Sevilla 1992, el gran expolio

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Collage de Ricardo Barquin Molero para la Asamblea de Afectados por la Expo-represion, 2017.

Esta crónica rescata la represión que dejó tres personas heridas gravemente de bala y 88 detenciones en las protestas contra la Expo 92 de Sevilla. Las afectadas se reúnen 25 años después en las jornadas “Nada que celebrar”.

Texto: Marcos Crespo Arnold
Fotografías: Mariano Agudo 
Collage: Ricardo Barquín Molero

Era el 19 de abril de 1992, vísperas de la apertura de la Exposición Universal de Sevilla. Con la capitalidad europea de la cultura en Madrid y las olimpiadas en Barcelona, cumpliríamos el papel asignado. España, un laboratorio excelente en el que ensayar mil piruetas, era el mejor escenario donde representar una promesa de futuro. Un nuevo orden se instauraba y el inminente saqueo sería saludado con una fiesta por todo lo alto, en nuestra casa y conmemorando tropecientos años de conquista. Qué cachondos.

Hoy saben de qué va el rollo, pero entonces la mayoría se prestó al formidable engaño. No se dieron cuenta hasta que mucho después reventaron las cañerías y salió la mierda a flote. Tarde. Ahora toca comérsela y le llaman salir de la crisis. También había quienes estaban a la contra. Un puñado de personas confluyó en Sevilla aquellos días, dispuestas a desenmascarar el esperpento que se avecinaba. Fue de las primeras expresiones de un sujeto resistente global que ha tomado cuerpo en posteriores enfrentamientos con estas mascaradas del poder. Era domingo y hacía calor. Había llegado el gran momento y estaba prohibido cualquier acto de protesta. Pero la asamblea de la okupa Cruz Verde no se echó atrás. Aunque el resto del programa de la Plataforma contra el V Centenario quedaba en suspenso, habían organizado un concierto y, al menos, tendría lugar, faltaría más, era solo un concierto. Nadie podía imaginar lo que sucedió.

 

Belén salía de iglesia con su familia cuando recibió una bala en el pecho

Los colmillos de la bestia

Tenía 17 años. Terminado el concierto me esperaba una larga caminata a casa. Al poco tiempo de irme se formó una manifestación espontánea, desparramándose con alegría por las calles adyacentes. Podría haberme quedado un rato más y ver de pronto un coche de policía aparecer embistiendo la cola de la manifestación: bajan dispuestos a detener a un cualquiera, se resiste y la gente de alrededor increpa cuando sacan las pistolas y disparan a quienes huyen presa del pánico. Ulises también tenía 17 años. Una bala lo ha reventado por dentro, sangra tirado en el suelo, pero varias manos lo levantan y llevan hasta un portal. Era un convento y las monjas llaman a una ambulancia. Fuera, los dispositivos han saltado y la ciudad es una jaula. Con la ambulancia llega la policía y en comisaría les espera… Mientras, Ulises agoniza y no se atreven a operarlo. Está perdido. Un médico lo intenta y salva su vida, pero pasará años entubado a una bolsa. Bea también fue tiroteada por la espalda, detenida en el hospital, como quienes la acompañaban. Belén no era una manifestante. Salía de iglesia con su familia. Fue la única que recibió una bala de frente, en el pecho.

Durante la noche se suceden detenciones arbitrarias, malos tratos y vejaciones por parte de una pandilla de salvajes que tienen carta blanca. Bea, al día siguiente, esposada en la cama del hospital, es obligada a ver por televisión la ceremonia de inauguración —y luego una corrida de toros— porque divierte a los policías que la custodian. Si las más altas autoridades montaban el paripé ante escogidos invitados y una supuesta audiencia global, en las puertas del recinto estaban quienes se sobrepusieron al estado de terror inducido y sostienen el derecho inalienable a la disidencia. Allí mismo serán públicamente molidos a palos. Un circo romano, una chulería mayúscula con la policía jaleada por el vulgo. En comisaría, más. Y al tercer día, el cámping que acogía a un grupo de personas extranjeras fue asaltado. Detuvieron y deportaron en condiciones infrahumanas a 42 de ellas. Todas acciones exorbitantes e inauditas, tan ilegales como efectivas. De las 88 personas detenidas, un puñado fueron al calvario de una farsa judicial de años por la que serán condenadas.

