Mujeres rockeras: silent rival

Una banda banda bastante reciente.

 

Remarcable también su canción Paranoid.

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Otro comentario…

…sobre la universidad española de un foro:

No es que la educación toda esté destruida con estos fines económicos: 1) generar un montón de titulados, que tiren los salarios por los suelos, al haber otros doscientos tíos formalmente como tú, aunque no sepan leer, por cada puesto de trabajo; y 2) permitir el acceso a profesiones que otrora tuvieron prestigio, como ingenieros o abogados, a hijos tontos de clases acomodadas.

El nivel es bajísimo, pero en la universidad y en todo lo demás. Todo bajo el pretexto de no estresar a los niños, de no promover la cruda competitividad desde pequeños, de dar las mismas oportunidades a todos (confundiendo deliberada o ingenuamente oportunidad con derecho a aprobar; igualdad en el acceso con igualdad de resultados) de permitir que sean ellos quienes construyan su propio conocimiento jugando (el constructivismo de Piaget), de destruir la tradición capitalista que entraña toda ciencia (Vigotsky) entre otras muchas tonterías a ras de suelo o pseudointelectuales inventadas por los pedagogos de todo siglo (léase, por ejemplo, el Emilio de Rousseau, que parece un manual de instrucciones. Un discípulo y admirador de Rousseau, Pestalozzi, educó a su hijo, llamado como su ídolo, Jean-Jacques Pestalozzi, siguiendo su sistema. No le enseñó a leer hasta los doce años. Y alternaba períodos de anarquía total con la lectura de los clásicos durante varias horas al día. Se suicidó a los 31 años).

La educación es una puta mierda deliberadamente. Todo sistema social, en lo que depende de la voluntad humana, ha de ser juzgado por los resultados que arroja. Si estos son los resultados (analfabetismo funcional, falta de comprensión lectora, incapacidad para expresarse por escrito distinguiendo diferentes registros del lenguaje, abundancia de titulados, presupuestos disparatadamente altos destinados a educación), es que alguien los quiere.

«¡El hijo del obrero, a la universidad!» fue un grito de guerra en los ochenta para la PSOE de Isidoro. Como si la universidad fuera sólo para obreros. No. A la universidad tiene que ir quien reúna dos exigentes requisitos: 1) capacidad acreditada en las etapas anteriores; y 2) interés genuino por un elevado objeto de estudio.

Lo peor que le puede pasar a alguien cuya suerte y cuyo sustento futuro dependa únicamente de su trabajo, como es el caso del hijo del obrero, es que el sistema educativo sea fácil, un coladero, pues de este modo no podrá diferenciarse del hijo tonto del empresario palillero local, que acabará titulado como él, pero trabajando a cuenta de los contactos del padre.

Un sistema educativo riguroso es un arma al servicio de la igualdad de oportunidades, pues expulsa a esos niños ricos pero tontos. Que sea empresario si su padre consigue colocarlo, pero no ingeniero de caminos, farmecéutico o abogado, ni ninguna otra profesión que requiera un título habilitante.

Un sistema educativo exigente es un instrumento revolucionario, de izquierda no vergonzosa. Hoy, como sabemos, todos los partidos son facciones del verdadero partido único y en consenso, el R78, y son a la vez estatales (los verdaderos órganos del Estado; el resto, Tribunal Supremo, Constitucional, CGPJ, etc. son órganos de cartón-piedra, Potémkim), socialdemócratas (la ideología de la nada, con lenguaje de izquierdas demagógico, pero al servicio de la oligarquía económica; hegemónica desde la IIGM) y conservadores (en la medida en que quieren, so pretexto de un reformismo vacuo, cambiar lo accesorio y mantener lo principal, el sistema de poder vigente y las estructuras sociales y económicas en que se apoya).

Y no hay más. No hace falta ningún conjuro que cambie a las personas por dentro, ni una terapia de grupo, ni recetarle al personal que sea justo y benéfico para que las cosas funcionen. Sólo una revolución política, que organice el poder de un modo enteramente nuevo, puede arreglar el problema de la universidad. Hoy está podrida. No enseña nada. Sus profesores se eligen por cooptación, y son pobres diablos. El 96% de ellos (los funcionarios: titulares y catedráticos) desde que está vigente el sistema de la ANECA obtiene su plaza en la misma universidad por la que se doctoró, de ahí la famosa endogamia. Escriben en publicaciones propias, editadas por cada universidad, que sólo leen ellos, y en las que sólo puede escribir quien pertenezca a alguna tribu que esté a bien con quien controla el órgano editor. Por ejemplo, muchos profesores de la PSOE publican sólo en la editorial de la Carlos III, la universidad que creó la PSOE en los ochenta revistiéndose de despotismo ilustrado, hecha a medida para su rector, Gregorio Peces-Barba, padre (¿padrino?) de la Constitución.

Sin revolución política no hay nada que hacer.

No la queréis. Revolcaos en vuestro lodo. No saldréis de él sin ella. No se puede tener la suegra borracha y la bota llena de vino.

Gaudeamus, pues! ¡Viva la Universidad! ¡Larga vida al R78, nuestro padresito querido, clavo do todo cuelga! Hip, hip, ¡hurra!

 

¿Lotería de navidad en el mundo romano? Así es…

https://antiguaroma.com/loteria-roma/

Se lo que estás pensando… ¿También la lotería? ¿Es que hay algo que no hicieran los romanos antes que nosotros? Pues efectivamente, en la antigua Roma la lotería ya era, como en la actualidad, un popular juego de azar en el que cualquiera podía conseguir grandes premios si la diosa Fortuna se ponía de su parte.

banner_colaboraNo deja de ser curioso, aunque meramente anecdótico, que la lotería de navidad actual coincida en su fecha con los sorteos más importantes en la antigua Roma, que tenían lugar durante las saturnalia, celebradas entre el 17 y el 23 de diciembre y sobre las que ya hemos hablado hace poco. Si quieres saber más sobre esta fiesta no dudes en leer este artículo.

En el mundo romano era tradición que durante las saturnalia los familiares y amigos cercanos se hicieran regalos unos a otros, como nosotros hacemos en navidad. Existían, de hecho, “mercadillos de saturnalia” en los que la gente podía comprar pequeños regalos y detalles, al más puro estilo de los tradicionales mercados de navidad de muchas ciudades actuales.

