Después del tsunami: los hombres que aprendieron a bucear por amor

Yuko Takamatsu estaba en el mar, en algún lugar de la costa japonesa. Habían pasado dos años y medio desde el tsunami y nadie la había encontrado; pero nadie estaba realmente buscando, a excepción de su marido, Yasuo Takamatsu, que la amaba demasiado. Takamatsu buscó primero en tierra, en el lugar de la costa donde había desaparecido. Buscó en las playas de Onagawa, en las montañas, en los bosques. Después de dos años y medio, en septiembre de 2013, seguía sin encontrarla, entonces volteó hacia el mar.

Takamatsu contactó a la tienda local de buceo, High Bridge, para preguntar si daban clases. El instructor de buceo, Masayoshi Takahashi, llevaba voluntarios a limpiar escombros en la costa y habían encontrado cuerpos atrapados dentro de vehículos o flotando en el mar. Estaba seguro de que Takahashi le ayudaría a encontrar a Yuko. “Veámonos y hablemos”, le dijo por teléfono. Una vez en la tienda le confesó su plan. “La razón por la que estoy interesado en aprender a bucear a los 56 años es porque trato de encontrar a mi mujer en el mar”.

Takahashi tenía mapas de la búsqueda de Takamatsu donde registraba en qué sitio y a qué profundidad lo había intentado. Ya habían pasado varias veces por la misma zona porque la corriente movía cuerpos y escombros. Cada búsqueda era diferente: en círculos, en semicírculos, en línea recta o a través de una corriente. De vez en cuando, Takamatsu tenía la intuición de que su mujer estaba en este lugar o en aquel, y Takahashi intentaba adaptarse a sus esperanzas. Pero había muchas zonas restringidas —rutas de pesca, zonas de corrientes peligrosas— y Takahashi tenía que coordinar cada salida con los guardacostas y los pescadores.

El primer día que se sumergió, Takamatsu salió al mar en una barca. Tenía miedo. El agua estaba turbia y sabía que bajo la superficie acechaba el peligro. Podía quedarse atrapado por una cuerda o por los escombros. Un barco podía golpearlo y hacer que la máscara se llenara de agua. Podía dejar de funcionar el regulador de oxígeno. Podía entrar en pánico. Podía morir por hipotermia, enganchado, o en los meandros de la corriente.

En su primera inmersión llegó a una profundidad de casi cinco metros. Creía que sería silencioso, pero el mar tenía un sonido. Takamatsu lo llamó chirichiri, el sonido del aire que se calienta, o el silbido de una serpiente. Takahashi le pidió que no tocase el fondo con sus manos ni con las aletas porque podía provocar una ola de arena que lo desorientaría. Takamatsu mantuvo la cabeza abajo y las aletas por arriba.

Un día, Takamatsu visitó a Masaaki Narita, de 57 años, encargado de una planta de procesamiento de pescado. Narita había perdido a su hija de 26 años, Emi, durante el tsunami. Emi trabajaba con Yuko en la sección de Onagawa del Banco 77, una institución con sede en Sendai. Las mujeres se habían refugiado en el techo del banco pero la ola se las llevó. Takamatsu sentía pena por la pérdida de Narita y se ofreció a buscar también a Emi en el mar. Pero Narita decidió que él mismo bucearía para buscar a su hija. En febrero de 2014, Takamatsu presentó a Narita con Takahashi.

La mañana en que vi cómo Takahashi preparaba a Narita para una inmersión comenzó a llover intensamente. Era enero de 2016, un invierno cálido y lleno de flores. Narita llegó tarde a la tienda. Vestía unos zuecos azules y pantalones caqui. Se quedó parado en una esquina y metió sus manos bajo las axilas. Miraba al suelo. La sala estaba llena de orquídeas blancas y olía a pino. Takahashi revisó los tanques de oxígeno y recogió los trajes de buceo que se estaban secando. En las camisetas de la tienda se leía “Bucea hacia tu vida”. En una caja había folletos que llevaban el título “Onagawa, tierra de sueños”.

Condujimos hasta una playa llamada Takenoura, al este del puerto principal de Onagawa. Narita sacó su equipo del coche. El suelo estaba lleno de conchas rotas, azulejos de baño, trozos de objetos de porcelana. De los pinos colgaban sogas de pesca y boyas color naranja que parecían congeladas entre las ramas.

