Austriacos en la intimidad de sus sótanos

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El ser humano y sus miserias.

 

RecorRecordamos el último documental de Ulrich Seidl, gran metáfora sobre la realidad social y política de Europa, en las fechas del discreto estreno de su última obra: Safari

 

Es un cineasta polémico, Ulrich Seidl, como su compatriota Haneke. Ambos buscan incomodar con fines poco claros, que corresponden al espectador y la crítica discutir. Y ambos, como dupla austriaca, funcionan perfectamente. Haneke se encarga de la violencia y Seidl tiene más inclinación por el sexo y por algo que parecía patrimonio del comic underground americano: el patetismo.
Ahora Seidl ha regresado a las carteleras con Safari. De su anterior obra solo llegaron a España diez copias y esta vez no parece que haya sido distinto, pero merece la pena centrarnos en su trabajo porque es uno de los documentalistas europeos más originales. En esta ocasión, ha tratado el ambiente de los resorts para el turismo de caza mayor, pero en esta columna nos detendremos en su trabajo anterior, Im Keller (En el sótano) que en 2016 -fecha de su estreno en España- trajo un fresco metafórico muy apropiado sobre la situación europea, tanto social como política. Pero no echemos las campanas al vuelo.

Finalmente, la ultraderecha no ha ganado en Austria. Viena es la ciudad socialdemócrata más vieja del continente. El socialismo democrático llegó al poder en 1919 y hasta hoy, solo los nazis interrumpieron su gobierno. A la hora de trabajar los tópicos sobre los austriacos deberíamos ser mínimamente cautos, o al menos mirarnos en el espejo, pero a veces hay hechos que hablan por sí solos.

Me tocó cubrirlo como periodista en 2008. Un caballero de 74 años, Josef Fritzl, tenía oculta en el sótano de su casa a su hija y a los siete nietos que tuvo con ella tras violarla durante veinticuatro años. De todos los casos de desapariciones, violaciones y asesinatos que hice en aquel periodo, sin duda este fue el más estremecedor. La historia de “La secuestrada de Potiers”, la francesa Blanche Monnier, que estuvo también un periodo similar encerrada en una habitación sin lavarse a principios del siglo XX, no le llegaba ni a la suela. Y eso que el personaje que la encerró, su madre, para impedir que se casara con un abogado sin dinero, merecía un estudio pormenorizado. Pero esto era mucho más escalofriante.

En 2012 se supo que Ulrich Seidl estaba trabajando en un documental sobre este tema, de título “En el sótano”, acerca de lo que ocultamos en nuestros cuartos oscuros. Esta noticia apareció antes de su aclamada trilogía, que le puso en la primera línea del cine europeo, ‘Paraíso’. Pero yo ya le tenía fichado no por cinefilia, sino por su película “Import/Export” que trataba el tema de la inmigración y la emigración entre el Este de Europa, Ucrania en este caso -lo que a mí me interesó- y las supuestamente prósperas Centroeuropa y Europa Occidental, aquí era Viena.

Al contrario de lo que se publicó en todas partes entre 2015 y 2016 con el estreno, incluida España, Seidl no se inspiró en el monstruo de Amstetten para llevar a cabo este documental. Y esto es importante. Porque da mayor gravedad a los sucesos que protagonizó el señor Fritzl. El origen del documental estaba en el rodaje de “Tarde de perros” (Hundstage) de 2001. Seidl, al visitar casas de los suburbios para buscar localizaciones, se dio cuenta de que la mayoría de sus habitantes habían hecho del sótano un lugar más acogedor que la propia sala de estar. Se sentían más cómodos y seguros bajo tierra y en esos lugares, al salvo de cualquier visita, desarrollaban su personalidad sin límites.

