Otro comentario…

…sobre educación en un foro:

Ningún sistema educativo va a ser exitoso mientras no se acepte que hay niños más inteligentes que otros, que hay chavales que sí o sí tendrán que trabajar en labores repetitivas y sencillas porque su cerebro no da para más, que otros tendrán cierto márgen de elección, y que unos pocos que no llegan ni al cinco por cierto tienen la capacidad de realizar tareas muy complejas y creativas.

Vamos, que el ser humano está determinado genéticamente, y que un sociedad exitosa coloca a cada miembro en el lugar donde sea más eficiente.

La educación está basada en la idea de que todos somos iguales y mediante el entrenamiento podemos coger a un niño medio tonto y convertirlo en un genio. Evidentemente este sistema está condenado a fracasar.

 

 

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Los amigos que he perdido desde que me mudé al extranjero

https://verne.elpais.com/verne/2018/04/03/articulo/1522768807_928468.html

Imagen cedida por Eden Gillespie

En las semanas anteriores a mi mudanza a España, hubo cartas escritas a mano, profundos collages fotográficos publicados en Instagram y un puñado de palabras amables vertidas sobre cafés, almuerzos y cenas. Mis amigos me decían que estaban celosos de que me fuera a empapar de un verano español, bebiendo tinto de verano y paseando por Europa mientras ellos iban a estar atrapados en la misma rutina.

“Prométeme que no vas a sentir nostalgia”, me dijo mi hermana mayor. “Todo estará exactamente igual cuando vuelvas. Nada habrá cambiado”. Ella lo sabe bien. Con solo 31 años ha viajado a 69 países. Incluso después de años trabajando en cruceros, ella usa todos los días libres con unas vacaciones espectaculares. Mientras escribo esto, ella hace las maletas para viajar a Perú.

A pesar del consejo bienintencionado de mi hermana, ocho meses después, me he cansado de ver que los mensajes que he enviado están “leídos”, pero no contestados. Soy yo quien me tengo que encargar de mantener amistades unilaterales que ni siquiera estoy segura de que merezcan el esfuerzo.

Actualmente, hay una cifra récord de expatriados estudiando y trabajando en el extranjero. Soy una del aproximadamente millón de australianos que está atrapado en esa diáspora, viviendo en otro país.

Con el cinturón puesto en un vuelo de 24 horas a Sidney, no tenía ni idea de todas las incómodas interacciones que me esperaban. Pero también creía que este periodo de adaptación se suavizaría con amigos, en casa, interesados en cómo me estaba ajustando.

Ha sido frustrante, a veces, no poder expresarme en español, chapurreando en conversaciones y siendo malinterpretada. Adaptarme a las diferencias culturales, como los almuerzos a las tres de la tarde y las cenas a las diez y media de la noche, caracterizaron este periodo.

Fue en esta época cuando una de mis amigas más cercanas me ignoró con cinco meses de silencio. Una estudiante a tiempo completo viviendo, como mucho, a 500 metros de su universidad decía que estaba “muy ocupada” para mantener el contacto. Pero ese pequeño punto verde brillando [en la pantalla] junto a su nombre me enviaba un mensaje diferente: que estaba conectada pero que, una vez fuera de su vista, también quedé fuera de sus pensamientos.

“Es complicado ofrecer a cada amigo toda mi atención cuando también necesito dedicármela a mí”, me dijo por mensaje. Como estudiante de intercambio, que también viaja y trabaja, el concepto de estar ocupada no me suena extraño. No esperaba contacto diario; tan solo un mensaje de vez en cuando. Mi amiga me contestó a eso que no me estaba echando de su círculo cercano, “solo priorizando”.

Imagen cedida por Eden Gillespie

Ahora que trabajar en el extranjero es algo común, historias como las mías son frecuentes entre expatriados. Erin Cook es una periodista australiana que vive en Yakarta (Indonesia). Como me ha pasado a mí, ha perdido muchas amistades tras mudarse al extranjero.

“Creo que es la pérdida de contacto, o al menos estar mucho menos en contacto, con mis amigos más íntimos, lo que realmente me fastidia”, dice Erin.

“Cuando me mudé, al principio intenté poner a prueba a algunos amigos, pero no volví a saber de ellos. Así que ahora soy mucho más activa a la hora de mantener el contacto”, cuenta.

Erin dice que, aunque “le importa de verdad” que algunos amigos se olviden de ella, si no se hace el esfuerzo, la comunicación a menudo decae por completo. Ella se ve obligada a iniciar conversaciones ante el riesgo de alejarse de estos amigos.

Aunque pueda parecer un acto de sabotaje dejar de enviar mensajes a amigos que no responden, he sido agradecida con aquellos que han enviado el primer mensaje. Una de mis amigas estaba planeando su boda mientras hacía voluntariado y acabando su primer semestre en la universidad. A pesar de tener el tiempo justo, enviaba a menudo fotos de sus gatos e incluso me envió una invitación de su boda contándome que yo estaría allí “en espíritu”.

Otro amigo que está en un intercambio de estudios en Canadá también me ha mantenido al día mientras casi muere congelado con tormentas de nieve de -25 grados. Nunca ha estado “demasiado ocupado” como para no teclear algunas frases.

Por desgracia, algunos de los que eran amigos se han transformado en estos últimos meses en desconocidos. Se hace raro pensar en volver a incorporarlos a mi vida tras un año sin haber tenido contacto. Cuando sobrevuele de nuevo el puerto de Sidney en mayo, tendrá el mismo aspecto que cuando lo dejé. Pero muchas cosas han cambiado dentro de mí. Me siento irreconocible, aunque no lo parezca por fuera.

