Carta de un guerrillero antes de morir

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Me dirijo a todos los que hayáis podido admirar nuestra lucha, a quienes la condenasteis y a quienes os resultó indiferente. He tenido una vida rica en experiencias y pienso que puedo aportaros algunas cosas. El progreso se basa en aprender de los errores de las generaciones pasadas y aprovechar sus aciertos. Y nuestro país necesita mucho progreso.

Lo primero que os diré es que la violencia es como una hoguera en un monte lleno de vegetación. A veces es imprescindible usarla para no morir de frío o hambre, pero cuidando muchísimo su intensidad. Cualquier exceso puede generar un incendio de consecuencias imparables. Perder el respeto por la vida es condenarnos a la barbarie. Igual que creernos con derecho a castigar a otro por su forma de pensar. Si se inicia ese camino, cualquier idea podrá acabar siendo silenciada, y al final el silencio nos ahogará a todos.

No hay belleza en la guerra. La guerra es el desierto más asfixiante, la estepa más heladora y el infierno en la tierra. En la guerra miramos a la muerte cara a cara, y un hombre es capaz de lo que sea por no irse con ella. La mirada de la muerte seca el alma, y cuantas más veces te toca, más mengua tu humanidad. Acaba volviéndote de piedra.

Alguna vez me han dicho la estupidez de que envidiaban mis aventuras. Nunca las quise. Yo sólo deseaba un pedazo de tierra donde cultivar, vivir de mi trabajo y poder mirar las estrellas cada noche. Una vida tranquila y en paz, sin miseria ni penurias. Quería lo mismo para mis vecinos. Por ellos y por mí me eché al monte…ojalá no hubiese sido necesario.

Pero en la guerrilla había otros que deseaban mucho más. Querían ser los nuevos señores del país. Querían tomar cada día la droga del poder, tan adictiva y destructiva. Querían probarla en todas sus formas: acallando a quien les cuestionase, premiando a quien les adulase, imponiendo su voluntad al pueblo y gozando de los placeres de los viejos señores.

Cuando ganamos y derrocamos al Gobierno, se apresuraron en hacer leyes para ilegalizar, encarcelar y machacar a cualquier persona o colectivo que atacase a la Revolución. Y la Revolución, cómo no, eran ellos y sus sucios intereses. Aquel que denunciase el mal gobierno, la acaparación del poder en manos de la camarilla del Comité Ejecutivo, las nuevas grandes fortunas que se estaban creando, la pobreza del pueblo…era un agente contrarrevolucionario financiado por el extranjero. Todo aquel que se atreviese siquiera a recordar los valores y objetivos que nos llevaron a iniciar la Revolución…era un enemigo de ella.

Mañana seré ejecutado por mis viejos camaradas. Antes de morir, quiero revelaros lo más importante que he aprendido durante mi vida: la Revolución es como el cielo de la noche. Está poblado por miles de estrellas, y para conservar su hermosura necesita a cada una de ellas. La Justicia sólo puede lograrse en una sociedad donde cada persona sea libre y consciente de que es imprescindible para que todo funcione. Denunciando, trabajando, luchando y pensando en cómo mejorar las cosas. Y el poder es una piedra demasiado pesada como para ser transportada por sólo unos pocos. Hacemos falta todos. Si unos pocos se empeñan en convencernos de que ellos son los más fuertes e indicados para transportarla, acabarán aplastados por ella. Y con ellos, todos los demás.

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