Evolución de la comida procesada y los azúcares añadidos en España

http://loquedicelacienciaparadelgazar.blogspot.com.es/2018/01/evolucion-de-la-comida-ultraprocesada-y.html

No es habitual encontrar estudios epidemiológicos interesantes sobre nuestro país. Los grandes trabajos de este tipo casi siempre llegan de Estados Unidos y los investigadores españoles últimamente no andan sobrados de recursos ni de iniciativas para poder trabajar. Esto provoca que gran parte de la realidad alimentaria la interpretemos en base a información obtenida a muchos kilómetros de distancia.

Por eso se agradece especialmente la reciente publicación de “Added sugars and ultra-processed foods in Spanish households (1990–2010)” (2017), un estudio con una muestra significativa (más de 20.000 hogares que son encuestados por el INE) y sobre un periodo de tiempo importante (tres décadas, de 1999 a 2010). Además,  me parece que tiene un interés añadido porque se ha centrado en la obtención de dos datos de especial relevancia para la obesidad: el consumo de azúcares añadidos por un lado y el nivel de procesamiento de la comida por otro. Este segundo dato es especialmente novedoso y se ha calculado siguiendo las directrices de la clasificación NOVA, de la que hablé en este post anterior.

El estudio incluye un gráfico final que resume bastante bien los resultados finales y que he redibujado en color, para una mejor visualización:

Como pueden observar, los azúcares añadidos han aumentado de un 8,4 a un 13%, es decir, en más de un 50%. Por su parte, los alimentos ultraprocesados han pasado de aportar algo más de una décima parte de las calorías de la dieta a casi un tercio. Mientras que los no procesados se han reducido, de algo más del 60% de la energía a poco más del 40%. Y recuerden que el dato más reciente es del año 2010, por lo que es esperable que en la actualidad los resultados sean aún peores si la tendencia se ha mantenido.

Si tienen curiosidad por conocer con más detalle el consumo actual de los diferentes tipos de alimentos en concreto, el trabajo también incluye una lista bastante detallada con los últimos datos, los del año 2010. Aquí tienen los más interesantes:

Si se fijan en la aportación calórica de cada uno, comprobarán que los aceites vegetales, los productos de panadería y la carne, por ese orden, son los alimentos que aportan más cantidad. Seguidos de la leche, la fruta y los cereales.

¿Se han llevado alguna sorpresa? ¿O era más o menos lo que esperaban? A mi me llama la atención que simplemente eliminando de la dieta la primera media docena de alimentos ultraprocesados, reduciríamos nuestra ingesta calórica en una cuarta parte.

Por cierto, si desean profundizar en el tema y en la relación entre el consumo de alimentos ultraprocesados y la obesidad, les recomiendo leer “La guerra contra el sobrepeso“, ya que es una de las temáticas principales del libro.

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Los desmanes del “pedagogismo”

http://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=5102

No, no eran “compinches” los antiguos Maestro y Discípulo…


No hace mucho, en uno de sus artículos de prensa, Arturo Pérez Reverte reconocía -a su pesar- que el mejor Bachillerato que ha tenido España fue el de 1957, el de la época de Ruiz Giménez.

Hace algunos años, asistí en Murcia a una conferencia de Adela Cortina, prestigiosa profesora de Filosofía y ensayista especializada en Ética. No recuerdo nada de lo que dijo, salvo una idea en la que coincidí del todo con ella: que, en el ámbito de los profesores de Filosofía, existían muchos compañeros que complicaban la asignatura de manera completamente innecesaria, confundiendo las aulas de Bachillerato con las de la Universidad. Y no se trataba de eso -prosiguió la conferenciante-, sino de enseñar los fundamentos del saber filosófico, la gran terminología clásica, el glosario utilísimo y perenne que todo bachiller digno de tal nombre debería conocer.