Desde entonces, Seidl empezó a recoger material para este documental. Pero de nuevo hay que señalar que cuidado con los topicazos y los estereotipos. Cualquier televidente adicto de hoy en día que se trague sin parar programas de reformas del hogar de los que inundan la TDT, sabrá lo que es una “Man cave”. En Estados Unidos, la mayoría de los hombres que van a hacer una casa siempre detallan a los diseñadores, reformadores u obreros dónde tiene que estar su “man cave”, su rincón de “hombres”, que más bien suele ser de “niños”, pero eso es otra cuestión, en el que se ponen pantallas gigantescas para jugar a la consola, esconden sus puros habanos, hay un generoso mueble-bar y luego ya aficiones a gusto del consumidor. Siempre eligen colores muy oscuros y mucha madera para estos agujeros, a saber por qué. Y la desgracia les llega cuando aparecen los niños y el “man cave” pasa a “playroom” para la prole. En Austria no tienen un hecho aislado.

Seidl, cuanto más visitaba las casas de los suburbios, más le bajaban al sótano. Era una cuestión de confianza. El salón normal y corriente tenía en realidad una función meramente representativa para visitas más protocolarias. Desde entonces fue reuniendo grabaciones para la elaboración de esta película sobre la vida que hace la gente de su país en los dichosos sótanos. La dificultad residió en que los vecinos le mostrasen algo que pretendían ocultar. Tardó años en conseguir lo que aquí ofrecía.

En primer lugar, encontramos a un cazador que enlaza con su último documental, ‘Safari’, como en su día René, personaje del documental de ficción “El amigo de las tetas”(Der Busenfreund, 1997) se coló en “Paraíso: Fe” (Paradies: Glaube, 2012). Es un señor que tiene el sótano lleno de cabezas disecadas de las piezas que se ha cobrado a lo largo de los años en safaris. Una minucia comparado con lo que sigue.

Un caballero canta ópera frente a unas dianas, es una especie de campo de tiro que tiene montado en un sótano en el que da clase a hombres de mediana edad, islamófobos y patriotas, para disparar con armas de fuego. En una conversación, se muestran indignados por el hecho de que haya musulmanes de nacionalidad austriaca que animen a la selección de Turquía en las competiciones internacionales. Una discusión con ribetes de españolidad, no me digan que no.

Luego sigue un caballero que tiene una enorme maqueta con trenes. Una pareja que ha montado toda serie de divertimentos de bar de tiempos pretéritos, con diana de dardos y un viejo tocadiscos. Jóvenes que se hinchan a fumar marihuana. Y lo más notable viene por la violencia y el sexo, lo que al final esperamos en estas cintas.

Por un lado, un músico de banda de pueblo explica que se baja al sótano a tocar y bebe antes, durante la ejecución de la obra y después, porque está “predispuesto” ya que toda su familia bebe, confiesa. Lo llamativo es que el sótano en cuestión es todo un museo de parafernalia nacionalsocialista, que limpia además con un plumero con los colores de la actual bandera de Alemania.

Y por el otro, al margen de personajes que se dedican a la prostitución, Seidl encontró dos matrimonios de sadomasoquistas. Uno, un guardia jurado que cuida un teatro, que luego le limpia la casa a su mujer con la lengua y como premio ella le cuelga de los testículos en el sótano con una polea. Muy hermoso de ver el plano secuencia. Y otra pareja, donde la mujer confiesa que acuchilló a su marido por maltratarla, pero luego se fue con un hombre que la azota en el sótano, con ambos ataviados ad hoc en lencería. Importante aquí la figura del consentimiento.

No es forzada la metáfora. Europa vive ensimismada y aburrida, podrida de hipocresía, bajo escenarios donde solo ofrece representaciones y puro teatro. Del mismo modo, a Seidl, que intenta deliberadamente que con su trabajo uno no sepa si reír o llorar, en sus propias palabras, convendría analizar fríamente, para eso tenemos académicos de lo audiovisual, qué separa su “En el sótano” de lo que hacía Cardenas en “Crónicas Marcianas”. Tal vez sea que todos sus personajes están en plena posesión de sus facultades mentales y por ahí llega el impacto que sin duda logran sus films. Por lo pronto, no hay motivos para no lanzarse una vez más a ver la siguiente, la aludida Safari. “

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