La mosquita muerta, según Woody Allen

¿Qué hombre no ha sido seducido y ha caído en las garras de alguna mosquita muerta?

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Hay un tipo femenino que, en nuestro país, siempre se ha llamado “mosquita muerta”. Hasta donde yo sé, la referencia viene de raíz española. Pero no tengo la menor idea de quién fue la primera mosquita muerta de la historia, o cual es el origen de este arquetipo en el teatro, en la zarzuela, en el folklore.

Básicamente, una mosquita muerta es una mujer de perfil bajo. Más bien diseñada como víctima, físicamente imperceptible, de expresión triste, ingenua, algo boba, inofensiva.

El saber popular señala que “esas son las peores”.

¿De dónde sacamos estas cosas? Las hemos escuchado en voz baja, de labios de nuestra madre o abuela, o alguna tía. Son frases de mujeres que, a veces, llegan a los niños. Uno, con los años, comprueba que el mito de la mosquita muerta se basa en algo real: esa indefensa criatura, de pronto, despliega sus alas de murciélago, abre la boca inesperadamente sexy y le brotan colmillos de vampiro, vuela como un buitre sobre sus víctimas moribundas y entonces se convierte en lo que –verdaderamente- es: una potente predadora sexual.

“Uno, con los años, comprueba que el mito de la mosquita muerta se basa en algo real”


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A través de la vida, cualquier tipo va experimentando las heridas que le ha dejado la mosquita muerta, sufre y se desangra hasta entender …que se ha quedado…sin corazón. Sí, como en el tango.

Detalle característico de la mosquita muerta. Es vista en diminutivo. Aparenta ser físicamente frágil. Cuando Tiberi –en la película de Allen- describe a su joven esposa, dice: “Es una madonnina” (Una virgencita).

En su última deslumbrante creación, el cineasta Woody Allen –que a esta altura debe entenderse como un pensador de la vida contemporánea- aborda en el escenario abrumador de Roma varios temas, entre otros el de la famosa mosquita.

Primera aparición de la mosquita muerta. Ella es una mujer llamada Mónica (Ellen Page) actriz fracasada de profesión. Viene de romper una pareja, se encuentra desolada y viaja a Roma por hacer algo, buscando la compañía de su vieja amiga Sally. Esta es una americana que vive en la extraordinaria capital italiana con su marido, un joven arquitecto. ¡Tiene marido, dato primordial! El es Jasse Eisemberg.

Sally se encarga de meter fichas sexuales en la cabeza del marido: “Me excita y me asusta que conozcas a mi gran amiga Ellen. Es terriblemente atractiva…iene un potencial asombroso… Es bellísima, misteriosa, suave, delicada y neurótica…Siempre causa trastornos eróticos por donde va… Cuando la conozcas, es posible que te enamores de ella”. ¿Por qué dice Sally estas cosas? No lo sabemos. Tal vez porque en esta vida existen (existimos) personas que cavamos trabajosamente nuestra propia tumba, tal como Sally.

Llega Mónica al aeropuerto de Fiumicino. El joven Eisemberg acude, acompañando a su mujer. Las dos amigas-de-toda-la-vida se abrazan. Y allí, desde lejos, el muchacho advierte que la actriz fracasada (Ellen Page) es petisita y sin curvas.

– ¿Esa es la famosa Mónica? ¡No pasa nada!- murmura para sí mismo.

El fantasma de Woody Allen, que en este film viene a ser el corpulento Alec Baldwin, se lo advierte: “Está desmejorada por 12 horas de aeropuerto, no te confíes. Esa chica es un peligro. Destruirá tu pareja y te dejará sin amor, sin alegría, sin vida, solo como un perro. Cuidado”.

Como quiera que las personas buscamos de algún modo nuestra perdición, Sally insiste en que su marido lleve a la Mosquita Page a pasear por Roma, de manera que conozca el Coliseo, las catacumbas, la Appia Antica. Todo a la luz de la tarde romana, en verano, con ropa suelta y labios húmedos.