Viene todo esto al caso porque, junto a la consabida realidad logsiana de la simplificación extrema en los contenidos académicos, esa infantilización de la enseñanza que tantas veces hemos lamentado, existe otra realidad sorprendente y que con frecuencia permanece oculta: la frecuente asignación a nuestros alumnos de Secundaria de tareas y actividades que el observador externo (con frecuencia, un padre ilustrado) percibe como farragosas, excesiva e innecesariamente complejas, por encima de las capacidades de los estudiantes y, en fin, de muy dudosa utilidad formativa. El padre ilustrado que ve lo que le han mandado a su hijo menea la cabeza, piensa que aquello no es razonable, intenta ayudarle si puede y, a la vez, comprueba que ese vástago suyo, como tantos otros de los adolescentes de hoy, padece unas lagunas culturales oceánicas.
¿Por qué sucede todo esto? En último término, el fenómeno que comentamos está relacionado con la creciente entropía de la cultura occidental. No hace mucho, en uno de sus artículos de prensa, Arturo Pérez Reverte reconocía -a su pesar- que el mejor Bachillerato que ha tenido España fue el de 1957, el de la época de Ruiz Giménez. Y es que, en el mismo, y descontando todas las objeciones ideológicas que se quiera oponer, se percibía una claridad mental que se fue ofuscando en las décadas posteriores. El orden escolástico, el uso rotundo y preciso del idioma, el espíritu de la Espasa-Calpe y de las Enciclopedias Álvarez, el despejo intelectual heredado de Balmes, la influencia de largo aliento de Menéndez Pelayo, el enciclopedismo y la habilidad psicológica de la pedagogía jesuítica, la cultura filosófica de un Rafael Gambra, el símbolo de la carrera de Filosofía y Letras: dando por supuesto que, como siempre sucede, también entonces la mediocridad se mezclaba en todas partes con la brillantez, el caso es que, en la España de aquellos tiempos, existía un excelente humus para producir cabezas bien amuebladas. No necesariamente brillantes, pero al menos aseadas y correctas en el plano intelectual. Cabezas que luego ocuparían sillas de maestro, cátedras universitarias y despachos ministeriales.
Ese orden escolástico troqueló varias generaciones de universitarios entre 1950 y 1970; y, aunque alguien  tan respetable como Julián Marías lo lamentase como signo del encastillamiento de la cultura franquista en una visión del mundo obsolet, el caso es que prestó un muy apreciable servicio a la España de aquella época en términos de claridad intelectual.
Sin embargo, muy pronto todo ese edificio empezó a venirse abajo. En Europa, las décadas de 1960 y 1970 asistieron a un furor inusitado por los pseudo-filósofos del estructuralismo y post-estructuralismo; en la de 1980, una nueva generación de filósofos posmodernos vino a terminar esa labor de demolición. La precisión conceptual, la diafanidad de los conceptos clásicos, pasaron a ser considerados un síntoma reaccionario. Y esta tendencia, que empezó en las cátedras universitarias francesas, terminó llegando también a los programas educativos y a los libros de texto.
El logicismo se fue imponiendo, así, al viejo saber humanístico. La Lingüística se convirtió en la reina de las Ciencias Humanas. Roland Barthes quedó entronizado como el intelectual por antonomasia.  Llego a las aulas de los institutos la dictadura del análisis morfo-sintáctico como tarea central de la asignatura de Lengua. En España, Fernando Lázaro-Carreter constituye la frontera entre estos dos mundos: en la década de 1970, sus manuales para E.G.B. ya adoptaban la nueva moda, aunque, irónicamente, años más tardes convertiría en inesperado best seller una recopilación de artículos –El dardo en la palabra– que, hundiéndose en el castellano sustantivo y en la fascinante historia de las palabras, desmentía la tendencia logicista reinante en las Facultades de Letras y en los libros de texto en general.
El espacio desproporcionado que el análisis morfo-sintáctico ocupa en las actuales aulas de Secundaria constituye un símbolo de un desequilibrio análogo en muchas otras asignaturas. El viejo saber humanístico, poético, filológico, etimológico, alegórico, simbólico y folklórico queda sustituido por un pseudo-saber de nuevo cuño, parido por los pseudo-profesores que desembarcan en la Universidad en la década de 1980, jubilando a los antiguos catedráticos al amparo de la nueva autonomía universitaria, coartada de un verdadero golpe de Estado académico. Y esta nueva generación de profesores universitarios, educados en la pseudo-cultura sofística del estructuralismo y post-estructuralismo desde la segunda mitad de la década de 1960; esta nueva generación, decimos, carente de verdadero rigor intelectual y de toda erudición de gran estilo, es la que diseña los planes de estudios que entran en vigor a partir de 1990. En ellos, por una parte se simplifica y poda contenidos, y, por otra, se incurre en el vicio contrario: complicar innecesariamente, olvidando que el instituto no es el lugar de ningún saber especializado, sino de la mirada panorámica sobre el variado paisaje del saber. Esto es, el lugar de la cultura general.
En esta atmósfera de caos mental se pierde de vista esa sencillez luminosa del vocabulario fundamental de la que hablaba Adela Cortina, esa precisión escolástica que ha echado de menos un Gustavo Bueno, ese tono narrativo y épico cuya ausencia en los libros de Historia denuncia Pérez- Reverte. Se multiplican las asignaturas y los libros de texto. Los currículos, elaborados por profesores carentes de verdadera profundidad intelectual,. quedan con frecuencia desequilibrados y mal enfocados. Los mismos profesores que imparten las distintas materias son arrastrados fatalmente por esta marea, oponiendo más o menos resistencia: en parte, porque ellos mismos se formaron en una universidad viciada, en parte porque “es lo que ordena el programa oficial y no hay más remedio que dar esto”, en parte por la falta en muchos de una cabeza bien amueblada y en parte porque se cede, de modo consciente o inconsciente, a la tentación de una complejidad que otorga cuota de poder ante los alumnos, atemorizados ante el enrevesado aspecto de la asignatura y de los requisitos necesarios para aprobar.
De esta manera, los alumnos llegan al final del Bachillerato habiendo realizado un gran número de esfuerzos académicos poco razonables a efectos formativos, cuando no directamente absurdos; y, a la vez, padeciendo grandes lagunas en conocimientos y aptitudes básicas (comprensión de lo que se lee, correcta lectura en voz alta, toma de apuntes, capacidad para hacer exposiciones orales, redacción etc.). Y es que la entropía lo tiene siempre muy fácil para extenderse: basta con que, aunque las partes gocen de coherencia interna por separado, carezca de ella el todo que las engloba. Tal cosa es lo que sucede en un sistema educativo que acumula materias e ítems culturales sin ton ni son, desprovisto de cualquier vestigio de visión panorámica sobre el conjunto de lo que se pretende enseñar en los institutos. No existe plan general, no existe punto de vista integrador, no existe ningún análisis cultural digno de tal nombre que se pare a reflexionar sobre el porqué y el para qué de lo que se enseña. Y, si no se tiene claro ni el porqué ni el para qué, ¿cómo extrañarse de que también incluso el “qué” termine siendo ampliamente problemático?
Dejamos a nuestro padre ilustrado meneando la cabeza ante la absurdidad de lo que tiene que hacer su atribulado hijo. Meneando la cabeza y anhelando una enseñanza más diáfana, más útil, mejor pensada. Para la cual, claro, es imprescindible disponer, a todos los niveles, de mentes lúcidas y frentes despejadas. Cosa difícil de encontrar, desde luego, en la Era de los Sofistas, en la que el pensamiento genuino debería considerarse especie protegida, por hallarse, a todas luces, en peligro inminentísimo de extinción.

25 años después, checos y eslovacos se arrepienten de haberse separado

https://www.elespanol.com/mundo/europa/20180101/anos-despues-checos-eslovacos-arrepienten-haberse-separado/273722775_0.html

Vaclav Havel, último presidente de Checoslovaquia.

Hoy hace 25 años que la República Checa y Eslovaquia se “divorciaron”. Según muchos, fue una separación acordada en los despachos y que los ciudadanos simplemente tuvieron que aceptar: la decisión nunca fue avalada por un referéndum, y en una consulta realizada un año antes de la partición sólo el 36% votó a favor de la misma. El llamado “divorcio de terciopelo” acabó con la existencia de Checoslovaquia, un país nacido tras la Primera Guerra Mundial que este año celebraría un siglo de existencia y que algunos continúan echando de menos.

La partición se llevó a cabo de manera expeditiva y sin miramientos ni preparativos. Para repartir los recursos e instalaciones entre checos y eslovacos se siguió el principio de los tres tercios: dos tercios para la República Checa y un tercio de los ferrocarriles, efectivos militares, embajadas, billetes de banco, etc., para Eslovaquia (La República Checa doblaba, aproximadamente, a Eslovaquia en superficie y población).

