los días desde casa a su hijo que al centro se viene a trabajar y a aprender, y es en los primeros cursos precisamente donde el alumno debe adquirir hábitos de trabajo además de una buena base en algunas asignaturas. Evidentemente estos alumnos los próximos años suspenderán o seguirá suspendiendo, y los padres, desorientados, los llevarán a academias o profesores particulares, sin pararse a pensar que si el trabajo se hubiera realizado bien desde el principio nunca se debe llegar hasta ahí. El tema de las academias lo voy a dejar para otro día.
Aún así, no quiero olvidarme de todos los padres que vienen al centro preocupados por sus hijos y sin dar ningún tipo de problema, además de aportar colaboración en algunos casos. Aunque no lo parezca, porque siempre se habla de los MALOS PADRES, los BUENOS son mayoría.

Bien, empiezo esta serie con un artículo sobre una ex-profesora que relata el porqué dejó la educación PÚBLICA. Cómo siempre resalto en negrita aquello que me parece interesante:
http://www.mujerpalabra.net/pensamiento/sociedadeconomiafilosofiaypolitica/reflexionesprofesora.htm
“Yo entré de interina en la época de la Logse (años 90). La ley –que me leí, subrayé e incluso tuve que traducirme al inglés (con la dificultad que tiene la traducción técnica de textos legales, aunque sea sólo para contarlos a grandes rasgos) para la Oposición– me encantaba, pero siete años después caí enferma de estrés y agotamiento al tiempo, porque fue una ley que no puso los medios suficientes para que pudiéramos realizarla. Sigo pensando que la ley apoyaba a profesoras y profesores como yo, muy conscientes de lo que es el derecho constitucional de la libertad de cátedra y muy competentes respecto a respetar la ley: el currículo y el sistema de evaluación. Pero las buenas ideas requieren también dinero para llevarlas a cabo, y bueno, basta ver cómo habla la gente del profesorado de la pública para hacerse una buena idea de cuánta consciencia hay de la importancia de esta labor y cuánta lucha hay por que se asignen los recursos necesarios (¿?).

En esa época, le multiplicaron las funciones al profesorado. Ahora que ya lo tienen asumido (2012), les incrementan las horas lectivas y recortan servicios fundamentales en la labor educativa, lo que vuelve a repecutir en hacer más difícil si cabe la labor de educar. Respecto al aumento de horas lectivas, es curioso que las cuenten como 1 en el cómputo total, porque lo sabe cualquier persona que sepa algo de educación, además de saberlo la OIT: una hora lectiva equivale a dos o tres de cualquier otro trabajo (súmense ahora las horas, pongamos que valen sólo por 2), por lo intenso y complejo del trabajo, de un trabajo que al parecer la mayoría de nuestra sociedad considera que consiste en encerrarse en un aula a cuidar a la gente y ayudarles a rellenar huecos en los libros.

