Te ayudaré a odiarme (Me puedes odiar)

EL PROFESOR DECEPCIONADO. DIVAGACIONES Y MIERDAS VARIAS. EL OCASO DE UNA ÉPOCA.

Sunrise Avenue han vuelto con esta canción. No es que me guste mucho (aunque cada vez más) pero sí la letra.

I know you wanna see me falling out, falling out the window
I know you wanna see me crashing down, crashing with my plane
Baby, I’m way too young to die
But I’ll help you get over me

I broke many hearts through out my days
Yours was the hardest one to face
Though I’ve never been a saint, I still love you everyday
Just not the lover kind of way
I know it’s somewhere in me down
This won’t be easy on you now
You could cry and you could grieve, then you will get over me
And you turn your life around, ‘cause

I know you wanna see me falling out, falling out the window
I know you wanna see me crashing down, crashing with my plane
Baby…

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El cachondeo de la universidad actual

EL PROFESOR DECEPCIONADO. DIVAGACIONES Y MIERDAS VARIAS. EL OCASO DE UNA ÉPOCA.

https://www.meneame.net/m/Art%C3%ADculos/universidad-antes-molaba

Durante mi etapa de estudiante he pasado por 4 universidades distintas (públicas y privadas), en las que estudié dos carreras y dos másters y, ahora, ando haciendo el doctorado.

Escribo este artículo desde mi experiencia, relatando cómo he visto cambiar la universidad durante los últimos años partiendo de una época en la que había gente en la cafetería y un tablón lleno de suspensos a otra, en la que no hay nadie jugando al mus y en la que todo el mundo aprueba por inercia.

– El Plan Bolonia

El Plan Bolonia consiste en si calientas la silla avanzas y si quieres compatibilizar la Universidad con un trabajo estás jodido, aunque estudies.

Con la llegada del Plan Bolonia los exámenes han perdido peso. Son todo trabajos en grupo. Que si un punto por calentar silla (un 85% de asistencia), otro punto por un copia y pega de la Wikipedia…

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Cincuenta rockeros murieron a los 27, cien entre los 26 y 28, mil en lo alto de la fama

https://www.valenciaplaza.com/cincuenta-rockeros-murieron-a-los-27-cien-entre-los-26-y-28-mil-en-lo-alto-de-la-fama

Un documental británico 27: Gone Too Soon revisa el mito de las muertes prematuras de los rockeros presentándolos como mártires víctimas de su sensibilidad. Una visión mitológica del rock, que elude que las adicciones son un problema de salud mental y que, en el contexto del rock, han servido como reclamo comercial

 

La adolescencia es un proceso complejo biológicamente. Es equivalente a la metamorfosis que experimentan los gusanos al meterse en un capullo y salir de ahí convertidos en mariposa. Un niño, cuando está en la vejez de su infancia, cuando por fin comienza a disfrutar con conocimiento de causa de sus juguetes, empieza a sufrir espasmos y convulsiones y se transforma en otra cosa. Es un proceso de años, pero experimenta mutaciones, los granos, los pelos, la tiranía del deseo sexual. Se mira al espejo y ya no es lo que era, es otro ser, con otra voz, feísimo, que está mutando. En definitiva: pierde su identidad. No se reconoce.

Ese problema, ese vacío, encontrarse a cada poco con otra persona distinta en el espejo, deja graves secuelas en su comportamiento. En los tiempos remotos, uno se hacía cristiano y se enfrentaba con su superioridad moral y sus amigos leprosos al Imperio Romano. Luego se traducía en irse a las Cruzadas, arriesgar la vida para rescatar doncellas. Más tarde se embarcaron hacia lo desconocido, a explorar continentes lejanos que era como irse a otro planeta. Muchos optaban por las misiones. La cosa empeoró con el romanticismo y sus suicidios. El fervor revolucionario tampoco lo puso fácil. En los años 30, había dos salidas, o hacerse fascista o hacerse comunista e ir la calle a buscar, en ambas opciones, al rival para exterminarlo.

