Nada es gratis: qué hay detrás de los bares que no cobran a las chicas por entrar

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¿Para qué quieren que estés ahí? (iStock)

“Qué morro tienen las chicas, que no les cobran por entrar en las discotecas” o “¿por qué nosotros tenemos que pagar y ellas no?”. A veces, invitábamos a nuestro viejo amigo, el victimismo masculino: “si quieren ser iguales, que paguen también, ¿no?”. Casi todos los adolescentes (varones) nos hemos quejado de ello en algún momento, o por lo menos este pensamiento infantil –aunque no haga falta ser un niño para defenderlo– se nos ha pasado por la cabeza (y si no es así, enhorabuena). A una edad en la que la paga da para poco, en la que hay que estrujar cada céntimo y todo lo gratis mola, acceder a una discoteca sin pagar entrada, cuando el de al lado sí lo hace, parece el mayor de los privilegios.

Lo que no sabíamos por aquel entonces, por ignorancia e indiferencia, es que los privilegiados éramos nosotros, puesto que tan solo nos cobraban en dinero. Es más, que nuestras amigas no pagasen no era una deferencia hacia ellas, sino una palmadita invisible en la espalda a nosotros, los tíos. Al contrario de lo que pensábamos (que habíamos sido castigados por nacer hombres), las chicas que nos acompañaban se habían convertido al traspasar el umbral en un reclamo para otros como nosotros, sin que ellas ni nosotros nos hubiésemos dado mucha cuenta. Es algo que, de hecho, suele ocurrir en las discos ‘light’, donde el público es menor de edad y por lo tanto, particularmente bisoño. Pero como se ha repetido hasta la saciedad en referencia al mundo tecnológico, “cuando algo te sale gratis, es porque el producto eres tú”.

Así que nuestras amigas, esas supuestas privilegiadas que disponían de más dinero para gastar en copas, eran al mismo tiempo cliente y producto, no porque fuesen un cubata con patas, sino porque en una discoteca todo se consume, desde la luz hasta la decoración pasando por el público presente. Todo ello a partir de una justificación argumentativa perversa: esta posibilidad de entrar gratis a los bares suele estar disfrazada de una rancia caballerosidad por parte del local, que lo presenta como un guiño hacia el público femenino, que necesita ser protegido o financiado. Un discurso que enmascara la rancia lógica comercial detrás de esta decisión: si los hombres van a los bares donde hay mujeres, al conseguir al público femenino, tendrás también al masculino.

A medida que los años pasaban y el instituto daba paso a la universidad (o a la FP o al primer trabajo, o al paro) eran cada vez más patentes las nada inocentes implicaciones de este pacto de supuesto beneficio mutuo. Especialmente para ellas, a las que se les recordaba día tras día que sus cuerpos eran un suculento reclamo comercial por su capital erótico –bastaba con echar un vistazo a cualquier anuncio para comprobarlo–, y que decidían dejar de participar en esta estrategia de ‘marketing‘ (¿qué clase de hombre estaría dispuesto a pagar más por verte a ti tomarte una copa?). Si los deportistas reciben automóviles de lujo y los famosos no pagan en los mejores restaurantes porque a estos les interesa, ellas sospechaban que debía haber algo que intrínsecamente hacía su presencia valiosa. Algo paralelo al descubrimiento de otra realidad: que no hay nada gratis y que el hecho de que un servicio o producto no cueste dinero no quiere decir que no tenga otro coste oculto.

Esta estrategia se ha trasplantado a modernas páginas de citas online como Adopta Un Tío, en la que bajo la aparente subversión de la cosificación de la mujer –el objeto son por una vez los hombres, sugiere la página–, se reproduce un sistema semejante en el que ellas pueden acceder gratis mientras que ellos deben pagar una cantidad semanal o mensual para utilizar los servicios. Como señalaba una usuaria de Twitter, “la gracia está en que solamente los chicos tienen que pagar (y mucho) para entrar en la página y poder contestar a las chicas, por lo que en realidad se trata de una página que está vendiendo mujeres a hombres desesperados”. Como aquellas discotecas de la adolescencia, pero online.

Comida gratis (con mucha sal)

Este año, por primera vez, se han tomado cartas en el asunto. En febrero, el Juzgado de lo Contencioso Administrativo número 2 de Albacete desestimó el recurso interpuesto por un pub de la ciudad, obligado a pagar 1.500 euros por cobrar entrada solo a los hombres. La semana pasada, el Gobierno vasco anunció un decreto que obliga a los espacios de ocio y recreo a cobrar a todos los clientes por igual, con el objetivo de evitar discriminaciones por cuestión de género, raza u otra índole. Una decisión que puede marcar un precedente en nuestro país, donde esta situación se ha dado por hecha en el siempre permisivo mundo de la noche. Aún más en el destinado a los vulnerables adolescentes.

