Otra historia sobre el cómic en España

Me encantan los cómics españoles. Los antiguos claro. Los de Bruguera. Fue con ellos con los que aprendí de verdad a leer y me interesé por la lectura en aquellas tardes interminables de los 80 y principios de los 90. No desaprovechaba ninguna ocasión para leer cómics: en la peluquería, en casa de la abuela,… Pocos podía comprarme yo con mi paga nula y la ignorancia que se respiraba en mi casa donde al simple hecho de leer un tebeo se lo catalogaba como “estudiar” (con toda la connotación negativa que podéis imaginar). Fue después, ya de adulto, cuando empecé a interesarme por la historia de Bruguera y sus dibujantes en el siglo XX, y su desaparición en los 80, dando lugar a ediciones B.

La historia que traigo hoy es sobre Vázquez, uno de los grandes que recomiendo leer a quien no lo conozca (muy de moda ahora por Anacleto) y al mismo tiempo profundiza sobre el fin de Bruguera:

 

“¡Vamonos al bingo!”: La joya perdida del cómic español

“¡Vamonos al bingo!”: La joya perdida del cómic español

Tratándose de un genio como Manuel Vázquez, decir “el mejor” puede ser exagerado… pero, en este caso, no mucho. En su tebeo más inclasificable, el maestro le sacó partido a una ludopatía galopante para crear una de sus mejores obras. Es decir: una de las mejores obras del cómic español, que sigue desaparecida a fecha de hoy.

Aquí donde lo ven, servidor nunca ha entrado a una sala de bingo. Su contacto con el juego del bombo, las bolitas y los cartones llenos de números se limita, siendo generosos, a la versión del mismo que venía incluida en los Juegos Reunidos Geyper, y lo máximo que llegó entonces a apostar en una partida fueron garbanzos. Y, sin embargo, lo sabe casi todo sobre el bingo, o al menos sobre cómo eran el juego y sus jugadores hace unos años: cómo se juega, las gentes que lo juegan, las particularidades de sus locales y, sobre todo, que la jugada consistente en hacer línea y bingo en el mismo cartón se llama “milagro”.  ¿A qué puede deberse semejante prodigio? Pues a uno de los mejores tebeos (tebeos españoles, y tebeos en general) que ha leído en su vida: su título es ¡Vámonos al bingo! y lo firmó un señor llamado Manuel Vázquez Gallego. Más conocido para todos nosotros por su primer apellido: Vázquez. 

Seguramente, salvo que se sea muy proclive al autor de Anacleto: Agente secreto y de Las hermanas Gilda, entre otras historietas inmortales, el título de ¡Vámonos al bingo! sonará muy poco, por no decir nada. Hablamos de una obra nacida en 1982, cuando la editorial Bruguera había comenzado a venirse abajo y sus grandes firmas pululaban desesperadas en busca de nuevos hogares. Una obra, además, de difícil clasificación, con un tema que huele de lejos a caspa y ranciedumbre (lo cual, por supuesto, es uno de sus mayores encantos) y que ha quedado algo perdida en el marasmo de una producción como la de Vázquez, tan inabarcable y tan irregular (a veces) que es irremediable dejarse cabos sueltos en ella.

Momento de plenitud existencial.

Sin embargo, una lectura del tebeo arroja conclusiones asombrosas: no sólo se trata de un trabajo de espléndida madurez, con el autor funcionando a pleno rendimiento y mostrando sus múltiples habilidades página va, página viene. También se trata de un cómic pionero en el que Vázquez refina una de sus grandes armas, la autobiografía de pega, y se equipara a otros titanes como Chester Brown, Harvey Pekar o el mismísimo Crumb en eso de contar anécdotas personales, y chungas, con gracejo sin igual. Y, para colmo, estamos hablando de una sátira sobre la ludopatía y sus consecuencias… que apareció en publicaciones, supuestamente, para niños. Juzguen ustedes mismos si ¡Vámonos al bingo! no se merece, aunque sólo sea por esto, un lugar destacado dentro de la bibliografía del maestro. Para demostrarlo, y para que ustedes se rían en el proceso, le dedicamos este reportaje.

¿Pajares y Esteso? ¡Aficionados!

En un análisis como este, el contexto es algo que hay que aplicar con cuidado: si es demasiado, ahoga el conjunto como una salsa demasiado espesa. Pero, en su justa medida, enriquece el sabor del plato y convierte lo sabroso en exquisito. Algo que se aplica muy bien en lo que respecta a ¡Vámonos al bingo!: de por sí, el tebeo es gracioso hasta decir basta, y puede disfrutarse sin saber acerca de sus circunstancias. Desconociendo, por ejemplo que el juego de azar fue legalizado en España en 1977, tras haber estado prohibido durante el Franquismo. Algo que propició la erección de lugares tan míticos como el Casino de Torrelodones… y que también llenó de bingos la geografía nacional. Gravado por la nueva normativa con un tipo impositivo bastante bajo, el juego de las bolitas resultaba barato de mantener y administrar. Además, poseía un aire ‘familiar’, casi inofensivo, que le ayudaba a captar víctimas a tutiplén. Es debido a este contexto que Mariano Ozores obtiene uno de los grandes taquillazos del cine español con Los bingueros en 1979, poniendo a Fernando Esteso Andrés Pajares a tachar cartones como locos. 