Entre los regalos que se hacían unos a otros, era común que se hicieran pequeñas rifas en las que todos los boletos acababan estando premiados. Pero, como se puede comprobar en tantas otras circunstancias, en Roma el lujo iba de la mano del exceso por lo que si hablamos de una familia en especial, la imperial, las pequeñas rifas se convertían en grandes sorteos de lotería en los que los premios podían llegar a ser inconmensurables.

banner_patrimonio_directoAl emperador Augusto, amante de las saturnalia, de sus bromas y de su ambiente desenfadados, le encantaba hacer grandes sorteos en los que aprovechaba para gastar bromas con los premios. En sus banquetes festivos solía repartir a los comensales boletos de lotería que podían estar premiados con grandes sumas de dinero, telas exóticas e incluso oro puro o, por el contrario, con objetos de broma como pinzas, esponjas o mantos de pelo de cabra.

loteria tesoro aureos navidad

Otros emperadores como Nerón llegaron a repartir entre la población hasta mil boletos de lotería en ocasiones especiales. Algunos incluso inventaron nuevos formatos para dar más emoción a los sorteos. El emperador Heliogábalo hacía grotescos emparejamientos con los premios: con un solo boleto alguien podía ganar diez camellos o diez moscas, diez libras de oro o de plomo, diez avestruces o diez huevos de gallina… y tantas otras parejas disparatadas que hacían las delicias del emperador y sus invitados.

Y la próxima vez que compres lotería, recuerda que los romanos ya lo hicieron antes que nosotros…
Néstor F. Marqués – Coordinador Antigua Roma al Día

Guerra Civil en la Policía Nacional por la subida salarial: escraches, insultos y quema de fotos

https://www.elespanol.com/reportajes/20180310/guerra-civil-policia-nacional-salarial-escraches-insultos/290722015_0.html

Pintadas insultantes en una comisaría de Policía Nacional contra los sindicatos

Manifestación multitudinaria en Asturias: durante la concentración se queman fotos de policías nacionales. ¿Quién son los responsables? ¿Se trata de un acto terrorista? No. Los autores son otros agentes de la Policía Nacional, los propios compañeros del cuerpo.

Comisaría de CNP en Málaga: los tablones de anuncios de algunos sindicatos aparecen llenos de pintadas en las que algunos policías son acusados de “Falsos”, “Vendidos”, “Sumisos”, “Hipócritas” o “Perros”. Lo mismo pasa en otras de Madrid o Castilla León, donde los anuncios sindicales han aparecido arrancados. En una comisaría de Cádiz, directamente han roto el tablón de anuncios de un sindicato. ¿Quien son los responsables de estos actos vandálicos dentro de comisarías? ¿Activistas antisistema? Tampoco. Han sido compañeros, agentes de la Policía Nacional.

Redes sociales: policías nacionales, a menudo de las mismas comisarías, entran en virulentas peleas, con insultos y amenazas. Los principales escenarios de estas batallas son Facebook, Twitter y Whatsapp, aunque algunos agentes casi llegan a las manos en sus respectivas comisarías. Entretanto, algunas asociaciones críticas con los sindicatos convocan concentraciones concentraciones en las que se cantan consignas como “Sindicatos traicioneros, nos tenéis hasta los huevos”. Es la guerra. Una guerra civil entre compañeros.

Quema de imágenes de policías

¿Qué está pasando en el seno del Cuerpo Nacional de Policía? Que hay una batalla interna y se ha recrudecido en los últimos meses. Sindicatos y asociaciones están al greña entre sí, aunque persiguen un mismo objetivo: conseguir una mejora salarial que les sitúe cerca (o al mismo nivel) que las policías autonómicas. Todos tienen el mismo fin, pero no se ponen de acuerdo en las formas.

A grandes rasgos, el problema es el siguiente: Los policías nacionales piden cobrar lo mismo que sus homólogos de los cuerpos autonómicos. Quieren el mismo sueldo que un mosso, que un ertzaina o que un foral de Navarra. De hecho, los agentes de CNP cobran menos incluso que los policías municipales. Con esta reivindicación llevan cerca de treinta años. Ahora, el conflicto catalán ha acelerado el proceso. La larga negociación con el estado parece que ha culminado. La mayoría de los sindicatos han cerrado un acuerdo con el gobierno que tiene que firmarse en los próximos días. ¿Fin del problema? Al contrario. Hay más tensión que nunca.

Unos han aceptado la propuesta estatal. Otros consideran que es insuficiente. Eso ha desembocado en un conflicto enconado entre compañeros que deberían remar en la misma dirección. Escraches, ataques personales, sindicatos expulsados de las negociaciones, quema de fotos de algunos agentes… “La situacion es lo más parecido a una guerra civil”, cuenta un sindicalista. ¿Qué es lo que ha sucedido para llegar a esta situación en el seno de la Policía Nacional?

¿Quién es quién?

El origen del conflicto interno policial está en los desacuerdos sindicales. Esta es una película con varios actores. Por un lado, los sindicatos tradicionales: SUP (el mayoritario), CEP y UFP. Por otro lado, un sindicato nuevo llamado ASP, que es el que menos afiliados tiene pero es el más crítico con el resto de grupos. Y por otro, en el extremo, Jusapol. La clave. Una nueva asociación que se ha convertido en el protagonista de la trama. En Jusapol aseguran que han nacido con el único objetivo de conseguir la equiparación salarial. Por un lado, cada vez obtienen más apoyos de agentes, pero por el otro, sus métodos están siendo duramente criticados.

¿Dónde radica el problema? En el trato alcanzado entre sindicatos tradicionales y el Ministerio del Interior. Una subida de sueldo que mejora notablemente las condiciones salariales de los agentes, pero que no es, ni de lejos, una equiparación como tal. Los policías nacionales van a seguir cobrando menos que los policías autonómicos. Unos se dan por satisfechos. Otros califican el acuerdo de “bajada de pantalones” o “traición”.

La antigua reivindicación

Para entender este asunto hay que remontarse a los años 80, con el instauración de las policías autonómicas. Desde entonces, estos cuerpos han tenido unas condiciones económicas sensiblemente superiores a los policías nacionales. Desde CNP han ido peleando por una equiparación más justa, con suerte desigual. Se han ido convocando protestas (especialmente en 1992, 2005 y 2008) y se han alcanzando acuerdos provisionales que han satisfecho en mayor o menor medida al cuerpo.

Hasta que llegó la crisis. Fue entonces cuando más se notaron los recortes y las congelaciones salariales a los funcionarios. El agravio comparativo de la Policía Nacional respecto a sus colegas autonómicos (e incluso municipales) se puso en máximos históricos. La desigualdad creció como nunca. Durante toda esa época, los policías asumieron que la cosa estaba mal, pero que esa delicada coyuntura sería una cuestión temporal.

