Pedagogías, las justas

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En su demoledor libro ‘La conjura de los ignorantes’, Ricardo Moreno Castillo deja con sus vergüenzas al aire a una disciplina «pesudocientífica» que, a su juicio, está arruinando el futuro de la enseñanza

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    ¿Goza el niño de un derecho natural al éxito, o se lo tiene que currar? Para el autor de ‘La conjura de los ignorantes’, la respuesta está clara. / El Correo
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    El autor , Ricardo Moreno Castillo, arremete contra la Pedagogía. / El Correo

A Ricardo Moreno Castillo lo han llamado de facha para arriba por denunciar que la pedagogía, entendida como rama del saber, es la gran trola de nuestro tiempo. Lejos de arredrarse por ello, su reciente libro titulado La conjura de los ignorantes (de cómo los pedagogos han destruido la enseñanza) es la evolución natural de otras publicaciones suyas, Panfleto antipedagógico(2006) y De la buena y la mala educación (2008), con las que plantaba ya cara a esta «pseudociencia» y a sus pontífices bajo la acusación de haber arruinado toda expectativa de conseguir que la escuela sirva para algo, de haber creado «un lenguaje vacío» de perniciosos efectos: la negación de la autoridad al profesor, la erradicación del esfuerzo y la aplicación por parte del alumno como elementos reaccionarios, la presunción del derecho del niño al éxito, la creatividad por encima de la adquisición de conocimientos y otros principios han hecho añicos, según el profesor Moreno, toda esperanza del colegial de sacar algún provecho de su paso por las aulas más allá de obtener un pasaje con todos los gastos pagados hacia la frustración. En su nuevo ensayo se dedica a recoger lo que considera «estupideces» dichas por los miembros de esa «secta», para ponerlos en evidencia. «Se objetará que también se podría hacer una antología de estupideces dichas por grandes científicos, y es verdad. Un físico, así sea premio Nobel, puede decir muchas tonterías, pero solo cuando deja de hablar de física. Puede equivocarse, ¡cómo no!, pero no decir disparates sobre física que pudiera detectar un lego en la materia. Y esta es la diferencia. Un pedagogo puede decir estupideces cuando habla de cualquier cosa, todos las decimos con más frecuencia de la deseable, lo grave es que las dice cuando habla de enseñanza y educación, el objeto de su supuesta ciencia», escribe.

En conversación con El Correo, este licenciado en Matemáticas y doctor en Filosofía, catedrático de instituto jubilado y autor de una veintena de obras, comenta que en su opinión «la pedagogía es fruto de antiguos progres con mala conciencia. No podemos ser autoritarios, dicen. Hombre, no podemos tratar a los alumnos a palos, pero, si hay treinta niños, o tú ejerces la autoridad o no hay manera de dar clases. Y lo que es más grave: es una ingenuidad pensar que si el adulto deja de ejercer su autoridad va a haber una alegre camaradería con los niños. Va a ser el abuso del más fuerte sobre el más débil. De hecho, a medida que ha ido disminuyendo la autoridad del profesor aumenta el acoso escolar». No le duelen tanto las críticas como la certeza de lo que ello significa: que las raíces de la pedagogía, entendida en esta ocasión como mala hierba, están demasiado agarradas para su gusto. «Yo estuve en la universidad franquista, hice huelgas como todo el mundo, tiré piedras a la policía franquista… que a estas horas me llamen fascista me da igual. Me han llamado de todo: fascista, nostálgico, reaccionario… Cuando yo digo que se trata de que la escuela sea un ascensor social, el niño tiene que aprender y hay que disciplinarlo. Al niño lo que le gusta es jugar con sus amigos, eso es lo normal».