Hay una cosa que sigue igual. Una pregunta que me he hecho muchas veces en los últimos meses: ¿tanto cuesta hacer una llamada de teléfono?

(Artículo de Eden Gillespie originalmente publicado en El País in English)

Suecia y el suicidio social: la sutil pero temible revolución

https://disidentia.com/suecia-suicidio-social-sutil-temible-revolucion/

En una habitación de un blanco inmaculado, aséptico, un televisor suspendido de la pared emite imágenes de mujeres desnudas en actitud sugerente, adoptando posturas eróticas. Justo debajo, un revistero contiene publicaciones igualmente eróticas y sexuales. Y en el centro de la habitación, un hombre joven, de no más de treinta años, se masturba de manera mecánica: un mero trámite. En una de las manos, la que tiene libre, sostiene un pequeño recipiente de plástico, donde, una vez eyacule, habrá de recolectar el valioso semen. Luego, el banco de esperma, tras los debidos controles, lo congelará y lo enviará a sus clientas, que contrataron el servicio a través de Internet, mediante un eficiente servicio de mensajería.

En otro lugar, quizá cerca o quizá lejos de allí, una mujer recogerá el envío que contiene una jeringuilla y una bolsita con el esperma convenientemente conservado. Las instrucciones son simples: esperar a que el semen alcance la temperatura adecuada, extraerlo con la jeringa e inyectarlo en la vagina. Para facilitar la tarea, deberá tumbarse en la cama, con un cojín bajo las caderas y, en la más absoluta soledad, inyectarse el contenido confiando quedar embarazada y ser madre sin necesidad de pareja, marido o siquiera amante ocasional.

Es muy probable que ambos formen parte de ese porcentaje, 40% y aumentando, de ciudadanos de Suecia que vivirán solos toda su vida. Y quizá también de ese 25% que muere en absoluta soledad

Suecia y el suicidio social: la sutil pero temible revolución

Entre el joven que se masturba como un mono a cambio de una compensación económica y la mujer que pagará para concebir con su semen no existe relación alguna. Jamás se han visto ni se verán o, al menos, no se reconocerán. Más aún, es muy probable que ambos formen parte de ese porcentaje, 40% y aumentando, de ciudadanos de Suecia que vivirán solos toda su vida. Y quizá también de ese 25% que muere en absoluta soledad, sin que nadie los eche en falta. En algunos casos, tan sólo el hedor de sus cadáveres putrefactos alertará a sus vecinos, semanas o meses después. Pero no hay de qué preocuparse, eficientes funcionarios suecos efectuarán las pesquisas oportunas para averiguar quién es el difunto, si tiene algún familiar y, de existir, si puede ser localizado. De lo contrario, todas sus pertenencias pasarán al Erario Público y servirán para engrasar la eficiente e impasible maquinaria del Estado.

Un nuevo y temible paradigma

Este es el paradigma de una sociedad cuyos individuos se independizaron unos de otros en lo material, para más tarde desvincularse también en lo emocional. La interdependencia y la complementariedad dejaron de ser valores positivos para percibirse como formas sutiles de esclavitud contra las que políticos y burócratas luchan denodadamente.

La ingeniería social, apoyada en un Estado de Bienestar llevado a sus últimas consecuencias, parece estar alumbrando una nueva especie humana

Suecia y el suicidio social: la sutil pero temible revolución

La ingeniería social, apoyada en este caso en el Estado de Bienestar llevado a sus últimas consecuencias, parece estar alumbrando una nueva especie humana, con personas que encuentran gratificante hablar con los árboles, comunicarse con la naturaleza en una especie de relación mística, pero se sienten turbadas si deben establecer algún tipo de relación emocional con sus iguales.

Nos encontramos en un mundo donde la calle no es un lugar de encuentro, de relación, de intercambio, sino un espacio impersonal de idas y venidas apresuradas, de gentes que caminan, o conducen su vehículo, silenciosas yendo de casa al trabajo, al supermercado y de vuelta a casa. Con el tiempo, también el trabajo dejará de ser una actividad socializadora por obra y gracia de la revolución tecnológica, algo que implicará un alivio para los sujetos pues todos lo que no sea centrarse en uno mismo, y en sus íntimas aspiraciones, resultará estresante y bastante insoportable.

La deshumanización

En este entorno no hay tiempo ni ganas de contemporizar con las vidas y experiencias de los demás; los otros no importan. Al fin y al cabo, se pagan elevados impuestos para que el Estado se haga cargo de todas las contingencias humanas. Relacionarse con otras personas forma parte del pasado, de una sociedad primitiva, cuyas tradiciones son estructuralmente opresivas. Una sociedad que era necesario cambiar. El simple hecho de atender a un extraño, hablar con él, es hoy para muchos un pequeño tormento. Pero imaginarse conviviendo con una persona a la que por fuerza se ha de tratar a fondo, resulta un sacrificio insufrible y, por tanto, moralmente inaceptable. Mucho mejor la soledad.

La familia convencional ha ido desapareciendo en las últimas décadas. Año tras año va cediendo terreno en favor de la individualidad más absoluta o, en su defecto, de la familia monoparental

En una parte creciente de la población la conversación empieza a ser una rareza, un molesto trámite que se ha reducido a hacer preguntas sencillas y recibir respuestas cortas que frecuentemente no van más allá de monosílabos, de un sí o un no. Por su parte, la familia convencional ha ido desapareciendo en las últimas décadas. Aún existe, cierto. Pero año tras año va cediendo terreno en favor de la individualidad más absoluta o, en su defecto, de la familia monoparental, mayoritariamente constituida por una mujer y un hijo concebido con la ayuda de una jeringa. Una vez estas personas se acostumbran a vivir solas, ya no hay vuelta atrás. Con el tiempo, cualquier obligación de interactuar con un tercero se percibe como un conflicto, incluso como una agresión a la intimidad.