Por su parte, la población continuó viviendo en el lugar donde vivía, aunque Praga exigía haber nacido en Chequia para otorgar la nacionalidad y Eslovaquia pedía la residencia legal permanente en el país para hacer otro tanto. Esto dejó en un limbo burocrático a la comunidad gitana, compuesta por decenas de miles de personas en su mayor parte nacidas en Eslovaquia pero asentadas en la República Checa.

La cirugía geográfica dejó otros cabos sueltos, más difíciles de cuantificar pero no poco importantes. Como el desgarro emocional que supuso para muchos ciudadanos la división del país en el que habían nacido y crecido o la separación de familias, parejas y amigos poniendo una frontera por medio. Como escribió la periodista Zuzana Szatmary, “nos cortaron un brazo y una pierna y nos dijeron que a pesar de ello debíamos ser felices”. Para la primera generación nacida tras la independencia de estos países, como Jan Kaláb, “es difícil tener una identidad nacional cuando eres más viejo que tu país”. A pesar de que se presenta como un ejemplo de escisión política llevada a cabo de un modo pacífico y ejemplar, muchos antiguos ciudadanos de Checoslovaquia, como el que fuera el último embajador de ese país en los Estados Unidos, opinan que “no fue todo color de rosa y quedaron muchos flecos sin resolver”.

“No deberían tomar a la ligera la independencia de Cataluña”

Comparando la partición con “una despedida apresurada en la que no puedes decir todo lo que sientes”, Milan, un checo casado con una eslovaca, cree que “En España no deberían tomar a la ligera la independencia de Cataluña; sería irreversible y no creo que fuese bueno para nadie más que para los políticos. La “revolución de terciopelo” duró poco pero fue una revolución. Y el divorcio de terciopelo” fue incruento, pero al fin y al cabo fue un divorcio.” Precisamente, los Juegos Olímpicos de Barcelona fueron los últimos en los que participaron atletas bajo la bandera Checoslovaca.

El histórico líder checoslovaco Vaclav Havel intentó con todas sus fuerzas evitar que se consumase la separación. El Nobel de la Paz que dedicó muchos años a intentar que los ciudadanos checoslovacos se uniesen para construir un futuro común, quedó desolado por la decisión del Parlamento eslovaco de votar su independencia y dimitió de su puesto de Presidente una hora después. Por el contrario, instituciones como la Iglesia católica eslovaca celebraron el acontecimiento y lo calificaron como “un regalo de Dios”, ya que mientras que dos tercios de los eslovacos se declaran católicos, sólo el 10% de los checos comparten esa fe.

Con el tiempo, ambos países han conseguido mantener buenas relaciones y cuando un nuevo mandatario toma posesión de su cargo en Praga o Bratislava, el primer viaje oficial suele ser al país vecino. Además, ambas naciones han conseguido mantener el nivel de prosperidad del que gozaban antes del “divorcio”, si bien Eslovaquia, que era considerada la parte “rural” de Checoslovaquia, proporcionalmente ha mejorado más su economía. En las televisiones de ambos lados de la frontera se emiten programas en el idioma de sus vecinos y periódicamente se especula con la unión de ambos equipos nacionales de fútbol en una selección común.

El proceso de fractura empezó a cobrar forma en junio de 1992. Vaclav Klaus y Vladimir Meciar, que reclamaban una mayor autonomía para Chequia y Eslovaquia respectivamente, ganaron las elecciones de ese año y mostraron como un desenlace irreversible la división en dos del país. Las negociaciones se llevaron a cabo, de manera significativa, en la villa Tugendhat, una casa de estilo internacional y moderno diseñada en los años 20 por el arquitecto Mies van der Rohe. En su primer encuentro, Meciar reclamó un banco nacional eslovaco, un ejército eslovaco y representación internacional independiente en todos los foros. “En ese momento”, recuerda Klaus, “supe que el divorcio era irreversible”.

“Los políticos que están para arreglar problemas”

Sin embargo, el eslovaco Meciar asegura que su intención no iba más allá de conseguir una confederación que siguiera manteniendo la forma de un país común. En cualquier caso, apenas un mes más tarde el Parlamento de Eslovaquia declaraba la independencia y seis días más tarde Chequia aceptaba iniciar las negociaciones con vistas a declarar su propia independencia el uno de enero de 1993. Una de sus condiciones fue conservar la antigua bandera checoslovaca como propia, a pesar de las protestas por parte eslovaca.

Según recuerdan muchos, los ciudadanos de todo el país se enteraban por las noticias de lo que les iba a deparar el futuro, ya que los políticos de ambos lados jamás convocaron un referéndum que les diese voz. En las sucesivas consultas que se han llevado a cabo –nunca con carácter vinculante- la mayoría de los ciudadanos se ha manifestado en contra de lo que ocurrió. En un pueblo llamado Sidonia, situado en plena frontera, un vecino se quejaba diciendo que “la única tienda que hay está en un país, mi casa está en otro; nunca pensé que iba a ver un día tan triste y me gustaría recordar a los políticos que están para arreglar problemas, no para crearlos. A los checos nos gustan los eslovacos, su lengua y cultura.”

La noche del 31 de enero de 1992, el himno de Checoslovaquia se escuchó por última vez en los televisores de Praga, y a continuación se pudo escuchar el nuevo himno checo. Aún hoy hay gente que se sigue considerando checoslovaca y cada día de año nuevo, dos grupos de personas –checos y eslovacos- se reúne en la montaña de Velka Javorina para celebrar juntos el cambio de calendario y tal vez desear que nunca se hubiese cambiado el mapa.

Pasé 80 días intentando conseguir abdominales y mi vida se fue a la mierda

https://www.vice.com/es/article/7xebae/como-tener-abdominales-en-80-dias

Hay una foto de Hugh Jackman que ha estado circulando desde hace un tiempo en internet. Es una comparativa del antes y el después del físico de Jackman en la primera película de X-Men con el que tenía en una de sus últimas películas de la franquicia. En la primera imagen, el actor está medianamente musculoso y tiene un estómago plano. En la segunda, Jackman parece un personaje de dibujos animados. Se le marcan todas las venas y tiene un torso que parece una letra V deshidratada. Hay comparaciones físicas de fotos de La Roca antes y después de su éxito en Hollywood. Chris Evans en Los 4 Fantásticos comparado con Chris Evans en Capitán América. Hasta Paul Rudd —cuya carrera está basada en la representación del hombre de a pie descuidado— tiene fotos del antes y el después.

