Orgullo, envidia y lucha de clases

https://otrosvendran.wordpress.com/2017/07/02/orgullo-envidia-y-lucha-de-clases/

I

Esta semana, Antonio Maestre ha escrito dos artículos sobre la lucha de clases. En uno, exalta el orgullo obrero; en otro, critica que haya quien se niegue a reconocer esa realidad. También lamenta la existencia de alienados incapaces de identificarse con su propia clase; seres que aspiran, torpemente, a medrar en una estructura social dominada por otros. Cuando alguien huye de sus orígenes, dice, lo hace como un individuo aislado; pero la lucha obrera solo avanza si sus miembros actúan unidos. También denuncia, más o menos veladamente, que las elites se comportan como una auténtica casta en la cual la sangre o los contactos priman sobre cualquier otro rasgo o valía. La clase unida de verdad sería la clase alta. Arremete contra el moderno periodismo por haberse distanciado vilmente de la clase obrera.

Hasta aquí, poco o nada se le puede objetar.

Sin embargo, uno tiene a veces la impresión de que el orgullo obrero (o la lucha de clases, si se me apura) se reviste de demasiados elementos positivos. Maestre dice que sus padres trabajaban al día dieciséis horas y que en casa comían patatas cuatro veces a la semana; también dice que eso es algo de lo que ahora se siente orgulloso. Odiaba su barrio feo y ahora lo adora. Porque entiende el esfuerzo diario que realizaron sus padres para que él pudiera estudiar; porque comprende que ese barrio constituye su vida, el eje de lo que después ha llegado a ser.

En el segundo artículo cita una frase de Horacio, germen primigenio del clasismo tradicional: “Odio al vulgo ignorante y me alejo de él”.

 

Huelga

II

No se me escapa que esta dialéctica está destinada a dos fines: uno, a lograr que los obreros se identifiquen entre sí y se opongan con orgullo a la clase dominante; dos, a rechazar las acusaciones –y el desprecio– que las clases altas suelen sentir hacia las bajas.

Sin embargo, no he visto en ningún sitio repetidos (quizá ya sea demasiado tarde) los argumentos que exponía Bernard Shaw en su maravilloso libro “Manual de socialismo y capitalismo para mujeres inteligentes”. Argumentos mucho más veraces e inteligentes que este caduco callejón sin salida del orgullo obrero que reclama para sí, con toda justicia, un reconocimiento de clase.

Pero un reconocimiento de clase que se nutre, paradójicamente, del sufrimiento que las clases dominantes les imponen.

De algún modo cristiano y metafísico, es como si haber padecido durante años unas jornadas laborales abominables generara en la gente una extraña superioridad moral. ¿No es esa la lógica más extrema de la cultura del esfuerzo? Igualmente, uno se pregunta qué orgullo puede suscitar la fealdad de un barrio construido ex profeso para la chusma. Si el barrio se hubiera destinado a la gente con más dinero, las casas y las calles hubieran sido más bonitas y más acogedoras.

¿Por qué razón el sufrimiento, la explotación y la fealdad engendran orgullo? ¿Acaso porque, increíblemente, los explotados han logrado seguir vivos? ¿No es lo que las clases dominantes más desearían instilar en sus obreros? “Míralos, se matan a trabajar, viven en barrios horrendos y aun así se sienten orgullosos. Mejor para nosotros, nunca querrán lo nuestro”.

 

III

El relato de Maestre, insisto, posee un sentido integrador. Pero el de Bernard Shaw estaba destinado a las clases dominantes y creo que posee un punto más de veracidad. Él decía que los pobres son seres, en efecto, infames y embrutecidos; ignorantes y feos. Había que exterminarlos de raíz. Para ello, la única solución pasaba por erradicar la pobreza.

¡Dadles educación, rebajad sus jornadas laborales, ofrecedles sanidad, seguridad, viviendas decentes, jubilaciones tempranas! ¡Las clases bajas dejan de molestar en cuanto dejan de ser clases bajas!