La influencia sueca

Mucho se ha escrito sobre la Escuela de Frankfurt, su ascendiente en las élites norteamericanas de los años 60 y la omnipresencia de su criatura, que algunos insisten en llamar “marxismo cultural”. Pero este elemento tuvo una relevancia muy inferior a la que se atribuye en la evolución de la sociedad occidental. Por el contrario, se suele pasar por alto la enorme influencia que ejercieron las ideas y las políticas provenientes de Suecia, un modelo que fue idealizado durante muchas décadas y en el que numerosos políticos, expertos e ingenieros sociales se inspiraron y todavía se siguen inspirando. A pesar de ser un país pequeño, Suecia ha promovido con una intensidad insospechada la ingeniería social actual y la cultura de lo políticamente correcto.

Suecia y el suicidio social: la sutil pero temible revolución

El hecho relevante se produce en los años 20 del siglo XX, cuando el partido socialdemócrata sueco abjura de los postulados marxistas ortodoxos y propone una nueva ruta. El capitalismo debe ser erradicado, sí, pero de forma paulatina, sin violencia y utilizando una vía muy original. Los izquierdistas suecos renunciaron a expropiar los medios de producción porque resultaba mucho más eficiente que siguieran en manos privadas.

El control se acometería de manera sutil: condicionando los bienes que consumen los ciudadanos, planificando la demanda de productos para que los capitalistas se viesen abocados a producir el tipo de bienes que las autoridades considerasen oportuno. Pero, para lograrlo, era necesario alterar la conciencia de las personas, “modernizar” sus mentes, su forma de pensar, para que consumieran los productos “correctos”, para que llevaran un tipo de vida sana y adecuada. El capitalismo no se controlaría por el lado de la oferta… sino por la demanda.

Para alcanzar la sociedad perfecta ya no era necesario estatalizar la producción sino poner en marcha un intenso proceso de ingeniería social que se infiltrase en todos los aspectos de la vida privada

Para alcanzar la sociedad perfecta ya no era necesario estatalizar la producción sino poner en marcha un intenso proceso de ingeniería social que se infiltrase en todos los aspectos de la vida privada, convirtiendo a los ciudadanos en seres sin voluntad a merced del paternalismo de las autoridades y de los expertos. Entre estos últimos, brillarían con luz propia Alva y Gunnar Myrdal, una pareja de intelectuales cuyos escritos influyeron, a partir de los años 30, en gran parte de las políticas suecas; dos personas que hicieron de su propio matrimonio un experimento social.

Sin embargo, lo que determinará la enorme influencia del modelo sueco en el resto del mundo tendrá un cierto componente de casualidad. El catalizador fue Marquis Childs, un periodista norteamericano, quién  viajó a Suecia en los años 30, conoció su modelo e, impresionado, escribió varios libros sobre la política y la sociedad del país nórdico. En uno de ellos, Sweden: The Middle Way (1936)Childs sostenía que los suecos habían encontrado la piedra filosofal: un novedoso sistema que combinaba lo mejor del capitalismo con lo mejor del socialismo. El libro alcanzó tal éxito y difusión en los Estados Unidos que acabó ejerciendo una enorme influencia sobre el presidente Franklin D. Roosevelt y su Administración. Y lo hizo justamente cuando Roosevelt buscaba un modelo en el que inspirar su New Deal.

Suecia y el amor como independencia

Uno de los principios que inspiran el modelo sueco es la concepción del verdadero amor. Para que este surja, no puede existir ningún tipo de dependencia entre las personas. Nada debe atarlas. En su libro, ¿Son los suecos humanos? (2006) (Är svensken människa?Lars Trägårdh y Henrik Berggren describen la sociedad sueca como extremadamente individualista. Sostienen que, en la mayor parte de las sociedades, las relaciones humanas se basan en la mutua dependencia o las obligaciones. Sin embargo, el sistema de bienestar sueco, orientado al individuo, ha logrado independizar a cada persona de las demás, proporcionando la verdadera libertad. Esto implica la ruptura de los lazos familiares, algo que para Trägårdh y Berggren no es un grave problema porque, a su juicio, la familia no es una institución democrática sino jerárquica. Y por tanto debe evolucionar.

Los ciudadanos, lejos de liberarse, acaban dependiendo intensamente del Estado

Así es la nueva sociedad hacia la que algunos quieren conducirnos. Una sociedad en la que el Estado de bienestar “liberaría” a mujeres y niños del yugo de unas relaciones que, de otro modo, no serían del todo voluntarias. Lo que quizá pasan por alto es que tal liberación resulta bastante discutible cuando los ciudadanos, lejos de liberarse, acaban dependiendo intensamente del Estado. Y, entre ser dependiente de padres, esposos, esposas, hijos, familiares o serlo de los funcionarios del Estado de bienestar, quizá sea preferible lo primero. Especialmente cuando lo segundo implica insoportables dosis de aislamiento y soledad… Y la sospecha de que tu origen se encuentra en una jeringuilla desechable.

Somos la generación que no quiere relaciones

https://yosoycurioso.com/somos-la-generacion-que-no-quiere-relaciones/

Queremos una segunda taza de café para las fotos que subimos a Instagram los domingos por la mañana, otro par de zapatos en nuestras fotos artísticas de pies. Queremos poner en Facebook que tenemos una relación para que todo el mundo pueda darle a “me gusta” y poner un comentario, queremos una publicación digna del hashtag #parejaperfecta. Queremos tener a alguien con quien ir de brunch los domingos, con quien quejarnos los lunes, con quien comer pizza los martes y que nos desee buenos días los miércoles. Queremos llevar acompañante a las bodas a las que nos inviten (¿Cómo lo habrán hecho? ¿Cómo habrán conseguido un felices para siempre?). Pero somos de la generación que no quiere relaciones.

