MATEMÁTICOS BRILLANTES: Kurt Gödel: la fuerza de la lógica

Antonio Pérez SAnz /JoAquín CollAnteS Hernáez

Todo error obedece a factores externos (tales como la emoción y la educación); la razón, por sí sola, no yerra. Kurt Gödel

14 de enero de 1978

Después de entregarle el original a la enfermera el doctor Greenway se detuvo antes de firmar la copia del acta de defunción tras echarle una última ojeada y subrayó la fecha que aparecía sobre su firma: 14 de enero de 1978; el nombre y las fechas que encabezaban el documento: Kurt Friedrich Gödel, 28 de abril de 1906 – 14 de enero de 1978; y el último párrafo: víctima de desnutrición e inanición provocada por trastornos mentales. Metió la copia en una carpeta en la que con letra casi de manual de caligrafía había escrito el nombre del paciente y la guardó en un archivador, no sin recordar en ese momento cómo se dulcificaba el gesto agrio del que había sido su paciente mientras sus labios intentaban trazar lo que quería ser una sonrisa con la que lo recibía cada vez que entraba en su habitación, dispuesto a jugar la única partida de ajedrez que jugaron juntos. todos los médicos y enfermeras de la planta, a la vista del enfermo que acababa de ingresar, reconocieron que nunca habían visto nada semejante. no se explicaban cómo podía seguir vivo aquel anciano que parecía un cadáver viviente, que permanecía sin reaccionar a ningún tipo de estímulo, en posición Kurt Gödel: la fuerza de la lógica Antonio Pérez SAnz JoAquín CollAnteS Hernáez SeccioneS noviembre 2014 pp. 1-14 Todo error obedece a factores externos (tales como la emoción y la educación); la razón, por sí sola, no yerra. Kurt Gödel Antonio Pérez SAnz y JoAquín cillAnteS Hernáez fetal desde que lo acostaron en la cama. Pero se sorprendieron al comprobar que sí reaccionaba contra los que intentaban quitarle las gafas o cambiarlo de la posición que él había elegido: sobre el costado derecho y justo al borde del colchón. Sólo el doctor Greenway supo quién era el paciente que había ingresado de urgencia la mañana del 29 de diciembre en el hospital de Princenton. Y al leer su nombre en la lista de recepción subió inmediatamente a la habitación que le habían adjudicado para encontrarse con un hombre con el cuerpo destruido, un muñeco roto que apenas pesaba 30 kilos y del que, como signo de vida, solamente destacaba el brillo intenso de los ojos miopes tras las gafas que no quiso abandonar ni un solo momento. el diagnóstico del médico que ordenó su ingreso en el hospital era tan impresionante como contundente. el doctor Greenway leyó: Sufre desnutrición grave, paranoia aguda con alucinaciones, ataques de pánico, hipocondría y depresión aparecida en un principio en crisis intermitentes para terminar haciéndose aguda. Sufre bloqueo de los conductos urinarios por hipertrofia de la próstata. Durante años se ha negado a aceptar ayuda médica. Ha tenido rachas de normalidad que han ido espaciándose hasta desaparecer en la actualidad, aunque solamente su mente continua intacta en un cuerpo prácticamente muerto. Diagnóstico: muy grave, y a mi juicio, en estado terminal. el doctor Greenway no tiró la toalla. —está usted intentando un imposible. este hombre no tiene solución, ya está fuera de este mundo. Sin hacer caso del comentario de su colega, colocó una mesa baja junto a la cabecera de la cama, del lado sobre el que estaba acostado el enfermo. Y sobre la mesa un tablero de ajedrez. Y sobre el tablero, muy despacio, fue colocando las piezas sin quitarle ojo al que todo lo observaba atentamente, a la espera de una reacción que solamente llegaría cuando, con el rey negro en una mano y el rey Blanco en la otra el médico, sonriendo, le preguntó al enfermo: —¿negras o blancas? el enfermo, con un gesto casi imperceptible, señaló la mano que contenía la pieza negra. Cuando, con un hilo de voz, dijo: peón reina, el doctor Greenway supo que, aunque mínima, aún había esperanza de salvar al hombre que era considerado un genio de las matemáticas.

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