Narita se colocó el tanque de oxígeno en la espalda y caminó tambaleándose. Se apretó las aletas. Su mujer, Hiromi Narita, caminaba por el muelle. Se subió a varios barriles llenos de conchas y utilizó la mano como visera para protegerse del sol. Asistía a todas las inmersiones de su marido porque le preocupaba; el océano es peligroso y no quería perder a su esposo también. “Si muero, lanza mis cenizas al mar”, decía él. Caminó por la rampa de los barcos, avanzó por la superficie del agua y, cuando llegó al lugar donde comenzaba la profundidad, descendió.

Hiromi Narita, en Konori, deja una caja con comida en el mar para su hija Emi. CreditAsako Narahashi para The New York Times

Los fines de semana, Hiromi preparaba cajas de comida para Emi y las arrojaba al mar cada domingo. Estaban llenas de los platos favoritos de su hija: sopa de cerdo, filete Salisbury y camarón frito, todo en cajas especiales que se degradan. Lanzaba las cajas desde rampas en los botes, desde los muelles o desde alguna saliente en las rocas. A veces las colocaba con cuidado para que se las llevara el mar. Siempre desde algún lugar escondido donde nadie pudiera verla. Había hecho lo mismo durante cinco años. Pero el año siguiente al tsunami, cuando la familia se mudó a Ishinomaki, una ciudad a 30 minutos, ella y su marido lo hicieron cada día, saliendo de su casa a las cinco de la mañana para dejar el almuerzo en Onagawa antes de comenzar sus jornadas laborales.

Pasaron 35 minutos y Narita volvió a surgir en el agua brillante. Estaba vivo, con el respirador descolocado, respirando. Hiromi caminó hacia su coche y se fueron. Era la hora del arroz y el pollo frito.

“Harías cualquier cosa por un hijo”, dijo.

Yasuo Takamatsu y Yuko se conocieron en 1988, cuando Yuko tenía 25 años y trabajaba en el Banco 77 de Onagawa. Takamatsu era un soldado en la Fuerza de Autodefensa de Japón, y fue su jefe quien los presentó. Fue amor a primera vista, dice Takamatsu. Él dice que ella era una persona amable. Le gustó su sonrisa, su modestia. Yuko escuchaba música clásica y pintaba acuarelas que no le mostraba a nadie más que a él.

El viernes 11 de marzo de 2011, el día del tsunami, Takamatsu llevó a Yuko al banco, que estaba en el paseo marítimo de Onagawa, frente al puerto. Esa misma mañana, llevó a su suegra al hospital de Ishinomaki. Takamatsu estaba en la entrada del hospital, saliendo por la puerta, cuando empezó el terremoto magnitud 9. El temblor duró seis minutos. Los semáforos dejaron de funcionar. Takamatsu regresó a Onagawa por carreteras secundarias mientras escuchaba que en la radio hablaban de un tsunami. Recibió un mensaje de la Universidad de Sendai sobre su hijo, quien estaba bien. Pero no pudo contactar con Yuko ni con su hija, estudiante de secundaria en Ishinomaki.

Finalmente, a las 15:21, recibió un mensaje de texto de Yuko: “¿Estás bien? Quiero irme a casa”. Takamatsu pensó que Yuko había sido evacuada a un hospital en el monte Horikiri, a unos 244 metros del banco. Estaba en una colina, una de tantas que rodean Onagawa, designada como punto de evacuación para la ciudad. Pero Takamatsu no fue capaz de llegar allí. Los bomberos bloqueaban el paso hasta el hospital. Había una casa en llamas en la ladera. No había manera de reunirse con Yuko, así que se fue a casa. Yuko ya se había perdido antes, me dijo, en una de sus primeras citas, cuando Takamatsu la llevó a una capilla el día de Año Nuevo. Le dijo que no se perdiera en la multitud, pero ella lo hizo igual, durante 20 minutos, hasta que pudo encontrarla entre la gente que salía del lugar. Nunca olvidó esos 20 minutos.

Takamatsu volvió al hospital por la mañana. “Estoy buscando a mi mujer”, dijo a las enfermeras. Un trabajador del hospital le pidió que escribiera su nombre en la parte de atrás de un calendario, y él le preguntó si alguien sabía lo que había sucedido con los empleados del banco. Mucha gente en el hospital había visto lo que les había pasado —sus gritos, sus brazos extendidos al aire— pero nadie dijo nada. Al final, una mujer le dijo a Takamatsu que había oído que algunos empleados habían sido arrastrados del techo por la ola. Estaba segura de que no habían sobrevivido. “Pero sobre Yuko, no sé”, añadió.

Takamatsu no creía que ella estuviese muerta. Fue a cada planta del hospital y, como no la encontró, caminó hasta el gimnasio, a la escuela, a los hoteles y a cada uno de los puntos de evacuación. Durante su búsqueda se cruzó con muchos vecinos y amigos, y le dijeron que su hija estaba a salvo. Pero ninguno había visto a Yuko.

