Hablan los maquinistas del metro: “Hay muchos más atropellos de lo que crees”

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Gente que se arroja a las vías, grupos de pandilleros, borrachos sentados en el andén o personas a las que les da un ataque de epilepsia: esta es la experiencia de dos conductores

Foto: Un convoy, entrando en una estación. (EFE)
Un convoy, entrando en una estación. (EFE)

La Nave de Motores es un edificio de ladrillo que se vuelve más estrecho conforme se acerca a la cúspide, ni feo ni bonito; antiguo y curioso. En la parte baja de sus tripas, se reúnen en pequeños cubículos repletos de sillas de oficina los maquinistas del metro. Javier José, polo negro y polo verde, bolso de cuero en bandolera, son “los jefes del tren”, representantes de una plantilla de 1.960 trabajadores y conocedores de todos los secretos de los túneles. Entre los dos suman miles de horas “sin ver el sol”, transitando por esa ciudad de dos millones de habitantes que es el subterráneo madrileño. Miles de horas conduciendo su máquina y miles de anécdotas, algunas graciosas y muchas, la mayoría, sin la menor gracia.

Cosas, por ejemplo, como ver una cara con una mueca desencajada pegada contra el cristal delantero del tren. Los atropellos “son mucho más frecuentes de lo que la gente se piensa”. La mayoría de las veces es gente que se arroja a las vías: “Causas ajenas a Metro”, explican los altavoces del convoy. “Si tienes cuerpo para bajarte, puedes encontrarte con un tipo partido en dos, una mitad a cada lado del tren”, cuenta Javier, que reconoce que en muchas ocasiones a quien se atiende primero es al conductor “porque no tiene cuerpo ni para mirar”. No existe un protocolo específico para estas situaciones, “aunque lo normal es que te den dos días de baja para que te repongas”.

Si tienes cuerpo para bajarte, puedes encontrarte con un tipo partido en dos, una mitad a cada lado del tren

Estos dos hombres se miran antes de proseguir: “Lo cierto es que hay maquinistas que no han vuelto a subirse a un tren nunca más después de una experiencia de esa clase”. No son casos rarísimos: “Pasa mucho más de lo que la gente se imagina, pero no se le da publicidad para que no haya efecto contagio”, explican casi al unísono. “A un compañero le pasó cinco veces: cinco muertos”, sentencia José, que rememora su propia experiencia: “Yo pude frenar. Se me tiró al final de la estación, que es lo que hacen los que no lo tienen bien pensado, porque si se te tira nada más entrar en el andén, es imposible frenar… Necesitamos entre 80 y 100 metros para parar”.

Precisamente ahí, en el andén, es donde se encuentran muchos fines de semana y vísperas de festivos grandes concentraciones de chicos que “se ponen a hacer una especie de botellón como los de las plazas, con botellas de todas clases”, pero con las piernas balanceándose sobre las vías por donde transitan los trenes. En esas ocasiones, no es raro que lo que estalle contra la luna delantera sean botellas vacías.

Un rottweiler en el tren

Los chicos encaramados a los acoples, como el menor de 13 años que perdió las piernas el pasado mes de mayo al caer a la vía, son una constante en determinados trayectos y en determinadas fechas. Si se les ve, se para el tren y se avisa. Los maquinistas son los responsable de todo lo que sucede: “Somos la máxima autoridad”. Las peleas también son un clásico, sobre todo por las noches. “Altercado en coche dos” es el breve mensaje que lanzan a los vigilantes cuando detectan una reyerta. Lo que no es tan frecuente es lo que le sucedió en una ocasión a Javier: “Un par de tipos con aspecto amenazador y un rottweiler sujeto de la cadena”.

Un niño pequeño se empezó a encontrar mal y paré. ¡Lo peor es que había gente que me gritaba que siguiera, que tenía prisa!

Otro motivo de alarma son las enfermedades. Lo más frecuente son ataques de epilepsia, pero también infartos mortales o solo sustos. Para todo ello se activa un protocolo. Aunque a veces hay que improvisar, como le sucedió en una ocasión a Javier. Un niño pequeño que iba solo se empezó a encontrar mal. Le avisó una señora mayor. Paró el convoy y se quedó con el pequeño hasta que llegaron los servicios médicos para trasladarlo a la estación. “¡Lo peor es que había gente que me gritaba que tenía prisa y que por qué paraba el tren, que arrancara!”, se sorprende el veterano maquinista, que argumenta que además de “por una cuestión de humanidad y de que a nadie le gustaría que no atendiesen a su hijo, yo me busco una sanción por denegación de auxilio si no estoy atento a estas circunstancias”.