A continuación recordaba que los subsidios de desempleo y las ayudas sociales no estaban ahí para que la gente se rascara las narices en vez de ponerse a trabajar; sino para que no rompieran las ventanas de los ricos en busca de comida cuando llevaran seis meses muriéndose de hambre.

 

IV

Lo que me parece más veraz en Shaw –por mucho que rebose de ironía británica– es la asunción de que las clases no son buenas de por sí. A Shaw no le importa que las clases bajas sean buenas o malas: le basta con constatar que llevan toda la razón cuando se quejan de que les explotan. Y añade además que esa explotación además de injusta, supone un auténtico peligro.

La izquierda moderna, en cambio, no solo quiere llevar la razón en lo que a quejas económicas y sociales se refiere; es que además pretende santificar a los explotados.

Esta verdad incómoda se evidencia cada vez que la derecha acusa a ciertas clases bajas de envidiar lo que poseen las altas. “Tú lo que tienes es envidia”, acusa. “No, no, no y cien veces no. ¿Yo? ¿Envidia? ¡Jamás! ¡Yo solo quiero justicia!”.

En este diálogo de besugos la izquierda no solo se lamenta de las injusticias, sino que arroja la lucha de clases por la borda. Si ser obrero es algo de lo que sentirse muy orgulloso; si trabajar horas y horas como un descosido sin ver a tus hijos más que el domingo; si comer patatas seis veces a la semana es algo fenomenal… ¿para qué desear lo que poseen las clases altas? Basta con acudir a la nostalgia y deificar las miserias obreras que uno ha padecido mientras otros, injustamente, gozaban de todos los bienes materiales posibles.

Así, las clases altas pueden dormir tranquilas por las noches.

 

V

Sin embargo, no veo yo dónde radica el problema en admitir que las clases bajas sí pueden tener envidia social. Un obrero de los que pinta Maestre trabaja toda su vida como un perro, vive en un barrio feo y apenas llega a fin de mes si tiene suerte (lo más seguro es que se haya ido endeudando como una mula). Un hijo de la clase alta, en cambio, va a los mejores colegios, puede ganar cien veces más con menos esfuerzo, no solo no se endeuda sino que incrementa su capital, vive en barrios preciosos, come lo que le viene en gana y ve a sus hijos todos los días.

La injusticia radica precisamente en eso: ¿por qué alguien, solo por nacer en un barrio obrero, tiene que tragar con ruedas de molino y encima sentirse orgulloso por ello? ¿Orgulloso por no haberse muerto de hambre? ¿Orgulloso por haber sido un obrero sumiso durante su durísima vida? ¿Y todo eso mientras apenas a dos kilómetros de distancia todos los niños de bien poseen ipso facto cientos de comodidades y beneficios inmediatos? ¿Y si yo estudio una carrera como medicina dejándome el alma, y consigo entrar en un hospital público, voy a ganar menos que el hijo de papá que estudia empresariales y acaba enchufado en un consejo de dirección? ¿Y le llaman a esto meritocracia? ¿Y nos comen la cabeza con el rollo del emprendedor? ¿Y nos dicen que hay que apretarse el cinturón? ¿Y nos venden que las cosas son así y que “al menos tienes trabajo”?

¿Y me está usted diciendo que no se puede sentir ni rabia ni envidia ante una estafa tan descarada como esta?

En estas circunstancias, apelar al orgullo obrero supone negar la mayor: que la pobreza y la desigualdad son, de por sí, el núcleo mismo de los conflictos sociales.

Es la rabia obrera la que produce lucha de clases, no el orgullo, por mucho que el orgullo, hasta cierto punto muy necesario, una.

(El orgullo obrero, arma de doble filo, permite santificar el trabajo asalariado como un modo de realización personal: desde ahí resulta bastante sencillo adaptar el sacrificio como un bien espiritual de por sí, como mencionamos antes al vincularlo con la teología cristiana).

