Pajares y Esteso: de amos de España al olvido

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“La gente echa de menos aquellas películas porque recuerdan haberse reído con sus padres y sus abuelos. Descubrieron el sexo con una sonrisa, como algo divertido”, dice hoy Fernando Esteso, en la imagen junto a Andrés Pajares en ‘Padre no hay más que dos’ (1982), de Mariano Ozores. EPV

Todo ocurría en la planta 32 del edificio Windsor de Madrid. Allí se firmaban los contratos de tres en tres. Andrés Pajares (Madrid, 1940) y Fernando Esteso (Zaragoza, 1945), dirigidos y guionizados por Mariano Ozores (Madrid, 1926) reventaron la taquilla con nueve películas en cuatro años, de 1979 a 1983. “Por cada película cobrábamos 500 pesetas, tradúcelo en euros [no es difícil: tres], y ahora pon en mayúscula: una mierda”, lamenta Pajares en conversación con ICON. “Como productores, ganábamos 50.000 pesetas [300 euros], un desastre. Yo no tenía alma de productor y me engañaban”. Pajares y Esteso eran los reyes del pueblo, pero fuera de cámara les explotaban como a obreros inocentes: exactamente igual que les ocurría a sus personajes.

Las nueve películas de Pajares y Esteso atrajeron a una media de un millón de espectadores a unas 100 pesetas (60 céntimos de euro) la entrada. ¿Quién se quedaba con el dinero entonces? Para entenderlo hay que empezar por el principio y este fenómeno cultural surge, como casi todo en España, con una idea de bombero: una comedia sobre el bingo.

“Teníamos cuatro semanas para rodar. Íbamos tan rápido que a veces movíamos la boca sin decir nada y luego ya meteríamos algún chiste en el estudio de doblaje”

Fernando Esteso

Los bingueros (Mariano Ozores, 1979) nació porque, recién legalizado el juego en España, la mujer de José María Reyzabal “era muy binguera, le gustaba mucho el bingo a la señora”, según recuerda Pajares. “Mariano [Ozores] tuvo que aprender cómo funcionaba un bingo y yo también, porque solo había jugado con mi familia en Nochebuena”, reconoce el actor.

Pero presentemos a José María Reyzabal. Era (falleció en 2004) uno de los siete hijos de Julián Reyzabal, empresario y constructor que modernizó las salas de cine en España y multiplicó los pases diarios. Además, mandó construir la torre Windsor. José María heredó de su padre tanto la gestión del Windsor como Izaro Films, la productora que hacía comedias populares que pudieran venderse bien en los pueblos: Landa, Ozores y Pajares y Esteso.

Mientras rodaban Los Bingueros, Mariano Ozores escribía la siguiente comedia, Los energéticos (también estrenada en 1979). En la superficie se agolpaban los malentendidos, los tartamudeos y los chistes verdes, pero subyacía una lectura social para quien quisiera entenderla. En Los energéticos, dos familias rivalizaban por la propiedad de un pozo del pueblo (pocas cosas más españolas que esa), pero se veían obligadas a unirse contra un enemigo común: el progreso, representado por una central nuclear. La España del desarrollismo corría con la lengua fuera para intentar alcanzar al futuro. Spoiler: no lo conseguía.

“Aquellas películas eran un testimonio del momento, pero hoy siguen existiendo ese tipo de personas con ganas de llegar a algo y también esa otra gente que quiere engañarles”, explica a ICON Fernando Esteso. “Teníamos cuatro semanas para rodar. Íbamos tan rápido que a veces movíamos la boca sin decir nada y luego ya meteríamos algún chiste en el estudio de doblaje. Ensayábamos primero para reírnos a gusto, porque los negativos costaban un dineral”, explica Esteso. Pajares corrobora este ritmo frenético: “Muchas frases salieron del teatrillo que montábamos en los ensayos, en familia. Se rodaban sin subvención ni leches y en el doblaje las mejorábamos, sobre todo Antonio [Ozores], que el cabrón no se aprendía los diálogos. Era un vago delicioso”.

Andrés Pajares, Fernando Esteso y Antonio Ozores durante una secuencia de 'Yo hice a Roque III' (1980).
Andrés Pajares, Fernando Esteso y Antonio Ozores durante una secuencia de ‘Yo hice a Roque III’ (1980).

Los horarios imposibles han dejado secuelas en la salud de Andrés Pajares. “Yo hacía mi espectáculo en la sala Starlet de Barcelona, rodaba en los bingos a partir de las cuatro de la madrugada cuando se iban los clientes y los lunes y martes iba a Madrid a grabar Ding-Dong en TVE”, recuerda. ¿Y cuándo dormía? “Pues fíjate, yo soy muy dormilón, pero ahí empezó por desgracia mi adicción a una pastilla que todavía sigo tomando. Ahora más flojita. Además, en aquella época yo tenía mucho miedo al avión: ahora tengo más miedo a ir por la calle, así que mi representante, José Luis Pascual, me acompañaba y me llevaba casi arrastras”, confiesa.