Buceamos por Tinder en un intento de encontrar a la persona adecuada. Como si tratáramos de hacer un pedido a domicilio de nuestra alma gemela. Leemos artículos como Cinco maneras de saber que le gustas o Siete formas de gustarle, con la esperanza de ser capaces de moldear a una persona para tener una relación con ella, como si de un proyecto de artesanía que hemos visto en Pinterest se tratase. Invertimos más tiempo en nuestros perfiles de Tinder que en nuestra personalidad. Y aun así no queremos tener una relación.

Hablamos y escribimos mensajes de texto, mandamos fotos o vídeos por Snapchat y tenemos conversaciones subidas de tono. Salimos y aprovechamos la happy hour, vamos a tomar un café o a beber cerveza; cualquier cosa con tal de evitar tener una cita de verdad. Nos mandamos mensajes para quedar y mantener una charla insustancial de una hora solo para volver a casa y seguir manteniendo una charla insustancial mediante mensajes de texto. Al jugar mutuamente a juegos en los que nadie es el ganador, renunciamos a cualquier oportunidad de lograr una conexión real. Competimos por ser el más indiferente, el de la actitud más apática y el menos disponible emocionalmente. Y acabamos ganando en la categoría el que acabará solo.

Queremos la fachada de una relación, pero no queremos el esfuerzo que implica tenerla. Queremos cogernos de las manos, pero no mantener contacto visual; queremos coquetear, pero no tener conversaciones serias; queremos promesas, pero no compromiso real; queremos celebrar aniversarios, pero sin los 365 días de esfuerzo que implican. Queremos un felices para siempre, pero no queremos esforzarnos aquí y ahora. Queremos tener relaciones profundas, pero sin ir muy en serio. Queremos un amor de campeonato, pero no estamos dispuestos a entrenar.

Queremos alguien que nos dé la mano, pero no queremos darle a alguien el poder para hacernos daño. Queremos oír frases cutres de ligoteo, pero no queremos que nos conquisten… porque eso implica que nos pueden dejar. Queremos que nos barran los pies, pero, al mismo tiempo, seguir siendo independientes y vivir con seguridad y a nuestro aire. Queremos seguir persiguiendo a la idea del amor, pero no queremos caer en ella.

No queremos relaciones: queremos amigos con derecho a roce, “mantita y peli” y fotos sin ropa por Snapchat. Queremos todo aquello que nos haga vivir la ilusión de que tenemos una relación, pero sin tener una relación de verdad. Queremos todas las recompensas sin asumir ningún riesgo, queremos todos los beneficios sin ningún coste. Queremos sentir que conectamos con alguien lo suficiente, pero no demasiado. Queremos comprometernos un poco, pero no al cien por cien. Nos lo tomamos con calma: vamos viendo a dónde van las cosas, no nos gusta poner etiquetas, simplemente salimos con alguien.

Cuando parece que la cosa empieza a ir en serio, huimos. Nos escondemos. Nos vamos. Hay muchos peces en el mar. Siempre hay más oportunidades de encontrar el amor. Pero hay muy pocas de mantenerlo hoy en día…

Esperamos encontrar la felicidad. Queremos descargarnos a la persona perfecta para nosotros como si fuera una aplicación nueva; que puede actualizarse cada vez que hay un fallo, guardarse fácilmente en una carpeta y borrarse cuando ya no se utiliza. No queremos abrirnos; o, lo que es peor, no queremos ayudar a nadie a abrirse. Queremos mantener lo feo tras una portada, esconder las imperfecciones bajo filtros de Instagram, ver otro episodio de una serie en vez de tener una conversación real. Nos gusta la idea de querer a alguien a pesar de sus defectos, pero seguimos sin dejarle ver la luz del día a nuestro auténtico yo.

 

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Sentimos que tenemos derecho al amor, igual que nos sentimos con derecho a un trabajo a jornada completa al salir de la universidad. Nuestra juventud repleta de trofeos nos ha enseñado que si queremos algo, merecemos tenerlo. Nuestra infancia rebosante de películas Disney nos ha enseñado que las almas gemelas, el amor verdadero y el felices para siempre existen para todos. Y por eso no nos esforzamos ni nos preguntamos por qué no ha aparecido el príncipe o la princesa azul. Nos cruzamos de brazos, enfadados porque no encontramos a nuestra media naranja. ¿Dónde está nuestro premio de consolación? Hemos participado, estamos aquí. ¿Dónde está la relación que merecemos? ¿Dónde está el amor verdadero que nos han prometido?

Queremos a un suplente, no a una persona. Queremos un cuerpo, no una pareja. Queremos a alguien que se siente a nuestro lado en el sofá mientras navegamos sin rumbo fijo por las redes sociales y abrimos otra aplicación para distraernos de nuestras vidas. Queremos mantener el equilibrio: fingir que no tenemos sentimientos aunque seamos un libro abierto; queremos que nos necesiten, pero no queremos necesitar a nadie. Nos cruzamos de brazos y discutimos las reglas con nuestros amigos, pero ninguno conoce el juego al que estamos intentando jugar. Porque el problema de que nuestra generación no quiera relaciones es que, al final del día, sí que las queremos.