En Hollywood se han vuelto comunes las transformaciones físicas, y han coincidido directamente con el surgimiento de las películas de superhéroes en el cine comercial. Se espera cada vez más que los protagonistas se parezcan a los personajes de cómic que interpretan. Ha redefinido nuestro concepto ideal del cuerpo y de quién está y quién no está en forma.

El mejor ejemplo de esto es Chris Pratt. La transformación del cuerpo de Pratt para Los guardianes de la galaxia dominó la prensa de ese momento: de comediante gordito a protagonista de cuerpo hercúleo. Lo que decía todo el mundo es que antes de que tuviera el abdomen como una tabla para fregar, su cuerpo era para echarse a llorar. Pratt era el típico tipo en baja forma y desaliñado.

Si ha pasado un tiempo desde que viste fotos (o GIF) de la era de Pratt de Parks and Recreation, haz click en uno de los enlaces. ¿Sorprendido? A pesar de lo que nos han vendido una y otra vez, tiene un aspecto bastante normal. Pratt, antes de ser Starlord, se ve mejor sin camiseta que la mayoría de hombres que conozco. Si ese es el estándar, ¿qué nos queda al resto de nosotros? Esto es suficiente para jodernos la cabeza.

De pequeño tenía problemas de peso. Al entrar en la pubertad llegué a pesar hasta 105 kg, y a los once años me gané el cruel apodo de “niño con tetas”. Los comentarios de los otros niños me dejaron con un trastorno alimentario grave cuando llegué a la adolescencia. El peso se volvió una obsesión.

Aunque he pasado mucho tiempo hablando con terapeutas sobre imagen corporal, sigo sufriendo muchos de los efectos de mi trastorno alimentario en todos los aspectos de mi vida, desde mi ligera adicción a los refrescos light hasta mi increíble habilidad de terminarme un paquete de patatas fritas sin importar el tamaño que tenga. Ese historial complica mi relación con la comida y el ejercicio y, en algunos momentos, también baso mi autoestima en mi aspecto cuando estoy desnudo.

A principios de este año, durante una desventura que viví mientras investigaba para un artículo, caí en un agujero negro de vídeos de ejercicio de YouTube. Me pasé horas viendo a personas que solían ser gordas hablando de la alegría que les traían sus nuevas figuras; a pseudocientíficos ofreciendo pastillas milagrosas y batidos. Incluso estuve viendo monólogos motivacionales de películas con bandas sonoras de nu-metal.

Todo eso me hizo preguntarme qué tendría que hacer yo para llevar a cabo ese tipo de transformaciones. Aunque prácticamente me había resignado a la idea de que los abdominales eran algo que solo le pasaba a los demás —como tener pasta o enamorarse—, quería saber si, dando todo de mí, podría lograr tener una buena tableta en el abdomen. Y, además, dado mi historial, ¿debería molestarme en intentarlo?

En el transcurso de once semanas y media logré estar en la mejor forma de toda mi vida. También logré aislarme de las personas más cercanas a mí, causar gran daño a mi relación y cagarme encima. Dos veces

Esas preguntas rondaron mi cabeza durante meses mientras hacía cuarenta minutos de elíptica, o me daba un atracón de tacos a media noche, borracho. Volvía a ver vídeos de transformaciones físicas y empecé a buscar páginas de internet sobre dietas y nutrición. Cuando se lo mencioné a mis amigos, me mostraron sus dudas de forma respetuosa. Les preocupaba que el dedicar una franja de mi tiempo a perder peso y romper viejas me pudiera dejar en un pésimo estado.

Sugirieron un enfoque más práctico, pero la verdad es que toda mi vida adulta había intentado ese enfoque práctico: ya voy al gimnasio un par de veces a la semana; tomo batidos de proteína; he visto vídeos de yoga que algunos exluchadores promocionaban e incluso he intentado una cosa que se llamainsanity, un programa que, según entendí, promueve la pérdida de peso a través de una combinación de actitud positiva y dar saltos. No quería más enfoques casuales. Quería marcar abdominales.

Mi app de Fitness Pal

Después de meses de deliberación, finalmente me decidí a llevar a cabo una transformación física. Escogí la de los abdominaless en ochenta días. Quería tener resultados notorios en un periodo de tiempo que pareciera difícil pero posible. En el transcurso de once semanas y media logré estar en la mejor forma de toda mi vida. También logré aislarme de las personas más cercanas a mí, causar gran daño a mi relación y cagarme encima. Dos veces. Lo siguiente es el relato de mi intento de tener al abdomen definido en ochenta días:

Semana uno: 95 kilogramos. 22,3 por ciento de grasa corporal.

Para asesorarme en mi transformación corporal pedí ayuda al experto en acondicionamiento, Geoff Girvitz. Girvitz es el dueño de Bang Fitness, un gimnasio que ha ayudado a todo tipo de personas a conseguir sus objetivos, desde mamás de niños de colegio hasta luchadores profesionales. Lo conozco desde hace mucho. Es un tipo paciente, sabio y astuto. Como el señor Miyagi, si el señor Miyagi fuese un personaje de Wes Anderson. Si alguien me podía ayudar a alcanzar mi objetivo, era él.

Cuando hablé con Geoff por primera vez, me dejó claro que bajo circunstancias normales, él no se habría hecho cargo de este proyecto. Como mis amigos, él era partidario de un acercamiento a largo plazo: inculcar a los clientes pequeños hábitos saludables resultaba en cambios más notorios y duraderos. Mi cambio rápido crea expectativas irreales. Me hizo saber que era más posible que esto terminara en un aprendizaje en vez de un six-pack. Aun así, Girvitz accedió a crear una rutina y un plan de dieta general, con la advertencia de que debía ser honesto con él.

Cuando comenté a Geoff lo de mi tema con el cuerpo, él me hizo un par de preguntas. ¿Por qué quería tener abdominales, en primer lugar? Respondí murmurando unas frases medio ensayadas sobre dedicación y sobre el valor de salir de la zona de confort. ¿Qué creía que tenía la gente con abdominales que yo no tuviera? Dije que quería sentirme más atractivo y quería mejorar mi vida sexual. ¿Estaba usando los abdominales como un sustituto de la confianza? Seguramente, pero ¿no es lo que hacemos todos? Geoff sacudió la cabeza y soltó una carcajada. Me pidió que me subiera a la báscula.

