Estudiantes agotados antes de empezar

Chica sobre el libro 2
A los profesores de instituto no les exige muchas luces obtener una primera impresión al llegar cada mañana al centro: les resulta fácil constatar, en los mismos pasillos, la cara de sueño, agotamiento, cansancio o desgana de los alumnos. La tentación inicial quizá sea pensar que, a esas horas, es algo más que normal y, en buena medida, lo es, por razones de puros biorritmos. Pero considero que su creciente intensificación es ya un problema grave y de compleja resolución, ante el cual la mayoría de los padres, profesores y estudiantes hemos decidido mirar hacia otra parte. Lo mismo cabe decir de la sociedad española en su conjunto, incluidos los centros y el sistema educativo. Lo cierto es que, antes de empezar su jornada laboral, tenemos a la mayoría de los estudiantes con las pilas gastadas (y no las de los móviles). Pero no hacemos nada.

Nos costaría imaginar a Iniesta, Costa, Casillas o cualquier jugador suplente de regional preferente bostezando y arrastrándose por los pasillos del vestuario, poco antes de empezar el entrenamiento, sin que el míster tomara severamente cartas en el asunto. Imaginemos lo mismo en el hospital en el que atienden a nuestro familiar, en la cabina del avión o en el bar de la esquina. Nos quedaríamos de piedra. Pero en nuestros institutos y colegios lo dejamos pasar.

Para analizar el asunto, comentaré en primer lugar las principales causas de este epidémico agotamiento matutino, que tiene uno de sus mejores ecosistemas en España, debido a sus irracionales horarios. Luego me centraré en sus efectos inmediatos y en las principales consecuencias a medio y largo plazo. Me referiré después al contexto negativo que pone cuesta arriba la mejora y haré finalmente alguna propuesta de actuación.

Antes de ir a las causas me tomo un instante para matizar que, aunque el problema toca de cerca el peliagudo asunto de la jornada continua, lo dejo fuera para centrarme en lo que estudiantes, padres y profesores pueden hacer aquí y ahora para mejorar la situación. La elección del tipo de jornada entra en un ámbito más complejo. No obstante, siempre he pensado que, en general, la jornada continua perjudica a los estudiantes, en primer lugar, y a sus padres, en segundo lugar, y favorece a los profesores que la tienen (debe ser lo único que les favorece últimamente). Estos seis vídeos de Mariano Fernández Enguita son clarificadores en este sentido, aunque seguro que no provocarán aplausos entre los docentes.

Dicho lo cual, volvamos a las causas.

Las hay de varios tipos: las relativas al trasnoche, la deficiente alimentación y el tono físico por la mañana.

1. Nuestros estudiantes trasnochan demasiado. No hay que buscar debajo de la cama para encontrar a chicos que se duermen a las dos o las tres de la madrugada un martes cualquiera. Todos estaremos de acuerdo en que es un disparate, pero ¿qué hacemos para evitarlo cuando ocurre en casa?

Si ponemos el foco en el software, las principales causas del trasnoche son el whatsappeo (o equivalente), las redes sociales, los juegos electrónicos, y las series y películas nocturnas.

Si lo ponemos en el hardware, se llevan la palma el móvil, el ordenador, las videoconsolas y, algo menos, la televisión (especialmente en aquellos casos en que la caja tonta está entronizada en la habitación del joven, lo que considero una barbaridad).

Podríamos apuntar también algunas razones psicológicas, algo más evanescentes, como el atractivo que para los jóvenes tiene el mito de la noche. Parecen creer que casi todo lo interesante ocurre a esas horas (aunque la experiencia acaba demostrando la inconsistencia de esa expectativa). Quizá tenga algo que ver el hecho de que la ausencia de adultos en sus noches les hace sentirse libres, fuera del control de los mayores. Para ellos, no es poca cosa.

2. Las familias españolas suelen tener ritmos tardíos. Es fácil imaginar a una familia media cenando bastante tarde, manteniendo conversaciones (telefónicas) al borde de la medianoche y sometiéndose casi sin querer a la infame dictadura televisiva con sus absurdos y mentirosos horarios (por no hablar de muchos de sus lamentables programas, que no entretienen ni al que los hace).

3. Muchos estudiantes van a clase sin haber desayunado bien. Es frecuente encontrar a chicos que aseguran que por la mañana no les entra nada o incluso que no tienen tiempo de desayunar en condiciones. A estas alturas ya no es preciso insistir en la importancia capital de un buen desayuno, pero quizá convenga que padres y madres conviertan esa consabida proclamación teórica en una negociación práctica con sus hijos. Y lo mismo cabe decir del segundo desayuno (o almuerzo del recreo), tan necesario para compensar el gasto energético cuando la jornada llega a su ecuador.

4. Los estudiantes necesitan adquirir tono físico por la mañana. Caerse de la cama y, como quien dice, sentarse en el pupitre para iniciar la jornada es una mala idea. Una buena ducha matutina, el citado buen desayuno y el paseíto a pie hasta el colegio o el instituto (cuando la distancia lo permita) es una buena opción, aunque haya otras preferencias. Ni que decir tiene que el ejercicio habitual (no necesariamente por la mañana) contribuye a mantener ese buen tono físico.