“Los periodistas no hemos sido capaces de impedir que los medios trafiquen con la información”

http://ctxt.es/es/20180404/Politica/18802/Entrevista-Soledad-Gallego-Premio-Ortega-y-Gasset-periodismo.htm

Soledad Gallego-Díaz (Madrid, 1951) es probablemente la mejor periodista de España. Con una carrera de más de 40 años, principalmente desarrollada en el diario El País, Gallego-Díaz, que el 3 de abril fue reconocida con el premio Ortega y Gasset a la Trayectoria Profesional, ha sido siempre una figura de referencia por su rigor y su lucidez. Aunque está descansando en Asturias y dice que lo que le gusta es hacer entrevistas y no darlas, hablamos unos minutos con la cofundadora, socia y miembro del consejo editorial y del de Administración de CTXT.

En los últimos años ha recibido diversos premios. Ahora llega este, un Ortega y Gasset a su trayectoria profesional. ¿Qué significa este reconocimiento?

Debe ser que, según van pasando los años, piensan que es el momento de darme algún premio (risas). Los premios se reciben siempre con mucha alegría y agradecimiento, sobre todo cuando son reconocimientos, como en este caso, que vienen de otros periodistas. Es muy agradable que otros compañeros piensen que has hecho un buen trabajo a lo largo de tu vida laboral. También es verdad que llevo muchos años en este oficio y he tenido tiempo para hacer muchísimas cosas. Me considero sobre todo una periodista de redacción. He trabajado toda mi vida en redacciones, las conozco muy bien y me encantan. Ese trabajo del día a día es el que más me gusta, más que las crónicas o las corresponsalías; el trabajo diario de hacer una información, que se mantenga en pie, que sea segura y sólida. Eso es lo que siempre me ha gustado hacer, y he tenido la suerte de poder realizarlo y que además ahora me lo reconozcan así.

Si tuviese que quedarse con alguna etapa de todos estos años, ¿cuál elegiría?

De momentos felices y satisfactorios he tenido muchos, pero, ahora que estoy fuera del periódico (El País), de lo que más me acuerdo es del placer extraordinario de trabajar con un grupo de gente que hace un periodismo determinado. Con personas a las que le gusta el mismo tipo de periodismo. Cuando me he juntado con un grupo así ha sido muy satisfactorio porque se aprende y se disfruta muchísimo. Además de trabajar, compartes una visión con la que te lo pasas muy bien.

¿Y cuáles han sido, en cambio, los momentos más difíciles, en los que ha dudado más de la profesión?

Siempre que he visto que se ha mezclado periodismo con espectáculo y con mentiras. Ahí es cuando te cuesta más creer en la capacidad de los periodistas para luchar contra estas prácticas. Tenemos, por lo menos, la obligación de intentarlo. Tenemos que luchar contra aquellos que piensen que el periodismo es un grupo de gente gritando, o los que creen que una cosa puede ser verdad o mentira, que puedes defender una cosa y la contraria. Debemos combatir eso. Si lo conseguimos o no ya es más difícil de saber, pero eso no te puede quitar la necesidad personal de intentarlo.

Durante estos años, ¿qué cambios ha vivido en la manera de hacer periodismo?

El cambio principal ha sido el tecnológico, que ha cambiado radicalmente la manera en la que trabajamos. Los instrumentos que podemos utilizar ahora son muchísimo más ágiles y amplios. Cuando yo empecé a hacer periodismo conseguir datos costaba muchísimo, era muy laborioso simplemente hacerse con alguna referencia o documento. Ahora entras en Internet y si, por ejemplo, quieres saber qué se dijo en el Parlamento alemán hace 3 años, no tienes más que buscarlo, meterlo en un traductor y te enteras. Yo hace 40 años no podía ni soñar con tener estas facilidades.

El problema ha sido que estas tecnologías, tan extraordinarias y que facilitan un buen trabajo periodístico, han hecho que el periodismo se mezcle con cosas que no lo son. La sola comunicación en las redes sociales, por ejemplo, ha hecho que esa mezcla resulte terriblemente angustiosa, no distinguiendo lo que es información y lo que es puro charloteo.

Estamos en la época de la democratización de la información, de lo que llaman fake news y de la posverdad. ¿Qué tiene que hacer ahora un periodista para practicar correctamente el oficio?

Eso no ha cambiado y no tiene que cambiar: trabajar con seriedad. Ahora parece que suena mal, pero simplemente hay que ser serio al comprobar y contrastar las informaciones. No hay que hacer ningún descubrimiento genial, son unas técnicas que se establecieron, hace ya bastante tiempo, sobre cómo se hace un periodismo profesional. Hay que aplicar esas reglas y cumplirlas a rajatabla, nada más. Puedes ser más o menos brillante en la escritura, más o menos espectacular en tu manera de presentar tus trabajos, pero lo que no puede faltar es la estructura básica de la información, la verdad. En el periodismo existe la verdad. A lo mejor no existe en filosofía o en religión, pero sí en este trabajo. La verdad está en los hechos, y lo que los periodistas deben hacer es averiguar y establecer la verdad que hay en lo que ocurre.

LOS MEDIOS PUEDEN MERCADEAR CON LO QUE QUIERAN, PERO LOS PERIODISTAS DEBERÍAMOS AGRUPARNOS PARA PODER DEFENDER LAS INFORMACIONES

Hablemos de la prensa española. Según una encuesta reciente de Pew Research, solo los griegos superan la percepción negativa de los españoles en cuanto a la imparcialidad de las noticias sobre política en Europa. ¿Por qué tenemos este problema de credibilidad?

