Macron-Le Pen, o el estruendoso regreso de la lucha de clases

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“La lucha de clases resurge políticamente con ocasión del duelo que enfrentará en la segunda vuelta al liberal Emmanuel Macron y a la soberanista Marine Le Pen”, se dice en este artículo publicado —esto es lo más significativo— en “Le Figaro”, el periódico de la burguesía conservadora.

Se creía que estaba superado el concepto de lucha de clases. Los intelectuales de izquierdas, Chantal Mouffe y Jean-Claude Michéa, aunque nutridos en el pensamiento marxista, declaraban recientemente que se debía volver a pensar dicho concepto. Ningún candidato de izquierdas, con la salvedad de Nathalie Arthaud [candidata trotskista, N. d. T.], ha evocado tal concepto durante la campaña electoral.
Pero no hay tal. La lucha de clases resurge políticamente con ocasión del duelo que enfrentará en la segunda vuelta al liberal Emmanuel Macron y a la soberanista Marine Le Pen.
El electorado de Macron aglutina la Francia a la que le van bien las cosas, la Francia optimista, la Francia que gana bien su vida, esos viejos faros del antiguo mundo: esa Francia “abierta”, generosa porque tiene los medios de serlo. La Francia de Marine Le Pen es la Francia que sufre, la que se inquieta. Se inquieta de su futuro, de sus fines de mes, sufre viendo cómo los grandes empresarios ganan enormidades de dinero, protesta frente a la increíble arrogancia de esa burguesía que le da lecciones de humanismo y de progresismo desde lo alto de sus 5.000 euros mensuales.
La Francia de arriba se dispone a confiscar a las clases populares la elección presidencial
La Francia de Le Pen perderá sin duda frente al “frente republicano” que se está preparando. Piénsese lo que se piense de la candidata del Frente Nacional, hay en su previsible derrota una especie de injusticia patente: la Francia de arriba se dispone a confiscar a las clases populares la elección presidencial, la única elección en la que se empeña verdaderamente su destino.
Bastaba constatar la noche del pasado domingo la diferencia entre los militantes de Macron —consultores famosos, estudiantes de empresariales, seguros de su superioridad de clase— y los de Le Pen, gente sencilla, tímida, que no domina los códigos sociales y mediáticos. ¡Qué contraste también entre el ambiente vulgar, de discoteca, en la fiesta de Macron, y el baile improvisado en donde Le Pen!
Tras esa lucha de clases se esconde un enfrentamiento entre dos concepciones del mundo. La concepción liberal y universalista, que no cree ni en el Estado ni en la nación; y la visión que hoy se denomina populista o también soberanista, que quiere restaurar el Estado, las fronteras y el sentido comunitario frente a los desastres de la globalización. Es el gran combate que, en últimas, sigue en pie desde 1789.
Pese a su indiscutible talento, el antiguo banquero Emmanuel Macron no revoluciona nada. Karl Marx ya lo describía en el Manifiesto del Partido Comunista: la burguesía —decía— ha roto sin piedad los complejos lazos entre los hombres, “de tal forma que sólo subsisten, entre hombre y hombre, el frío vínculo del interés, las duras exigencias del pago al contado”; “la burguesía ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio”; “les ha quitado su aura a todas las actividades que hasta entonces eran venerables y se consideraban con santo respeto. El médico, el jurista, el cura, el sabio los ha convertido en asalariados por cuenta suya”. Ha dado “carácter cosmopolita a la producción y al consumo”, al tiempo que ha “sometido el campo a la ciudad”. Con su concepto de hombre-empresa, Macron prosigue la lógica implacable del capitalismo que reifica al Hombre y relega la política a un mero instrumento de apoyo a los intereses privados. La forma en que ha utilizado todos los códigos empresariales y de gestión a lo largo de su campaña presidencial es algo que no es en absoluto baladí y que habría que analizar muy detenidamente.
El error de Mélenchon [el candidato izquierdista, N. d. T.] es haber creído que era posible jugar con todas las barajas. Ha tenido indudablemente una intuición genial al dejar de dirigirse a la izquierda para hacerlo al conjunto del pueblo que es víctima de la globalización salvaje. Pero ha fracasado porque se ha negado a ir hasta el final de esta lógica y abrazar la causa populista y soberanista. También ha fracasado porque no se puede defender al pueblo con un régimen parlamentario, régimen de todas las componendas de los que se benefecian los lobbies y los intereses privados. La justicia social sólo es posible con un Estado fuerte y un presidente que decida soberanamente sobre la base del mandato que le ha confiado el pueblo.
El error de la derecha en esta campaña ha sido simétrico al del Partido Socialista: creer que la política podía apartarse de los intereses de clase. La recomposición política de la que tanto se habla se efectuará, en parte, en torno a este objetivo que subyace a todos los demás: la relación con la globalización, con el Estado y con la nación. Y quizás se asista, en un lejano futuro, a la reunión de la Francia de Le Pen y de Mélenchon, opuestas ambas a la Francia de los liberales.
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