El día del tsunami nevó. El cielo estaba plomizo, casi negro, y el viento soplaba con fuerza entre las colinas que rodean Onagawa. Se esperaba que la ola entrara desde el mar con una altura de tres metros. Cuando llegó a la costa, a las 15:20, tenía 13 metros. Cuando se retiró, los edificios de la ciudad comenzaron a resquebrajarse y a hundirse por el peso. El agua estaba tan fría que los supervivientes que se dirigieron al hospital morían de hipotermia por el camino. Los pacientes de más edad morían de frío incluso después de llegar a un lugar seguro.

Los soldados llegaron a Onagawa y a la mañana siguiente al tsunami comenzaron a buscar cuerpos entre los escombros. Utilizaban palos largos en lugares en los que la montaña de escombros podía medir 4,5 metros. Envolvían los cuerpos en sábanas y los dejaban en la calle hasta que podían regresar a recogerlos. En total se han identificado a 613 víctimas, muchas de ellas personas de edad avanzada que quedaron atrapadas en sus casas.

Takamatsu se había retirado del ejército; se suponía que iba a comenzar a trabajar como conductor de autobús ese mismo junio. Hasta entonces buscó a Yuko todos los días, desde la mañana hasta la noche. A comienzos de junio comenzó a buscar los fines de semana. En una de sus primeras salidas caminó hasta la orilla, avanzó con cuidado sobre un montón de escombros. Los trenes yacían retorcidos en las laderas. Un coche colgaba de la ventana de un quinto piso. Una farola se había doblado hasta formar un ángulo de 90 grados. Aparentemente, solo el mercado de pescado seguía en pie. La comisaría de policía estaba al lado. Se quedó de pie frente al edificio. Ya no era nada: solo un marco, despojado de todo.

A veces Takamatsu caminaba junto a los soldados y escuchaba mientras hablaban por sus radios. Si se anunciaba el descubrimiento de un cuerpo, se acercaba a ellos para preguntarles qué ropa llevaba. Yuko llevaba pantalón negro y un abrigo de color camello. Pese a que buscaba el cuerpo de Yuko, se sentía aliviado cuando no se trataba de ella.

Un mes después del tsunami, mientras limpiaban las instalaciones del banco, alguien encontró el teléfono de Yuko en el aparcamiento. Era un teléfono rosa. Takamatsu encontró un mensaje de texto que no había llegado a recibir, escrito a las 15:25: “Gran tsunami”, decía. Por ese texto supo que estaba viva a esa hora. Supuso que el tsunami le llegaba hasta los pies.

Yasuo Takamatsu frente a un altar que recuerda a los empleados del banco fallecidos durante el tsunamiCreditAsako Narahashi para The New York Times

Cuando Narita supo lo que había pasado con los empleados del banco, que todos habían sido arrastrados del techo por la ola, regresó a casa llorando. Había visto a su hija Emi por última vez un día antes, el 10 de marzo. Era el cumpleaños de su esposa y Emi había llevado un pastel. Hiromi Narita trabajaba en el hospital Ishinomaki cuando comenzó el terremoto y no se enteró de que había habido un tsunami hasta el día siguiente. Su casa desapareció y la familia tuvo que quedarse con unos parientes. La mañana del domingo, el marido de Emi fue a Onigawa en bicicleta y el día siguiente toda la familia llegó en coche. Todos buscaron el cuerpo de Emi. Fueron al banco, gritaron su nombre. Encontraron sus tarjetas de presentación en el barro.

Seis semanas después del tsunami, en abril, apareció un cuerpo flotando bajo los escombros en la playa de Tsukahama, en el lado contrario al puerto, en la bahía de Goburra. Era el de Michiko Tanno, de 54 años, que había trabajado más de 20 años en el banco. Había siete u ocho cuerpos flotando en los alrededores según las hermanas de Tanno, Keiko y Reiko. Dijeron que el cuerpo estaba en buen estado. “Estaba intacto”.

El cuerpo de un segundo empleado del mismo banco apareció en Onagawa, en la playa Takenoura, el 26 de septiembre de 2011. Kenta Tamura, de 25 años. Había estado en el mar unos siete meses.

Los padres de Tamura, Takayuki e Hiromi, tuvieron que ir a identificar a su hijo a la morgue. El cuerpo estaba descompuesto así que les mostraron la ropa. “Estábamos tan deshechos y asustados por tener que verle”, dijo Hiromi, “que ni siquiera quisimos preguntar por el cuerpo”. Le pidió a la policía que hiciera una prueba de ADN para asegurarse de que el cuerpo realmente pertenecía a su hijo. Días después quemaron los restos. Recogió huesos de entre las cenizas. “Mirando hacia atrás”, dijo “aun estando asustados, debimos haber visto el cuerpo”.

