Reflexiones de un profesor universitario (I): Las clases no tienen por qué ser divertidas

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Hace veinte años que vengo dando clases en ambientes universitarios diversos, y he podido ver con mis propios ojos la evolución (absolutamente necesaria) de las clases magistrales hacia las extremadamente participativas, que generan y propician la integración del alumno en el proceso de aprendizaje. Pero la tendencia también fue derivando hacia clases más lúdicas, más “divertidas”. Esto, que en su fundamento, es una indudable buena idea, ha acabado llevándose hasta el paroxismo. Hoy en día parece que una clase no es buena si no es “divertida”, si no se juega (cada vez tengo más claro que la gamificación es, en realidad, una mala idea, contradiciéndome a mí mismo con el pasar del tiempo), si el alumno no interactua cinestésicamente. Creo que hay una confusión grande, ahí. Mi objetivo como profesor, sin duda, es que el alumno se lo “pase en grande”, en la clase, que disfrute, que se apasione. Pero que lo haga por el aprendizaje, por el razonar, por el pensar y reflexionar, porque lo que ve le provoca, le hace darle vueltas a cosas que daba por sabidas. Esa es la clase de “diversión” que busco en mis clases. Por decirlo de otra manera: no es necesario pasarnos la clase jugando y haciendo chistes para que la misma sea realmente interesante. “Interesante” es, en realidad, la palabra que me obsesiona. Si una clase es interesante, no hay manera de que nos aburramos. Pero erradicar el aburrimiento de las clases no tiene que ver con luchar contra él frontalmente (esto se puede hacer de manera bien sencilla, no tiene ningún mérito) sino con luchar contra la falta de interés.

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Y la falta de interés puede tener dos fuentes principales: la acción formativa (donde sumamos la materia, que en si misma puede ser poco interesante, y el profesor, que puede tener una manera poco interesante de exponerla), y el propio alumno. La obligación recae sobre ambos protagonistas: el profesor debe saber hacer interesante cualquier materia, pero el alumno también debe ser capaz de interesarse por todo (eso es lo que define, creo, a un buen alumno: su grado de interés por todo; prefiero mil veces un alumno muy interesado con poca capacidad de aprendizaje que uno nada interesado con facilidad para ello).

Para el profesor, justamente, ahí reside el riesgo. Para hacer una materia interesante se le ocurre, a veces, proponer actividades muy lúdicas, muy participativas que, si bien van a hacer que el alumno no se aburra, van a dar unos resultados de aprendizaje extremadamente escuetos que se podrían haber superado sin problemas haciendo una clase mucho más expositiva y menos participativa. Pero a veces caemos, yo el primero, en lo fácil, en lo más agradecido, en esquivar los bostezos con pasatiempos superficiales, en vez de con estrategias comunicativas más directas y productivas en términos de aprendizaje.

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Como digo, yo mismo he cometido este error un montón de veces. Reviso mis clases de hace unos años y me doy cuenta de que hay un exceso de dinámicas en clase, demasiadas diapositivas que buscan el efecto fácil (intentando usar referentes culturales pop relacionados con el target del alumno que se tiene en frente), demasiados incentivos que, en realidad, no producen otra cosa en el alumno que una cierta dejadez, una cierta pasividad mental. Estas estrategias se han ido adquiriendo debido —todo hay que decirlo— gracias a una cierta convención en círculos docentes que proclama la necesidad de ponerlas en práctica (parece que no se es buen profesor si las clases no son eso, “dinámicas”, “divertidas”, “participativas”). La prueba más palpable de ello es la inclusión en las encuestas de calidad post-asignatura de preguntas del tipo: “¿El/la profesor/a ha sabido hacer prácticas las clases?”. Esto viene dado, sin duda, porque el perfil del alumno y su actitud en clase, también ha ido cambiando (quien sabe si motivado o sedimentado, en realidad, por esas mismas estrategias participativas de los profesores). Cada vez más, los alumnos parecen exigir que el interés por aprender se lo faciliten. Cada vez más, los alumnos vienen de una educación basada en la sobreestimulación constante, el multiplataformismo y la adicción mayúscula a los impactos constantes y sostenidos en el tiempo. Su capacidad de concentración se ha reducido enteros, tanto en profundidad como en extensión. Todo ello conlleva, sin duda, que cada vez sea más complicado hacer que una clase sea realmente interesante. En todo caso, esto no debe servir de excusa: los que nos dedicamos a dar clases debemos mejorar, y mucho, nuestras habilidades para adaptarnos a los cambios que se van produciendo en los alumnos a nivel sociológico. Si no sabemos hacerlo, mejor dejar paso a aquellos que sí saben.

Pero la solución a estos cambios actitudinales en los alumnos no debe ser, creo, el ponérselo más fácil. Casi creo que es justamente lo contrario. Necesitamos exigir más a los alumnos. Necesitamos dejarles claro que el trabajo de los profesores es saciar su interés, no generárselo. Necesitamos de los alumnos el mismo nivel de exigencia y de compromiso que nosotros, los profesores, debemos exigirnos a nosotros mismos.
Marc Ambit – Consultor y formador

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