“Básicamente, una mosquita muerta es una mujer de perfil bajo. Más bien diseñada como víctima, físicamente imperceptible, de expresión triste”


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Comentarios de la Mosquita: “Me separé de Jerry porque en realidad él era gay… Hice todo lo posible por cambiar su opción sexual… Hice de todo…Bueno, vos me entendés, somos adultos, todo lo que puede convencer a un hombre…¿Vos te acostaste con un hombre alguna vez, arquitecto? ¿No? Ah bueno… Yo sí tuve sexo con una mujer. Era una modelo negra. La conocí en un cocktail de cineastas. Se me acercó y me dio su teléfono. ¡Era tan atractiva! Un día fui a su departamento y me atendió en salida de baño. El blanco de la robe contrastaba con el negro de su piel. Me abrazó y me besó. ¡Oh, qué espléndidos orgasmos me brindó! La relación duró tres meses. Fue muy hot. Después conocí a un torero mexicano. ¿Querés que te lo cuente?”

El joven arquitecto escucha, temblando, los relatos tórridos pero articulados con una voz suavísima, de Ellen Page. Mientras tanto su esposa, Sally, lava los platos, tal vez sospechando que el famoso magnetismo sexual de la casi enana Page se pondrá de manifiesto. Y así sucede nomás, como era inevitable, dada la inexorable propensión humana al error.

El arquitecto se enrieda en una historia clandestina con la íntima amiga de su mujer. La Mosquita Muerta le sugiere partir en viaje romántico por Sicilia, alojándose en pequeños hoteles y brincando por la campiña. Pero primero es necesario que los dos jóvenes hagan el amor. Por lo menos una vez, para dar por comenzado el idilio traidor. En este sentido, Mosquita tiene un impedimento: “No puedo hacerlo aquí, en la casa de Sally. Es mi mejor amiga. ¡En su propia casa…! No, no puede ser…” El arquitecto balbucea: “¿Y si bajamos al auto?”.

– ¡Ah, en el auto ya es otra cosa!- exclama Ellen Page, y con eso queda solucionado el impedimento moral.

De aquí en adelante, sólo un milagro puede salvar a la pareja de Jasse y Sally.

El milagro puede consistir, sencillamente, en la voz de un empresario que suena en el teléfono, desde la lejana Hollywood, ofreciendo a Ellen Page un contrato para filmar ya mismo cierto film entre Los Angeles y Tokio por espacio de cinco meses, con coprotagonistas tremendamente sexies y absolutamente fascinantes. En ese mismo instante, la actriz fracasada, desocupada, débil y sin pareja se convierte en candidata al triunfo. ¡Adiós amante, adiós desdichada Sally, adiós mágica Roma, adiós a todos! ¡Llegaron los dólares!

Ya no le interesa el romance clandestino con un joven arquitecto casado que no tiene un peso, que no presenta otro atractivo que el de vivir en Roma Trastevere, y que sólo será un momento hot en la vida. Obvio, la indestructible amistad con Sally se salvará por el momento, hasta que llegue el día de soplarle un novio o arruinar su existencia de una u otra manera. Es una tendencia innata de la Mosquita Muerta: cuando ve a su amiga feliz, necesita imperiosamente intervenir para quitarle a ese novio un poco tontorrón o estropear su vida.

Si la voz del empresario providencial aparece en el teléfono, todo queda suspendido: Jasse y Sally seguirán juntos, sencillamente porque no hay nada mejor. Terrible. Y tal vez, cierto, para muchas parejas.

Segunda Mosquita Muerta de la historia. Es una maestrita italiana de la ciudad de Pordenone, en el norte de Italia. Acompaña a su marido. Este (Alessandro Tiberi) viene a Roma para conversar con sus tíos ricos y bien relacionados, que podrían ofrecerle un futuro de éxito y fortuna, tal vez incluso con el detalle triunfal, al final de la carrera, de una villa sobre el Adriático. ¿Quién sabe?

Alessandra Mastronardi entra del brazo del marido al hotel romano (cuyo gerente no es otro que Giuliano Gemma) y se muestra asustada, como corresponde a su estilo. La inquieta el encuentro con los tíos ricos. De cualquier modo, decide pasar por una peluquería. “Parezco una maestrita de provincia”. ¡Que es precisamente lo que es!

Por el camino, Alessandra se extravía. Según Allen, todos se pierden en Roma. Las indicaciones de los ciudadanos son misteriosas: “Derecho al fondo, después cruzando el puentecito a la izquierda, atravesando bajo el río y girando a la derecha, cien metros, otro giro a la derecha, cincuenta metros o tal vez sesenta, subiendo la escalinata de piedra, unos pasos a la izquierda y allí está la peluquería, frente al Coliseo”.