La situación no pudo ser canalizada con cierto orden hasta la llegada del rock. Cuando el adolescente, después de los horrores de la II Guerra Mundial, en lugar de matar o ser llevado a la muerte se queda en casa, adquiere poder adquisitivo y puede comprarse cosas, el mercado le proporcionó productos exclusivos para su falta de identidad. En las letras del rock encontraba lo que no se atrevía a decir, la rebeldía que necesitaba para afirmar de lo que carecía y, en definitiva, una forma de pasar el trago de la metamorfosis hasta hacerse mayor y buscar sus placeres con un poco de cabeza.

Esto desembocó en las tribus urbanas, que según el producto que el joven en cuestión hubiese decidido adquirir en el mercado con la paga que le daban sus papás, adoptaba una estética determinada y, como en la época de los falangistas, también se iba a pegar con los que tenían otra estética tribal, es decir, a los que les sacaba el dinero otro tipo de producto de la misma gama.

Cuando uno se hace adulto y recupera una identidad perdida, cuando vuelve a jugar con la seriedad que tenía cuando era niño, como decía Nietzsche, se le deberían pasar estos problemas, pero ya no es así. Hoy en día, las personas permanecen adolescentes hasta pasados los cincuenta años. Hay gente por ahí suelta que pretende morir heavy, o rockero, o gótico siniestro, o skin…

Este drama de nuestro tiempo ha trazado una especie de círculo perfecto. Que el mercado dispusiera de una serie de tonterías estéticas y sonoras para que los adolescentes comprasen su identidad con sus propinas era la solución idónea para que estuvieran distraídos y no repararan en que se están desagradablemente metamorfoseando y les entrasen ganas de atacar al hombre. Pero la rueda ha girado tanto que eso que se adquiría con el dinero que te daba tu abuela y que te hacía creer que molabas, ahora se ha convertido en religión. Hemos vuelto al fenómeno de los primeros cristianos.

Estas nuevas religiones han establecido sus mitos y sus liturgias. Los mitos se celebran, por ejemplo, en redes sociales exhibiendo gustos a diario, y las liturgias se pagan con dinero, ahora que no hay discos, yendo a festivales, comprándose ropa ad hoc o tatuándose. Se sigue sacando mucha pasta a los consumidores de identidad.

No es objeto de esta columna pormenorizar estos comportamientos, pero sirva esta contextualización de la problemática para entender un documental de este año, 27: Gone Too Soon, sobre el llamado Club de los 27, la edad fetiche a la que se mueren los rockeros más famosos, esto es, que han reunido a su alrededor a un grupo más amplio de consumidores pagando dinero religiosamente a cambio de obtener una identidad al poder certificar, mediante esa transferencia monetaria efectuada, que les gusta el rockero del que se trate.

Este documental británico de Simon Napier-Bell, más famoso por sus bandas sonoras que por sus películas, abunda en uno de los mitos sagrados del rock and roll que más estúpida adoración ha generado. Eso sí, aporta cifras elocuentes para observar el fenómeno en perspectiva: Contabiliza que 50 rockeros famosos murieron a los 27, cien entre los 26 y 28 y mil en lo alto de la fama. Es un cálculo que por su redondez se entiende que debe haberse realizado grosso modo, pero ahí está.

Los testimonios los aportan personajes que conocieron el meollo de cerca, como Paul Gambaccini de Rolling Stone o Peter Jenner, manager de Pink Floyd. Este último tiene una teoría: los músicos se ponían tan ciegos cuando eran famosos porque todo el mundo, con el objetivo de ser su amigo, les invitaba a todo. Sin embargo, la narración luego deja de lado este aspecto más prosaico y trata de establecer un martirologio elaborado.

Dice que todos ellos, cuando eran niños, habían sido marginados. Tuvieron problemas en su infancia y por eso, después, surgió la obra de arte. El propio Keith Richards podría haber sido un personaje de Big Bang Theory, pero se puso otra piel encima y para mantener ese personaje que había creado lo único que supo hacer era drogarse.