La báscula en Bang Fitness es metálica y brillante, y está conectada a un ordenador rudimentario que, de alguna manera, parece del pasado y el futuro al mismo tiempo. Cuando uno se sube en ella, hace un sonido divertido. El ordenador luego muestra una serie de gráficos que reflejan el peso total, el porcentaje de grasa corporal y la masa corporal magra. Los gráficos se imprimen y se dan como souvenir de la experiencia.

Me informaron de que mi peso en el día uno era 95 kilogramos. Mi grasa corporal era del 22,3 por ciento. Geoff revisó las cifras y me dijo que marcar abdomen no sería posible a menos que redujera la grasa corporal a la mitad. Empecé a imaginar cómo me vería, pero me distraje con el sonido de la báscula.

Encontrar posturas horribles e intentar salir lo peor posible fue liberador

Al día siguiente se tomó la foto del antes con la fotógrafa y directora Nicole Bazuin. Bazuin, aburrida de las típicas fotos de ejercicio, sugirió que tuviéramos un tema para la serie. Nos decidimos por la comida en paquetes. A lo largo de dos horas estuve echándome doritos por todo el cuerpo. Saqué panza y la bañé en refresco de naranja. Nos decidimos por la iluminación menos favorecedora y los peores ángulos.

Era como una sesión de fotos en donde el objetivo es que yo tuviera un aspecto completamente “infollable”. La sesión en sí fue muy divertida. Hasta ese punto, en todas las fotos que me había hecho en mi vida había intentado salir bien. Encontrar posturas horribles e intentar salir lo peor posible fue liberador. Además de todo, estaba de buen humor. Pero cuando Nicole me mostró las tomas todo cambió. No sé qué esperaba, pero las fotos eran grotescas. Intenté recordarme a mí mismo que esa era la idea, pero por dentro temí haber cometido un terrible error.

Semana tres: 93 kilogramos. 20,5 grasa corporal.

Tardo cuarenta y cinco minutos en llegar a Bang Fitness desde mi casa. Seis días a la semana me levanto a las 7:30 y lidio con un bus más lleno de lo que debería, luego el metro y luego un tranvía. Cuando llego finalmente al gimnasio, paso una hora y media levantando cosas pesadas y luego bajándolas otra vez.

A veces empujo alguna cosa o me mantengo en posición de plancha hasta no poder recordar lo que se siente al no estar manteniendo la posición de plancha. Todo lo que consumo está conectado a una aplicación en mi móvil, de modo que el por qué, el cuando y el qué de mis decisiones alimentarias puedan luego ser evaluadas. La alegría de comer es reemplazada por una funcionalidad austera.

Antes de empezar el proyecto, no era consciente de cuánto de mi vida social giraba alrededor de la comida y el alcohol. Fuera del trabajo, la mayoría de mis interacciones con otros humanos se dan en bares o restaurantes. Aunque la parte del consumo de estas interacciones suele ser secundaria, abstenerme de ciertas cosas —el alcohol no está permitido en la dieta, que tampoco deja mucho espacio a carbohidratos— me aisló de una manera que no esperaba. En ninguna faceta es más claro esto que con mi novia.

Me pregunté si cagarse en los pantalones era una parte normal del proceso de tener tableta. Tal vez era una tendencia de la que podría aprovecharme

Como también escribe, ella entiende de crear contenido para trabajar, pero rápidamente se cansó de mi proyecto. Mis nuevos hábitos limitaban adónde podíamos ir juntos. Arruinaron las noches, que era el momento en el que hablábamos sobre cómo nos había ido el día, y nos relajábamos. E hicieron de la cocina algo muy difícil para los dos.

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Una mañana estaba levantándome de la cama de mi novia, haciendo esfuerzos para llegar a tiempo al gimnasio, cuando de repente ella me preguntó si creía que el proyecto de los abdominales sería más fácil si estuviera soltero. No sabía si era solo una pregunta o una amenaza. Me explicó que ella estaba contenta con mi físico. Dijo que me veía cansado y estresado. Se preguntaba si lo que yo estaba haciendo era saludable y me preguntó si debía preocuparse. En respuesta, le di un beso en la frente. Tenía que irme. No quería perder mi cita con el entrenador.

Semana cinco: 93 kilogramos. 21,0 grasa corporal.

La quinta semana me cagué encima. Pasó sin ninguna advertencia previa. Estaba llevando la ropa de la lavandería a casa —ir al gimnasio seis días a la semana significa que tengo que estar yendo a la lavandería constantemente— y de la nada, salió de mí. Sin explosión. Sin sonido. El pedazo solitario salió sin trabas y se depositó en mis pantalones. Mientras caminaba como un pato por media manzana hasta mi apartamento intenté entender qué parte de la nueva dieta había causado que me cagara encima.

¿Sería la col? ¿La proteína adicional? ¿El estrés? También me pregunté si cagarse en los pantalones era una parte normal del proceso de tener tableta. Tal vez era una tendencia de la que podría aprovecharme. Cómo perder peso perdiendo el control de tus esfínteres.

Aunque intenté tomármelo como un chiste, la vergüenza de haberme cagado se sumaba al hecho de que mi última pesada fue mala. Había aumentado mi grasa corporal. En las transformaciones de YouTube, ganar grasa corporal era resultado de un error: unas cuantas noches de fiestas, un evento de trabajo del que uno no se puede zafar, o una actitud de “a la mierda” en la que uno termina comiéndose una pizza entera. Pero yo no había cometido ningún error. O al menos ninguno que fuera obvio. No había faltado a los entrenamientos, estaba tomando mis vitaminas, y lo más cerca que estuve de fallarle a mi dieta fue con unas minigalletas. Había estado dando todo de mí. Como resultado, perdí dos kilos.

Semana siete: 92,5 kilogramos. 19,4 grasa corporal.