La maestrita se encuentra de pronto en medio de una filmación. Conoce a la impactante Ornella Muti. Se deslumbra frente a un actor de carácter, feo pero gordo, banal pero vanidoso (Antonio Albanese) a quien pide un autógrafo. Todo termina en un almuerzo frente al Tíber y una tardecita en el hotel. Fácil conquista de una casadita provinciana por un actor de cuarta con mucho “carácter”.

“Woody Allen se explaya sobre las mosquitas muertas, la jubilación como ensayo de la muerte, la banalidad del error y la confiada desenvoltura con que las personas nos traicionamos”


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La humilde maestrita de pueblo, recién casada, ruborosa, inocente y cholula, resulta al final una hembra de cuidado. Dispuesta a acostarse con el actor, pero también con un asaltante que pone el revólver bajo la almohada. Todo vale. Ella quiere “vivir”, ya que está en Roma…

En este racimo de historias, ambientadas en la ciudad milenaria del Imperio, como podrían transcurrir en México o Beijing, Woody Allen se explaya largamente sobre las mosquitas muertas, la jubilación como ensayo de la muerte, la banalidad del error y la confiada desenvoltura con que las personas nos traicionamos. En fin, distintos ángulos de la miseria humana.

En un cara- a- cara final, el joven arquitecto Eisenberg se enfrenta con el gran colega millonario, hacedor de shoppings (Baldwin) y le dice: “¿Cómo sabías que iba a pasar todo esto?… Ya sé, es la experiencia. Los años traen consigo la sabiduría”.

– Los años traen…cansancio- responde Baldwin, el Sabio.

Tal vez alguna lectora susceptible pregunte: ¿Y dónde están los varones que juegan el mismo juego de las mujeres fatales y destructivas? Ah, están por todas partes. Pero ese tema corresponde a otra película.

Podría llamarse “El Mosquito Muerto”. A lo mejor, Woody Allen viene a filmarla a Buenos Aires. Sería genial.

Mientras tanto, leemos que –según los críticos- Allen está en decadencia, que ya no utiliza las cortinas musicales jazzísticas de antes, sino temas de ocasión como el estremecedor “Volare” de Domenico Modugno, que el genio ha convertido su arte en una postal turística de grandes ciudades.

¡Claro que Allen presenta, de vez en cuando, una postal! ¿Qué importancia tiene? También lo hizo Federico Fellini en “La Dolce Vita”, bañando a Anita Ekberg (en aquel entonces, Miss Suecia) nada menos que en la Fontana de Trevi.

“Tal vez alguna lectora susceptible pregunte: ¿Y dónde están los varones que juegan el mismo juego de las mujeres fatales y destructivas?”


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Woody Allen elige mostrarnos la Piazza Spagna (ellos la llaman Escalinata España) a la luz del atardecer, con una orquesta tocando en vivo, y varios cientos de turistas en sandalias y bermudas, sentados en los escalones, respirando, escuchando, viviendo ese instante que al volver a sus casas, seguramente describirán como un “momento mágico”.

Woody se ríe de los momentos mágicos, del amor, de la fidelidad, de las voluptuosas mujeres italianas, de los pobres varones siempre soñando con victorias imposibles.

En una escena portentosa, el flaco y desgarbado Roberto Benigni se convierte, de golpe, en famoso. Porque sí. Sin hacer nada en especial. Sencillamente, es famoso. Cientos de mujeres atractivas quieren acostarse con él para “vivir la experiencia”. Una de ellas lo lleva al lecho y, desde allí, el desconcertado Roberto ve que hay otra bomba abajo, esperando. La pareja se encuentra en el típico entrepiso con cama de un “bulín”.

– Sandra…¿Quién es esa mujer?

– Ah, Roberto, es una amiga. Espero que no te moleste, es casada. Me ha rogado que, después de hacer el amor con vos, la deje a ella un ratito. ¿Te parece?

– ¡Pero yo apenas puedo con una! ¿Qué voy a hacer?

– Nada, nada…Lo que puedas hacer en cinco minutitos estará bien. A ella le cambiará la vida.