En otra ocasión, esas urgencias por proseguir la marcha de los viajeros se volvieron a su favor. Se le quedó el tren parado justo bajo el ‘patín’ que da energía al convoy. Le faltaban unos centímetros. “Tenía dos opciones, o llamaba a otro tren que viniera a empujarme por detrás y tardase 25 minutos, o decía por la megafonía que la gente se bajase a empujar, lo que ellos prefiriesen”. Prefirieron empujar, así que dejó el tren en punto muerto y en un minuto ya estaba en marcha gracias al empujón de los usuarios con prisas.

Los grafiteros siempre van en manada y uno se acerca con un palo o lo que sea a decirte que o paras o te va a abrir la cabeza

Y es que siempre hay que estar atento. A todas las circunstancias. Hasta a las más insospechadas. Por ejemplo, que un grupo de 12 chavales, algunos con objetos contundentes, se junten en medio de las vías y te obliguen a detenerte. Son los grafiteros. “Siempre van en manada y uno se acerca con un palo o lo que sea a decirte que o paras o te va a abrir la cabeza”, advierte José, que también sostiene que estas pandillas suelen coger las piedras sueltas del balasto (los guijarros donde se sustentan las vías) y “te las lanzan”.

Reducción del 40% de vigilantes

Las agresiones son muy frecuentes, como la que sufrió el pasado lunes una maquinista de 20 años a la que acosaron sexualmente varios chicos. Tanto, que Teo Piñuela, del sindicato UGT, las cifra en “todos los días”. Aunque los maquinistas reconocen que los peor parados suelen ser miembros del personal que está en las estaciones y los revisores. Desde el sindicato de vigilantes conceden que han aumentado los problemas y lo achacan a una reducción de plantilla que ellos cifran en “un 40%, de 2.000 guardias a 1.200”. Las reclamaciones han aumentado. Solo quedan 11 patrullas de 18, y van de manera itinerante. “Cuando llega un evento importante, tiran de la bolsa de horas y aumentan el personal”, denuncia este sindicalista.

Esas cifras son contestadas desde Metro de Madrid a través de una portavoz, que asegura que “la cifra de vigilantes actual es muy semejante a la de los años anteriores, ahora serán unos 1.700”. También reivindica que en las encuestas que hace el propio consorcio a sus usuarios, “la nota que le dan a la seguridad es de un 7,7, así que no estarán las cosas tan mal”.

Las que no dan ningún problema son esas supuestas poblaciones fantasma que vivían flotando por los túneles del subterráneo. “Ya no hay gente viviendo en plan ciudad secreta. Eso es una leyenda: hay millones de cámaras y si hubiera gente, se la vería”, coinciden Javier y José. Mucho peor son los borrachos. “¡Esos son un mundo aparte que darían para estar días hablando!”, coinciden ambos, esta vez ya riéndose. Ellos también se someten a pruebas de drogas y alcohol de manera aleatoria con bastante frecuencia.

Tuve uno que estaba tan borracho que metió la cabeza entre dos asientos y allí se le quedó encajada por lo grande que era

Javier recuerda que a los dos días de debutar en su trabajo ya se topó con el primero con una gran cogorza: “Tuve uno que metió la cabeza entre dos asientos y allí se quedó dormido hasta que nos íbamos a casa. ¡No había manera de sacarle, era muy cabezón y llevaba tal curda que no se despertaba ni a tiros! Al final se movió un poco y salió”. Ya eran las tantas de la mañana.

Porque esa es otra. La ciudad subterránea nunca duerme. Está abierta, aunque no tenga servicio de dos a seis de la mañana, las 24 horas del día los 365 días del año. Ellos entran a las cinco y media de la mañana. Nunca saben a qué línea. A la que les digan. Dejan su coche cerca de la cabecera y empieza el periplo. Cuando concluye la línea, se bajan y se meten en un cuartito con una silla y una mesa a esperar otro destino. Mientras, otro compañero ha cogido lo que antes era la cola y ahora es la cabecera y ya marcha en la dirección opuesta. Ellos reciben nuevas órdenes y se trasladan en metro hasta otro comienzo de línea, “pero como vas vestido de uniforme, te puede parar la gente y pedirte ayuda o lo que sea, lo que lo hace un poco pesado”, comentan. Al concluir la jornada, “hay camionetas para llevarte a tu coche, que está donde has empezado el día”. Y así durante todos los días del año: no tienen casi fines de semana ni festivos: “Lo peor es no poder conciliar ni ver a tus hijos en Reyes”, explican. Eso, y no ver nunca la luz: “A fin de cuentas, los humanos somos como las plantas, necesitamos el sol“, concluye Javier.

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