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A lo largo del experimento, Geoff y yo teníamos chequeos semanales. Habíamos desarrollado un guion, prácticamente. Él veía las gráficas de la báscula mientras yo bromeaba sobre cómo mataría por una sidra, lo mucho que extrañaba el pan —más que a algunos parientes muertos—, o cómo las sentadillas se sentían como si las piernas quisieran emanciparse del cuerpo violentamente. El tono de esas reuniones había sido amigable y jovial, pero a mediados del proyecto las cosas cambiaron. Entré a la oficina para nuestro chequeo semanal. Colapsé en una silla e intenté contar un chiste después de haber quedado sudoroso y destrozado en una de las máquinas. Geoff estaba callado. Cerró la puerta detrás de él y empezó.

Comenzamos con las buenas noticias. Sin tener en cuenta el contexto del reto, mi progreso había sido genial. Geoff aplaudió mis cambios en la dieta y mi consistencia en los entrenamientos. Dijo que admiraba mi curiosidad y mi capacidad para llevarme al límite. Luego pasamos a lo duro. Si quería llegar a tiempo a unos abdominales que se notaran, iba muy atrasado en el calendario. Geoff sacó la aplicación de comida y mostró las inconsistencias. Señaló lo miserable que me había visto las últimas semanas y me preguntó abiertamente si los resultados que buscaba valían ser así de miserable. Dijo que no le molestaría detenernos aquí.

Le dije, de la mejor manera posible, que renunciar no era una opción. Como escritor autónomo, abandonar este tipo de proyecto después de dos meses sería devastador, financieramente hablando. Le dije que si renunciaba en este momento, las fotos de Antes me atormentarían cada vez que intentara hacer ejercicio. Hice una lista de todos los sacrificios que había hecho por este experimento estúpido y le dije a Geoff que todo ese sacrificio tenía que valer algo.

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La confianza que había ganado se desintegró cuando me cagué en los pantalones. No sabía que esperaba con esto. Solo sabía que por alguna razón tenía que seguir

Geoff me recordó que mis circunstancias no eran normales y me recordó los comentarios que había hecho antes sobre cómo las transformaciones físicas nos daban impresiones distorsionadas de lo que significaba estar en forma. Luego me volvió a pregunta: ¿Por qué quieres tener abdominales en primer lugar?

No tenía una buena respuesta. Si se suponía que perder peso me haría feliz, no estaba funcionando. Si se suponía que iba a mejorar mi vida sexual, no debería distanciarme de mi pareja. La confianza que había ganado se desintegró cuando me cagué en los pantalones. No sabía que esperaba con esto. Solo sabía que por alguna razón tenía que seguir.

Después de la reunión, Geoff y yo nos reorganizamos e hicimos una estrategia de los siguientes pasos. No sabía si a esas alturas iba a conseguir el abdomen deseado, pero si hacía el doble debería lograr un gran cambio. Con esa conversación empecé a pesar mi comida. También fue con eso que empecé a ir al gimnasio dos veces al día.

Semana nueve: 90,5 kilogramos. 18,1 grasa corporal.

Por la mañana tengo mi rutina de pesas en Bang. La noche la paso en una máquina de steps, impulsándome constantemente hacia arriba durante horas sin ir a ninguna parte. Me siento como Sísifo. La máquina está en el gimnasio de un centro comercial decadente. Para llegar a él desde mi casa tengo que pasar por dos tiendas de donuts y un McDonald’s. El día que me inscribí, el gimnasio estaba regalando pizza.

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Toda mi comida ahora viene de un servicio a domicilio hecho especialmente para deportistas. Los miércoles y domingos envían unos pequeños contenedores de plástico llenos de carnes y hortalizas verdes y gruesas cuyos nombre ni siquiera conozco. Sabe todo tan bien como os imagináis.


 


El proyecto de los abdominales se ha convertido en lo que define mi vida. Mi horario lo dicta cuándo voy al gimnasio y cuándo como. Mi vida social está en paro, aparte de una que otra visita de mi novia por las noches. A pesar de que yo estoy siguiendo un plan y ella tiene que entregar un guion, son pocas las veces que nos vemos. Me siento solo.

Todo el tiempo estoy hambriento e irritable. El nuevo plan, sin embargo, funciona. Por primera vez en muchos años he bajado a noventa kilos. Mis michelines se empiezan a encoger y puedo ver cómo se forman estrías en las áreas en las que cargo más peso. Geoff ha sido muy alentador con respecto a los avances. Dice que por fin empiezo a entender el esfuerzo que requiere un six-pack.

Una noche, después de un entrenamiento de medianoche en el gimnasio, me encuentro solo en el vestuario. Me ducho y luego me quedo de pie desnudo frente al espejo unos minutos. Es la primera vez, desde que empecé el proyecto, que realmente me miro a mí mismo. Después de todo ese esfuerzo, y ha sidomucho esfuerzo, desde el espejo me devuelve la mirada un tipo medianamente en forma. Es decepcionante. Me puse de lado y metí la barriga, buscando costillas de la misma manera que lo hacía cuando vomitaba después de una comida. En la pared morada, al lado del espejo, hay un dibujo gigante que diceZona libre de juicios.

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Semana diez: 85 kilogramos. 17,2 grasa corporal.

En la semana diez me volví a cagar. Para sobrevivir a los últimos días del proyecto, Geoff me puso en contacto con un doctor que trabaja principalmente con competidores de fisiculturismo. El doctor me explicó por teléfono los detalles de la nueva dieta. Consistía, en su mayoría, en pechugas de pollo, espinaca y miedo. Para la energía tomaba una mezcla de aspirinas, efedrina y pastillas de café. Mis entrenamientos dos veces al día continuarían y me pesaría a diario para evaluar mi progreso.

El segundo día del nuevo programa, eufórico por la mezcla energética y el batido de proteína y hierbas, fui al gimnasio a hacer sentadillas. Con una barra pesada a mis espaldas, bajé todo lo que pude. Mientras que la cagada anterior había descendido de mis intestinos como un murmullo sale de una boca, esta nueva cagada fue como un grito mojado. Podía olerme a mí mismo conforme subía para terminar el ejercicio. Fui hasta el vestuario y me duché.

El doctor me explicó por teléfono los detalles de la nueva dieta. Consistía, en su mayoría, en pechugas de pollo, espinaca y miedo

La nueva dieta dejó todo en menos de 1.300 calorías diarias. Aunque consumía mucha comida (250 gramos de proteína y menos 30 gramos de carbohidratos las dos últimas semanas), el régimen me pareció otro trastorno alimentario.