Sin duda, Woody conoce el paño. Como Benigni, él es feo y desgarbado, sólo que más viejo. Sin duda, mil hembrones se le han ofrecido para “vivir la experiencia”, y no hay en el mundo un tipo capaz de decir que “no” en un caso así. Convertido en objeto sexual, un hombre feo pierde la cabeza. Sin remedio. Y salta de palomita hacia el error: su destino depende sólo de la suerte, como en la película “Match Point”, donde la pelota, después de pegar en la faja, cae de un lado o del otro, consagrando campeón a Juan y fracasado a Pedro, o viceversa.

“Convertido en objeto sexual, un hombre feo pierde la cabeza. Sin remedio. Y salta de palomita hacia el error: su destino depende sólo de la suerte, como en la película Match Point”


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La suerte es el gran imponderable en las historias de Allen. El tercero inesperado, los caprichos amorosos, los proyectos absurdos que triunfan de casualidad.

Tal vez, en esencia, Woody cuenta una y otra vez su propia historia: “Tuve una mujer bella y talentosa, Mia Farrow. Su único vicio era noble: adoptar hijos. Llevamos adelante una pareja original. Pero me encapriché con la estúpida idea de seducir, a escondidas, a la hija adoptiva de mi mujer, asiática e insondable. Soon Yi Prévin. Todo se supo, estalló el escándalo. De pronto me encontré con que me prohibían ver a mi propio hijo, fui crucificado por la opinión pública de mi país, me quedé solo como un pervertido, apenas acompañado por una chica demasiado joven y medio extranjera. Posibilidades de éxito en mi nueva vida: cero. En pocos meses, la singular muchachita coreana se enamoraría de otro más joven o más rico o menos chiflado. Pero, contra todo pronóstico, acá estoy. En pareja con Soon Yi. Feliz, perdonado por el mundo, acompañado por una mujer que ha resultado mansa y leal. ¡Tuve mucha suerte! Cometí los peores errores, los que conducen a un hombre al suicidio o a la cárcel…¡Y la suerte me salvó!”.

A veces nos parece que esta es la historia que cuenta Allen, cada vez más profundo, más divertido y más pesimista. En su forma de ver la existencia, las personas no valemos nada. Somos todos traidores, mentirosos, venales, cambiantes, débiles, cobardes. Sólo nos ayuda, de vez en cuando, la suerte.

En “A Roma con amor”, Allen realiza varios trucos artísticos con toda naturalidad. Por ejemplo: personajes que no puede estar ahí, y de hecho no están, se meten en la escena y dialogan con los protagonistas. Los espectadores comprendemos perfectamente que ese detalle es imaginario, y al mismo tiempo la historia central se conserva verdadera. Hay cosas imposibles que suceden, y son creíbles. Por ejemplo, un tenor cantando “Ridi Pagliaccio” bajo la ducha, rodeado de todos los figurantes de la Opera y ovacionado por el público, que aparentemente acepta el detalle de la ducha. Otro ejemplo: un empleado de oficina, con su departamentito de clase media, su señora que cocina los fideos y sus dos hijos ni lindos ni feos, se levanta por la mañana y –al salir a la puerta de calle- es rodeado por fotógrafos y cronistas que le piden declaraciones sobre algo incomprensible. Se ha convertido en famoso, de golpe, como los chicos de Gran Hermano, sin mérito y sin nada que decir.

El neo-famoso habla con su chofer, angustiado, una mañana, en una colina romana: ¿Por qué me buscan, por qué me aplauden, por qué quieren que hable? Yo soy un hombre común, no sé nada de nada. Responde el chofer: “Quieren que usted hable a toda hora porque es famoso”. El desconcertado empleado de oficina insiste: “¡Pero si yo no hice nada, no soy artista, no tengo talento, sólo trabajo para cobrar un sueldo a fin de mes! Nunca hice nada importante”.

– Los otros famosos, tampoco- concluye el experimentado chofer.

Un detalle que, como dicen ahora, “no es un dato menor”: la mitad de la película está hablada en italiano, con actores italianos perfectamente verosímiles, incluso desde la visión un poco incrédula de un cineasta americano.

Mi pregunta: ¿Qué será del cine cuando ya no esté Woody Allen?

Serán películas de superhéroes en 3D. Eso, y poco más.

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