Hendrix tuvo una infancia terrible y, cuanta más gente le amaba, menos pudo distinguir quién le amaba de verdad. A Janis la machacaron en su pueblo porque sus padres eran liberales, ya empezó a beber para combatir el rechazo antes de ser una estrella. Jim Morrison tuvo un padre que le aplicaba disciplina militar, al gritos, “se hizo popular porque era antisocial, pero era antisocial porque estaba triste”. Más extraño suena de lo de Kurt Cobain, que quería tener éxito pero sin que el éxito fuera con él. Y más normal lo de Amy Winehouse, que fue exprimida como una vaca lechera.

De todo el drama, dejando de lado que se nos venda que eran víctimas de su interior porque tenían demasiados sentimientos, sí que se revela una verdad. En tiempos, cuando alguien se ponía hasta las cartolas, no se pensaba en que debería ir a rehabilitación, no se veía o percibía que la personalidad adictiva es un problema de salud mental, pero sí que se dieron cuenta de lo bien que iba como reclamo comercial, pues dejaba pingües beneficios, y eso es lo que se ha explotado, explota y explotará.

Toda la tristeza que se ocultaba detrás del “saben aquel que ‘diu”

https://elpais.com/cultura/2018/06/03/actualidad/1528048484_597554.html

Escribía los chistes en libretas con su letra menuda, abigarrada. Cientos de libretas donde apuntaba los que inventaba, los que le contaban o los que leía en libros. Luego los pasaba a máquina. Era metódico, perfeccionista. Analizaba el chiste y lo probaba antes con su familia. “Como si fuéramos sus conejillos de indias. Hasta se reía él”, explica Nuria Jofra, hermana de Eugenio, uno de los cómicos más populares en la España de los años ochenta y noventa.

Serio, siempre de negro, con gafas oscuras, un vaso de whisky sobre una mesita y un cigarrillo en la mano, sentado en una banqueta alta, Eugenio hizo reír a miles de personas durante más de una década. “Las actuaciones eran cortas; no tenía mucho repertorio. Y yo veía que era bueno contando historias, así que le convencí para que lo hiciera”, cuenta Amadeu Molins, propietario del pub KM en Barcelona. Ese local se empezó a llenar en 1972 todas las noches gracias a los chistes de Eugenio, quien era el guitarrista del dúo folk Els Dos, que había formado en 1965 con su esposa, Conchita Alcaide.

El despegue de Eugenio Jofra Bafalluy (Barcelona, 1941-2001), con ese “saben aquel que diu” que llegaría a hacer archifamoso, se produjo en los últimos años del franquismo en pubs barceloneses como el citado KM, el Babieca y, sobre todo, el Sausalito. Imágenes de esos locales llenos a rebosar —de público y de humo— desfilan por el documental Eugenio, coproducido por TV3 y TVE, que los directores Jordi Rovira y Xavier Baig han realizado con una treintena de testimonios de personas que conocieron bien al humorista: familiares, amigos, empresarios de la noche, humoristas, médicos…

“Es un relato coral sin ningún narrador para evitar dar un punto de vista. Hemos querido explicar el personaje tan poliédrico que fue, su lado oscuro, pero sin juzgarlo”, explican sus autores. Álbumes de fotografías y películas familiares, fragmentos de entrevistas y actuaciones en televisión, además de los citados testimonios, nutren un trabajo que se ha convertido en el documental más visto de la plataforma Filmin, que lo estrenó el 16 de mayo, y se ha podido ver en el reciente festival DocsBarcelona. Llegará a las salas en octubre.