 

Jóvenes trasladan a uno de los heridos por la policía el 19 de abril de 1992

Heridas en la memoria colectiva

Estoy con Beatriz y Agustín en una azotea de La Alameda, a escasos metros de donde todo sucedió. Participaban en la okupa de Cruz Verde e integraron la Asamblea de Personas Afectadas por la Expo-Represión, reactivándola, pues la ocasión lo exige. Se les nota el cansancio. Estos meses no dan abasto proyectando los documentales Prohibido volar, disparan al aire (Intermedia, 1997) y Ya son 525 años (Bettina, 2005). Si no fuera por estas piezas, poco quedaría más allá de las memorias personales de los habitantes de aquella pesadilla. Agustín todavía lo pasa mal durante las proyecciones. Hay quienes estuvieron y se les nota al revivirlo. También lo pasa muy bien con el debate, porque 25 años después es fácil, fluye. En su momento no era posible discutir, ahora sabemos de la corrupción y del despilfarro, de trenes sin pasajeros y aeropuertos sin aviones, se puede hacer memoria porque hay una continuidad, hilos de los que tirar. Hay otra memoria con la que entroncan, plena de historias aún silenciadas, como las que duermen en las cunetas, historias de gente asesinada, herida o brutalmente reprimida en nuestras luchas.

Agustín fue uno de los que acompañaban a Ulises, detenidos y vejados en comisaría. En la rueda de reconocimiento se les distinguía fácilmente, pues llevaban la ropa ensangrentada. Personas heridas, detenidas y procesadas quedaban a su suerte, sin siquiera encontrar abogado que llevara el caso. Recuerda la incomprensión, el rechazo y aun el desprecio que recibieron por estar en contra, incluso por parte de sus familias o de organizaciones políticas supuestamente afines. Frente al montaje policial bendecido en los medios de comunicación, recogieron testimonios y obtuvieron pruebas esclareciendo lo que pasó. Trabajaron para que quedara constancia y en el camino armaron su defensa, incluso consiguieron llevar a juicio a la Policía. Cuando absolvieron a los culpables y condenaron a las víctimas, Beatriz se quedó pasmada. Bestialismo policial, manipulación mediática, soledad política y justicia… Fue la primera vez, luego vendrían más.
En las proyecciones la gente joven puede sorprenderse, pues no tenían ni idea o lo habían oído casi como una leyenda, pero desgraciadamente reconocen un guión que se sigue aplicando. Reconforta saber que ni la represión más extrema puede doblegarte cuando comprendes sus mecanismos y tienes la conciencia despierta. Desde entonces alimentaron mil fuegos. A Beatriz lo que más le llama la atención es como, tras tantos años, siguen ahí, en contacto, en la brecha. Va repasando nombres… Me da la impresión que al pacificar a sangre y fuego la Expo templaron toda una generación de activistas. Si quieren paralizar con el miedo, les sale el tiro por la culata. Belén salía de misa y se comió un balazo de frente. Hoy lamenta no haber tenido edad para estar aquel día en la manifestación.