Los factores de la negociación: Cataluña es clave

La equiparación salarial quedó latente, pero ha vuelto a resurgir con fuerza desde 2017. Y son varios los factores. Uno de los principales ha sido Cataluña. Los atentados de Barcelona, el desplazamiento masivo de agentes a Cataluña con motivo del referéndum (en condiciones de vida bastante cuestionables, como la estancia en el barco de Piolín), las presiones en algunos municipios para que se marchasen los agentes, su expulsión de algunos hoteles, las actuaciones el día del referéndum… Todo esto ha llevado a los sindicatos de Policía Nacional a exigir mejoras salariales inmediatas. “Estamos peleando por España y son los Mossos los que más cobran”, se quejaban los desplazados a Barcelona.

Otro factor relevante es el componente político en esta lucha. El Partido Popular se negaba en un principio a acometer estas subidas. Pero los agentes han obtenido en su lucha el apoyo de partidos pujantes como Ciudadanos. Por este motivo, y dado el fulgurante ascenso de la formación naranja en los últimos comicios catalanes, el Partido Popular (según explican desde algunos sectores de la Policía Nacional), ha optado por escuchar las exigencias de los agentes.

Miles de policías y guardias civiles en su marcha por el centro de Madrid.

Miles de policías y guardias civiles en su marcha por el centro de Madrid. Efe

Otros creen que el cambio de actitud del gobierno obedece al factor principal: la aparición en escena de Jusapol. Una asociación policial (no sindicato) que nace en la comisaría de Palencia hace poco más de un año. La fundan tres agentes enfadados con la gestión sindical y con la falta de resultados en las negociaciones por la equiparación salarial. No quieren convertirse en sindicato. Montan una asociación y arengan a los compañeros en grupos de whatsapp que se acaban convirtiendo en multitudinarios. Sus formas son contundentes y agresivas. Critican a los sindicatos tradicionales y los tachan de inmovilistas.

En poco más de un año, Jusapol ha conseguido más de 30.000 adhesiones. Otros las cifran en casi 50.000. Si hacemos caso a esas cifras, es cerca de la mitad del Cuerpo Nacional de Policía, que está conformado por 73.000 agentes. Desde los sindicatos dudan de esas cifras, puesto que “el 83% de los agentes pertenecen a sindicatos. No salen las cuentas”. Desde Jusapol se explican diciendo que “muchos agentes están en sindicatos porque les interesa, pero están hartos y también están con nosotros”.

Todos coinciden en que la irrupción de Jusapol ha zarandeado los cimientos del conflicto. “En un año hemos conseguido lo que no se había logrado en 30”, aseguran desde esta asociación. Desde los sindicatos tradicionales, sin embargo, acusan a esta asociación de estar “prometiendo entelequias al resto de los agentes. Son populistas y demagogos. Proponen cosas que son imposibles y mienten. Además son agresivos y violentos en sus formas. Están enfrentando a compañeros”.

Jusapol enardece a las masas

En lo que todo el mundo coincide es en que el poder de seducción de Jusapol es innegable. Sus discursos incendiarios, sus promesas y su esencia revolucionaria encienden a las masas y consiguen miles de adhesiones. La asociación, con promesas de regeneración y nuevos aires, convocó dos manifestaciones: una en Madrid y otra en Barcelona, a la que acudieron más de 150.000 personas. “Ha sido la manfestación policial más numerosa de la historia. No sólo en nuestro país. Tal vez en el mundo”, presumen en Jusapol.

La cuestión es que tras el conflicto catalán, los cambios políticos, la llegada de Jusapol y las manifestaciones, las conversaciones con el gobierno se han acelerado. Los sindicatos crearon la denominada “Unidad de acción”, consistente en representantes de todos los sindicatos para negociar con el estado la mejora salarial. Ellos han sido los encargados de negociar,

Agentes de policía queman fotos del sindicato SUP en una manifestación en Asturias

Agentes de policía queman fotos del sindicato SUP en una manifestación en Asturias

Los sindicatos cifran la equiparación salarial (esto es, cobrar como los policías autonómicos) en unos 1.500 millones de euros. La propuesta final del gobierno, para Policía Nacional (sin Contar Guardia Civil) es de 807 millones. Y ahí llegan los choques más fuertes. Desde Jusapol entienden que se trata de una propuesta absolutamente insuficiente, y que sólo la equiparación total servirá. Pero Jusapol no es un sindicato, así que no está presente en la mesa de negociación.

Sí que está ASP, que es el sindicato más pequeño pero también el más beligerante e inconformista. Ellos piensan igual: que la oferta no es suficiente. El resto de sindicatos creen que es una buena oferta, máxime cuando hay otros sectores recamando mejoras, como militares, profesores o jubilados. “O la cogemos, o nos vamos a quedar sin un duro”, explican.

El ataque de los hackers

Aceptar o no aceptar. Al final deciden que sean los propios agentes los que se pronuncien en una votación por internet. Existen discrepancias acerca de cuál tiene que ser el procedimiento para votar. Sea como sea, cuando se convoca este proceso con una empresa especializada en este tipo de votaciones, la web sufre un boicot en forma de ataque de unos hackers. Este inconveniente acaba anulando el proceso.

El gobierno lanza un ultimátum a la policía: “O lo tomáis o lo dejáis”. Los sindicatos entienden que es imposible llevar a cabo unas votaciones con garantías y deciden “liarnos la manta a la cabeza y decidir nosotros. Optamos por aceptar la propuesta del gobierno, porque es una buena oferta. Porque es una mejora para los agentes”, explican fuentes de SUP, CEP y UFP, los sindicatos mayoritarios.

Vergüenza y traición

Esto sucedió hace sólo unos días. Ahí explotó todo. Desde ASP criticaron con vehemencia la decisión unilateral del resto de sindicatos. Emitieron una nota de prensa empleando términos como “vergüenza” o “traición”. De hecho, en la siguiente reunión, sus representantes fueron expulsados de la mesa por el Secretario de Estado, que consideró que si ellos se negaban a firmar, ya no pintaban nada en el resto de negociaciones,

Del mismo modo, en Jusapol tampoco están de acuerdo con la firma. Al contrario: acusan a los sindicatos de haberse sometido al gobierno. Y ahí es cuando se recrudecen las tensiones. Los sindicatos mayoritarios creen que han hecho bien aceptando la oferta. ASP y Jusapol entienden que se ha perdido una oportunidad histórica de alcanzar la ansiada equiparación salarial.