Takayuki me dijo que entendía que otras familias aún tienen personas desaparecidas y debería estar contenta por haber encontrado a su hijo. “Pero aún tras encontrar el cuerpo, una se siente muy mal. Mantuvimos la esperanza hasta que apareció el cuerpo”.

A Takamatsu le preocupaba que su esposa fuera la siguiente. Mientras no la encontrara, no sabía a qué atenerse. Me habló de una cabeza de maniquí que había encontrado en una ladera cerca de la playa. Por un momento pensó que era Yuko. Fue lo más cerca que estuvo de encontrar un cuerpo.

Tetsuya Takagi, un patólogo forense en la Universidad de Medicina y Farmacia Tohoku, en Sendai, me habló de lo que pasa con los cuerpos en el mar. El día del tsunami estaba dando clases en Tokio. A pedido de la policía viajó a Sendai y visitó gimnasios llenos de cuerpos. En ocho días examinó más de 200.

“Si un cuerpo llega al océano y desaparece, es difícil saber lo que sucede”, dijo Takagi. “Nadie sabe a ciencia cierta cómo se mueve el mar. Si el cuerpo llega a una profundidad determinada, allí se queda. Si se enreda en aparejos de pesca, podría flotar por el Pacífico y llegar hasta Hawái. Un cuerpo en el mar probablemente se volverá blando como el queso y, si lo tocas, la piel se separa. En otros casos podría verse envuelto por una sustancia similar a la cera que lo vuelve duro como el yeso”. Para que se forme esa cera, algo que puede suceder cuando se descompone la grasa del cuerpo, normalmente es necesario que la temperatura sea baja, en un ambiente húmedo y sin oxígeno. Si un cuerpo flota, no se convierte en cera. “La descomposición puede llevar desde días hasta años”, dijo. “En Onagawa, después del tsunami, a un cuerpo le habría llevado medio año convertirse en ‘queso’ y uno año o dos descomponerse totalmente hasta que solo queden los huesos”. Pero depende de la temporada, dijo, y de otras variables, como los animales marinos que pudieran comérselo. Describió un cuerpo que tenía carne en la espalda pero no en el estómago. “Creo que los animales se lo comieron”, dijo.

Un mes después del tsunami, el aire y el agua estaban fríos y los cuerpos recién habían comenzado a descomponerse. Una córnea embarrada por aquí, un vientre verdoso por allí. Había cuerpos flotando en la superficie del océano pero la mayoría estaba en la costa. Si aparecía un cuerpo con espuma en la boca o la nariz, significaba que aún respiraba bajo el agua cuando murió. Cuando pensamos en un tsunami, según Takagi, pensamos en ahogamiento, pero a veces la muerte es por hipotermia o por golpes (han aparecido cuerpos sin un brazo o una pierna). También algunas de las víctimas se quemaron. En Ishiomaki, un autobús escolar flotando sobre la ola se incendió y los equipos de búsqueda encontraron cuatro niños carbonizados. “Eran tan solo unos niños”, dijo Takagi, “con dientes de leche”.

Hace algunos años, una víctima del tsunami apareció en la costa de Ibaraki ya convertido en esqueleto pero con la ropa puesta y algo de tejido en el pecho. La ropa flota y tarda más en descomponerse que la carne. A veces los huesos regresan en forma de cuerpo porque abrigos, pantalones, guantes y zapatillas deportivas los mantienen unidos.

La gente que vivía en las montañas donde las casas se apilaban una sobre otra entre acantilados y árboles no podían haber visto llegar el tsunami. Pero quienes vivían en los campos de arroz, sí. En esas zonas planas, el tsunami entró unos seis kilometros en la tierra a una velocidad que dio a la gente tiempo para reaccionar, pero no para escapar. Los supervisores de una residencia de ancianos decidieron poner a todos los internos en la misma habitación. Todos murieron, y sus cuerpos fueron recuperados con el equipamiento médico que llevaban. “También trabajé en ese caso”, dijo Takagi. “Vi entre 300 y 400 cuerpos en el gimnasio de una escuela y nunca lo olvidaré”.