Inicialmente, el plan que empecé en Bang, así como el ritmo, parecían algo difícil pero asequible. Llevarme al límite y obtener resultados rápidos simplemente parecía una forma aceptable de mi enfermedad. El día que me cagué por segunda vez también publiqué en redes sociales una foto de mí en el gimnasio. Mi móvil estaba lleno de mensajes de validación. La gente me decía que tenía un aspecto increíble. Me hizo sentir bien.

Imagen por Geoff Girvitz

Semana once: 82 kilogramos. 15 por ciento grasa corporal.

Para la última semana del proyecto había perdido trece kilos y había reducido mi grasa corporal un tercio. Pero los abdominales seguían sin aparecer. Los últimos días antes de la sesión de fotos había tenido problemas para dormir. En lugar de descansar me puse a mirar cosas en el móvil y acabé viendo los vídeos que habían despertado mi fascinación por las transformaciones físicas. Intenté ver un par de clips diferentes antes de apagar el móvil y dormir en la oscuridad. Pensé en la inevitable sección de comentarios que acompañarían este artículo. Troles burlándose de mi físico y comentarios diciendo que pude haberlo hecho mejor.

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Pensé en cómo el equipo de Bang me había ayudado con el proyecto y me preocupé pensando que el no tener un six-pack los haría quedar mal. No tenía nada positivo que decir con respecto a la imagen corporal o con ponerse en forma. El proyecto empezó difícil y siguió siendo difícil todo el tiempo. Al final no logré mi objetivo y creo que no valió la pena.

En mi último chequeo con Geoff, me preguntó si obtuve lo que quería del proyecto. Intenté poner buena cara pero la negatividad me consumía. Despotriqué de los medios por sus representaciones falsas de los tipos de cuerpos y le dije que Chris Pratt era un cabrón. Geoff soltó una carcajada y me dio un consejo: la gente asume que las transformaciones físicas son un tipo de fórmula milagrosa para curar la tristeza, pero no lo son. Pero incluso sin abdominales, perder tanta grasa corporal es algo que la gente comenta mucho. Hice muchas mejoras. Debería celebrar eso. Al salir de la oficina, Geoff me dio una palmada en la espalda y una galleta de proteína. Dijo que me la había ganado.

Al día siguiente fue la sesión de fotos del después. Nicole, nuestra fotógrafa, se esmeró para que saliera muy bien. Para contrastar el tema de los nachos de la sesión de fotos inicial, compramos muchas hortalizas para posar en esta. Antes de prepararlo todo, el técnico de iluminación se tragó una hamburguesa y un Kit Kat extragrande. Con el aroma de la comida rápida en el aire, me puse a hacer flexiones e intenté centrarme en el consejo de Geoff. Para bien o para mal, el proyecto terminaría en una hora. Finalmente, después de un rato, la sesión estaba lista para empezar. En ropa interior, flexioné los músculos y la cámara disparó. Vi las tomas. No está mal. Me sentí bien.

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Fotos del antes y después por Nicole Bazuin
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La verdad sobre la “densidad de población”: no importa el total, sino la densidad habitada

https://magnet.xataka.com/en-diez-minutos/la-verdad-sobre-la-densidad-de-poblacion-no-importa-el-total-sino-la-densidad-habitada

La verdad sobre la "densidad de población": no importa el total, sino la densidad habitada

Muchas veces se dice que Inglaterra es uno de los países con mayor densidad de población de los países más grandes de Europa y aparece en muchas discusiones sobre el aumento de la población en el país y cómo los servicios públicos cada vez van a peor. Pero no es verdad.

En en año 2016 Inglaterra tenía una densidad de población de 426 personas por km², una densidad alta si la comparamos con la de otros países europeos. Sin embargo, no es un país con una densidad de población tan alta como los Países Bajos, donde viven 505 personas por km² o como en el caso de un país mucho más pobre como Bangladesh, donde la densidad de población es de 1.252 personas por km².

Pero dividir el número de gente por la superficie del país no es siempre la mejor manera de entender su densidads. Pongamos como ejemplo un país como Rusia donde existe una densidad urbana muy alta, pero hay grandes extensiones de tierras inhabitadas. Los números te dirán que la densidad de población es muy baja (8 personas por km²): pero no es lo que la mayoría de la gente percibe en Rusia durante su día a día. Lo mismo ocurre en Australia, Canadá y otras naciones con una densidad urbana muy alta.

Densidad Mundial GraficoDensidad de población en algunos de los países mencionados en el artículo. (Banco Mundial/Alasdair Rae/The Conversation)

Por eso me propuse profundizar en el tema con el uso de métodos alternativos de medición de la densidad de población. Examiné 39 países de toda Europa y elaboré un conjunto de datos que nos pueden ayudar a entender de forma más amplia cómo se distribuye la población. Si te interesa saber más sobre el tema en términos globales, te recomiendo el mapa interactivo World Population Density de Duncan Smith o la herramienta de comparación de datos del Banco Mundial.

A vista de pájaro

Para empezar, seleccioné la red de datos de 2011 sobre densidad de población de Eurostat e hice un mapa en el que cada punto se corresponde con 1 km² y donde se muestra la cantidad de población para que podamos hacer una comparación por todo Europa. Como puedes ver en el mapa, se puede distinguir qué zonas están habitadas y cuáles no: fíjate en las zonas vacías de los alpes, del norte de Escandinavia o de muchas zonas de España.

Esta vista de pájaro nos ayuda a entender el tema en un contexto más amplio. Por ejemplo, podemos ver que existe un área de alta densidad de población que se extiende en forma de arco desde el noroeste de Inglaterra hasta Milán, con una pequeña pausa en la zona de los alpes. A esta zona se la conoce como “banana azul” o Dorsal Europea, denominada así por el geógrafo francés Roger Brunet en 1989 y donde viven más de 110 millones de personas.

Mapa DensidadZonas de Europa con más de 250 habitantes por kilómetro cuadrado. (Eurostat/Alasdair Rae/The Conversation)

Pero podemos entenderlo mejor si nos fijamos en la densidad “desarrollada” y que tiene en cuenta los kilómetros cuadrados en los que hay gente viviendo. A este tipo de densidad la llamo “densidad activa“, puesto que proporciona una forma de ver el tipo de densidad de población que la gente percibe en su día a día en zonas desarrolladas.