Los tablones de anuncios de algunos sindicatos en comisarías han sido atacados

Los tablones de anuncios de algunos sindicatos en comisarías han sido atacados

Y así llegamos a la situación actual. En los últimos días, comisarías de toda España han sido escenario de guerra. Han aparecido pintadas en los tablones de anuncios de los sindicatos mayoritarios, que acusan a Jusapol de los ataques. Insultos como “Perros”, “cerdos”, “falsos”, o “vendidos”son habituales. Tanto en dichos tablones como en las redes sociales. Por su parte, en algunos actos de Jusapol se llevan a cabo acciones polémicas, como la quema de imágenes de sindicatos, así como fotos de policías que están afiliados a dichas formaciones.

“Esto es inaudito; van a llegar a las manos”

Desde los sindicatos mayoritarios se quejan y temen que la escalada de violencia vaya a más: “Se han incrementado los ataques hasta llegar a una situación que no habíamos vivido jamás en la policía. No es normal que haya actos vandálicos dentro de una misma comisaría, o ataques coordinados en redes sociales a gente que discrepa de Jusapol. Es inaudito. Hay tensión entre compañeros y algunos han estado a punto de llegar a las manos”, lamenta Sergio Naranjo, portavoz de UFP (Unión Federal de Policías).

Guerra de sindicatos policiales

Ramón Cosío, portavoz del SUP (el sindicato mayoritario) hace un llamamiento a la calma: “Aquí hay que remar todos en la misma dirección, pero hay una fractura tal que se ha llegado a los enfrentamientos personales. A los compañeros les han vendido unas expectativas falsas. Les están mintiendo. Les han dicho que la brecha es de 900 euros, cuando en realidad la diferencia con los Mossos es menor. El pretender el todo o nada es lo que ha provocado una escisión importante. Hay que ser realistas. Y es preocupante el cariz que han tomado las cosas. Los responsables de esta situación tan violenta son los que están instigando esta situación. Estamos hablando de ataques dentro de comisarías, de insultos. No se puede llegar a esos extremos. Deberíamos estar unidos frente a la administración”.

Desde el CEP (Confederación Española de Policía) explican que “las amenazas, los escraches, la quema de fotos en público… eso es algo que no tiene cabida en la policía. No podemos permitirnos algo tan extremista. El sindicalismo no es eso. Es presionar por todos los medios disponibles a nuestro alcance y negociar hasta el límite”, cuenta Sebastián Hernández, su portavoz en Cataluña.

Jusapol y ASP se desmarcan

Desde ASP y Jusapol (donde hacen hincapié en que no tienen nada que ver los unos con los otros), se desmarcan de todas estas acciones. “Las reprobamos y las condenamos”, coinciden ambos. Pero lo cierto es que dichos insultos se reproducen en las redes sociales con personas que portan logos de Jusapol en sus fotos de perfil. Y que la quema de fotografías se lleva a cabo en una manifestación convocada por Jusapol. “No fueron fotos de compañeros. Son sólo siluetas. Y en redes, pues… es imposible controlar a todo el mundo. Cualquiera puede ponerse una foto de perfil con nuestro emblema y hacer barbaridades. Yo personalmente ya he llamado al orden a algunos compañeros. Pero desde Jusapol condenamos y reprobamos estas actuaciones”, asegura Pablo Pérez, uno de los portavoces de Jusapol.

Varios agentes de Policía Nacional y Guardia Civil, durante la manifestación convocada por la Fundación Jusapol hoy en Barcelona.

Varios agentes de Policía Nacional y Guardia Civil, durante la manifestación convocada por la Fundación Jusapol hoy en Barcelona.Efe

“Nosotros también condenamos estas acciones y no tenemos nada que ver”, garantiza Raúl Cuesta, portavoz de ASP. Sin embargo, cree que los responsables de esta situación tienen nombre y apellidos. Hace hincapié en que “los responsables de la situación son los viejos sindicatos. Cuando nosotros llegamos (ASP nació en 2014) ya existía una guerra que avergonzaba a todos los policías. Entre ellos se veian en guerras constantes por aceptar sobresueldos, destinos a embajadas y dar regalos en época electoral. El regalo electoral es una de las claves. Si te afilias a un sindicato te puedes llevar un dron, una tablet, un reloj, un cheque de 200 euros... y nosotros lo que queremos es que se prohíban estos regalos”.

Y entretanto… la subida sin firmar

Y entretanto, el acuerdo por la subida salarial sigue sin rubricarse. Está previsto que se firme el lunes, pero aún no está confirmado. Los sindicatos mayoritarios creen que “ha sido un buen acuerdo. Por supuesto que es mejorable, pero tal y como están las cosas, esta subida salarial es muy aceptable, sobre todo cuando hay otros sectores que están pidiendo subidas. Además, la brecha no es tan grande como dicen en Jusapol. No deberían mentir, porque eso va a generar más conflicto interno”, concluye Ramón Cosí, del SUP.

Un policía sostiene una foto ardiendo del SUP en una manifestación de Jusapol

Un policía sostiene una foto ardiendo del SUP en una manifestación de Jusapol

Sebastián Hernández de UFP considera que la equiparación salarial es imposible. “Se tienen que tener en cuenta muchos factores. No puede ser igual la carga de trabajo de un policía en Don Benito (Badajoz) que en Madrid. Habría que establecer unos parámetros. Lo que está haciendo Jusapol es envenenar e intoxicar. Es lo fácil, lo cual dice mucho de sus objetivos”.

En ASP, en cambio, discrepan. Creen que con la firma de este acuerdo “se ha perdido una oportunidad histórica para conseguir la equiparación real. La subida salarial siempre es buena para cualquier colectivo, pero este acuerdo cronifica durante décadas la posibilidad de dejar de ser policías de segunda y nos humilla frente a otros policías”.

Y desde Jusapol se apuntan el tanto. Dejan claro que llevan un año en la escena y “en este tiempo se ha conseguido lo que no se logró en 30”, explica Pablo Pérez, que asegura que “el acuerdo no es malo, pero no es una equiparación, que es lo que nosotros perseguimos. Todo lo que se ha conseguido ha sido gracias a nosotros. Y no buscamos colocaros en ningún sitio. No queremos ser un sindicato, sólo buscamos la subida salarial. Y el día que se consiga, Jusapol dejará de existir”.

Mientras tanto, la pelea sigue. Tanto contra el gobierno, como dentro de las comisarías.

Como funciona un crematorio

https://www.popularmechanics.com/science/health/a18923323/cremation/

Rosehill Cemetery in Linden, New Jersey, is awash in small-town trappings: tree-lined roads, rolling lawns, and street signs at every corner. On this Wednesday midsummer morning, the familiar routine of loss plays out across the acres. A yellow taxi waits at the end of a row of graves for someone paying their respects. Men and women clad in church clothes line up their cars along the curb and make their way to a grave site. A backhoe digs out some earth, another spot for another resident.