Yo hice a Roque III (Mariano Ozores, 1980) fue su tercera colaboración. Hedonistas, autocompasivos, resignados y, por encima de todo, cachondos, estos españolitos parodiaban Rocky (John G. Avildsen, 1976) y aprovechaban la coyuntura para presentar una radiografía de la cultura española. Pero era como si la radiografía la hubiera perpetrado un médico después de tomarse dos pacharanes.

La película apelaba a la épica chapucera del perdedor de Rocky, pero la rebozaba con el esperpento de Valle-Inclán, la sátira de Berlanga (despojada, eso sí, de su intelectualidad, su mordacidad y su autorreflexión) y las vacaciones de Alfredo Landa y José Luis López Vázquez ligándose suecas. Aquellos dos iconos de “la españolada” ya estaban a otras cosas: Landa protagonizaba El crack y López Vázquez La colmena.

“Yo soy muy dormilón, pero ahí empezó por desgracia mi adicción a una pastilla que todavía sigo tomando. Ahora más flojita”

Andrés Pajares

“Éramos utilizados, porque se nos imponía el erotismo. Éramos herederos de ese españolito reprimido, que ahora ya no tenía motivos para reprimirse”, reconoce Esteso. “Entonces no se había visto un desnudo de mujer en el cine español”, aclara Pajares. “Si la película era en serio sí: en los dramas salían mujeres desnudas y se les veía de todo. Hay una escena en Yo hice a Roque III, en casa del mafioso, donde salen 20 chicas desnudas. Era ridículo”, añade.

Así lo explica Esteso: “Tú antiguamente sabías quién era el censor y trabajabas eludiendo lo que podía ser censurable. Nuestras películas coincidieron con el destape, pero había que intentar que la gente estuviera más pendiente de la risa que del desnudo. A veces esos dos inocentes ignorantes se ponían a discutir de una cosa que no tenía nada que ver aunque hubiera una mujer desnuda delante. Nunca era vejatorio. Ahora no se puede hacer humor con nada. Todo puede ser ofensivo. Ahora le estamos poniendo faldas a las esculturas. En los semáforos hay peatones con falda y pantalón. Todo el mundo protesta, hay una autocensura, que es la censura más odiosa que hay”.

“Éramos utilizados, porque se nos imponía el erotismo. Éramos herederos de ese españolito reprimido, que ahora ya no tenía motivos para reprimirse”

Fernando Esteso

Esteso defendió el año pasado que él no ve aquel cine machista. “Cuando había que rodar con algún desnudo te preocupabas de que la actriz estuviera tranquila, que la escena durase el menor tiempo posible y que estuviese el equipo técnico imprescindible. En realidad, más que machista era feminista porque la mujer podía con el hombre”.

En la primera escena de Yo hice a Roque III, los protagonistas trabajan llamando a las puertas para regalar 2.000 pesetas si la señora de la casa usa el detergente Pilón. Cuando les abre una joven con un pecho fuera que no hace ni el amago de cubrirse, resulta que está con su amante (un señor escuálido de mediana edad) y reducen su premio a la mitad: “Las 2.000 son para las señoras de su casa”, aclara Roque, “para las tías buenas en pelotas con lío en casa, solo mil”.

“Ahora, hacer una broma con eso no tendría tanta gracia. Antes no había maldad, las chicas en pelotas eran de cachondeo”, admite Pajares. “La gente echa de menos aquellas películas porque recuerdan haberse reído con sus padres y sus abuelos. Descubrieron el sexo con una sonrisa, como algo divertido”, explica Esteso.

El fenómeno avanzaba imparable y Pajares y Esteso protagonizaron una campaña publicitaria nacional de Thompson mientras el estreno en España de El imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980) se retrasaba para no coincidir en cartel con Yo hice a Roque III. Cuando Andrés Pajares se cruzó con Camilo José Cela, el ganador del Nobel le recriminó que Cristóbal Colón, de oficio descubridor(1982) estuviese noqueando la adaptación cinematográfica de La colmena en taquilla. “Seguro que la tuya es más divertida”, le espetó Cela.

Escena de la película 'Los liantes' (1981), de Mariano Ozores.
Escena de la película ‘Los liantes’ (1981), de Mariano Ozores. “Nuestras películas coincidieron con el destape, pero había que intentar que la gente estuviera más pendiente de la risa que del desnudo”, dicen Pajares y Esteso.

La filosofía de Ozores era esta: “Un señor camina por la calle, una niña tira una cáscara de plátano y el hombre se cae. Una parte del público se reirá porque el tipo se ha resbalado, otros se preocuparán de si se ha roto algo y otros pensarán en el egoísmo intrínseco de la niña. Yo pongo más énfasis en el resbalón que en la causa, así llegó a la mayor cantidad de público. El resto no me importa. No quiero trascender. No tengo la necesidad de que dentro de 50 años la gente me recuerde”.