El caso de España

Una buena forma de entender la distribución de la densidad de población es el caso de España. Con una densidad de 93 personas por km², da la sensación de que se trata de un país con una densidad muy baja, algo que podemos ver en el mapa porque muchas zonas del país parecen estar vacías; mucho más que cualquier otro de los grandes países europeos.

La razón de esta distribución de la población se remonta a los tiempos medievales, tal y como acaba de explicar Daniel Oto-Peralías de la Universidad de St Andrews. Sin embargo, si creemos que España es un país con una densidad de población muy baja, nos llevaremos una sorpresa paseando por las calles de Barcelona o de Madrid.

España tiene un total de 505.000 km², de los cuales solo un 13% están habitados. Estos significa que la “densidad activa” de España es en realidad de 737 personas por km², en vez de 93. Así que aunque la población parezca estar distribuida de forma más bien dispersa, la gente se acumula en zonas compactas.

Barcelona DensidadSeguramente el kilómetro cuadrado más poblado de Europa, en Barcelona. (Alasdair Rae)

De hecho, si partimos de esta medida como punto de referencia, España sería el país europeo con la densidad de población más alta, a pesar de lo que aparenta en el mapa. Esto también explicaría por qué España tiene el kilómetro cuadrado con mayor densidad de población de toda Europa y se encuentra en Barcelona. Francia también tiene una zona en París con más de 50.000 personas en un solo km².

Hay 33 kilómetros cuadrados en Europa con más de 40.000 habitantes: 23 en España y diez en Francia. El km² más poblado de Inglaterra se encuentra en la zona oeste de Londres y solo tiene poco más de 20.000 personas. A nivel mundial, el kilómetro cuadrado con mayor densidad se encuentra en Dhaka, Bangladesh, y cuenta con 200.000 personas.

Descúbrelo por ti mismo

Si echamos un vistazo a la “densidad activa” de Europa, está claro que Inglaterra es un país con una densidad de población alta, pero sigue estando por detrás de España y de los Países Bajos en la lista de los grandes países europeos y por debajo de microestados como Mónaco, Andorra y Malta. La densidad activa de los Países Bajos es de 546 personas por km², en comparación con las 531 de Inglaterra, 204 de Gales, 200 de Escocia y 160 de Irlanda del Norte.

Aunque estos datos de población están algo desfasados (se basan en datos de 2011), siguen vigentes a la hora de demostrar la diferencia entre la densidad de población oficial y lo que vivimos en nuestro día a día. Las medidas aritméticas que se utilizan para calcular la densidad de población pueden ser útiles, pero como datos aislados no son buenos referentes para el debate público ni coinciden con nuestra percepción de la densidad urbana.

He recopilado datos de todos los 39 países en los que estaban disponibles para que puedas comparar los números por ti mismo. Con datos más sofisticados, podríamos tener una mejor perspectiva de la distribución de la población y de las densidades relativas, e incluso podríamos tener una mejor idea de la realidad en las calles de los pueblos y de las ciudades.

Tabla Densidad FinalTabla de “densidad habitada” de Europa, es decir, no en función del territorio total sino del territorio donde hay gente viviendo. España cotiza al alza, mientras países a priori mucho más densos, como Alemania, están más abajo.

The Conversation

Imagen | NASA’s Goddard Space Flight Center basado en datos del Earth Observation Group, NOAA National Geophysical Data Center

Autor: Alasdair Rae, Universidad de Sheffield.

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation. Puedes leer el artículo original aquí.

Traducido por Silvestre Urbón.

La mataré

Una canción controvertida hoy en día en cuánto a su letra pero de las mejores de su repertorio:

Unas declaraciones de Loquillo hablando del tema:

Fue una de las canciones emblemáticas de los años 80, tan reivindicados en este verano de nostalgia pesetera y dúos imposibles. Debería decir de antemano que la canción fusionaba la rumba y el rock and roll con ese desparpajo que teníamos entonces. Hasta creó escuela y ganó todos los premios de 1987 que podían concederse. A saber: críticos, revistas especializadas, emisoras de radio con pedigrí… Fue la causante de que la banda ascendiera al estrellato y de que toda España y parte de América Latina cantara aquello de “por favor, solo quiero matarla, a punta de navaja, besándola una vez más”. La canción desapareció del repertorio de Loquillo y Trogloditas de un día para otro sin dar los protagonistas mayor explicación ante el asombro de sus fans. Las asociaciones feministas tacharon el tema de machista y de inducir a la violencia de género, y cargaron contra el autor de la letra y contra el grupo.

EMI reeditó la canción en formato single 10 años después, y las emisoras de radio que anteriormente la habían encumbrado se negaron a radiarla. Conocido es que he apoyado siempre la causa contra la violencia de género. Entiendo, además, la razón ética por la que no debemos interpretarla, pero sí me pregunto a menudo si puedo apelar a la libertad de expresión para contar esta historia de un matador de mujeres. ¿Se ha dejado de interpretar Otelo, de Shakespeare? ¿Se han dejado de interpretar los tangos más arrabaleros y sangrientos? ¿Hemos dejado de ver películas de bellos psicópatas que matan a las mujeres?

Hace unos días, la Asociación de Mujeres Progresistas galardonó a Pedro Almodóvar por su visión del mundo femenino. No puedo dejar de acordarme del filme Átame, en el que Antonio Banderas y Victoria Abril protagonizaban un secuestro, amor y desde luego violencia de género. O Hable con ella, donde Javier Cámara hacía el amor a una mujer en coma. No recuerdo si en su día se calificó de violencia de género cualquiera de estos dos ejemplos. Estoy perplejo y me hago muchas preguntas. Me pregunto si la autocensura es válida para unos y no lo es para otros. Me pregunto si seguirán acusándome de machista si canto la historia del asesino de una mujer.

Y me encanta este comentario:

Sinceramente siempre he visto “La matare” no como una oda a matar a tu pareja sino como una cancion que habla de las pasiones humanas en general. La clave de la cancion es ese “se que ella nunca enloquecio y jamas perdio el control”. El amor y el odio son dos caras de la misma emocion, y esta cancion lo expresa brillantemente.

 

Algún día tengo que hacer un monográfico de Loquillo. Por ejemplo con canciones como esta: