¿Y tú para qué sirves?

Un interesante artículo de un socialista (SÍ, uno de los creadores de la LOGSE y de los que piden educación obligatoria hasta los 18 años), de hace 8 años nada menos:

http://elpais.com/diario/2009/05/27/opinion/1243375204_850215.html

Qué hay de lo mío?”, es la pregunta que formulan muchos jóvenes universitarios cuando provistos de un certificado, llamado título, expendido por cualquiera de nuestras universidades, se asoman al mercado laboral. La respuesta podría ser a la gallega: “¿Y lo tuyo qué es? ¿Tú qué sabes hacer? ¿Tú para qué sirves? Ese certificado que llevas en el bolsillo acredita que tienes un nivel de información sobre una serie de materias que has cursado, con más o menos éxito, en la facultad o escuela en la que te matriculaste hace cinco o tres años, o para ser más exacto, hace siete o cuatro años…”, ya que un porcentaje elevadísimo de universitarios no termina sus estudios en el plazo estipulado por la universidad oferente de dicha titulación. Tiene narices que esto lo diga uno del PSOE, uno de los que universalizó la educación hasta los 16 y si les dejamos, hasta los 18. Bajaron todos los niveles, regalaron títulos, enchufaron a los suyos, y pretenden dar lecciones de algo.

Leí no hace mucho tiempo un estudio que describía el posible alargamiento del dedo pulgar de la mano de los niños que nacieron a finales del siglo XX. Decía el estudio que ese dedo pulgar, cuando pasen varias generaciones, será un dedo superior en tamaño al resto de los dedos de la mano, como consecuencia de la reiteración y velocidad que demuestran nuestros hijos en el manejo de las maquinitas, el Internet, la Wii, la Nintendo, mensajes SMS, etcétera. Darwin no toleraría esa teoría pero, pulgares al margen, de lo que no hay duda es de que con mucha más celeridad está cambiando el cerebro de nuestros niños y adolescentes y, en consecuencia, su forma de enfrentarse a la nueva sociedad que, aceleradamente, se está creando en estos momentos a la vista de todos.

Escribí hace unos meses, en estas mismas páginas, que si resucitáramos a un profesor del siglo XIX, éste reconocería fácilmente un aula de cualquiera de nuestros centros escolares y podría incorporarse a su labor docente (FALSO. Primero porque no entendería nada de la  parte tecnológica de la que habla y segundo porque se daría cuenta de que en su aula 3/4 partes de los chavales están allí por obligación y les da igual todo, y, es más, ni le dejarían dar su clase. Muy alejado de sus clases magistrales y en silencio del siglo XIX) pero seguramente no esperaría la siguiente pregunta de sus alumnos: “¿Por qué cree señor profesor, que usted sabe más que Google, por ejemplo? Todo lo que nos ha contado a lo largo del curso lo hemos encontrado en cualquier buscador por Internet, que además dice muchísimas más cosas de las que usted nos ha explicado” (Eso es dar por hecho que ese alumno tiene interés como para buscar en Google y además saber seleccionar información. El 80% de los alumnos de secundaria no tienen ni una cosa ni la otra). Ese profesor encontraría la misma escuela, pero la sociedad que alberga esa escuela es radicalmente diferente de la que él abandonó en el siglo XIX y muy diferente de la del siglo XX.

Esa nueva realidad, combinación de lo físico y de lo virtual, está generando una nueva forma de entender, de comprender, de aprender, de enfrentarse al mundo por parte de nuestros hijos y por parte de nuestros alumnos, que es necesario que los educadores, a todos los niveles, la descubramos y explotemos al máximo posible. Zapatero acaba de anunciar una medida, un ordenador para cada alumno, que nos sitúa en un reto interesantísimo y que nos abre el camino a un mundo nuevo. Desgraciadamente, cada vez que defiendo esta tesis -y lo he hecho a lo largo de los últimos 10 años- muchos se fijan en el cacharro, en el aparato, en el ordenador, al estilo de lo que ocurría cuando se inventó la televisión. Cuando hablo del ordenador para cada alumno, no estoy hablando del aparato, ni del cacharro, sino del significado que esa tecnología nueva está suponiendo en la forma de actuar de nuestros alumnos y de nuestros jóvenes. Cuando se inventa la máquina de vapor, en el siglo XIX, y comienza el desarrollo de la sociedad industrial, la gente no se ensimismó con la máquina, no se hablaba de la máquina, de los componentes de la máquina, de cómo funcionaban las bielas, los pistones… Por eso, no llego a comprender por qué, ante la aparición de otra nueva tecnología, en este caso la virtual, la digital, la gente se queda pensando y mirando al ordenador, que no deja de ser un cacharro más, sin necesidad de que se esté todo el día analizando su conveniencia. Debería preguntar en Andalucía qué pasó con los ordenadores que se regalaron en Primaria. Y luego me gustaría verle en un aula de secundaria actual interactuando con esos alumnos con ordenador.

