Los que viven solos, una especie que no deja de crecer

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El número de personas que eligen vivir solas crece en buena parte del mundo. El porcentaje no ha dejado de subir en las últimas décadas. Algunos ven en ello una señal negativa, un vaciado de las relaciones humanas. Otros lo celebran y lo valoran como una muestra del progreso social basado en la libertad y la independencia.

En España, el 25,2% de los hogares son unipersonales. A principios de los años 90, la cifra rondaba el 10%. El incremento procede de los dos extremos de la población: los ancianos que enviudan y los jóvenes que optan por no mezclar su ropa sucia con la de nadie.

En el caso de los jóvenes, la tendencia viene de lejos en tiempo y espacio. Los países nórdicos y anglosajones llevan décadas produciendo masivamente este tipo de hogares. En España, el fenómeno se demoró, pero acabó propagándose y despertando esa pelea que rodea cada cambio sustancial en la vida de las personas: el duelo entre apocalípticos e integrados (parafraseando a Umberto Eco).

Vivir solo permite enfocarse en uno mismo, ocupar el tiempo en aquello que se desea, desarrollar las tareas del hogar con la escrupulosidad o la laxitud que se considere aceptable. La casa deja de ser un espacio de negociación (y por lo tanto, de cesiones) entre personas diferentes y se convierte en una prolongación de la persona, un traje a medida. Sin embargo, también produce unos vínculos sociales diferentes a los tradicionales menos intensos y comprometedores: el hogar pierde su vocación de proyecto colectivo.

La trabajadora social y exdocente de la Universidad de La Salle (Colombia) María Lucy Gutiérrez ha estudiado los hogares unipersonales y opina que detrás de esta proliferación se esconden «vínculos afectivos muy débiles». Observa el fenómeno con preocupación; sus reflexiones siguen la estela del sociólogo Zygmunt Bauman. «Las transformaciones que ha ido teniendo la familia a lo largo del tiempo han facilitado que los jóvenes tengan unos vínculos demasiado líquidos: cada vez se apegan menos a la pareja y asumen una vida más individual», explica.

En sus investigaciones entrevistó a personas que escogieron la soledad doméstica y observó un giro en las necesidades y en los objetivos vitales. «Para ellos formar familia no tenía mucha significación; lo importante era actualizarse tecnológicamente, estudiar, viajar: estaban absolutamente consumidos por la sociedad de consumo», lamenta.

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Gutiérrez percibe aquí un éxito del sistema capitalista en su producción de sujetos narcisistasdedicados a la satisfacción de los propios deseos y expectativas, lo cual, a sus ojos, deriva en un riesgo para la felicidad y la salud de la especie.

Documentales como La teoría sueca del amor revisan el tipo de sociedad que se encuentra tras la línea de meta de la independencia y la libertad plenas. La mitad de las personas viven solas en el país nórdico. Multitud de ellas acaban muriendo solas. La cinta arranca con referencias a un manifiesto de 1972 en el que se hablaba de desarbolar las estructuras «anticuadas» de la familia.

¿El planteamiento? La única forma de asegurar que una relación es sana, auténtica y realmente deseada es garantizar la independencia económica de todos los ciudadanos para que nadie necesite nada del otro. Se hablaba de liberar a la mujer del hombre, a los hijos de los padres… El resultado, según la tesis del director Erik Gandini, ha sido la infelicidad, una soledad pertinaz asolando el estado emocional de los ciudadanos y una cifra de suicidios que no mengua.

Sin embargo, en el caso sueco las particularidades climáticas y las costumbres construidas sobre ese clima desembocan en el aislamiento, en una vida intramuros. Estas particularidades no concurren en países como España. La temperatura empuja a vivir hacia fuera, a beber y comer en las terrazas casi todo el año, a caminar, a recrearse. Aquí, las personas que viven solas incluso se diseñan una red de relaciones más frecuentes, ricas y variadas que las que permanecen sujetas a una familia tradicional.

El crecimiento de los hogares unipersonales irá a más: es la inercia de la sociedad posindustrial. El cambio social fue pronosticado por autores como Alvin Tofler, que en La tercera ola (1980) apuntaba a la ruptura de la familia nuclear y a la generalización de distintas modalidades de hogar como los unipersonales.

Internet y las redes sociales mitigan uno de los inconvenientes de esta opción de vida: la sensación de soledad. Mediante la conexión permanente, como señalaba Bauman, apenas queda espacio mental para tomar conciencia del abandono real. Para Gutiérrez, las nuevas tecnologías han contribuido a profundizar el afán de independencia: «Se crean relaciones débiles, incluso ayudan a formar parejas que duran poco tiempo juntas. [Las redes] Han cambiado la forma de concebirse en el día a día y en las relaciones sociales y laborales, en el hasta dónde y qué comparten», concluye.

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¿Un signo de progreso?

Pero hay otras perspectivas menos beligerantes. El sociólogo de la Universidad de Nueva York Eric Klinenberg publicó el libro Going Solo: The extraordinari rise and surprising appeal of living alone. El autor entrevistó a más de 300 personas. Así lo reseñaba The Guardian: «En lugar de tropezar con una subcultura de inquilinos solteros ansiosos, enojados o exraños, se encontró con un grupo sereno, aunque un poco presumido, de hombres y mujeres que estaban bastante convencidos (…). Estaban donde querían estar».

Kinenberg cree que la vida en solitario es una muestra del progreso social. En el caso de las mujeres, escoger un hogar unipersonal supone, además, la liberación de las cargas de cuidados que han acarreado históricamente.

Según los testimonios que recopiló, las personas que viven solas después de un divorcio, es decir, aquellas que sí poseían un esquema de prioridades mentales orientado a formar una familia tradicional, también piensan con el tiempo que han recuperado el control de sus vidas.

En una entrevista para el blog Heterocosmicas indicaba que las redes sociales han impulsado este cambio social: «La tecnología crea una experiencia social relativamente lograda. La gente puede estar sentada en el apartamento, sola, pero a la vez conectada con un mundo social rico e interesante», dijo. Klinenberg ha explicado en diversas entrevistas que no pretende hacer apología de la soledad, sino estudiar el fenómeno.

Vivir solo no es ni recomendable ni no. La casa se convierte en un traje a medida, un traje, además, de buena licra que se adapta a cambios que se te encaprichen. Puedes ser limpio una semana y mugriento a la siguiente, y que nada cristalice en norma. También puedes imponerte una verja de reglas y manías que nadie más aceptaría.

Cambia la relación con uno mismo. Se descubre la magia de hablar solo, de reírse solo o de abroncarse. Se estrecha la relación con los muebles y los objetos, que van adquiriendo personalidades escuetas e inconcretas que proceden, en realidad, de migajas de nuestro carácter, de cosas que nos sobran. Necesitamos vida alrededor: si no la aporta otra persona, esparcimos trozos de la nuestra.

Vivir solo enseña también a disfrutar el ocio en solitario, pero da miedo a veces. Duele el contraste: estar acostumbrado a la compañía y de pronto empezar a verse en un teatro (un cine, un parque) rodeado de ajenos sin nadie a quien deslizarle comentarios. Los solitarios primerizos y obligados sienten la soledad como una marca en la frente detectable y que da pena. No han tenido tiempo de poblar su alrededor, de transformarlo en espacio amigable. Basta con unas cuantas semanas para que empiece a ocurrir. Los solos experimentados, en cambio, saben que no necesitan a nadie que confirme su derecho a estar en los sitios.

Vivir solo por elección es (otra vez) tejerse un traje a medida; no obstante, hay gente que prefiere las camisetas básicas o meterse en la ropa de otro.

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