This is the textbook way we treat our dead. Someone passes, they’re buried, a headstone marks their place out among the rows in the borough of the departed. But today I’m bound for a different part of the cemetery, one fewer people see—though that fact is rapidly changing.

This place is called the columbarium, and at first, the very existence of this vast chamber full of urns can come as a surprise. In the movie version of life and death, a cremated person’s remains sit up on the shelf at home, or friends scatter their ashes in the wind over a sacred locale. In the real world, many cremated people stay in the cemetery, just like their buried counterparts.

Rose-colored carpeting covers the floors here. The whir of a vacuum cleaner punctures the silence. Cubby holes or niches line the walls, and the varying sizes and styles of urns within them marks the passing of the eras. Older urns are ornate; one is topped by an eternal flame, while another is shaped like a Bible. One inscribed “Henrietta Leiber, 1866-1933” is shaped like an acorn. Next to it leans a photo of Henrietta, who’s standing behind a chair in a sleeveless white dress and long pearls, her hair fashioned in a bob like a flapper.

More contemporary urns are boxier and cleaner in style. They’re also larger, and not for vanity’s sake. The cremation process recovers a lot more of the human body than it used to. Some families have packed their niche with flowers, family photos, or pictures of Jesus. Others skipped the niche entirely and entombed the cremated remains behind a marble plaque. It is a curious thing, as if the body was broken down into its smallest organic parts, then surrounded with stone to protect them.

The doors at the back of the Rose Room.

GETTY IMAGESCAREN CHESLER

We are seeing a fundamental shift in how we approach death and what comes after. Compared to just a few decades ago, vastly more Americans are foregoing the old-fashioned burial and turning to the alternative of cremation. This is what brought me here to Rosehill, and now my tour with Jim Koslovski, president of the Rosehill and Rosedale Cemetery, is about to go deeper into his world to see how cemeteries are dealing with America’s after-death revolution.

As I follow him deeper inside the columbarium, we pass through the Rose Room. Urns here are not hidden in niches behind glass, but instead are on display in the open air. I prefer it this way. The glass cases remind me of the razors at the drug store—the ones you can only access by notifying a salesperson with a key. Deeper still, at the very rear of the room, lies a set of stained glass doors. Koslovski slides them open to reveal a hidden set of spy-movie doors, these made of metal. They are solid for a reason: Behind them lies the crematorium itself.

The doors open, and we stroll onto what looks like the floor of a factory, but one dedicated to a certain kind of deconstruction.

SOCIALLY ACCEPTABLE

The Nimtala Burning Ghat (Funeral rites) is the oldest and the most famous cremation ground of Kolkata. It is situated in Central Kolkata.

GETTY IMAGES

Back in 1980, less than 5 percent of Americans were cremated when they died. That figure now stands at about 50 percent, according to the National Cremation Association of North America. Changing cultural and religious standards are at play here, for sure. But if you want to see one event that accelerated the change, look no further than the Great Recession.

“We saw a big uptick in cremation when there was the economic downturn in 2008, when people were losing their jobs. Cremation is a less expensive alternative,” Koslovski says.

“Less expensive alternative” may be putting it lightly. Rosehill charges just $180 to cremate a body, although the urn, flowers, and service are extra. A grave, by contrast, can cost $2,500, plus an additional $1,500 to open the ground with a backhoe.

Rosehill, located about a half-hour from Manhattan, now cremates about 25 bodies per day and has been expanding its facility to meet the growing demand. It already had three cremation machines, but bought an additional unit in 2013, another in 2016, and expects to have a sixth up and running by the end of the year.

THE CREMATOR’S RULE OF THUMB: 100 LBS. OF HUMAN FAT IS THE EQUIVALENT OF 17 GALLONS OF KEROSENE

Of course, burning the dead isn’t a new concept—it was around long, long before the recession forced Americans to start pinching their pennies. Cremation began in the Stone Age, and it was common though not universal in Ancient Greece and Rome. In certain religions such as Hinduism and Jainism, cremation was not only permitted, but preferred.

The rise of Christianity put the brakes on the practice in the West. As early as 330 A.D., around the time that Emperor Constantine adopted Christianity as the Roman Empire’s official religion, Rome outlawed cremation as a pagan practice. The theological reason for the ban was related to the resurrection—it was good to keep the body whole or in one place. Through the Reformation, the Catholic church frowned on or prohibited cremation, though it was used for punishment and hygiene reasons. Jewish law also banned the practice. By the 5th century, cremation had all but disappeared from Europe.

Garinis cremation furnace, Milan, Italy, illustration from LIllustration, Journal Universel, No 1965, Volume LXXVI, October 23, 1880

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The practice saw a resurgence in Europe in the 1870s, mostly because of public health concerns about curbing the spread of disease. The first modern crematory was built in the U.S. in 1876. A second came eight years later. By 1900, there were 20. The practice got another boost in 1963, when the Catholic Church reversed its opinion on cremation during the Vatican II reforms and said cremation was permitted (though ash scattering was not).

Today, there are more than 2,100 crematories around the United States, and the cremation resurgence isn’t just about cost. There are other factors including fewer religious prohibitions on the practice and changing consumer preferences, such as the desire for simpler, less ritualized funerals. Our increasingly mobile way of life plays a part, too, says Robert Biggins of Magoun-Biggins Funeral Home in Rockland, Massachusetts “People aren’t growing up in Mayberry RFD and staying there their whole lives, We’re much more mobile. Generation X and Millennials, they stay in a job on average five to seven years.” Americans don’t want to be sedentary in death, either.

Simply put, cremation has become socially acceptable. Acceptance varies by state and ethnicity, according to a report by the National Funeral Directors Association, but in places like California, Oregon, and Southern Florida, 60 to 80 percent of the dead are now cremated, while the number is much lower in the Bible Belt and among certain cultures, including Catholics and African-Americans.

And there’s one more force pushing cremation as an alternative: Cemeteries are running out of space, Koslovski says. He estimates Rosehill has only 15 years before it’s out of room. It’s no wonder, then, that a lot of cemeteries have applied to build crematoriums—though there’s often opposition, particularly if they’re in a residential area.

“There’s a stigma,” Koslovski says. “There’s still a segment of society that see cremation as gruesome or ghoulish, and they don’t want it in their backyard.”

HOW CREMATION WORKS

Rosehill Crematorium

CAREN CHESLER

Koslovski and I pass through the double doors. As we stand on the floor of the crematorium, a bell rings out.