“El 80% del documental es positivo, el relato de la parte buena de ese triunfo profesional, y el 20% es el drama final que se impone”, cuentan Baig y Rovira. Eugenio fue un mal estudiante, cuyo padre le sentenció: “Nunca harás nada en la vida”. Optó por dedicarse a la joyería hasta que conoció a Conchita Alcaide, quien fue su gran amor, con la que se casó y formó un dúo musical en la época de la Nova Cançó. Gerard, el mayor de los dos hijos que ambos tuvieron [tuvo un tercero de su relación con Conchita Ruiz], es una de las personas que más información aporta en el filme sobre la personalidad del humorista: “Un hombre triste, inseguro, que nunca superó la muerte de su mujer”. Un hombre que reconocía que los chistes nacen de las tragedias, como el fallecimiento de Alcaide de cáncer en 1980.

Eugenio, en una imagen promocional sin datar.
Eugenio, en una imagen promocional sin datar.

Un casete de chistes que grabó en 1979 y que se vendía en las gasolineras catapultó su éxito. Luego llegaron los discos. “Pasó de ganar 10.000 pesetas un fin de semana a medio millón por gala”, recuerda Joan Carlos Doval, editor discográfico. De ahí pasó a las actuaciones en grandes discotecas, como Florida Park en Madrid o Planeta 2001 en Barcelona. Después llegaron las televisiones, que le hicieron todavía más popular.

Amante de la noche y las juergas, le gustaba la compañía de las mujeres. Sus hijos explican que fue un padre ausente; los humoristas, que tenía un estilo único: “Se presentaba con cara de funeral, con ese hablar pausado, ese acento catalán… Y esa manera de administrar los silencios”, apunta Carlos Latre, rendido admirador —e imitador— de Eugenio.

“Lo que le pasó fue que el éxito le devoró”, opinan los autores del documental. Una época en la que la cocaína le apartó de todo se llevó por delante su larga relación con Conchita Ruiz, quien ya tenía un hijo, Daniel, cuya paternidad asumió el humorista. Es él el quien define a Eugenio en el documental como alguien introvertido, “tierno, pero como escondiéndolo, frágil y vulnerable”.

Su recta final fue trágica. Eugenio no hizo caso de las advertencias de los médicos sobre el tren de vida que llevaba hasta que una noche un infarto le fulminó en un restaurante de Barcelona, como cuenta su amigo Manuel Agustí en el filme: “Se me murió en los brazos”. Tenía 59 años.

Drazen Petrovic, el genio que abrió los ojos de la NBA

https://elpais.com/deportes/2018/06/06/actualidad/1528306424_326987.html

Drazen Petrovic.

“Empecé a jugar por placer y para divertirme, y ahora sigo haciéndolo. Lo que ocurre es que si no gano no me divierto”. Esta era una de las frases de cabecera de Drazen Petrovic. El hombre que iluminó el baloncesto europeo en la década de los ochenta y uno de los pioneros que cambiaron la mirada indiferente y desdeñosa de la NBA fuera de su burbuja, murió hace 25 años en Denkendorf, cerca de Stuttgart, cuando el coche que conducía su novia se estrelló contra un camión. Tenía 28 años. Estaba en el esplendor de su carrera. Plenamente reconocido en Europa, ya era también por fin admirado en la NBA, aunque no tanto como él deseaba y probablemente merecía.

Empezó a ser conocido como el genio de Sibenik, la localidad croata a orillas del Adriático donde nació en 1964. Era la quintaesencia del obseso por el baloncesto y la victoria. De niño se colgaba de una de las puertas de su casa creyendo que así crecería más y se procuraba las llaves del pabellón para entrenarse desde las seis de la mañana, a menudo en compañía de su hermano mayor Alexander. “Drazen fue mi ejemplo. En el 83, con 18 años, hicimos la mili juntos. Le vi entrenarse todos los días, a veces sin sentido. Con chalecos con pesas, corriendo muchísimo. Era malo para su cuerpo, pero lo hacía”, explica el que fuera su compañero y ahora entrenador Velimir Perasovic.