Una mañana de viernes, Takamatsu y yo dimos vueltas por las rutas que recorría años antes, cuando buscaba a Yuko en tierra. Condujimos por carreteras sinuosas junto al mar. Señaló los cedros y su maleza, el cementerio que cruzaba para llegar a la playa de arena crujiente. También había bosques de pino negro y vistas sobre campos de amaranto y hierba plateada. Después del tsunami, cuando llegó el deshielo primaveral, siguió la nieve derretida en su camino hasta el mar. En la playa Tsukahama me mostró las aguas oscuras a lo largo de un muelle de hormigón donde encontraron a Michiko Tanno. Takamatsu era asustadizo y caminaba siguiendo pautas sinuosas. Encontramos un montón de estrellas de mar de color púrpura colocadas como si fueran galletas tras una antigua red de pesca. Introdujo los dedos en un montón de cuerda y vio cómo huían los cangrejos. Lo seguí por una escalerilla hasta la parte alta de un muro de hormigón de metro y medio que separaba el muelle del océano. Puso las manos en la cadera y miró al agua. No había nada. Fuimos a otro lugar donde el fondo del mar estaba lleno del tipo de azulejos de baño populares hace 40 años, azul claro y oscuro. Platos, cuencos, un microondas. En una de sus inmersiones vio un reloj que se había detenido para siempre a la hora del tsunami.

Cerca del mar, cuando regresábamos al coche, a medio camino del estacionamiento, Takamatsu se detuvo y cerró los ojos. “Escucha”, dijo.

Del océano llegaba algo parecido al latido de un corazón.

Avanzó unos pasos hacia unos trabajadores de la construcción cerca de un barco amarrado al muelle. El sonido provenía de un tubo color vino que se sumergía en el agua. Takamatsu dijo que el tubo debía estar conectado a la escafandra de un buzo.

“¿Qué significa eso?”, pregunté.

“Es el sonido de la respiración”, respondió.

Tres días de entrenamiento con Takahashi, el instructor de buceo, sirvieron para que Takamatsu tuviera su licencia de principiante. Sus clases fueron en el mar. Aprendió a ponerse y a quitarse la máscara, a ajustar la flotabilidad, a trabajar con una cuerda, a navegar en la oscuridad. Durante seis meses solo pudo realizar una inmersión al mes antes de que se le calmara la respiración, y los músculos se le relajaran, hasta que finalmente pudo seguir a Takahashi mar adentro.

Takamatsu salía al mar con los clientes de Takahashi, los que buceaban por diversión. No tenían idea de que él buscaba un cuerpo.

La única fotografía de Hiromi y Masaaki con su hija Emi. El tsunami destruyó el resto. CreditMasaaki Narita

Cada inmersión comenzaba con una revisión de los equipos, y una nueva revisión. Supervisado por Takahashi, Takamatsu examinaba su regulador, la unidad de comunicación, el manómetro, el medidor de profundidad. Siempre llevaba una linterna. Takamatsu esperaba alcanzar una profundidad de 30 metros. Le tomó un año para llegar a bucear a unos 24 metros, y su inmersión más profunda era de 26 metros. Podía permanecer 10 minutos a esa profundidad.

Nunca estaba solo en el mar. Siempre lo acompañaba Takahashi u otro buceador, y cada mes nadaban lentos y silenciosos como manatíes sobre el fondo marino. Sus linternas iluminaban huesos de perros y huesos de aves como constelaciones en la arena.

“¿Y qué viste?”, le pregunté.

“Todas las cosas en la vida de una persona”, respondió.

En diciembre de 2013, Takamatsu dedicó una hora por día a leer un libro de texto de 350 páginas para obtener el certificado de buceo nacional que lo habilitaría a mover escombros y buscar cuerpos. Pasó el examen en febrero de 2014. Durante meses se lanzó con los grupos de voluntarios de Takahashi para eliminar los residuos de la costa norte. Después de seis meses, Takahashi comenzó a enseñarle algunas lecciones que normalmente no le hubiese dado: cómo encontrar y recuperar los cuerpos del océano. Takamatsu aprendió la forma en que los colores cambian según la profundidad, porque eso le iba a ayudar a localizar un cuerpo hundido. En los días soleados descendía a través de tonos de azul, y en las tormentas a través de tonos de marrón. Se enteró de que los cuerpos de los ahogados por lo general se encuentran con el trasero levantado, y las manos y los pies colgando.

Para enero de 2016, Takamatsu ya había estado en 110 inmersiones, con una duración de entre 40 y 50 minutos cada una. No solo buscaba el cuerpo: también buscaba una billetera, ropa o joyas, cualquier cosa con la que pudiera identificar a su esposa después de cinco años en el océano.

“Yo esperaba que fuera difícil”, dijo Takamatsu, “y ha sido bastante difícil, pero es lo único que puedo hacer. No tengo más remedio que seguir buscándola. Me siento más cerca de ella en el océano”.