Escuché un día a un joven estudiante decir: “A mí lo que de verdad me apasiona es la astrología pero como ustedes dicen que la mejor salida es la medicina pues renuncio a mi pasión y la cambio por la salida profesional, aunque yo me mareo cuando veo sangre”. Es decir, ese chico podrá ser un excelente licenciado en medicina, pero no será un apasionado de la medicina. Podrá aportar sus conocimientos, pero no podrá aportar pasión, ni motivación, ni una actitud hacia algo que no es lo suyo; no digo nada del 25% que se ve obligado a estudiar la segunda o tercera opción, porque su expediente y nota de selectividad no le alcanza para estudiar la primera. En una sociedad como la que está surgiendo, sin pasión, sin actitud, sin convicción, es bastante difícil hacer algo que nos permita un desarrollo superior. Y no le digo si se obliga a chavales que no quieren estar en un aula hasta los 16-17-18 años.

La educación, sin duda, es donde veremos la mayor revolución en los menores plazos. Nuestros alumnos dispondrán de conexión a Internet en todas las aulas; así es, desde hace años, en Extremadura, por ejemplo. Algunos profesores tienen aversión a Internet, no por dificultades de manejo, sino porque Internet transmite más información que ellos. Por mucha información que tenga internet el 99% de los alumnos de primaria y secundaria no saben ni buscarla ni seleccionarla ni procesarla ni saben qué hacer con ella. Y eso obligándoles a hacerlo. Si no se les obliga ni buscarían esa información. Si la autoridad docente se basa en la información y una máquina acumula más información, se pierde el respeto en beneficio de la máquina. Lo que no sabe Internet es generar conocimiento a partir de esa información. Ésa es la función del educador, enseñar a transformar la información en conocimiento, enseñar a pescar a los alumnos en el océano de Internet. La inmensa mayoría de los universitarios termina sus estudios con una actitud incomprensible, desde el punto de vista de la nueva sociedad. No se puede salir de la Universidad exigiendo con el siguiente discurso: “Ya me he licenciado, ¿cómo me va a resolver la sociedad mi problema de vida? Como tengo un papel que me habilita como profesional, yo exijo que me den un trabajo en esa área, a poder ser cerca de mi casa y con estabilidad total”.

El conocimiento que concede una titulación no es garantía de innovación, que es lo que se necesita en la nueva sociedad y la condición indispensable para salir de la crisis actual. El conocimiento es estándar, se da por supuesto; un universitario sale de su facultad y se sabe que atesoró conocimiento, pero la primera condición para innovar es la actitud, la motivación, la pasión y, difícilmente, se puede tener una actitud innovadora, motivada, por algo que apasiona, si la primera opción que se elige no es la que se quiere, sino la que interesa profesionalmente. ¿Qué motivación, qué actitud, qué pasión se va a tener cuando se decide estudiar algo, porque era lo que estaba a su alcance, según el baremo alcanzado en años de aprendizaje escolar? Cuando un joven licenciado pregunta, con su título, “¿qué hay de lo mío?”, la respuesta que se impone es “¿y qué es lo tuyo?”.

Sería obligatorio que el sistema educativo encontrara el procedimiento para descubrir la actitud, la motivación, la pasión de todos aquellos alumnos que pasan por nuestras aulas y sería necesario que a la Universidad llegaran aquellos que están deseando desarrollar científicamente la actitud, la motivación, la pasión que le descubrieron y potenciaron en la escuela. Eso no será posible mientras se estudie lo que no motiva, pero garantiza salida al mercado laboral o mientras se estudie la tercera opción, porque la segunda o la primera no casaba con el baremo.

Ésa sería la mejor contribución que el uso del ordenador podría hacer al desenlace de esta crisis y a la superación de las frustraciones personales y profesionales que se producen en nuestro sistema educativo.

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