Las noticias sobre las actuaciones del base-escolta de 1,96 metros, corrieron como la pólvora. Con 18 años hizo campeón de Yugoslavia al Sibenka Sibenik y llegó a dos finales de la Copa Korac. En 1984 fichó por el Cibona de Zagreb. Conquistó dos Copas de Europa y una Recopa. Le metió 44 puntos al Real Madrid, otros 44 al CSKA. En Zagreb empezaron a llamarle Mister 44. En aquella época los jugadores yugoslavos, como los de la mayoría de países del Este, no podían fichar por clubes extranjeros hasta los 28 años. Petrovic y el Real Madrid lograron romper la regla. Tras ganar la Recopa durante su efímera estancia en el Madrid, afrontó el desafío de la NBA.

En paralelo, despuntó con la selección yugoslava. Se juntó una generación extraordinaria para disputar el Eurobasket de 1989 en Zagreb. Aquel equipo, que ya había logrado la medalla de plata en los Juegos Olímpicos un año antes, arrasó con una serie de actuaciones memorables. Allí estaban Divac, Kukoc, Danilovic, Radja, Zdovc, Vrankovic, Cutura y Paspalj. “Drazen tenía cuatro años más que yo. Era nuestro ídolo”, cuenta Divac. Se hicieron amigos. Emprendieron el mismo año la aventura de la NBA, Divac, a sus 21 años, con los Lakers; Petrovic, con 25, en Portland. Se telefoneaban a menudo. Volvieron a competir juntos con la selección en el Mundial de 1990 en Argentina. Lo ganaron tras superar en la final a Estados Unidos.

Vlade Divac y Drazen Petrovic.
Vlade Divac y Drazen Petrovic.

Por entonces empezaba a agudizarse el conflicto entre las Repúblicas yugoslavas. Muchos aficionados acudieron a la final con banderas croatas. Uno de ellos saltó a la cancha enarbolando una. Divac, serbio, lo vio y le instó a que abandonara el parquet. El episodio originó una gran controversia. La relación entre Divac y Petrovic se enfrió. Meses después de la muerte de Drazen, Divac visitó a su madre, Biserka, y rindió tributo a su amigo en el cementerio de Mirogoj, en Zagreb.

Petrovic había llegado a Estados Unidos ya como una figura consagrada en Europa, donde se le apodaba el Mozart del baloncesto. Sin embargo, se consumió en el banquillo durante su primera temporada y media en Portland, desde noviembre de 1989 hasta enero de 1991, ensombrecido por Clyde Drexler y Terry Porter, y al final también por Danny Ainge, al que ficharon los Blazers en 1990.

Petrovic forzó su traspaso y se incorporó a los Nets. En su extraordinaria segunda temporada con New Jersey promedió 22,3 puntos. Fue la segunda en que se metía entre los diez jugadores más efectivos de la Liga con un 55% de acierto en el tiro. Le sirvió para ser el primer europeo de la historia incluido en el tercer equipo ideal de la temporada, pero no para ser seleccionado en el All Star de 1993. “¡Qué injusticia! ¿Qué más quieren que haga Petro? Es una falta de respeto”, declaró el pívot de los Nets, Sam Bowie. “Creo que la única razón por la que no fue seleccionado para aquel All Star fue porque era extranjero”, añadió Ainge.

Los Nets le adoraban. Las estrellas incluso le respetaban, empezando por Michael Jordan y por todo el Dream Team, contra el que había jugado un año antes la final de los Juegos Olímpicos en Barcelona formando parte de la recién estrenada selección de Croacia.

Podía perseverar en la NBA, pero, desengañado, estaba a punto de regresar a Europa, posiblemente al Panathinaikos. Ya se había demostrado a sí mismo que podía triunfar en la NBA. Lo consiguió pese a todas reticencias. A su llegada, en 1989, su primer entrenador, Rick Adelman, le recibió con una frase demoledora: “Tiene demasiado el balón en sus manos, tira después de haber driblado, está acostumbrado a que el juego gire alrededor suyo y le resulta imposible integrarse en nuestro equipo”.