 

Redada en la calle San Luis

Pese a lo que supuso para la ciudad, la efeméride ha pasado sin grandes alharacas. Lo más llamativo ha sido una portada de la Feria de Abril alusiva al evento con la mascota Curro dando inicio a la fiesta. En ese momento, entre el gentío se despliega una pancarta. Las personas afectadas no podían dejar pasar la ocasión. Estaban removiendo el pasado y pretendían consumar el expolio, parasitando el recuerdo de lo que realmente fue y supuso, condenando la disidencia al olvido. Para evitarlo nos reencontramos en las jornadas “Nada que celebrar”, aunque suponga remover la heridas que cada cual arrastra. Por la noche sería el alumbrado de la Feria, pero esa mañana la comenzamos con un paseo por el barrio, rememorando lo que una vez hubo y se ha perdido, lo que intentaron hacer y no pudieron gracias a la movilización, los espacios de lucha que hemos ido creando y parte del trayecto que siguieron aquel día. Esta vez no me lo pierdo. Llevo semanas dándole vueltas a una crónica que no conseguía cerrar, cada vez más obsesionado sin encontrar una razón. Ahora sé por qué.

Nada que celebrar

Partimos de la Comisaría de Policía. En su lugar estaba el solar donde tuvo lugar el concierto. Sonia, que entonces tenía 16 años y lo coordinó, repasa la lista de grupos: Reincidentes, Maniática, Sin Dios… y Os Vergaiudos, completa Dani, un navarro alto y espigado que se agita nervioso. En el grupo hay una mayoría de foráneos, navarros y algún alemán, distingo. Con este paseo vuelven a los brazos de un tormento del que llevan años huyendo.

Agustín acompaña a miembros del colectivo audiovisual Ahotsa. Con ellos está Asier, a quien conoció compartiendo celda. También fue vejado, procesado y condenado. Ahora graba sin saber muy bien qué hará luego. Entiendo la necesidad de documentar esforzándose por sostener un relato fidedigno de sí mismo, de lo vivido pero negado, oculto. Camino junto a Dani, quien mira a un lado y a otro dudando dónde le detuvieron a punta de pistola. Nos acercamos al lugar de los disparos. Llegamos. La noche anterior se ha colocado una placa. Los que vienen de fuera están nerviosos, quieren y no pueden reconocer el escenario de esos segundos en que sus vidas cambiaron. Agustín orienta: “En esa curva cae Ulises y sí, Dani, tú estabas allí, cuando cerramos la puerta del convento aquel y las monjas llamaron a la ambulancia y con ella llegó la policía”.

 

Protesta contra el gran expolio

Minutos después de estas evocaciones colectivas tratando de amarrar recuerdos, seguimos adelante y unos encargados municipales vienen detrás queriendo llevarse la placa. Es recuperada de un tirón, desaparece para quedar a buen recaudo. Unas vecinas, ya mayores, preguntan: “¿Por qué quieren quitar algo tan bonito? ¿Qué ponía?”. Les explican lo que pasó en la puerta de sus casas y responden: “Por favor, se tiene que saber en el barrio, haced algo, un folleto”. Por la tarde tiene lugar una charla que no cabe reproducir ni interpretar. Lo importante es que fue liberando un torbellino de experiencias y reflexiones que habían permanecido demasiado tiempo enterradas.

Pregunto a Agus: “¿Qué reparación esperar?”. “La reparación más grande que tenemos —responde— está en las proyecciones y en las descargas, esa es la reparación más grande que hay”. De entretenerme un rato más mi suerte pudo ser otra al término de aquel concierto, pudo ser la de Ulises, Belén y tantas personas atrapadas por lo que nunca tuvo que haber sucedido en esos días. Pudo pasarme a mí y le puede pasar a cualquiera. Tenía que escribir esta crónica. Si la estás leyendo, ya sabes. Teclea “expo92nadaquecelebrar”, reproduce y comparte. Han saqueado a su antojo y llevado muchas vidas por delante. Pero aún nos queda la memoria. No dejes que cometan lo que sería el gran expolio.

Y quién sabe, quizás es domingo, hace calor y la música deja de sonar cuando nos miramos comprendiendo el momento, salimos a la calle y hemos aprendido tanto en el camino que conocemos sus recovecos, cada esquina que doblamos somos más, avanzamos sabiendo que esta vez será distinto… Y escribiremos de nuevo la historia.

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