Simplemente porque nos lo hemos ganado. Si la profesión está desprestigiada es culpa de los periodistas, de nadie más. No hemos sido capaces de defender nuestro trabajo e impedir que los medios trafiquen con la información. Los medios pueden mercadear con lo que quieran, pero los periodistas deberíamos agruparnos para poder defender las informaciones. Los periodistas debemos ser capaces, dentro de las redacciones, de juntarnos para que no se pueda traficar con ellas.

¿Es más difícil que los periodistas se junten en los grandes medios tradicionales ahora, con tantos digitales?

Los grandes medios ofrecieron en su momento un gran espacio a las redacciones. Entonces sí nos juntábamos; ahora eso ha desaparecido también porque estos medios han entrado en crisis. En comparación, los medios online, más pequeños, tienen grandes ventajas. Pero estos medios también tienen enormes inconvenientes: no pueden cubrir y seguir ciertas informaciones del día a día, les resulta mucho más difícil acceder a la información. Para eso necesitas redacciones más grandes y muchos más recursos. Los medios online son más capaces de hacer bien el trabajo de análisis y reflexión de la información.

Parece que el modelo de negocio que se asienta para el crecimiento de este tipo de medios es la suscripción. 

Sí, una de las cosas más satisfactorias y más bonitas, que da más esperanza, de lo que está pasado ahora es que vemos que hay gente que está dispuesta a pagar por algo que se les está dando gratis. En muchas ocasiones, los medios online están dando la información y el análisis de forma gratuita, pero cuando piden a la gente que ayuden y mantengan ese tipo de periodismo, la gente responde. Es esperanzador que la gente se esté dando cuenta cuenta de que necesita un periodismo independiente y que, para tenerlo, tiene que apoyarlo económicamente en la manera que pueda, aunque sea con una pequeña cantidad. Esto sí que es un fenómeno completamente nuevo, de hace poquísimos años.

¿Van a ser capaces de ser viables económicamente de esta manera los medios tradicionales, con estructuras más grandes?

Lo que hacen periódicos como el New York Times o el Washington Post es cobrar online a partir de un determinado número de informaciones o lecturas, el llamado muro de pago. El único medio que es capaz de dar toda su información gratuita y al mismo tiempo tener muchísimos suscriptores es el británico The Guardian. Es extraordinario. Más de 500.000 personas pagan al Guardian por algo que pueden tener gratis. Un gran éxito por el buen trabajo periodístico que hacen ahí.

No sé en qué circunstancias económicas están los medios españoles ni si serán capaces de conseguir esto, pero hay una gran diferencia entre lo que hacen periódicos como el Guardian a nivel de calidad y lo que hacen otros.

En este sentido, ¿en qué medida afecta la precarización de los periodistas? El último informe de la APM concluye que casi el 50% de los periodistas colabora con varias empresas y el 18% trabajan de “falsos autónomos”.

Afecta muchísimo, como lo hace en otras profesiones. El hecho de que tengas contratos que son tan precarios, o que tengas que trabajar en varios sitios, hace que no te puedas defender, que tengas menos posibilidades de hacerlo. Es un clásico de toda la vida: tienes que juntarte con otros como tú para defender tus intereses como trabajador. Es muy mala noticia que eso no se pueda hacer, no solo para los jóvenes que no pueden tener proyectos de vida de esta manera, sino también para la información en sí porque hace que los periodistas seamos más débiles. Cuánto más débil eres, más posibilidades hay de que te manejen. Si puedes reunirte con más compañeros es mucho más difícil que te manipulen las propias empresas.

Con su experiencia, ¿diría que los medios estamos ahora mejor, peor o igual que antes?

Los grandes medios están peor porque están atravesando aún una crisis enorme, mientras que los medios digitales nuevos empiezan a estar mejor, a ser más conocidos y viables. Pero siguen siendo medios pequeños, todavía no han alcanzado el tamaño que llegaron a tener los medios clásicos. Varios medios online van bien pero son todavía demasiado pequeños para competir.

El ataque de ansiedad

https://navarra.elespanol.com/opinion/javier-ancin/el-ataque-de-ansiedad/20180316091941176620.html

Hace unos días un amigo angustiado me contaba que no era capaz de hacerle entender a sus seres queridos el infierno que era un ataque de ansiedad, que siempre se quedaba corto, y le miraban como a un marciano porque no eran capaces de pillarlo.

Una persona pasa por un ataque de ansiedad.

Una persona pasa por un ataque de ansiedad.

Inténtalo tú, me dijo. Y lo intento porque yo también tuve ansiedad y nunca supe explicarlo tampoco entonces, quizás hoy tampoco logre nada..

La ansiedad es esto, toda la ira y la tormenta, toda la violencia de las letras contra un mundo que espero que se destroce antes de que acabe la frase. La furia de dos párrafos contra un estúpido entorno lleno de gente despreciable que ríe grotescamente, como en una pintura negra De Goya, sin entender que tú mientras tanto te retuerces por dentro.

La ansiedad desbocada es un impulso destructivo que por ahora canalizo andando, andando mucho, deprisa. Andando tanto para que se me olvide que tengo que incendiarlo todo, demolerlo, antes de caer fulminado sobre la acera. No dejar ni un trozo de cemento transitable o bajo el que cobijarse. La angustia cabalga por encima de todo ello. Y solo arrasando lo que me rodea puedo robarle segundos al tiempo que ya me tiene condenado, para que me deje un poco más aquí, mirando.

-¿Qué día es hoy?

Hoy es noche.

Y la noche es lo que camino, con paso firme, apretando los puños que ya van con guantes. Parezco un boxeador en cada reflejo. Podría estrellar los nudillos contra los cristales. Podría meterle un derechazo a la ventanilla de un coche y un gancho a un árbol, para que caigan de una vez todas las hojas que ya tiene muertas. La ira como motor vital de este instante. La furia contra todolo que me rodea como combustible que me mantiene en pie un segundo más.