Los liantes (1981, sobre gente de clase baja que estafa a los ricos), Los chulos(1981, un sainete sobre la rivalidad entre un burdel honrado y una iglesia corrupta), Todos al suelo (1982, sobre unos atracadores que emulaban la infame frase de Tejero), Padre no hay más que dos (1982, un musical con los integrantes del grupo musical infantil Parchís estrenada tras la legalización del divorcio), Agítese antes de usarla (1983, sobre el poder de la publicidad) y La Lola nos lleva al huerto (1983, una parodia sobre la promiscuidad, las madres solteras y las sectas) congregaron a, probablemente, el mismo millón de espectadores una y otra vez.

Y entonces se cansaron.

“Lo dejamos porque estábamos haciendo la misma película con distintos guiones”, reconoce Esteso. Pajares, por su parte, tenía inquietudes artísticas y “envidia sana” de que Landa ganase el premio al mejor actor en Cannes por Los santos inocentes (Mario Camus, 1984), la película más taquillera del cine español en su momento. Pero se resarció y en 1991 ganó el Goya al mejor actor por Ay, Carmela (Carlos Saura, 1990). Esteso hizo público su voto por su compañero.

Fernando Esteso y Andrés Pajares en los Premios Goya de 2016.
Fernando Esteso y Andrés Pajares en los Premios Goya de 2016. GETTY

Hoy, 38 años después, el público español (tanto el que repite como el que descubre) empieza a reconciliarse con aquellas comedias estrafalarias porque nos recuerdan de dónde venimos y quizá nos den pistas de hacia dónde demonios podemos ir: Yo hice a Roque III congregó a 634.000 espectadores en su emisión del 18 de abril en La 2. Porque a pesar de todo España se sigue reconociendo en ella, aunque sea como un espejo deformado que nos devuelve una imagen grotesca y porque la picaresca nunca fue tan ingenua como cuando nos la contaban Pajares y Esteso.

Según Juan José Montijano, autor de Pajares y Esteso. Tanto monta, monta tanto Andrés como Fenando (Ed. Diábolo), “el cine de Mariano Ozores ha estado encorsetado por una buena parte de la crítica en un periodo histórico que no desea ser recordado”. Su cine rancio vertebra una España rancia, la de la Transición, que demuestra aquella etapa tan analizada políticamente que se sufrió más en la calle: las películas evitaban abordar la política, pero a la vez resultaba inevitable, dada su aspiración a retratar la actualidad, que las circunstancias políticas, sociales y culturales tumbasen a los personajes en el primer asalto. Las nueve películas que hicieron Pajares y Esteso eran fábulas sobre desgraciados intentando levantarse. Y ese es un espíritu atemporal.

“A España le sigue gustando reírse, quiere ser feliz. Aquellas películas no se han hecho viejas porque han dejado una secuela de cariño y los jóvenes recuerdan a sus abuelos riéndose. No estamos tan deshumanizados como pretenden los de arriba, somos más solidarios de lo que dicen”, asegura Esteso.

Ya no hay sitio para ellos en el siglo XXI. Pajares apenas trabaja (ha aparecido en la primera temporada de la serie ‘Paquita Salas’) porque se dedica “a vivir, que ya es bastante”. Esteso es popular entre el público joven por las anécdotas que cuenta Estela Reynolds (Antonia San Juan en ‘La que se avecina’)

Yo hice a Roque III funciona como una postal nostálgica, pero ya no hay sitio para Pajares y Esteso en el siglo XXI. Después de tantos años juntos se siguen llevando bien. Pajares apenas trabaja (ha aparecido en la primera temporada de Paquita Salas) porque se dedica “a vivir, que ya es bastante”. Fernando Esteso es más famoso entre el público joven por las anécdotas de Estela Reynolds (Antonia San Juan en La que se avecina) cuando presume de que “a mí Fernando Esteso me lamió un pezón”. “Hoy si quiero hacer algo en televisión mi forma de interpretar choca con el resto. Aparte de pasar por la aprobación del director de casting, te tienen que proponer al señor de la cadena. Además, a estas alturas es como si, no sé, exagerando, le hacen una prueba a Plácido Domingo para una ópera. A ver quién coño le hace una prueba a Plácido Domingo. Exagerando, ¿eh?”.

¿Sigue vivo el subgénero o solo está conservado en formol? “De todo se puede hacer humor siempre que se haga bien”, defiende Pajares. Y añade: “Fíjate en la gran película Campeones, que tiene tacto hacia los personajes [los protagonistas son discapacitados] y el público se ríe con ellos y no de ellos”.

Pero de aquella época no queda ni la torre Windsor, en cuya planta más alta se fraguó el fenómeno, porque ardió en 2005. Hoy es un Corte Inglés. Resulta que España, efectivamente, tampoco ha cambiado tanto.

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