Pensé en esa canción que un compositor francés, llamado Sylvain Guinet, compuso para Takamatsu después de enterarse de su pérdida. El título es “Yuko Takamatsu“, y es un solo de piano. Takamatsu escuchaba la canción cuando hacía sus compras por internet, cuando planchaba su ropa, cuando conducía su su coche y cuando se quedaba dormido. Le pregunté si la canción le traía recuerdos de Yuko. “No me trae recuerdos”, dijo. “Porque no la he olvidado”.

A menudo pensamos en la búsqueda como una especie de movimiento, un movimiento hacia adelante a través del tiempo, pero tal vez puede ser todo lo contrario, una suspensión del tiempo y de la memoria. Heidegger escribió acerca de un dolor metafórico al que llamó “la unión de la grieta”. Esta grieta, dijo, es la que mantiene unidas las cosas que han sido desgarradas, quizá para crear un nuevo espacio en el que la alegría y la tristeza pueden encontrar una comunión. Creo que Takamatsu encontraba este espacio bajo el mar, donde podía sentirse cerca de su esposa, en la grieta entre “perdida” y “muerta”.

Hubo un sobreviviente del banco. Lo encontraron los pescadores el día del tsunami, enredado en los desechos, semiinconsciente. Un mes más tarde, las familias organizaron una reunión con el banco, y todo el mundo esperaba para hablar con él. Querían saber por qué los empleados fueron evacuados en el techo y no en el hospital. Querían conocer cualquier detalle acerca de lo que había ocurrido con sus seres queridos. Sin embargo, la reunión terminó antes de que pudieran hablar con el sobreviviente. “Todo el mundo estaba bastante confundido”, dijo Takamatsu. “Pensamos que lo volveríamos a ver”. El banco programaba otro encuentro, pero el sobreviviente siempre cancelaba.

Un año después recibió una carta del banco. Le invitaban formalmente a un homenaje. “No tuvimos nada más que hablar con ellos desde entonces”, dijo Takamatsu. En ese momento, debatió con otras familias sobre la posibilidad de presentar una demanda. El Banco 77 era la fuente de empleo más importante de la región y nadie quería demandar pero necesitaban saber qué había sucedido. Keiko y Reiko Tanno, las hermanas de Michiko, se sumaron a varias familias en esa demanda. Su madre, anciana, era la demandante oficial. “Todos asumimos que habían muerto cuando trataban de evacuar por las escaleras”, dijo Keiko. “Ellos no mencionaron que estaban en el techo, esperando morir”. El juicio comenzó en febrero de 2014 en Sendai y el juzgado dictó sentencia a favor del banco. Concluyó que el plan de evacuación era razonable. En abril de 2015 fracasó una apelación. Pero por aquel entonces ya habían podido escuchar la versión de lo sucedido de boca del sobreviviente.

En enero me encontré con Keiko y Reiko en el memorial del banco fuera del hospital. Nos sentamos afuera, en la nieve, alrededor de una mesa plegable donde se apilaban las transcripciones del juicio. Keiko me contó la historia del superviviente como recordaba haberla escuchado en el juzgado.

El hombre recordó que el terremoto fue a las 14:46. El encargado del banco en Onagawa —cuyo nombre ha sido mantenido en secreto por el banco, al igual que el del sobreviviente—  estaba fuera del edificio cuando ocurrió. Volvió a las 14:55 y los empleados estaban acomodando las cosas. Les avisó de la alerta de tsunami. Dos clientes se fueron. Le dijo a todo el mundo que cerraran las puertas y pusieran documentos en una caja de seguridad. El sobreviviente y Kenta cerraron la puerta frontal y abrieron la puerta que llevaba al techo. No era fácil de abrir. El encargado llamó a la oficina central del banco en Sendai para notificarles a dónde se dirigían. No consultó con nadie hacia donde evacuar, y nadie cuestionó su orden de subir al techo.

Una empleada pidió irse. “Quiero irme a casa”, dijo. “Estoy preocupada por mis hijos”. El mar arrastraba la marea. Sabía que no era seguro irse pero quería llegar a donde estaban sus hijos. Cuando salió eran las 15:05 y ya sonaban las sirenas de tsunami. Ella sobrevivió.

A las 15:10, los demás empleados subieron al tejado. Llevaron una radio con ellos. Se preveía que el tsunami iba a ser de unos tres metros y el tejado estaba a 9 metros de altura. Llegaría a las 15:30. Tenían tiempo. Varios hombres regresaron al piso de abajo para coger sus abrigos. Hacía frío y nevaba. A las 15:15, los 13 empleados estaban en el tejado. Todo el mundo parecía estar tranquilo. Llamaron por teléfono y escribieron mensajes a sus familias. Yuko escribió a Takamatsu. Michiko le escribió a sus hermanas: “Estoy a salvo”.

