Convivir con la muerte

http://blog.fundacionmlc.org/dolor-como-homenaje/

© MalagónEn las terapias de duelo que realizamos en FMLC, muchos de nuestros pacientes viven la mejoría como una deslealtad al difunto, durante algún tiempo. Sienten que dejar de sentir dolor es una traición a la persona que falleció y se sienten culpables por ser capaces de reponerse de la pérdida.

En cambio, para nosotros, los terapeutas, esto suele ser un indicador de mejoría, aunque luego los pacientes tengan que lidiar con la culpa. Este comportamiento se da con más frecuencia en las madres o padres que han perdido a alguno de sus hijos, pero no es una reacción exclusiva de estos casos.

El camino hacia la superación del duelo

En ocasiones existe una tensión, difícil de resolver, entre el deseo de estar mejor y sentir menos dolor y, por otro lado, la necesidad de dolerse, como si el dolor fuese un medidor de lo mucho que han amado a su ser querido, algo así como un algoritmo que computase así: “A más dolor + durante más tiempo = más amor”.

En esas circunstancias, lo que hacemos es reflejarles que eso significa que están mejorando y que es el curso normal que dibuja el duelo, porque el dolor tiende a disminuir. La intensidad que tiene el dolor durante el duelo agudo es difícil de soportar durante mucho tiempo e impide llevar una vida normal, de modo que lo habitual y lo esperable es que vaya disolviéndose de manera casi espontánea en la mayoría de los casos.

La importancia del entorno en el duelo

Cuando fallece un ser querido, el dolor cumple la función de intensificar el recuerdo y de mantener de algún modo el vínculo con esa persona que ya no está, porque hace que esté más presente. Lo que ocurre es que tan sólo potencia los recuerdos dolorosos, los traumáticos, y ensombrece los recuerdos alegres o serenos que hayamos tenido con el difunto. Esto suele coincidir con la curva que dibuja el duelo: cuando el dolor empieza a ser menos intenso, el recuerdo empieza a tener menos presencia y ya no ocupa tanto espacio en nuestras vidas.

Hay a quienes les preocupa el juicio que pueda hacer su entorno sobre su mejoría: si les va a parecer que es demasiado pronto, si van a pensar que es que no les importaba o no querían lo suficiente al difunto, como si existiera una norma social implícita que dice que, cuando una persona pierde a un ser querido, no debe superarlo nunca.

Aprender a vivir sin el fallecido

A veces, el dolor actúa como vínculo mientras se construye otro. Durante un tiempo el dolor es el único lazo que nos une a nuestro ser querido, pero conforme avanza el proceso, encontramos formas diferentes de restablecer el vínculo con la persona fallecida. De hecho, esa es la última tarea del duelo: encontrar un modo de recrear ese vínculo, en el recuerdo, en nuestro corazón, con una visión más completa de lo que esa persona aportaba o aportó a nuestras vidas.

Pero esto no sólo se consigue con los recuerdos de los últimos momentos vividos con esa persona, sino con los recuerdos de toda una vida y, cuando eso ocurre, el dolor deja de ser necesario para evocarla, recordarla u homenajearla. Este es el verdadero secreto del duelo: detrás del dolor hay distintas formas de homenaje, el dolor no mide el amor, sólo mide lo que duele la muerte y eso no tiene que ver necesariamente con el amor, sino con los recursos internos y externos que tenemos para adaptarnos a la pérdida.

El dolor no es necesario para recordar

Si en algún momento has sentido que el dolor puede servir como homenaje, si lo estás sintiendo ahora mismo o si conoces a alguien a quien le esté pasando, el mensaje es el siguiente: el dolor no dura para siempreel proceso de duelo tiene un principio y un final, y es normal que sea así. Podemos y debemos homenajear a nuestros seres queridos de muchas otras formas, sin necesidad de vivir el dolor como una exigencia.Como dijo Buda: “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”.

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