Alemania pasa del 7 al 86 por ciento de apoyo a deportaciones forzosas en tres años

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El primer ministro italiano, Giuseppe Conte, estrecha la mano de la canciller alemana, Angela Merkel

«Es una cuestión de humanidad,podemos demostrar que somos un pueblo solidario y es un buen ejemplo para mi hijo, para que entienda que sí podemos hacer algo por mejorar el mundo». Así explicaba Laura en octubre de 2015 la decisión de acoger en su casa a un refugiado sirio, Kahlil Sehja, de 33 años y de profesión odontólogo. Sus fotos aparecieron en los periódicos, junto a la vecina Helga, que acudía por las tardes a dar a Kahlil clases de alemán y a voluntarios de la pequeña ciudad de Kandel, en el sureste de Alemania, que organizaron rifas y venta de pasteles para enviar dinero a la mujer y los dos hijos de Kahlil, que también deseaban venir también a Alemania.

Millones de alemanes se volcaron aquel verano en una ingente operación de acogida, al igual que los habitantes de Kandel, en medio de un gran consenso social a favor del criterio humanitario. En esa misma ciudad, cerca de Stuttgart, han tenido lugar el pasado fin de semana agrias manifestaciones en contra de la presencia de refugiados.

«¡Marchad a casa! ¡Fuera! ¡No os queremos aquí!», gritaban, desaforados, los manifestantes. Se habían tomado la molestia de traducir a distintos idiomas sus agresivas consignas, que aparecían en las mismas pancartas que hace solo tres años se podían leer mensajes de bienvenida: «¡marchad a vuestros países y no volváis nunca!». «Refugees go home».

El paso sociológico del «wellcome regufees» al «refugees go home», un proceso sociológico que afecta a una parte no desdeñable de la opinión pública alemana, no ha tenido lugar por arte de birlibirloque, sino que se ha ido fraguando a base de acontecimientos inasumibles para el país. El primer gran aldabonazo lo recibió en los primeros días de enero de 2016, cuando los medios de comunicación alemanes apenas eran capaces de publicar el dato: más de mil mujeres alemanas habían sido víctimas de violaciones, abusos sexuales y robos durante la celebración de fin de año en la ciudad de Colonia.

Cambio de opinión

La cifra se ampliaba si se iban sumando los ataques en otras ciudades, que seguían el mismo patrón, ajeno hasta entonces a la realidad alemana: hordas de docenas o cientos de hombres cantando y bailando rodeaban a una o varias víctimas durante los abusos de forma que sus gritos quedaban ocultos bajo el bullicio y los delitos eran cometidos incluso a docenas de metros de los agentes de policía. Las autoridades alemanas se esforzaron entonces por evitar que las palabras refugiados y delincuencia fueran asociadas directamente, puesto que, efectivamente, se trata de una injusticia para la mayoría de los refugiados. Pero solo un año después llegó un golpe más fuerte que echaría por tierra todos esos esfuerzos.

El 20 de diciembre de 2016, un refugiado paquistaní, Anis Amri, estrelló un camión contra uno de los más populares mercaditos navideños de la capital alemana, causando doce muertos y medio centenar de heridos. Tenía planes, además, para atentar también en la céntrica Alexanderplatz y en el Lustgarten, frente a la catedral, según pudo saber meses después la Fiscalía General. Un goteo de atentados de diferente envergadura ha ido poniendo de manifiesto que entre el millón y medio de refugiados se colaron muchos con intenciones perversas. La avalancha de llegadas desbordó a los organismos encargados de la tramitación de asilo. Muchos refugiados ingresaron sin papeles, resultaba imposible para las autoridades siquiera su identidad o su auténtica nacionalidad.

Tráfico en la red

Todavía en otoño pasado, Europol identificó centenares de cuentas en las redes sociales en las que se trafica con documentos y a través de las cuales se podían adquirir pasaportes legales a partir de 500 euros. La policía registró el año pasado 554 casos de este tipo de suplantación de identidad para ingresar en Alemania, frente a los 460 de 2016. Los de 2015 quedaron sin recuento. Además están los casos de corrupción, como la oficina de Bremen que tramitó unas 1.200 solicitudes de asilo que no deberían haber pasado pero que fueron engrasadas con sobornos, un caso que sigue en los tribunales.

Este rosario de decepciones ha ido volcando la percepción de los refugiados por parte de la opinión pública, al tiempo que ascendía hasta entrar en el Bundestag con el 12% de los votos el partido antieuropeo y anti extranjeros Alternativa para Alemania (AfD). El último desgarro ha sido la violación y estrangulamiento de Susanne, una niña de 14 años víctima de un refugiado irakí, que huyó a su país tras cometer el crimen junto con sus padres y sus cinco hermanos.

Todos ellos vivían de la ayuda social en Alemania. Si en octubre de 2015 solo el 16% de los alemanes se declaraba en las encuestas a favor del cierre de fronteras, hoy el 65% la considera necesaria, mientras que el 86% quiere que el ejército participe en las deportaciones.

En Kandel, un juez ha ordenado prisión para un refugiado afgano que mató a cuchilladas en un local comercial a su ex novia, una adolescente alemana de 15 años. El asesino había llegado a Alemania como menor refugiado no acompañado, había sido escolarizado y estaba a punto de acceder a su primer empleo cuando delante de unas veinte personas le clavó a la chica un cuchillo de cocina de quince centímetros porque no deseaba mantener relaciones con él.

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