Tiempo después, en un partido ante los Pistons, Petrovic se enmparejó con uno de los grandes cañoneros de la Liga, Joe Dumars, y lo dejó a cero. “Nadie puede decir ahora que Petrovic no sabe defender”, sentenció el propio Drazen. Continúa siendo el tercer jugador con mejor porcentaje en los triples (43,7%) durante su carrera en la NBA, solo superado por Steve Kerr (45,4%9 y Hubert Davis (44,0%) y por delante de Stephen Curry (43,6%). “Fue un jugador extraodrinario, un pionero. Abrió el camino del éxito a los jugadores internacionales”, sentencia David Stern, el excomisionado de la NBA.

Comerte esas galletas Dinosaurus no es muy buena idea, aunque lleven el sello de la Asociación Española de Pediatría

https://www.vitonica.com/alimentos/sellos-saludables-que-no-saludables

Comerte esas galletas Dinosaurus no es muy buena idea, aunque lleven el sello de la Asociación Española de Pediatría

En el día de ayer, el diario El Salto publicó un artículo en el que sacaba a la luz el escandaloso conflicto de intereses que involucra a la Asociación Española de Pediatría. Según sus datos, conocidas empresas de alimentación, farmacéuticas y otras entidades pagaron, durante los últimos años, millones a la AEP para poder utilizar su sello.

La AEP, según su página web, es una sociedad científica e interlocutor de referencia con las autoridades sanitarias del Estado. Entre otras cosas, indican que tienen como fin la promoción de la salud relativa al niño y al adolescente.

Para la población general, es comprensible que la Asociación Española de Pediatría sea una referencia en lo que a salud de nuestros hijos y menores se refiere y que un producto tenga su sello puede percibirse como un aval de esta asociaciónque asegura querer promover la salud de nuestros niños.

Conflicto de intereses

El problema viene cuando, a cambio de dinero, se da el sello de colaborador con la AEP a las empresas que estén dispuestas a pagar. Según datos de El Salto, empresas de la industria alimentaria, farmacéuticas y empresas de puericultura llegaron a pagar aproximadamente 2,3 millones de euros entre 2013 y 2017.

Las empresas de alimentación han sido quienes más han pagado, desembolsando 289.500 euros solo en el año 2015. Entre las empresas que han colaborado de esa manera con la AEP se encontrarían TostaRica, Chocapic de Nestlé, y otros fabricantes de dulces y bollería.

A cambio de dicho pago, estas empresas han podido lucir el sello de colaboradores con la AEP. Efectivamente, el sello solo indica que dichas empresas colaboran con la AEP, no que tengan su aval ni su recomendación. Sin embargo, es cuanto menos confuso que una asociación que promueve el bienestar de nuestros niños ofrezca su sello de colaborador a compañías que venden productos poco saludables. Y más cuando aseguran ser una sociedad científica y hay evidencias más que de sobra de los efectos perjudiciales que el consumo de bolleríagalletas y cereales azucarados tienen en nuestra salud.

Dinosaurus Galletas Cacao A Cucharadas 120 Gr

El interés de las empresas alimentarias en tener el sello de la Asociación Española de Pediatría es claro: dar la imagen, a la población general, de que sus productos son saludables y tiene el aval de una asociación sería.

Otros profesionales, como Julio Basulto (@JulioBasulto_DN en Twitter), habían denunciado antes la utilización incorrecta del sello de la AEP y formulaban una petición a dicha asociación para que retiraran dicho sello de productos insanos.

Julio Basulto

@JulioBasulto_DN

Os agradeceré mucho que compartáis esta petición que formulo a la @aepediatria.

La realidad es que este tipo de sellos no son las únicas técnicas que utilizan las empresas de alimentación para vendernos sus productos. Entre otras cosas, utilizan etiquetas promocionales poco fiables en ultraprocesados, intentando que caigamos en la trampa. Lo que es del todo inaceptable es que asociaciones que deberían velar por nuestro bienestar, especialmente las que tratan con la salud de los menores, les ayuden a hacernos la cama.