Uno de los problemas, como suele ocurrir en estos casos, es que es imposible meterse en la cabeza del empresario que se decanta por esta herramienta de marketing y descubrir cuál es su verdadera intención. Siempre hay excusas recurrentes e incluso favorecedoras; por ejemplo, la asociación de empresarios de ocio nocturno madrileña manifestaba a través de su director de comunicación que era una manera de facilitar el acceso a los bares de las chicas, un colectivo con menos poder adquisitivo. En definitiva, lo que arguyen es que es un inocente esfuerzo para paliar la brecha de género en cuestión de sueldos. El discurso de “les estamos haciendo un favor” es socorrido, sobre todo cuando obvias que tú también sales muy beneficiado.

La entrada gratis a las discos es semejante en algunos aspectos a la comida gratis que aparece en el famoso adagio económico “there ain’t no such thing as a free lunch”, es decir, “no existe la comida gratis”. Esta expresión surge a finales del siglo XIX, cuando se popularizó en los salones del oeste americano dar comida gratis a aquellos que pidiesen una bebida. ¿Dónde estaba el truco? Que eran alimentos con elevado contenido en sal (queso, galletitas, jamón) que a un bajo coste para el local daban más sed a los parroquianos que, por lo tanto, bebían mucho más. Con la diferencia de que la gratuidad de los clubs nocturnos encubre otro coste relacionado con la mercantilización del cuerpo femenino.

No se paga con dinero. (iStock)© Proporcionado por El Confidencial No se paga con dinero. (iStock)

Pero esta situación, más allá de las implicaciones sexistas, es además un excepcional ejemplo en el mundo real de aquello que va a ser cada vez más habitual en la economía digital o, mejor dicho, en el “capitalismo informacional”, como lo llama el profesor de la Universidad de Salzburgo Christian Fuchs. Desde hace no tanto, vivimos en una nueva etapa de la economía y el mercado laboral en la que el significado de lo que es trabajo y lo que no ha cambiado. Este va ya mucho más allá de la producción de bienes o la generación de servicios, por lo que podemos estar trabajando para alguien sin que lo sepamos. O, al menos, añadiendo valor a su negocio sin tener conciencia de ello o sin hacer nada para evitarlo.

Todos seremos presas fáciles

Como explican los profesores de la Universidad de Karlstad en Suecia Karin Fast, Henrik Örnebring y Michael Karlsson en una investigación publicada en ‘Media & Society‘, son muchas las maneras en las que las personas trabajamos gratis, desde el esclavismo hasta la autoexplotación. Entre estos subgrupos, llaman la atención las “presas fáciles” (‘patsy’), que comparten algo en común: “La gente puede que ni siquiera se dé cuenta de que algunas de sus acciones constituyen un trabajo que genera valor para otra persona”. Exactamente igual que ocurre con las chicas a las que se les intenta hacer ver que son privilegiadas por entrar sin pagar a un garito o con sus amigos que se lo recriminan envidiosamente.

¿Cuáles son estas presas? Los usuarios de aplicaciones de internet como Google o Facebook, es decir, prácticamente cualquiera de nosotros (si no vivimos en una cueva): como explican los autores, gracias a nuestra obsesión por chequear constantemente nuestras redes, proporcionamos tráfico y datos personales a estas páginas. Otra cualidad esencial es que, a diferencia de otras clases de trabajo, este no supone un gran esfuerzo para el usuario, que disfruta de un servicio a cambio de gestos casi insignificantes. Es una producción de valor pasiva, tanto si escribimos un largo ‘post’ en Facebook como si nuestra presencia atrae a nuevos clientes cada noche. Pero de forma tan mínima que se hace necesario agregar muchos de estos pequeños clics o, en el caso de los bares, conseguir que sean muchas las mujeres que acudan a ellos.

Es una tendencia que será cada vez más popular a medida que los servicios que antes se prestaban en el mundo “físico” se trasladen a la red; es decir, es posible que pronto podamos consultar “gratuitamente” a un médico, recibir asesoramiento jurídico o cursar estudios que de otra manera nos resultarían inalcanzables. Pero nunca nada de ello será verdaderamente gratis, puesto que estaremos pagando de otra manera. Quizá no a través de nuestros cuerpos, sino de nosotros mismos convertidos en perfiles cuyos datos pueden venderse a otras empresas para que, estas sí, ofrezcan sus productos o servicios. Ya todos somos la chica en la discoteca, sorprendida y quizá agasajada por no tener que pagar, pero con la mosca detrás de la oreja porque sabe que nadie da duros a peseta.

 

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