El encargado del banco le dijo a Kenta y al sobreviviente que escucharan la radio y miraran al mar. Había un edificio entre el agua y el banco así que cuando los hombres caminaron hacia el borde del tejado, vieron la bahía. Kenta se dio cuenta de que el hospital en la montaña estaba lleno de gente evacuada. También había personas en los techos de los coches en el aparcamiento esperando la ola. Habló con el sobreviviente sobre el hospital. Se preguntaron si debían ir allí. Estuvieron de acuerdo en que aún estaban a tiempo de correr. Todo el mundo estaba tranquilo. Decidieron quedarse.

El sobreviviente vio que los barcos cerca del mercado de pescado se movieron de repente sobre el agua. El banco estaba construido sobre una zona plana e inundable. El agua comenzó a subir. Quebró la tierra y avanzó por las calles. Poco después de las 15:30 llegó la ola. Primero fue baja y pasó rápidamente el edificio, pero entonces el nivel del agua comenzó a subir, poco a poco y después más rápido. Desde los cinco metros iniciales llegó a 19 metros de altura. Al mar le llevó cinco minutos inundar la primera planta. El encargado le pidió a todo el mundo que se fuera a la parte más alta del techo, una pequeña habitación para la electricidad con una escalerilla vertical de tres metros. Él fue el último en subir y cuando llegó arriba el edificio ya estaba cubierto por el agua.

Yasuo Takamatsu con su mujer, Yuko, antes de que ella desapareciera CreditYasuo Takamatsu

Masaaki Narita llevaba unas zapatillas de Mickey Mouse, jeans y un suéter estampado con renos. Estábamos en su nueva casa, en Ishinomaki. Se frotó la espalda y suspiró. Dijo que el buceo le provocaba dolor de espalda. Más temprano ese mismo día, durante su inmersión, llevaba ocho kilos de lastre para no flotar.

“Estoy agradecida de que mi marido bucee”, dijo Hiromi, su esposa, “porque puedo ver el amor que tenía por mi hija. Aún está aprendiendo así que todavía no habla mucho sobre lo que ve, pero cuando llega a casa tiene buen aspecto, incluso cansado. Creo que es un proceso que le hace bien porque se siente cercano a nuestra hija. Si encontramos algunas de sus cosas, estoy segura de que puede darnos una pista sobre dónde deberíamos mirar”.

En la sala de la casa de Narita hay dos ofrendas en memoria de su hija. Hiromi se sentó en el suelo junto a la mesilla de café, frente a un retrato de Emi de tamaño real. “Así podemos tenerla entre nosotros”, dijo. El retrato está hecho a partir de una fotografía de ella y de su marido en Disneylandia siete años atrás. El marido de Emi vivió con ellos un año después del tsunami, pero sabían que no podría estar allí para siempre. Le dijeron que siguiera adelante con su vida y buscara otra esposa.

“No puedo asumir que este era su destino”, dijo Hiromi. “Si era inevitable, al menos deberíamos haberla enviado en una cama cálida. Ella no nació para permanecer en el agua fría. Tengo la sensación de que podría estar diciendo: ‘¿Para qué me dejaron nacer?’. Por supuesto que mi hija nunca hubiera imaginado que su vida terminaría el día siguiente. Damos por sentado que habrá un mañana. Trato de imaginarme en qué pensaba la noche anterior, mientras se dormía”.

Hiromi se cubrió la cara con las manos.

“Era mi única hija”, dijo. “Estaba todo el tiempo conmigo desde que nació. Llevo cinco años sin creer que ya no está conmigo”. Habría cumplido 31 este año. “Ella me dijo: ‘Tienes que vivir más que tus padres’. Le digo eso a todo el mundo que es tan joven como hija”.

La madre de Hiromi, la abuela de Emi, se nos unió en la sala. Ella preparaba la comida que Hiromi se llevaba al mar. Vestía un delantal verde con flores y tenía una espesa mata de pelo gris rizado. Se sentó en la silla junto a nosotros.

“De hecho”, dijo Hiromi señalando a su madre, “me preguntó varias veces si quería unirme a ella en el suicidio después de que mi hija desapareció”. La abuela me miró y asintió con la cabeza. “La verdad ya no quiero seguir viviendo, pero no pude hacerlo porque si nos vamos dejaríamos a mi marido solo”.

“¿Él lo sabe?”, pregunté.

“Se lo contamos después”, respondió.