5. Dejo deliberadamente como último punto la tendencia de algunos chicos a estudiar de madrugada. En mi opinión es una mala costumbre y, frecuentemente, una expresión camuflada de un problema de organización, pero debo reconocer que a algunos, en función de sus personales biorritmos, les funciona mejor que a otros.

Estudiante durmiendo sobre el ordenador

Abordemos ahora los efectos inmediatos del agotamiento.

En mi opinión son al menos una decena de ellos, en su mayoría plenamente interactivos, y con un impacto en el rendimiento académico muy corrosivo. Los citaré de corrido, aunque recomiendo leerlos despacito, porque cada uno de ellos puede ser un torpedo en nuestra línea de flotación: cansancio, sueño, malestar físico, malhumor, irritabilidad, desmotivación, desconcentración, falta de resistencia al esfuerzo, mal funcionamiento de la memoria (y, consecuentemente, deficiencias de aprendizaje) y reducción de la agudeza intelectual.

A cual peor, pero me gustaría citar al neurocientífico Francisco Mora, ya conocido y muy apreciado por los lectores de este blog, al que, por cierto, podréis leer en una entrevista, aquí mismo, dentro de poco. En su libro Neuroeducación, habla de la falta de “un sueño profundo suficiente y reparador, mecanismo cerebral esencial para producir y alcanzar la consolidación de todo lo aprendido de modo relevante durante el día”.

También habla el profesor Mora de cómo “una pérdida de sueño de una o dos horas, cuyas consecuecias no son aparentes en la conducta normal del niño, produce efectos sobre la velocidad a la que se puede procesar un determinada información y, en consecuencia, afectar a su memorización”.

“El sueño es necesario para la consolidación de la memoria”, como lo es para “mantener niveles de atención sostenida durante la clase”, afirma Francisco Mora. Y añade: “Es posible seguir una clase y entender lo que se dice en ella, pero, en asuencia de un buen sueño, lo aprendido puede no ser memorizado después de forma adecuada”. Dicho lo cual, solo queda aplicarse el cuento todas las noches.

Jóvenes japoneses durmiendoTodo esto es lo que puede suceder al día siguiente (en realidad, el mismo día), pero miremos ahora las consecuencias a largo plazo, concentradas en solo tres ideas muy generales.

1. Se pierde el tiempo y también se pierde la noción del tiempo. Soy consciente de que es opinable, pero esta es mi idea: trasnochar haciendo lo que hemos descrito es perder el tiempo la mayor parte de las veces (quizá no siempre). A lo que se suma el hecho de que unas sesiones de clase sin un buen aprovechamiento son igualmente una excelente manera de perder el tiempo, por mucho que algunos alumnos ya estén acostumbrados.

Pero lo peor de perder el tiempo no es el tiempo perdido, sino que uno se acostumbra a hacerlo y acaba perdiendo la noción de su valor (no se trata de dictaminar en qué sí debe emplearse; solo de decir en qué no merece la pena malgastarlo).

2. Se pierde la noción de las prioridades personales. La idea de emplear el tiempo de forma indiferente en cosas que uno considera importantes o en minucias acaba deteriorando la capacidad para establecer prioridades, una competencia de alto valor para la vida en general y, específicamente, para la vida académica y profesional.

3. Se dificulta el aprendizaje y se empeora el rendimiento académico. No descansar entorpece seriamente la consolidación del aprendizaje, como ha quedado establecido, pero también dificulta bastante el aprovechamiento de las clases. Así que se convierte en un círculo vicioso del que es mejor escapar cuanto antes. No hay que hacer un gran acto de fe para relacionar deficiencias de aprendizaje y reducción general del rendimiento académico.

En el país de la siesta, hoy reconocida y recomendada en todo el mundo, no existe un contexto que permita ser optimista sobre las posibilidades de mejora por razones de diversa índole. Una de las principales es que es que las condiciones climáticas nos han consolidado como un país de trasnochadores, a pesar de Europa.

Los horarios españoles no me gustan, salvo en vacaciones, y su análisis daría para mucho, pero solo querría destacar que nuestros estudiantes están rodeados de trasnochadores y, por si fuera poco, ellos mismos extreman la nota y se estimulan mutuamente, particularmente con los dispositivos electrónicos. Si a ello se suma que en los centros no se suele trabajar este tema (aunque la mayoría de los profesores son conscientes del problema), es fácil concluir que nada cambiará.

¿Y entonces, qué hacemos? Creo que mis sugerencias prácticas se desprenden inmediatamente de todo lo anterior, aunque hay que partir de la base de que lo que no hagan los propios estudiantes (y los padres) no lo hará nadie. Y eso que llamamos sociedad, en general, menos que nadie. Parece evidente. Pero eso no quiere decir que los profesores no deban insistir directa y personalmente en la necesidad de cambiar los hábitos noctámbulos, al menos en días de clase, y que los colegios e institutos no tengan un claro papel, al menos de recomendación o prescipción ante las familias. Una circular general para sensibilizar a los padres pienso que sería una buena idea.

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