Un país de eternos adolescentes: los sueños españoles se convierten en pesadillas

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Foto: El nuevo sueño español, en 'La casa de papel'.

Un clásico de parque, litrona y ciudad dormitorio. La búsqueda del tesoro por antonomasia de la postadolescencia quizá sea hallar esa posibilidad mágica de enriquecerse rápidamente y retirarse joven sin tener que pasar por la trituradora de universidad, el mercado laboral y una vida monótona y sacrificada. Aquellos anhelos por encontrar la piedra filosofal eran la reacción lógica en una edad en la que uno lo desea todo, y lo desea ya, pero no tiene ninguna manera de lograrlo. Como escribió Josep Pla, “la adolescencia es la época más triste y carencial de la vida porque es el período de las ilusiones continuas sin tener ningún medio para realizarlas y, por tanto, sometidas a seguidas, pequeñas o grandes catástrofes”.

Era fácil soñar bajo la luz de las estrellas, acariciado por la falta de expectativas. Yo no participaba del juego, que para eso estaba estudiando una carrera (lo que aún no sabía es que tampoco serviría de gran cosa, pero ese es otro tema). A unos le habían dicho sus primos que en el mundo del ‘tuning’ se movía pasta, a otros que no había nada como hacerse actor porno. En los años 80, quizá habrían montado una banda de rock. Al final, encontraron subraguetazo económico en el sector del ladrillo, y uno detrás de otro fueron seducidos por los sueldos de la burbuja precrisis. Lo habían conseguido, como mostraban esos coches adquiridos con las primeras nóminas. El sueño comenzó a convertirse en pesadilla en 2008, cuando el espejismo comenzó a desvanecerse ante nuestros ojos.

La lotería ofrecía un nuevo pacto social: un simple boleto te llevará lejos, mucho más lejos, que la hipócrita e inútil meritocracia que nos vendieron

Saltemos a 2018, año en el que el número de personas con entrada vetada a las casas de apuestas se ha multiplicado por cinco, al mismo tiempo que estas se disparaban en un 304% (muchas de ellas, en barrios pobres). Es posible que el país adolescente que soñaba de noche con pelotazos repentinos sea el mismo que ahora es vampirizado por las promesas del juego online y offline, que nos susurra aquello que queremos oír. Básicamente, que la partida está amañada, pero aun así podemos tener un golpe de suerte; que dentro del orden aparente y castrador que nos ha impedido cumplir nuestros sueños hay un ápice de caos que puede cambiar nuestro destino.

Esta semana me topé con un preclaro trabajo de Jonathan Cohen, de la Universidad de Virginia. El investigador explica en él de forma meridianamente clara cómo las loterías experimentaron un ‘boom’ en su país a finales de los años 70 a medida que las clases trabajadoras, dañadas irremediablemente por la crisis del petróleo, comenzaban a ser conscientes de que el sueño americano de ascenso social a través del esfuerzo y el trabajo duro era mentira. La lotería ofrecía entonces un nuevo pacto social: un simple boleto te llevará lejos, mucho más lejos, que la hipócrita meritocracia con la que nos engañaron.

Las colas de gente rellenando la Bono Loto o la Primitiva son un clásico del folclore español desde que surgieron en los años 80. Han sido el reducto de ilusión que les quedaba a muchos trabajadores de clase baja y media-baja que destinaban un porcentaje más o menos pequeño de sus ingresos a mantener viva aquella vieja llama, ya un sueño adolescente sino una ambición adulta e inconfesable. Ahora, las apuestas han tomado un nuevo cariz histriónico y aspiracional acorde con los nuevos tiempos, pero el sentimiento —especialmente en un país tremendamente “pegajoso” en su movilidad social en el que nadie sale de pobre ni nadie deja de ser rico— es semejante: hemos sido abandonados a nuestra suerte, pero en nuestro fuero inferior sabemos que nos merecemos algo mejor, lo que irracionalmente nos lleva a pensar que sí, que a nosotros sí nos va a tocar.

Un individuo contra el sistema

No es casualidad que la idea del golpazo económico al sistema por parte de un ‘loser’ sea uno de los tropos por excelencia en la era postcrisis. Lo es en la narrativa audiovisual (‘La casa de papel‘ quizá sea el primer ejemplo que venga a la cabeza), pero también en la ética y estética del trap o en la mera retórica de las redes sociales, en las que el dinero ya no es tanto un símbolo despreciable de la voracidad capitalista como el signo de que el sistema puede ser ‘hackeado’. Se nos han cerrado las puertas del ascensor social, pero aún podemos tomar las escaleras de emergencia y escalar al ático de la jerarquía social.

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Pero, como dirían las abuelas, es todo película. Los sueños, sueños son, y si uno es incapaz de distinguirlos de la realidad corre el riesgo de que se conviertan en pesadillas y nosotros, en Quijotes luchando contra los molinos del estancamiento social. El aumento del número de adictos al juego (también adolescentes) es una de sus peores manifestaciones. Pero no hay nada que le haga respirar más tranquilo a ese sistema que reproduce generación tras generación los mismos patrones que ofrecer la promesa de que está en nuestra mano salir de ellos de forma glamurosa, rebelde y, claro, individual.

Cohen realiza una última advertencia en su trabajo. Es fácil caer en la clasista tentación de acusar de malgastar su dinero a aquellos que buscan una solución fácil a esa enfermedad que es ser más o menos pobre. Pero culpabilizar a la víctima es obviar que se trata de una llamada de atención sobre las cosas que funcionan terriblemente mal en nuestra organización social, el síntoma de que algo ha hecho crack. Es siempre más tranquilizador pensar que el ascenso es posible —aunque sea a través de subterfugios como un juego de azar—, que admitir que las puertas se han cerrado para siempre. Si algo certifica el ‘boom’ del azar (por definición caótico) es la defunción de esa meritocracia donde todas causas (trabaja, esfuérzate, cumple con tus deberes) tenían sus consecuencias, arrojándonos a una vida de adolescentes eternos, donde seguimos sin tener herramientas para cambiar nuestro destino.

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