Sobre la multiplicación de funciones al profesorado y la importancia de l@s bedeles, l@s bibliotecari@s, los patios de recreo, además del espacio de libertad para que l@s adolescentes aprendan a socializarse y a gestionar su tiempo (contra la imposición de que los centros educativos se conviertan en guarderías y cárceles): Si antes había bedeles en las plantas, que se ocupan de guardar el orden en los pasillos, ahora no: las y los docentes tendrían que asumir su trabajo, el de conserje, y no sólo “velar por el orden en el centro”, sino que además hacerlo en los recreos (!) y dentro del aula (!). Sí, este tema fue y es daniño, no sólo para el profesorado: en mi adolescencia, al inicio de la democracia, si faltaba un profesor o una profesora, sabíamos que podíamos quedarnos en el aula si no hacíamos jaleo, lo que nos ayudaba a aprender a gestionar nuestra libertad; también sabíamos que podíamos elegir salir al patio y pedir un balón, o salir a la calle a por una merienda o a dar un voltio, y luego tendernos al sol en el patio a charlar; o que podíamos ir a la biblioteca a estudiar o a sacar libros; o a la cafetería a aprender a jugar a las cartas, y a comprar un bocata y siempre, a hablar. Ahora, no hay patios: o son la zona de Educación Física, o son el espacio que hay entre las hileras de ventanas a las aulas, por lo que está prohibido usar esas zonas salvo en la hora del recreo para todo el mundo. Ahora, se pretende tener encerradas y encerrados a todos los adolescentes seis horas por las manañas, y te preguntas: ¿cuándo aprenden a estar juntos a su bola? Porque sabemos que luego van a sus casas, a encerrarse en sus cuartos, o a encerrarse en una academia de algo, siempre supervisados, siempre encerrados.
(Por eso yo incido mucho siempre en que el alumno es quien debe sentarse sólo en su casa, en su habitación, donde esté a gusto, y aprender a repasar por sí mismo lo que se ha hecho en clase)
Sobre fumar. En las cárceles y en los psiquiátricos se puede fumar: es un recurso barato en todos los sentidos para mantener a la gente tranquila, que ya sabemos que el sistema nervioso tiene sus limitaciones. En una sociedad que usa la imposición, el desprecio y la exclusión (véase qué bien le parece a la mayoría que se prohíba que existan sitios públicos donde se pueda fumar) esto se aplaude, e indignan las soluciones de convivencia. Yo recuerdo cuando sin leyes ni prohibiciones, saliendo de la época franquista (donde los hombres fumaban en todos los lugares y aunque no se pudiera ni respirar, es decir, sin ninguna consideración, no como ahora), muchos Claustros de profesores solucionaron el tema de los derechos de la gente no fumadora no atacando los derechos de la gente fumadora, sino estableciendo una sala donde se podía fumar. Además, entonces, sabíamos que el quid de la cuestión estaba en tener un buen extractor de humos, pero también que para eso no había dinero nunca. Curioso lo de las prioridades de los gastos. El caso es que entonces, mucha gente no fumadora venía a la sala donde se podía fumar porque decían que se lo pasaban mejor! No hay argumento racional y democrático alguno que justifique que no exista ningún lugar de socialización donde se pueda hacer. Las soluciones de convivencia no deberían ser despreciadas y perseguidas, deberían ser inspiración, modelo para más soluciones de convivencia. Me gustaría ver estadísticas de cómo ha bajado el consumo de tabaco y qué ha pasado con el consumo de antidepresivos, ansiolíticos y tranquilizantes. Al parecer, es mucho mejor tomar estas drogas duras y legales que una droga legal y mucho menos dura, que además no afecta la consciencia. Me gustaría ver estadísticas sobre cómo ha evolucionado la enfermedad grave de la depresión en el sector docente de la Pública. Pero claro, igual que se criminaliza a quien no tiene trabajo, se criminaliza a quien se pone enferma o enfermo, porque lo que no se va a hacer jamás, es ponerle un tope a la riqueza de quienes nos tienen a las masas en éstas: en la construcción de una sociedad obediente y esclavizada, que además se llama democrática. Ha resultado que admiran el modelo chino, después de todo.

Ahora hay dos conceptos de los que ya ni se habla (no en comparación con el franquismo, claro, sino con aquel periodo mucho mejor para la pública que fue el del inicio de la democracia; al menos se veía al profesorado con alegría y ganas, y no estresado y agotado): libertad de cátedra y autonomía pedagógica de los centros. Esto tiene que ver con la pérdida del derecho a elegir las directivas por las comunidades de sus centros, claro, pero de esto tampoco se habla. Y todo el mundo sabe, que si una profesora aspira a ser una buena profesora, necesita dos cosas, libertad para hallar la manera más eficaz para transmitir el conocimiento, y tiempo para descansar y pensar, además de estudiar y culturizarse.

Si se piensa y si se habla, es cada vez más claro: todo va hacia lo mismo, a recortes en los derechos y libertades, en la educación de seguir alentando que la masa se mate entre ella y que no dejen de ser mano de obra barata y consumidora no libre sino obligada. Nada de pensamiento crítico, nada de creatividad, nada de atención a los diversos estilos cognitivos y necesidades. Aquello sólo fue para reventar al profesorado, no realmente para atender a nadie. Nada de todas estas tonterías, al fin y al cabo, si tenemos pantalla grande y móvil, es que no nos ha ido tan mal. Se nota en lo felices que nos ha hecho la sociedad de consumo: de hecho, ahora pasamos el ocio en centros comerciales. Cualquier cosa antes que pasarlo estando y hablando y aburriéndose con tu gente.

Respecto a mí, no hay mal que por bien no venga (y mira que no simpatizo con los refranes): ahora trabajo por mi cuenta, tengo más libertad, y gano igual o más, según. No tengo ni jefes que quieran que les ría las gracias y que use medias porque estaría más mona, ni ley sin medios para poder aplicarla que me cueste la salud. Con todo, por la tristeza y la rabia que me da ver lo que estoy viendo en mi sociedad, estoy pensando muy seriamente emigrar, al sur, donde hay mucha carencia y necesidad pero la gente parece no haber perdido la capacidad de valorar las cosas realmente buenas. Vivir no es sólo tener dinero para comprar cosas. Hay confusiones que nos están costando lo poco bueno que habíamos conseguido hasta ahora.”