Protestas

 

VI

No estoy incitando a que cojamos las teas ardientes y los rastrillos y salgamos a las calles a asesinar a los ricos. Absolutamente no (entre otras cosas, porque me repugna la violencia). Estoy diciendo que a la derecha le importa un pito el orgullo obrero –no lo teme en absoluto– y le importa aún menos que los obreros lleven la razón.

Pero debería preocuparse muy bien de no generar demasiada miseria, porque si recorta ayudas a la ciudadanía, degrada la educación para segregar todavía más, reduce el presupuesto sanitario (hasta el punto de necesitar la caridad de don Amancio), endeuda el país hasta las orejas y permite que proliferen los trabajos peor pagados y más inseguros, ya puede procurarse una buena policía.

Las masas ignorantes, necesitadas, que no llegan a fin de mes y que padecen condiciones de vida lamentables (esas que despreciaba Horacio), tienden a ser envidiosas, impredecibles, violentas y molestas. Crear una clase así no solo atenta contra los intereses comunes de cualquier sociedad, sino que puede desgarrar incluso el marco democrático.

El resultado de las desigualdades extremas ya lo hemos visto en otros países: delincuencia, economías sumergidas, desaparición del estado de derecho, policía privada, corrupción estructural, etcétera. En una palabra: verdadera barbarie.

Eso es lo que debemos evitar entre todos, ese es el sentido último de la lucha de clases, y este es el argumento que debería esgrimirse contra la clase dominante:

“El sistema que manejas no solo es profundamente injusto y mentiroso, porque no cumple ni siquiera con sus propios principios, es que es delirante y estúpido, y nos va a llevar a todos al verdadero caos”.

 

VII

Decía Agustín García Calvo que la historia, por fortuna, no ha empezado terminada. La lucha de clases ha estado siempre ahí, pero cuando apareció el primer capitalismo la cosa se salió tanto de madre que tuvo que surgir un Marx para poner el grito en el cielo con la suficiente fuerza como para articularla desde entonces?

La izquierda debería dejar de elogiarse a sí misma moralmente y debería alertar del camino de destrucción al que aboca el empobrecimiento paulatino.

Yo no quiero una izquierda que sea más buena que el pan con aceite y que se sienta orgullosa de haber sido aplastada durante años de manera dócil y serena.

Quiero una izquierda que se deje de dulcificaciones y me diga la verdad. Que no se considere a sí misma la encarnación del Bien, sino de la Razón.

Y la verdad es que, en este mundo, hay clases bajas ignorantes y envidiosas. Y que hace falta ser un gobierno imbécil o hijo de la gran puta (aquí hay donde elegir) para imponer leyes y políticas que aumentan día tras día la cantidad de ignorantes empobrecidos y peligrosos. Porque el rollo de los méritos y de que quien se esfuerza triunfa es una cantinela para pescar truchas.

Pero parece que la izquierda está poco interesada en estos peligros sociales o en desmontar la adoración al emprendedor, y se centra más en la beatificación de los menos favorecidos que en meter verdadero y lógico miedo, como si esto fuera una cuestión de competir por el monopolio de la virtud (y de sentirse orgulloso) y no una amenaza a la estabilidad del país.

En el uso del miedo a los conflictos sociales, como escribí en otra parte con un lenguaje que no se comprendió mucho, la derecha siempre ha ganado la hegemonía. Así nos va.

 

Nota importante: por blasfemo e impreciso que suene, en este artículo he usado las nociones de “clase alta” y “derecha” como sinónimos; también la de “clase baja” y “clase obrera” como sinónimos. Disculpénme los puristas, pero seguro que aún así se me entiende.

Nota dos: No se me escapa que, al mismo tiempo, las clases dominantes también tratan de embrutecer a las masas para que estas no alcancen demasiado poder y les desplacen o aneguen. Es como una suerte flujo y reflujo, pero esta gente (las elites) no sabe nunca cuándo parar. En ese sentido, la unión constante de los trabajadores sí tiene una intención pleno, articulado en el orgullo, no de ser obreros en sí mismos, sino de estar unidos como tales. Pero siempre con el objetivo consciente de avanzar hacia una mejora común, hacia una liberación. 

Anuncios