“What’s that for?” I ask.

“That indicates that there’s a hearse probably backing up to the door,” he says. “So when the guys are in here operating, if they’re doing something and they hear the bell, they know someone is coming.”

The bodies arrive in caskets, occasionally made of wood but more commonly cardboard. They remain in these containers during the entire stay. There are health reasons for this, such as protecting the technicians from infectious diseases. There are moral reasons—“the family would want them in something,” Koslovski says. There are logistical reasons, too. “It would be extremely difficult to load a set of human remains without a casket. Just think of a body, and trying to put it into a cremation unit.”

The caskets go into the crematorium’s walk-in cooler, which is lined with shelves of them. One casket has a label on it from Delta Airlines that says, “Human Remains,” and under it, “Delta Cares.” Bodies typically remain a day or two in the cooler, because most states require a 24-hour waiting period between when someone dies and cremation can occur. When something is so final, you want to take a pause.

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Five large cremation units occupy the floor, each covered in diamond-plated aluminum like you might see on a fire truck or a high-end tool box. It’s called a cremation unit, by the way, not an “oven.” And don’t call the process incineration, even though it is. There are certain words you’re not supposed to say in a crematorium.

Ovens in the crematorium of ’Barrack X’ at the site of the former Dachau Nazi concentration camp in Bavaria, Germany.

GETTY IMAGESRICHARD BLANCHARD

“With ovens, you think of Auschwitz, and that definitely has negative connotations, so people shy away from that nomenclature,” says Brian Gamage, director of marketing at U.S. Cremation Equipment in Altamonte Springs, Florida.

When a body is ready to be cremated, it is removed from cold storage and placed on a retractable table that looks like a gurney, then wheeled over to one of the machines. Cremation is the kind of business where an error would be catastrophic, unforgiveable, and so Rosehill actually uses two forms of ID to make sure the family gets back the right remains. A copy of the receipt is attached to the outside of the cremation unit, and a metal ID tag, similar to a dog tag, accompanies the deceased inside the unit.

While the door can open about 30 to 35 inches wide, most operators open it only a foot or so, enough to accommodate the width of the body. Any more than that will let out too much heat, exposing the operator and the room to fiery temperatures. The body slides in, pushed with a tool or by hand. There are rollers on the gurney and sometimes on the floor of the cremation unit so the casket can slide with ease.

A cremation unit has two chambers: the primary chamber, where the body goes, and the secondary or “after” chamber, where the gases generated are burned off.

“CREMATED REMAINS ARE TYPICALLY BONE FRAGMENTS AND CASKET ASH. REMEMBER, WE’RE 75 PERCENT WATER.”

The primary chamber has brick-lined walls, and a floor and roof made of high heat refractory concrete. A burner descends from the roof and heats the chamber to about 1,200 degrees Fahrenheit, enough to break down a body into gas and bone fragments.

The resulting gases and particulates travel into the after-chamber, a 30-foot maze designed to retain the gases for about two seconds. The after-chamber subjects the gases to a temperature of 1,700 degrees F to make sure the particles and odor are negligible before everything goes up the stack and out into the atmosphere. Gamage says you can think of the secondary chamber like the catalytic converter on an old car, which neutralizes the emissions of the exhaust system.

“Any solid will turn to gas if heated to the right point. That’s essentially what happens to the body, when the tissue is heated to the point where it’s combustible and turns to gas,” Gamage says. “But just like in any combustion device, whether it’s a car or a backyard grill, when you burn something, there’s going to be emissions generated. The key is to design equipment that consumes most of the emissions so that they fall within the state environmental regulations.”

The particulates emitted must be less than 0.1 grains per dry standard cubic foot, according to environmental agencies in most states. Problems arise when gases build up in the secondary chamber and begin to overflow. That can happen if the machine isn’t designed properly or if the operator overloads the primary chamber, which can happen for surprising reasons. For example, putting an obese person in the unit at the wrong time of day.

As macabre as it may sound, weight is something crematorium operators must worry about. The machine doesn’t know the difference between a person who weighs 150 pounds and a person who weighs 400. It just does its job. The cremator’s rule of thumb is that 100 pounds of human fat is the equivalent of 17 gallons of kerosene. If you have a body that weighs 400 pounds, at least 200 of it will be fat that will burn rapidly. If you put that person into a very hot machine, as the cremation unit tends to be at the end of the day when it’s been running for hours, the chamber may emit smoke and odor out of the stack.

“It’s just too much gas for the machine to handle,” Gamage says. “Most experienced operators will do those larger cases as the first cremation of the day, when the machine is colder.”

Screens on the Rosehill units.

CAREN CHESLER

Inside the Rosehill crematorium, I’m staring at a computer monitor that reduces this ritual into raw data. The body inside is a male, it’s the second case of the day, it’s in a cardboard container weighing 201 to 350 lbs, and it has already been there for an hour and 20 minutes. A diagram on the screen shows the machine’s various chambers. Three little blue flames are illuminated under one of the chambers, indicating that “hearth air” is now being blown in to the chamber to help cool it down. It’s currently between 910 and 1150 degrees inside, but moments earlier, the temperature had been 1600 to 1800 degrees.

Altogether, it takes about an hour and a half to cremate a body, though that varies depending on the person’s weight and the type of casket they’re in. The time-consuming nature limits the number of bodies each can cremate. During my visit, all five of Rosehill’s machines were in various states of operation just to keep up with demand. Each needs to get five bodies done in eight hours. Rosehill’s cremation units run six days a week, standing idle only on Sundays.

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“For religious reasons?” I ask Koslovski.

“No,” he says. “we just need a day off.”

CLOSE TO HOME

GETTY IMAGES

When Lisa Tomasello was growing up in a large Italian Catholic family, the death of a relative was just the beginning of a grueling two or three days. Visitors would sign the guest book in the outer room, and form a line to get to the casket. People would sit in front of the body of the deceased, kneeling and praying and making the sign of the cross, before kissing them on the hand, face or lips. “The closer the relation, the closer to the lips,” she says.

The immediate family sat in the front row receiving visitors in front of the dead body. Tearful outbursts and cries in Italian were commonplace. During the breaks in the wake, the family would go out for dinner and laugh and tell stories before returning to the funeral home for several more hours of crying. And all that was all before the funeral, which would start at a funeral home, resume at a church, and culminate at a cemetery before everyone was invited back for lunch.

But once the body was buried and the headstone placed, then what? Tomasello, who I knew growing up, says it’s a question that nagged at her after every cycle of mourning. Maybe you visit the deceased a few times during the first few years. Maybe you don’t visit them again until another family member is buried in that plot. “My grandparents’ graves haven’t been visited in 30 years,” she says.

