Marine Le Pen ya ha ganado (aunque es posible que nunca pueda ganar)

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En la política moderna nada es seguro. George Bush hijo no era rival para Al Gore, Donald Trump era una excentricidad ante la inevitable Hillary Clinton y Mariano Rajoy parecía amortizado políticamente. Así las cosas, es muy arriesgado decir que Marine Le Pen no ganará nunca las elecciones francesas, aunque el sistema electoral del país vecino está hecho justo para evitar que pueda evitarse una victoria como la suya.

Porque sí, las dos rondas en la elección presidencial francesa sirven de ‘última defensa’ ante los impulsos de los electores. Una especie de protección del sistema, que posibilita el cambio de opción de los arrepentidos, o de aquellos que se inclinan por un candidato que no pasa el corte. Así, además, se pueden motivar grandes procesos de concentración de voto como el de 2002 contra Jean Marie Le Pen, o el que se augura ahora contra su hija.

Podría decirse, por tanto, que es muy complicado que un candidato radical gane porque el sistema ha previsto una defensa muy complicada de vencer. Es cierto que ahora que el eje ya no es izquierda-derecha, sino sistema-antisistema no hay que dar la derrota de Le Pen por descontada… aunque puede parecer una apuesta segura.

La improbable Francia de Le Pen

Sobre qué pasaría si ganara hay más miedos que certezas: completaría un consejo de seguridad de la ONU imprevisible, sacaría a Francia de Europa y del euro, cerraría fronteras a la inmigración y abriría la puerta a la expulsión masiva de inmigrantes, endurecería la legislación contra las libertades fundamentales y un sinfín de medidas de consecuencias imprevisibles.

En las distancias cortas, su victoria sería demoledora para la economía española, fundamentalmente por dos razones. La primera es la brutal dependencia energética de nuestro país respecto a Francia -y lo que encarecería el precio de la electricidad un’Frexit’-. La segunda, el impacto en el precio de todas nuestras importaciones y exportaciones terrestres, contando con que nuestra única frontera natural con Europa quedaría cerrada.

Ahora bien, y quizá más aterrador incluso que esa perspectiva: ¿necesita realmente Marine Le Pen la victoria? No, porque en realidad ya ha ganado.

¿Por qué ha ganado aunque pierda?

Primero y principal, su discurso ha calado. Es obvio que hay una gran parte de la sociedad francesa dispuesta a apoyar sus medidas, su discurso de odio y su visión del país. Más allá de ideologías, eso incluye la vuelta al nacionalismo contra la visión europeísta, el señalamiento de la inmigración como culpable de muchos males y la justificación de medidas propias de otros tiempos.

La exposición mediática de su candidatura y la ingente cantidad de votos obtenidos son el preámbulo de lo que podría venir, aunque no fuera la presidencia: la capilarización del Frente Nacional en Ayuntamientos y regiones, además de en el Parlamento. Quizá nunca tenga el poder Ejecutivo, pero sí pueda hacerse notorio su poder en lo Legislativo y lo municipal.

En segundo lugar, en el peor de los casos será la líder de la oposición, siempre al acecho de la presa. Es verdad que ese rol no tiene el peso mediático que puede tener en España, pero es muy simbólico. Y adquiere importancia, además, por un motivo estructural: Emmanuel Macron es un candidato sin partido, sin estructura de poder bajo sus pies y que, por tanto, sería un presidente inestable para sacar adelante muchas de sus medidas.

Además, los dos partidos tradicionales estarán fuera de combate durante algún tiempo. La sucesión de Hollande y el borrado definitivo del legado de Sarkozy no han surtido efecto a tiempo, y ni Hamon, ni Valls ni Fillon han podido recoger un testigo que no quiso tampoco tomar Juppé. El único candidato con fuerza tras Le Pen será un Melenchon a quien pasará factura su tibieza a la hora de interpretar el papel de hombre de Estado que se le exigía al pedir el voto para Macron en la segunda vuelta.

En tercer lugar, Le Pen parte en una posición de franca ventaja en lo internacional. No se trata sólo de que haya ganado presencia gracias a su paso por las instituciones europeas, sino que cuenta con una poderosa red de contactos más allá de sus fronteras -Trump en EEUU, Putin en Rusia, los valedores del Brexit en Reino Unido– que le pueden dar alas. Y en una Europa herida de muerte el estoque no sólo puede dárselo la salida de una de sus madres fundadoras, sino también su inestabilidad y permeabilidad al discurso populista y la injerencia exterior.

Así las cosas, hay buenas y malas noticias: las buenas son que el sistema tiene resortes como para evitar que gobierne Le Pen; las malas son que aunque pierda, y al menos durante un tiempo, en verdad ya ha ganado.

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