Y cuando eso se consuma, alimentar la hoguera con los libros y después con todos los cuadernos escritos para intentar sobrevivir un metro más, dos pasos, una respiración y tres latidos del corazón que ya no esperabas. Cuando ya no haya nada más tiraré las fotos y después los alientos y después me tiraré yo, que el fuego de la tormenta no cese nunca. Si hay que morir que no te mate nadie. Continúa y que te tiren ellos.

-¿Qué día es mañana?

Mañana es lluvia.

Lo peor de la lluvia es el frío y lo peor del frío el castañetear de los dientes. Cuando todo se agudiza por un ataque de ansiedad puedes ver cómo las muelas saltan de tu boca, muertas de miedo, huyendo despavoridas por entre tus labios que quieren morirse sin dejar de estar vivos: morados o blancos de apretarlos.

La ansiedad cala y hace que respires más de lo más que puedes. Otra vez la ansiedad que es una marea que percute la costa. Otra vez el calvario del frío, de las encías desdentadas, del miedo y la rabia y la lluvia por la sien, del sudor por la espalda, la ola que destroza el paseo marítimo. Otra vez el pasado porque otra vez no hay futuro.

-¿En qué hora estamos?

-En ese eterno segundo de angustia en el que crees, sabes, que vas a morir, pero no mueres.

Todo el rato en ese segundo. Eternamente el segundo de pavor en el que vas a morir pero no cesa porque no mueres. No hay oxígeno suficiente para meterte en el pecho, y revientas. Revientas más, sin salir de ese segundo que te tiene agarrado por los intestinos. ¿La hora, decías? La hora esa en la que a nadie le importa nada. La hora en la que empiezas a despeñarte, como en ese susto que te metes en la siesta y que te hace patalear, pero en bucle.

La calle es una cuesta que se ha congelado y por la que caes ya sin preocupaciones, regalando sin posibilidad de frenar una sonrisa bobalicona a quien te mire. Los tranquilizantes es lo que tienen, que no tienen nada, solo un sosiego artificial en el que puedes escribir un rato.

Un ataque de ansiedad es lo más parecido a ver el futuro: se difuminan los bordes y al final solo está el abismo o la cloaca, no la curación. Así de desesperado te sientes. Al final al menos está el final, que por lo menos es algo seguro a lo que agarrarse. El final no defrauda. La vida siempre acaba mal. Y eso es todo.

La Europa islámica

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Tengo un grupo de amigos que, en Semana Santa, decidieron pasar unos días en Italia. Pillaron un ferry en Barcelona y desembarcaron en Génova.

Lo primero que les sorprendió es que la mayoría del pasaje ponía los pies encima de la mesa o de la silla. Sin remordimientos de conciencia.

Luego que habían habilitado un bar como mezquita. Y en la televisión daban el telediario de Marruecos.

La piscina estaba cerrada. No sé si para evitar que se lavaran los pies. Y en el bar de cubierta había sólo hombres.

La comida del restaurante era halal. Por la noche hubo espectáculo: música árabe. Hasta en la publicidad, el capitán salía con rasgos árabes.

Algunos pasillos hacían olor a especias y a comida marroquí. Se inquietaron: ¿cocinaban en los camarotes con el riesgo para la seguridad del buque que ello comporta?

El barco hacía la ruta Tánger-Palermo. En fin, hay que ser conscientes de que el primer impacto de la inimigración se produce en la convivencia.

Los europeos no consideramos correcto poner los pies encima de la mesa -salvo que estés en casa- y menos sin calcetines. Visto lo visto, parece que en otros países sí.

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Al llegar tuvieron otra sopresa: estaban a punto de embarcar los nuevos pasajeros. Furgonetas cargadas hasta los topes. Aparentemente con sobrepeso.

En cualquier carretera europea les hubieran puesto una multa o inmovilizados. ¿Cómo habían podido llegar hasta allí? ¿Hicieron la vista gorda los Carabinieri?

Bueno, quizás los Mossos también lo hacen. Debe ser un problema parar a uno de estos vehículos: primero el idioma, luego que tenga todos los papeles en regla, que no haya exceso de ocupantes o de peso.

Y en verano, con el calor, todavía más. A ver quién es el valiente que inmoviliza uno de estos vehículos en plena autopista. Lo medios de comunicación, las ONGs o SOS Racisme se te pueden echar encima.

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En la travesía coincidieron sólo con otro grupo de catalanes. Unas señoras, aparentemente jubiladas, que ponían unos ojos como platos en cuanto se las cruzaban por los pasillos. Como preguntándose: ¿Qué futuro nos espera?

Seguramente tuvieron la sensación de sentirse en minoría. Es una sensación muy peligrosa. La gente suele votar por tres motivos: por miedo, por ilusión o por el bolsillo.

El voto a partidos identitarios, populistas o directamente de extrema derecha en Europa crece a medida que aumenta la inmigración. O la preocupación por la inmigración. Sólo hay que ver las recientes elecciones en Alemania, Italia o Hungría.

Pero es que son opciones electorales en democracias consolidadas como Gran Bretaña, Francia, Holanda o Dinamarca. Incluso en países nórdicos como Suecia, Noruega o Finlandia, paradigma antaño de la sociedad del bienestar.

Los medios de comunicación tienden a pensar que todos los que les votan son ultras. Y no es verdad. Generalmente son clases medias o populares que se sienten amenazadas por los recién llegados o políticamente huérfanas. En Francia, quién visitaba las fábricas era Le Pen, no Macron.

