La experiencia docente, un valor añadido

Llevo casi veinte años dando clase y reconozco que, a pesar de seguir equivocándome en algunos de mis planteamientos cara al aula, ya son muchas menos las “cagadas” que realizo con mis alumnos. No es sólo haber pasado de poco más de veinte años a los más de cuarenta que atesora mi cuerpo, es la simple praxis la que me ha dicho qué funcionaba y qué no en el aula. Sí, llega un momento en que, si uno es medianamente inteligente, sabe qué estrategias y metodologías debe usar en sus clases para que los alumnos puedan aprender más y mejor. Y si no se percata de lo anterior es que tiene un problema. Un problema que, no va a depender de los años que uno esté trabajando y más de su percepción acerca de su práctica profesional.

Tengo muy claro que un buen docente se hace y no nace. Uno cuando aterriza en las aulas, provenga de la formación que provenga (me refiero desde aquellos que cursan Magisterio y entran en Infantil o Primaria y los que pagan ese impuesto revolucionario denominado Máster de Secundaria -antaño CAP- para entrar en la Educación Secundaria) va a cometer muchos errores. Sí, no es sólo la falta de tablas. Es la necesidad para algunos de reinventar la rueda dotando a sus clases de inventos más dignos del TBO que de prácticas que puedan funcionarles. Algo que, por desgracia, sucede debido a la cada vez mayor individualización de algo que antaño fue un colectivo. Bueno, antaño tampoco porque, mis padres que empezaron en los sesenta a dar clase también se tuvieron que sacar las castañas del fuego con poca o nula ayuda por parte de sus compañeros de Claustro. Algo que deberíamos solucionar con urgencia. Y no, la solución no pasa por hacer que los docentes con más experiencia cojan los peores grupos (o los más complicados) o las tutorías de grupos iniciales. No es bueno porque el novel no aprende. El aprendizaje siempre se da en mayor grado en los grupos más difíciles. No es una cuestión banal, es algo que tiene mucho que ver con curtirse en un trabajo.

En cualquier profesión uno empieza por abajo y va subiendo escalones. En el ámbito educativo se pretende que los que ya han subido los escalones vuelvan a bajarlos para que, los que entran, tengan la posibilidad de empezar a trabajar a medio gas con grupos escogidos y asignaturas con menos grupos de alumnos. Sí, me refiero a las asignaturas de Bachillerato (hablo del profesorado de Secundaria) o a determinados módulos de un ciclo formativo de grado superior. Bueno, y en Primaria, no es lo mismo dar clase a etapas más complicadas que en el último curso previo a su salida hacia el Instituto. Grupos que, lógicamente, cogen los más antiguos del centro. Usan su experiencia para ir a grupos más tranquilos. ¿Se trata de un error? ¿Es lógico que los grupos complicados los cojan los últimos en aterrizar en los centros? Pues va a ser que depende.

No, no es lógico penalizar la experiencia y, por culpa de la misma, que te obliguen a escoger los peores grupos. Tampoco es lógico que, por el simple hecho de no tener hijos (no, no es mi caso), te pongan el peor horario del centro porque libremente has decidido no tenerlos. Que no sea lógico lo anterior, no hace válida la postura de descargar toda la complejidad del centro y los peores horarios en “los nuevos”. Y ahí entra el concepto de solidaridad y de colectivo. Si realmente fuéramos un colectivo, nos alegraríamos de que todos tuvieran un buen horario y buenos grupos con independencia de su antigüedad pero, lamentablemente, los que llevamos años pisando centros sabemos que, al final, lo que se prima es los cursos que uno lleve trabajando en el centro, lo conflictivo que sea en el mismo (es curioso que los mejores horarios se dan a los que más problemas generan y más si son funcionarios con plaza definitiva en ese centro) y, cómo no, el voluntarismo de algunos que deciden libremente escoger esos grupos complicados para que los que lleguen nuevos puedan adaptarse mejor al centro. Y así nos va.

Tengo claro que la experiencia es un valor añadido muy importante. Sé que si uno es mal docente ya lo es desde que entra (la edad y la experiencia lo único que hace es acentuar sus debilidades como profesional) pero, lo que también pienso es que, a lo que no hay derecho es a que, por culpa de tener experiencia laboral, uno se vea obligado a impartir docencia a determinados cursos o sea tildado, por una nueva corriente pedagógica muy en boga hoy en día que habla de la necesidad de criticar a aquellos que llevan años currándoselo y con resultados más que positivos, porque ya están demodés. No, no me vale. La experiencia docente y, especialemente la buena, es un valor añadido que debería ser tenido siempre en consideración.

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