El suicidio, esa arma de la soledad

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El suicidio no respeta oficio: artistas, físicos, trabajadores han cedido a ese impulso solitario, que tiene mucho de luz y de sombras.

Mal que bien, el suicidio está presente en casi todas las profesiones, en casi todos los oficios. Es mentira que los poetas se suiciden más (ojalá fuera cierto ese adagio, de modo que no hubiera tanto mal poeta), que los escritores tengan en el suicidio a su mejor confidente. Se suicidó Alexander McQueen porque no pudo soportar la muerte de su madre; se colgó con una bufanda esa pitonisa de la moda llamada L’Wren Scott, la pareja en los últimos diez años del rockero Mick Jagger.

Se suicidó Kurt Cobain y posiblemente lo hizo Janis Joplin. Se suicidó Allende, cuando los aviones del fascismo bombardearon el Palacio de La Moneda. Se suicidó Ángel Leto, el personaje de Juan José Saer, masticando una pastilla de cianuro, al ser descubierto por los comandos de policía que hacía tiempo lo venían siguiendo. Con ese mismo método, ágil y conciso, Horacio Quiroga se quitó la vida, pero en vez de una píldora para masticar, prefirió beberse una copita de cianuro. Lugones, sin embargo, decidió ligar el cianuro con whisky. La poeta María Mercedes Carranza agregó al whisky un coctel de píldoras antidepresivas. De modo que el suicidio ocurre a personajes de la vida real y de ficción, y a veces los escritores escudan su impulso trasladándolo a uno de sus personajes. En tal sentido, el que más epígonos ha tenido es el joven Werther de Goethe.

Hay que confesar que el pensamiento del suicidio da cierta libertad, cierta tranquilidad. Camus lo consideró el verdadero problema de la filosofía. Heidegger, por su parte, definió al hombre como el único ser que reflexiona sobre su propio ser y sobre el ser en general, ser-ahí (Dasein), pero quizá esta reflexión está abocada al silencio. El ser-ahí se interroga mediante el lenguaje, y quizá el silencio sea la manera que encuentra el suicida para resolver la contradicción de su ser auténtico y su presencia en el mundo. “El suicidio —escribió Martin Amis en la novela El tren de la noche— es un problema entre la mente y el cuerpo que finaliza violentamente sin ningún ganador”.

Me gustan los suicidas anónimos, esos que en la soledad de su cuarto se cuelgan de una viga, mientras en las otras habitaciones duermen. Hay una vena poética en esos hombres que alquilan un cuarto de hotel —como Pavese— para dar rienda suelta a su suicidio. Percibo en el cálculo de su acción cierta meticulosidad que ninguna obra de arte tiene.

Pero así como hay infinitud de suicidios, también son infinitos los motivos, aunque casi siempre algunos se repiten vulgarizando el procedimiento: el desengaño amoroso, la ruina económica, la enfermedad terminal. El verdadero suicida es aquel que se suicida no porque le hayan ocurrido tales desmanes, sino justamente para prevenir que le ocurran. Es un suicidio contra el futuro, no contra el pasado y menos contra el presente. Quizás el suicidio de Andrés Caicedo transite esa senda, que algunos llaman atormentada. Andrés Caicedo se tragó sesenta pastillas de Seconal casi de un solo puñado. Alejandra Pizarnik, cinco años antes que él, ya había hecho lo mismo, sólo que disminuyó un poco la dosis, evitando no en broma posibles efectos secundarios.

Hablar de suicidio y no mencionar a un japonés es como no hablar de ello. Yendo a contravía de la antonomasia, están los casos de los escritores Yukio Mishima y Yasunari Kawabata. Es de todos conocida la muerte de Mishima. Kabawata, en cambio, decidió irse de este mundo de manera menos espectacular y amarillista, abriendo tan sólo en la cocina de su casa la llave del gas. Sylvia Plath acudió a ese mismo método indoloro.