Emi había vivido en un apartamento que estaba en un segundo piso, a dos minutos de la casa de sus padres. Todas las plantas del edificio quedaron cubiertas de barro después del tsunami pero los Narita recuperaron la mayoría de sus cosas. Encontraron un álbum de fotos lleno de imágenes de Emi que ella quería usar para su boda. Hiromi las usó para su funeral.

Su teléfono nunca apareció. Hiromi no quería cerrar la cuenta de su hija. Escribió a la empresa explicándole que era el único modo que tenía de comunicarse con su hija y pidió que no la cancelaran. La empresa fue a la casa con un teléfono nuevo —el mismo número y la misma dirección— como una muestra de respeto a la familia. Hiromi puso el teléfono en el altar de su hija. Sus amigos le envían mensajes de texto en su cumpleaños. Hiromi lo hace todos los días. “Lo siento”, escribe. “Lo siento”.

Masaaki desapareció en su dormitorio. Hiromi y la abuela lloraban. “Necesitamos pastel”, dijo Hiromi. La abuela corrió a la cocina y regresó con una tarta. Chocolate, fresa, castañas. Masaaki estaba solo en la oscuridad de su dormitorio. Las mujeres comieron, Hiromi me contó una historia sobre el cabello de su hija. Debido a que Emi estaba desaparecida, no tienen nada que poner en la tumba. Ella quería algo. Así que retiró algunos pelos de Emi del desagüe y los enterró.

El 11 de enero por la tarde, vistiendo una chaqueta plateada ligera y tenis blancos, Takamatsu vino a ver a una búsqueda de cuerpos realizada por la guardia costera. Su chaqueta brillaba como papel de aluminio. Narita llevaba una chaqueta acolchada con una capucha de piel y pequeñas gafas de sol oscuras. Keiko y Reiko, las hermanas, llegaron con comida: bolas de arroz rellenas con ostras y ciruelas ácidas.

La búsqueda fue idea de Narita. De vez en cuando le pedía a la guardia costera de Japón que llevara a cabo una búsqueda oficial del cuerpo de su hija. Él había pedido que hicieran una búsqueda en mayo y en octubre, y de nuevo en enero. El gobierno dejó a Narita decidir dónde. Narita escogió una ruta de navegación que pertenecía al gobierno, porque era un lugar en el que nunca sería capaz de sumergirse.

No muchas personas concurrieron a ver la búsqueda. Solo las familias de las víctimas del banco y Takahashi, y algunos habitantes. Los miembros de la prensa japonesa superaban en número a los espectadores.

Los buzos de la guardia costera llegaron por mar. Eran siete, vestidos con trajes de buceo brillantes de color naranja y negro y gruesos cascos amarillos. Los hombres bucearían una hora, siguiendo la longitud de una cuerda sumergida en el agua. En el camino registrarían lo que vieran para Narita y Takamatsu. Atracaron y saltaron a tierra. Eran marciales, ceremoniales. Todo el mundo estaba en silencio. En fila saludaron a su comandante. Después de un breve discurso, saludaron a las familias y condujeron el barco a 20 metros del muelle.

Hiromi vertió café en el océano para Emi y todo el mundo tomó fotos. Caminó hacia mí y señaló hacia el mar. “Hoy he servido filete Salisbury”, dijo. “El favorito de Emi”. Esperamos una hora antes de que los buzos regresaran a la superficie. Uno a uno se subieron al bote y regresaron a la costa. El responsable de la inmersión habló con las familias.

“No encontramos nada”, dijo. Narita asintió y se limpió la nariz. Takamatsu estaba muy quieto.

“No hay nada que no pertenezca ya al mar”, continuó el comandante. “Las latas de refresco son todas nuevas. Pero ¿quieren ver las fotos de todos modos?”.

“Sí”, dijo Narita.

Pasaron las imágenes submarinas en la pantalla de un ordenador portátil en la parte de atrás de una furgoneta. Narita y Takamatsu se inclinaron hacia delante para mirar. El comandante habló sobre el agua. Aquí hay parte de un edificio, dijo, y parte de un reloj. Aquí hay una lata de Coca Cola.

Takamatsu se alejó rápidamente del grupo. Se quedó cerca del mar y yo traté de ponerme al día con él. Empezó a buscar de nuevo. Se subió a un montón de piedras, puso las manos sobre las rodillas y se quedó mirando hacia el mar. La búsqueda del amor, la búsqueda —la suya, la de ella, la de todos— no es la de una aguja en un pajar ni la de un pez en el mar. Es la de una persona concreta en la tierra. El mundo nunca parece tan grande como cuando alguien se pierde.

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