When Tomasello grew up and her own parents passed away, she wanted something different. She and her siblings decided to have a small service and to cremate their mother’s body when she died. When her father followed a few years later, they dispensed with the formal service and made a toast to him with a shot of Jack Daniels, then had him cremated and divvied up the ashes.

“I have my parents in my bedroom and I am comforted with them there,” she says. “There is no pressure or guilt of having to visit them in a cemetery, and they will stay with me until the end of my time.”

“MY GRANDPARENTS’ GRAVES HAVEN’T BEEN VISITED IN 30 YEARS.”

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It’s hard to let people go. We want them in an urn, to keep them near, sometimes even anthropomorphizing these objects as a way of bringing our loved ones back to life. The urn doesn’t contain mom’s ashes. The urn is mom.

I bought a bench on the boardwalk in my town to memorialize my father. Now that bench is my father. When I watch the sunrise and see the bench’s silhouette, he is watching it with me.

WHAT IS LEFT BEHIND

CAREN CHESLER

There is no easy way to say it: The physical attributes you picture when you envision a loved one—the eyes, the skin, the hair—disappear during the cremation process. Even after all we’ve been through—our experiences and memories, pain and suffering, tests taken, facts learned—one of the biggest parts of our cremated remains is the coffin. “Cremated remains are typically bone fragments and casket ash,” Koslovski says. “Remember, we’re 75 percent water.”

Once the heating is over, cremated remains are put onto what looks like a silver baking tray. A technician runs a magnet over them to remove all of the ferrous materials that did not combust during the cremation process. These often come from a person’s staples, screws, hinges, and prosthetic joints. Someone then has to clean by hand any material the magnet missed—say, the bits of glass left behind because someone wanted their father cremated with a bottle of scotch. Those pieces are buried somewhere on the cemetery grounds.

“What is that?” I ask, pointing to one of the silver trays of remains.

“That’s a bone fragment. Probably a disc vertebrae,” Koslovski says, adding, “You can learn anatomy here.”

“These are green,” I say.

“I don’t know why. It could be something the person was treated with. It’s hard to say. It could have been cancer.”

The crematorium puts the bones and ash that remain into a pulverizer, not unlike a food processor. The remains are then put through a sieve and into a container for the family—but not always. Some Asian cultures want to be able to pick through the unpulverized remains to take bone fragments. A skull or hip bone is prized. They don’t want the bone fragments processed at all.

CAREN CHESLER

Hindus often want the eldest son to commence the cremation process as a rite of passage, so he’s allowed down on the crematorium floor to turn on the machine. Other families just want to observe the process—about a dozen make that request each week. Rosehill allows them to do so, from an observation deck. To Koslovski, it’s about making sure people understand the process, that they’re not afraid or skeptical of cremation because of misinformation or rumor.

“[Some people think] you’re cremating multiple people together. You’re reselling caskets. It can be anything. People watch the news.”

I press him on the stories, the urban legends about crematoriums. Is any of it true? Do cremated remains from one person ever wind up getting mixed in with another? He explains that everyone is cremated separately and the units are swept thoroughly after every cremation.

However, I remember Barbara Kemmis, the spokesperson for the Cremation Association of North America, telling me that while machines are swept or vacuumed between cremations—and that while operators do their best to remove recoverable remains—it’s possible that minute amounts could get caught in tiny wells and divots in the brick walls or concrete floor of the machinery and inadvertently wind up in another person’s cremated remains. Another part of the process that’s perhaps best not to think about.

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THE THINGS WE CANNOT BURY

Cardboard caskets

CAREN CHESLER

Cremation, like death, is final. But that doesn’t mean you won’t have second thoughts. Susan Skiles Luke, a marketing consultant in Columbia, Missouri, had her mother cremated and buried in a family plot. Now, she wishes it was her mother’s body and not just the cremated remains that was in the grave.

“When I go there, which isn’t often, I want to feel like her body is under ground, right alongside my grandparents and beloved great aunt, all dressed up in their Sunday best, not some heavy shoebox of something that looks like cigarette ashes,” she said.

When her older brother, with whom she was very close, died tragically of a drug overdose 13 months later, skipping the old-fashioned burial in favor of cremation was a godsend. It allowed her to skip the whole public ordeal of a funeral. “If you’re still pissed—maybe they checked out like my bro did—you don’t have to go through the public drama of a casket, dealing with the body, to display it not, discussing the circumstances of his death,” she says. “[You can] deal with the logistics of ‘the body’ when you’re ready.”

That’s one of the advantages of cremation: You can address your emotional issues with the dead on your own terms. The disadvantage? Now you’re left with the remains, this tangible object impressed with memories. After Luke’s brother passed away, she picked up his ashes on the way home from work, as if it were just another weekday errand. The funeral home was on the way home, after all. “I was too stupid to ask someone else to pick (my brother) up, and had never done it before. I wasn’t prepared for how personal it would feel,” she said. “I threw my brother’s ashes in the trunk with a thump and cried all the way home.”

A few years later, when her stepfather passed, she couldn’t even bring herself to pick up the ashes, even as the funeral home kept calling. “I never spoke to them. I listened to one voicemail, politely reminding me to ‘come get your dad,’ It was the phrase, coupled with the fact ‘my dad’ was a bunch of ashes stuffed in a box, that just reminded me of that afternoon I picked up (my brother) Tom,” she said.

One day, she returned home to find her dad’s ashes sitting on her doorstep.

She now has two boxes of their remains in storage somewhere, though she doesn’t know exactly where. She asked her husband to hide them somewhere so she didn’t have to look at them. “Not the healthiest reaction,” she admits.

Ellen Herman, who sells digital advertising in Los Angeles, is in a similar situation. About nine years ago, her parents died about a year apart and were cremated. She went to a mausoleum in Florida, where her parents lived before they died, to see if there was a place she could put them in a drawer and honor them with some nice words.

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She meant to, anyway. She never followed through.

Ellen Herman hung onto the remains of her parents. They’re in the bags marked “Neptune Society.”

ELLEN HERMAN

“They are in my house. Actually, in my bedroom! In boxes, under a bunch of other shit,” she says. “I had them in the garage for a little while, but that felt wrong too.”

Some of their ashes were scattered in various places, individually and combined, and her dad’s brother has a bit of her dad, but the bulk are in the box in her house. “Neither of my brothers wanted the stuff in their homes, and I didn’t feel right scattering all of them,” she says. “I suppose the fact that families don’t live as close together as they once did lessens the significance of a burial plot to visit, but I still find the remains sitting in a box in my bedroom less than ideal and respectful.”