Mientras que la clase política, generalmente la más a la izquierda, tiende a recetar cordones sanitarias, que tampoco arreglan nada. Al contrario, los llamados cordones sanitarios tiene el efecto contrario: suelen reforzar al está dentro. Incluso electoralmente.

Hay que ser consciente de una cosa: la inmigación está cambiando la composición sociológica de muchas ciudades europeas. Mientras nuestros representantes, medios de comunicación, intelectuales y ONGs no sean conscientes del temor que ello produce en amplios segmentos de la población la ultraderecha seguirá subiendo.

Porque es inútil negar que hay una creciente islamización de algunos barrios, localidades o ciudades. En diciembre del año pasado un informe del prestigioso Pew Research auguraba que la población musulmana podía triplicarse en Europa para el 2050.

No sólo es por la inmigración también por la natalidad. En Martorell -población a unos 30 kilómetros de Barcelona en la que vivo- hay un espectáculo fascinante: casi toda las mujeres magrebíes van con cochecito de bebé. Algunas incluso con cochecito y dos o tres hijos más.

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En los últimos meses he estado, por trabajo por vacaciones, en otras localidades catalanas e incluso del extranjero y observé el mismo fenómeno. Desde Mollerussa (Lleida) a Perpiñán. Excepto en los países bálticos. Ahí no había pero creo que porque tampoco había inmigración. O yo no la ví.

Quizá es aquella frase atribuida a Gadafi en uno de sus últimos viajes oficiales, concretamente a Italia: “Alá garantizará la victoria islámica en Europa sin pistolas ni terroristas ni suicidas. No necesitamos terroristas, ni suicidas. Los más de 50 millones de musulmanes que hay en Europa lo convertirán en un continente musulmán en pocas décadas”.

O aquella otra de Boumedian, entonces presidente de Argelia, durante una asamblea de las Naciones Unidas en los años 70: “Será el vientre de nuestras mujeres el que nos dé la victoria”.

En fin, la pregunta es: ¿Se integarán?. Tengo mis dudas: el Islam es algo más que una religión. Los musulmanes tienen una identidad religiosa, cultural y social mucho más fuerte que el resto de europeos que no profesan esta religión. En Francia, por ejemplo, tienen un verdadero problema con las banlieues.

Y, sin generalizar, la mayoría de terroristas que han perpetrado atentados en Europa son musulmanes de tercera generación -como el asesino de Toulouse- o perfectamente integrados como los de las Ramblas: nacidos en Ripoll, la cuna de Catalunya.

Además, para integrarse tiene que haber voluntad de integración, que es lo que mayoritariamente pasa en los Estados Unidos. En cambio, yo creo que alguos musulmanes no quieren integrarse. Nos ven como una sociedad pecadora y decadente.

Aquí, fumamos, bebemos e incluso -algunos- fornican fuera del matrimonio. Todo ello está prohibido por el Corán. ¡Hasta nos gusta la música!. No es casualidad el atentado del Bataclán: se daban conciertos.

Sin olvidar lo que decíamos antes: ¿Para qué integrarse si ya hay barrios de mayoría musulmana? En efecto, es inútil negar que se han creado guetos islámicos.

Recuerdo que hace años, en un barrio de Copenhague, vetaron los árboles de navidad. ¡En Copenhague, país de vikingos durante la Edad Media!.

Desde luego, nadie se atreva a hablar de “invasión” porque es un término muy fuerte, con consonanacias militares, e incluso despectivo.

Bueno, no todos, mi colega de La Vanguardia Eduardo Martín de Pozuelo hablaba el 21 de abril del año pasado de “La invasión silenciosa” en un artículo.

Aunque si hubiera escrito “La invasión musulmana” seguro que habría habido polémica y hasta el Defensor del Lector le habría dado un toque.

Advertía el periodista que “los islamistas están construyendo una ‘sociedad paralela’ en Suecia, además de infiltrar salafistas en organizaciones y partidos políticos ayudados por una cultura del silencio”.

Al mismo tiempo alertaba que la tendencia no era estrictamenta sueca:  en Europa hay barrios “en los que germinan sociedades paralelas impermeables a los valores democráticos, regidas por la charia”, la ley islámica.

Recientemente, el corresponsal en París del mismo diario, Eusebio Val, entrevistaba a un biógrafo de Albert Camus, Virgil Tanase. Y le preguntó si el escritor fancés había anticipado “la actual invasión migratoria”. Hace años que no le veo pero le conozco. Racista no es. El entevistado tampoco negó el fenómeno.

Desde luego no se puede generalizar. En Catalunya tenemos ejemplos de integración como las escritoras Najat el Hachmi o Laila Karrouch. Aunque leyendo la obra de la primera te das cuenta que a veces no ha sido fácil.

También la diputada de ERC Najat Driouech, la primera con velo en el Parlament; su predecesor Chakir El Homrani o la concejal de la CUP en Badalona Fàtima Taleb, entre otros. Previamente hubo tamibén el diputado del PSC Mohamed Chaib.

Yo mismo, que vivo en en un población con más de 18% de inmigración -juraría que más del 35% en mi barrio-, mantengo excelentes relaciones con mi vecina Himma, compro las frutas y verduras a Brahim -entre otros establecimientos- y he encargado obras a Mustafá.

A todos ellos los necesitamos. Pero hay que ser conscientes de que la inmigración magrebí es muy complicada. Por algunos de los factores que hemos expuesto y por otros que no caben en un artículo.

Y que mientras nuestros políticos miren hacia otro lado o caigan en la corrección política la situación empeorara.

La sensación de estar en minoría y la de que nuestos políticos no hace nada para atajar el problema puede resultar un cóctel letal. No sé si todavía estamos a tiempo de coger el probema por los cuernos.