Si lo dice un estudio, también es probable que sea mentira

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«El mundo está inundado de mierda». Es el grito de guerra de los promotores de Calling Bullshit, un taller para luchar contra la broza y los engaños que todos nos tragamos. Nos los hemos comido siempre, pero con internet la ingesta se ha multiplicado. Es basura disimulada: se viste de rigor. Nos la cuelan más de lo que creemos. Es el caso de muchos de los papers, estudios o encuestas, que sirven para poner de gala y darle aspecto científico a verdaderas patrañas.

El objetivo de los profesores Carl T. Bergstrom y Jevin West es convertir a sus alumnos en buenos clasificadores de residuos. Pintan un mundo apocalíptico: «Los políticos no se acogen a los hechos. La ciencia es conducida por los comunicados de prensa. La educación superior premia la bullshit sobre el pensamiento analítico. La cultura de las start-ups eleva la bullshit a la categoría de gran arte», y esto es solo el arranque de su declaración de principios.

Sus clases están colgadas en Youtube y abordan el fenómeno en todas sus aristas. «Antes nos las colaban con los anuncios, ahora se cuela por todas partes usando la ironía como caballo de Troya». Esparcimos diariamente la basura a través de las redes sociales. Estos profesores alertan y también llaman a la acción, creen que identificar la bullshit y perseguirla es una de las tareas que más necesita hoy la sociedad.

Es imposible abordar todos los prismas de Calling Bullshit. Por eso, conviene centrarse en uno de los aspectos más comunes y donde más tropezamos los periodistas: estudios científicos, encuestas, investigaciones.

Las engañifas no son siempre evitables, han llegado a colarse en revistas de prestigio internacional y ha propagarse por medios de comunicación de todo el mundo. El panorama de partida es desasosegante: «No hay manera para usted, como lector, de saber más allá de toda sombra de duda que un trabajo científico particular sea correcto», avisan en un extenso artículo dedicado a facilitar herramientas y criterios para esquivar el estiércol informativo.

Hay que aclarar que no se refieren a errores o fallos en los que pueden tropezar investigadores con buena fe y que apliquen los métodos con rigor, sino a otro punto más grave: el timo premeditado, el trilerismo ilustrado.

Una de las formas más evidentes de cercar la bullshit es investigar sobre la revista en que se publica el artículo. Tradicionalmente, se ha valorado la calidad de las mismas en función de la cantidad de citas y referencias que reciben desde otras publicaciones. Hay aplicaciones como Journal Impact Factor que ayudan a medir el prestigio de una publicación. La herramienta Journal Citation Reports es todavía más competente, pero no permite acceso libre. Si una revista no figura en esta última, comencemos a sospechar.

El sentido común es también un arma útil en esta labor. Una vez conocemos las revistas de competencia comprobada podemos deducir que si, en una publicación de perfil bajo, aparece un descubrimiento de amplio calado, por ejemplo, que la fabada asturiana cura el 100% de los cánceres, probablemente se trate de una ocurrencia que además, si uno escarba, encontrará que ha sido financiada por el lobby de la fabada asturiana (cosa que esperamos que no exista).

Hay que hacerse otra pregunta: «¿Los autores tienen interés en los resultados que están publicando?». Desde Calling Bullshit proponen, antes de tomar en serio un estudio, revisar las fuentes de financiación: ver si los autores están afiliados a empresas del sector influido o examinar la sección de financiación del estudio. «Algunas industrias son capaces de ejercer una presión indebida sobre los investigadores para que publiquen resultados que les benefician».

Una parte básica es también comprobar si el artículo ha sido revisado por pares, es decir, por expertos ajenos al estudio, o buscar si ha habido retractaciones.

Como en otros ámbitos laborales, la competitividad de los científicos crece sin pausa. Para mantener subvenciones o ascender profesionalmente, los académicos deben publicar mucho. Cantidad y calidad van reñidas. «En la última década, ha surgido un gran número de revistas que satisfacen las necesidades de los académicos de publicar su trabajo. Los editores suelen cobrar a sus autores», detallan en el artículo. Son, además, trabajos que se dispensan gratuitamente en internet: un verdadero cebo para los periodistas (en un mundo en que, además, los periodistas deben trabajar rápido, publicar mucho para subsistir y, por tanto, no encuentran tiempo de entrar en disquisiciones: comer tres veces al día y aplicarse con un rigor absoluto puede no ser compatible).

Este tipo de revistas, aunque afirman hacerlo, no procesan los artículos debidamente y no los someten a decisión de otros expertos del gremio. Sirven para que los autores con buena fe resulten engañados y los autores manipuladores difundan información de baja calidad o interesada. Sin embargo, los impulsores de Calling Bullshit reconocen que no es fácil, a veces, detectar en qué punto exacto de credibilidad se encuentra una revista. Marcan tres parámetros que ayudan: que esté publicada por un editor de renombre, patrocinada por una reconocida sociedad académica y que figure en el Journals Citation Reports.

¿Y qué pasa con Google Académico? A muchos nos han hablado de él como el Santo Grial de los motores de búsqueda de fuentes científicas, y es útil, pero parece que es mejor huir de él. Google lo indexa casi todo mientras que otros buscadores seleccionan. «Se sabe que Google Académico indexa un material bastante tonto. En nuestra opinión, ser indexados por Web of Science o Scopus es señal razonable de legitimidad, mientras que ser indexado por Google Académico dice poco sobre la legitimidad de un documento», advierten.

Si con todas estas precauciones, aún podríamos caer en la trampa y difundir y aportar credibilidad a la bullshit, alarma lo que debe estar ocurriendo con nuestra forma de andar desprotegidos por la red. La pregunta es obligada a la par que dolorosa: ¿Cuántas de nuestras convicciones se asentarán sobre pura mierda?

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