Sometimes, instead of burying people in the ground, we bury them among our stuff. We lose them among the emotionally charged paraphernalia of our lives. It is just too hard.

BACK TO THE EARTH

We come from the Earth, we return to the Earth. That may be true, but the way we return to the Earth matters on more than an emotional level. It’s an environmental concern. As cremation continues to replace burial as a go-to way of dealing with the dead, the emissions that come along with this process are becoming a serious worry—so much so that people are starting to consider some wild-sounding alternatives for disposing of human remains.

There is now a water-based process called alkaline hydrolysis, which is being marketed as a more environmentally friendly postmortem option because it produces less carbon monoxide and pollution. Alkaline hydrolysis involves placing a body in a chamber that is then filled with water and potassium hydroxide and heated to about 320 degrees F at high pressure. After three hours, the body becomes a green-brown tinted liquid and bones are soft enough to be crushed. The bones can be returned to the family, while the liquid can be sent into the sewer system.

If this sounds rather dystopian to you, it’s partly because the process was invented as a way to dispose of animals infected with mad cow disease. When farmers in Europe had to put down herds of cattle infected by mad cow disease, their initial answer was to dig trenches, pour gasoline, and set the animal carcasses on fire. When alkaline hydrolysis was introduced in the 1990s, manufacturers made stainless steel vats about 20 feet across into which the carcasses could be thrown. The pressure of the alkaline hydrolysis process would kill the prion—the protein particles in the animal’s brain that are believed to have caused the disease.

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“PEOPLE THINK, WOW, YOU DISSOLVED MOM, AND YOU’RE PUTTING HER IN THE SEWER.”

In the years since them, some companies have proposed alkaline hydrolysis as a more environmentally friendly solution for human remains. “They took the technology and tried to apply it to the cremation side,” says Gamage of US Cremation Equipment. “It’s capitalism at its finest.”

Perhaps unsurprisingly, this process has taken off as a popular post-mortem solution for people. It’s slower. The technology is more expensive: A stainless steel pressurized unit can cost from $175,000 for a basic unit to $500,000 for a high end unit, while a cremation unit costs about $80,000 to $100,000. There are legal issues, too, because the process is prohibited unless a state passes legislation specifically allowing for it.

And then there is the “ick” factor: We’re talking about reducing a human body to a soupy mess that goes into the sewer. That may hold some allure for people put off by the idea of burning a body into nothing but bone and ash, but most people haven’t come around to the way byproducts are disposed after alkaline hydrolysis.

Koslovski, ever the pragmatist about dealing with death, sees it another way.

“People think, wow, you dissolved mom, and you’re putting her in the sewer. I understand that. But my thought is, with embalming, the fluids from your mother are being put in the sewer system as well. It’s the same thing.”

THE MISSING MARKERS

Mexican musicians play next to a columbarium during the Day of the Dead celebration on November 02, 2014 in Morelia, Mexico.

GETTY IMAGESJAN SOCHOR

In the movies, characters are always scattering the ashes of a loved one over the side of a boat or off the top of a mountain. In reality, cremation rarely ends that way. The Cremation Association of North America estimates that 60 to 80 percent of cremated remains go home with people who intend to place them in a cemetery or scatter them at a future date. But while that may be their intent, scattering is not as popular as people think.

“Based on recent media coverage of people seeking to recover cremated remains lost in fires, floods and mudslides, I suspect a high percentage of remains are in homes,” Kemmis says.

There are actually laws dictating where ashes can be spread. In Massachusetts, for instance, the law says cremated remains may be “scattered with candor.” “What does that mean? It means you can’t just run down Main Street and throw them in the air or sprinkle them in your neighbor’s driveway. But there’s nothing to say you can’t sprinkle them in the golf course where your dad hit golf balls for 40 years,” says Biggins of Magoun-Biggins Funeral Home in Massachusetts.

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While scattering ashes seems romantic, there’s something to be said about keeping your loved one in one place, and then marking that place with a name.

“We mark the graves of our loved ones with a headstone to memorialize them, so we don’t forget them,” Biggins says. He lost his wife tragically when she was 57, and he visits her grave frequently and finds comfort in just seeing her name. “And when I see how many people remember her, they may leave a pebble or a coin, for me to go there on a weekly basis and see dozens of pebbles and coins, it’s heartwarming to see that people remember her.”

THE LAW SAYS CREMATED REMAINS MAY BE “SCATTERED WITH CANDOR.”

As I leave Rosehill cemetery, I decide to stop by the grave of my friend, David, who grew up in Harlem and was dealt a bad set of cards. His mother was an alcoholic. His father had left. And while he had a mother and grandparents, he still wound up in the child welfare services system. He was sent to a city-funded boarding school outside New York and managed to graduate with a football scholarship to the State University of New York at Cortland, but he lasted just one semester before landing back in Harlem. And like something out of a bad movie, he met a girl, was introduced to crack cocaine, lost his job, wound up with HIV and ultimately developed kidney issues that landed him on dialysis for well over a decade. He was on the kidney donor list and was near the top when he died of heart failure in 2015.

I’d gone to his funeral, but hadn’t made it out to the cemetery—the one in which I now found myself. I decided to visit his grave. I followed the directions I was given, to Section 48, Row 24, Grave 83. It was a large cemetery, but when I finally found the section, it was easy to find the grave. I was surprised to see nothing marking the spot where he was buried. It was just a patch of dirt with a number “83” handwritten in concrete. There were big marble headstones on one side of him and on the other side, a pile of plastic flowers, bits of light blue ribbon and raffia, styrofoam crosses that said, “I Love You,” and a deflated white balloon, all contained in a little wire fence, as if there was a party in the neighboring grave site the night before, and David hadn’t been invited.

CAREN CHESLER
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The lack of fanfare for my friend seemed unfair. He’d been so generous, to me, to his addict girlfriend, to his niece in Florida to whom he would send money despite having so little, himself. Without a headstone, no one would even know he was under there – or for that matter, that he’d been up here.

Whether it’s a burial or a cremation, the hard part is letting a loved one just float off into obscurity. We need that physical marker, a headstone, a bench, an urn, to show that the person existed, that they once walked this Earth.

I went to my car and found a trophy my son had found in the garbage and thrown on the floor of the back seat. It was a football player. I took a black Sharpie from the glove compartment and wrote on the front of the trophy, “David, April 23, 1954 to April 23, 2015.” I walked over to Grave 83 and placed the trophy at the top of the patch of dirt where a headstone might go. I then left a pebble, as people sometimes do, and walked back to my car.