Paul Lafargue dejó una carta antes de matarse junto a su mujer, Laura Marx —la segunda hija de Carlos Marx—, porque no soportaba llegar a la vejez. Acababa de cumplir sesenta y nueve años. En compañía de sus mujeres también lo hicieron Stefan Zweig, Arthur Koestler y el poeta Heinrich von Kleist. Se dice que Kleist, saltando de novia en novia, no hizo otra cosa en su vida sino buscar a la mujer que pudiera acompañarlo en ese viaje final. En los Diálogos entre Sábato y Borges, Sábato cuenta que un hombre hizo la apuesta de que suicidarse era un asunto macanudamente fácil: sacó una pistola y se mató.

Durkheim intentó explicar el suicido desde una óptica sociológica. Según él, hay que buscar en los conglomerados humanos y no en los individuos sus causas reales. Clasificó los suicidios en altruistas, egoístas y anómicos. Comparando creencias religiosas, edades y estadísticas de clase, declaró que los suicidios son hechos sociales como cualquier otro y obedecen a causas colectivas, más que a perturbaciones psicológicas o individuales.

Creo que la única vez que sentí verdadero odio hacia un suicida fue el día que un hombre se arrojó a las vías de tren, creando con ello un caos vehicular e impidiéndome llegar a tiempo a una cita amorosa. Cuando dije la verdad (a veces la verdad es más ficcional que la mentira), y expliqué a la cara de palo que encontré el motivo de mi tardanza, la cara de palo se echó a reír con cierta sorna. “Hubieras inventado algo mejor”, me dijo. Pero más que desprecio, tengo una gran admiración por los suicidas que se matan sin perturbar el orden las cosas. El verdadero suicida nunca tiene una causa ideológica o política o religiosa para matarse, porque ello lo convierte en un criminal, como el terrorista Mohammed Atta, o ese pastor llamado Jim Jones.

El suicido es de por sí un acto solitario, nunca colectivo. No obedece a otras razones más que a pábulos personales, a incendios incontrolables de la propia alma. Debe ser como una zarza ardiente que brilla en el interior del pecho del suicida, y nunca se apaga. Un resplandor voraz —casi un sedimento de luz— emplazado en el fondo oscuro de su corazón; o quizá sea todo lo contrario: una negrura melancólica, el simple crujido y la mueca sólida y petrificada, a veces dolorida, si no infernalmente cómica, que emite la yesca seca al ser consumida por las llamas. Puede incluso que sea, en suma, el alumbramiento sutil y diáfano, incomprensible para los demás, de un sol negro. ¿Cómo puede haber un sol negro? Más bien una franja amarillenta y veteada de partículas de luz; y con todo y eso, o a pesar de eso, un haz oscuro y quebradizo, un fogonazo cerúleo de resplandor, tan frágil de reventar como la pata de una garza. Y entonces sobreviene de golpe el acto del suicidio.

Por más pendiente que anduviera la mujer para evitarlo, una mañana en la que ella se había quedado dormida hasta muy tarde, Hemingway se levantó primero que Mary Welsh, buscó la escopeta en el sótano de su vieja casa de campo en Ketchum, colocó el caño en su boca, y se voló los sesos. José Asunción Silva prefirió, como buen modernista, dirigir el caño de su pistola al lugar donde quedaba el corazón. El poeta Torres Bodet apuntó a su sien derecha. Lo mismo hizo la gran Violeta Parra. ¡Pum! ¡Un solo tiro! Aunque en la citada novela de Martin Amis, la suicida alcanza a hacerse dos tiros.

Nadie sabe a ciencia cierta qué ocurrió en el pueblito fronterizo de Port Bou, la noche de la muerte de Walter Benjamin. Paul Celan se arrojó a las aguas del río Sena y Alfonsina Storni a las de Mar del Plata. Virginia Woolf, por su parte, se llenó los bolsillos de piedra, antes de lanzarse al río Ouse. El físico de partículas Ettore Majorana, discípulo de Enrico Fermi, se subió a un buque de turismo y se lanzó a las profundidades del mar Tirreno. Muertos todos por las aguas, podría ser el título.

Creo que el suicido literario más inédito, quizá el más importante de todos, fue el de José María Arguedas. En El zorro de arriba y el zorro de abajo —la novela inconclusa de Arguedas— fue contando en un diario personal, a medida que escribía la novela, su propia tentativa de suicidio, sus razones. Que yo sepa, no hay un caso así en la literatura.

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