En su libro recoge un ejemplo estremecedor de discurso vacío. He aquí un fragmento: De acuerdo con este marco, entendemos que para estudiar los mecanismos de influencia educativa que operan en el ámbito de la interactividad es necesario identificar, por un lado, las formas en que se organiza la actividad conjunta y, por otro, los significados negociados por los participantes en el marco de esa estructura de actividad, no solo en lo que se refiere a ‘de qué se habla’, sino también a ‘cómo se habla de aquello de lo que se habla’. El análisis se centra, por tanto en las ayudas vehiculadas por el agente educativo a través, por un lado, de una estructura de la interactividad, y por otro, del uso de determinados mecanismos semióticos. Como apunta Moreno Castillo, «he leído este texto una y otra vez y no consigo entender absolutamente nada. Lo más que puedo decir es que me recuerda a aquellos párrafos de los libros de caballerías que hicieron enloquecer a don Quijote».

Por no hablar de afirmaciones como que a los alumnos no hay que transmitirles conocimientos, sino hacer que sean capaces de aprender a aprender. «Esto es una solemne insensatez», diagnostica el doctor, «por muy prestigiada que esté en ambientes pedagógicos. A aprender se aprende aprendiendo, igual que a nadar se aprende tirándose a la piscina. No hay un algo así comoaprender a aprender a nadar que luego te permita aprender a nadar. Además, si para aprender es preciso aprender a aprender, previamente habrá que aprender a aprender a aprender, lo cual nos lleva a un retroceso al infinito de consecuencias metafísicas impredecibles». O afirmaciones como esa de que el alumno tiene derecho al éxito, que raya el «disparate» porque «nadie se educa sin poner mucho de su parte», recuerda el autor de La conjura de los ignorantes. «Pero no solo es un delirio, es también una manera de crear alumnos irresponsables, en el sentido de que no tienen que responder, porque la culpa siempre es del sistema, que no les motiva, que no invierte lo suficiente, que no pone profesores de apoyo. Todos los españoles mayores de treinta y cinco años se han educado y han salido adelante en una época en la que se invertía menos en educación y con un sistema educativo que distaba mucho de ser perfecto. Y si el estudiante cree que no tiene obligación de poner de su parte hasta que las cosas sean perfectas, no solo no saldrá adelante sino que será siempre un inmaduro. Estoy de acuerdo con que gran parte del fracaso escolar lo es del sistema porque muchos chicos que quieren aprender no pueden por culpa de quienes boicotean las clases (y en nuestro sistema están más protegidos los que no dejan estudiar a sus compañeros que los que sí quieren aprender. Y porque muchos de los que superan la etapa obligatoria (que se supone no entran en las estadísticas del fracaso escolar) ignoran cosas muy elementales, y muchos de los que acaban el bachillerato llegan a la universidad con unas lagunas imperdonables. Que en las facultades de ciencias haya sido necesario implantar un curso cero donde se explican cosas que antes sabía un estudiante corriente de catorce o quince años es el fracaso del sistema».

Afirma el profesor que «el responsable de este despropósito ha sido lamentablemente el Partido Socialista». «Yo siempre me he considerado de izquierda; pero la izquierda, esa de la que se supone que la educación pública ha de ser su bandera, la ha destrozado. El PSOE tendría que empezar reconociendo su error, y mientras no lo haga va a ser muy difícil conseguir un pacto por la educación. La izquierda tiene que ocuparse de los pedagogos al igual que la derecha tiene que ocuparse de los curas».

Es difícil y arriesgado pontificar sobre cuáles son los males y los remedios de la enseñanza, por más que abunden quienes lo hacen sin recato ni perjuicio. Difícil, porque probablemente no haya una sola razón, un germen que se pueda aislar y eliminar; arriesgado, porque todo experimento u ocurrencia que se acometa en este campo puede acarrear trágicas consecuencias en generaciones enteras de jóvenes. Lo que sí parece claro es que propiciar en los jóvenes la capacidad de reflexión es una garantía tanto a efectos educativos como a todos los demás. Sin embargo, ya avisa el autor del libro de que «tanto la creatividad como el espíritu crítico son imposibles sin conocimiento. Un fanático es un ignorante con espíritu crítico». En las redes sociales, en los comentarios anónimos a ciertas informaciones de prensa, en la calle y en la propia escuela se puede ver si esta afirmación es o no exagerada.

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