En 1982, Burguera se desplomaba, y sus dibujantes (como Vázquez) huían de una casa que les había tratado a latigazos.

Saltemos unos años en el tiempo, cual unos Paul Atreides con rotulador: estamos en 1982, y Bruguera ha entrado en suspensión de pagos. Así se confirma una debacle que lleva fraguándose desde los 70, cuando la editorial puso todo el peso de su producción de cómics sobre las castigadas cervicales de Francisco Ibáñez e incubó una política de expansión desaforada e insostenible (¿recuerdan lo de “Barcelona – Bogotá – Buenos Aires – Caracas – México”?) que la llevará a derrumbarse justo un año después de arrojar el balance más positivo de su historia, con 10.000 millones de pesetas de beneficios. Estaba claro que los poderes de Mortadelo y Filemón (y, en menor medida, los Zipi y Zape de un Escobar muy ancianito ya) no bastaban para salvar de la bancarrota a la casa del gato negro. Algo que se tradujo en fugas de talentos, partiendo despendolados de un sello que, por lo demás, siempre les había tratado a latigazo limpio.

Talmente como nosotros viendo las métricas de la web.

Esas partículas emitidas por una Bruguera en descomposición serán muchas, y se merecen un artículo propio (que nosotros publicaremos en un futuro, claro). Pero, entre ellas, la revista JAuJA ocupa un lugar especial: extremadamente efímero, con sólo doce números publicados, este quincenal contenía, sin ir más lejos, algunos clásicos de la tira de prensa estadounidense, como el Shoe de Jeff McNelly Miss Peach, de Mell Lazarus, rebautizados respectivamente como Los Picos Los Pepinillos. Además, y como no podía ser de otra manera, reunía en sus páginas a varios talentos de Bruguera, más o menos veteranos. Allí estaba Bernet Toledano, estaba Koski, estaba Jan antes de dedicarse a Superlópez a tiempo completo… y estaba un ‘Tío Vázquez’ cuya aportación merece párrafo aparte.

Para empezar, el rey de los morosos ya andaba desde hacía tiempo con la correa suelta. En 1978, el mismo año en el que se jubila su odiado Rafael González (un personaje trágico y tiránico a la vez, que ejerció como director editorial de Bruguera durante tres décadas largas), Vázquez ha empezado a publicar dos tiras de humor pornográfico, Don Cornelio Ladilla y su señora María (esta, para la revista El Papus) El sexo en la prehistoria, ocultándose bajo el seudónimo de ‘Sappo’. También ha producido material verduscón para Can Can y Demassiédos revistas ‘para adultos’ con las que Bruguera quiso sumarse al auge del destape.

Para cantar bingo, algunos recurren a medidas extremas.

En JAuJA, Vázquez no llega a esos extremos, pero pergeña multitud de historietas monográficas sin continuidad, una de sus especialidades. También da rienda suelta a una de sus pasiones, la ficción detectivesca, con Los casos de Ana y Cleto (el título, claro, es una tollina a sus ex jefes). Yo, dibujante al por mayor es una serie autobiográfica, publicada previamente en El Pequeño País (sí, el diario estrella de Prisa tuvo un suplemento para niños, y era buenísimo) con el título de Esta es mi vida. Y, finalmente, ¡Vámonos al bingo!: una obra gracias a la cual descubrimos que los cambios legislativos le habían permitido añadir un vicio más a su cuantiosa colección.

Nuevo desplazamiento en la corriente temporal: llegado 1989, la tremolina post-Bruguera se ha resuelto, y ahora la que manda en el cotarro de la historieta infantil y juvenil es Ediciones B. La marca creada por el Grupo Zeta le ha ganado por la mano a Grijalbo en su batalla por hacerse con la supremacía (es decir, con Mortadelo). Tras jugársela en Garibolo Bichos, dos publicaciones con mucho encanto, y sin dejar de aportar material guarro y desacomplejado a cabeceras como Makoki, Vázquez acaba claudicando ante el nuevo orden. Y una de las consecuencias de dicha claudicación es un álbum en rústica de ¡Vámonos al bingo!, que recoge la obra completa (aunque con matices: enseguida vamos a ello) por primera vez y siete años después de su primera aparición. La presencia del tomo en los quioscos es casi testimonial, y el genio acabará afirmando que jamás vio un duro por ella. Para aumentar el mareo, la historieta aparece aquí fechada… ¡en 1986! ¿Qué avatares y qué contubernios sufrió este tebeo antes de su publicación definitiva? No lo sabemos. Sólo podemos dejar constancia de que quienes lo leyeron acabaron cantando el especial de la noche.

“Comprobamos un noveno bingo…”

En el fondo, tanto traqueteo editorial no perjudicó a ¡Vámonos al bingo! Más bien al contrario: dado que su publicación por entregas sólo aguantó nueve capítulos, el conjunto editado en álbum adquiere un aspecto de obra única que le sienta de miedo. Más que una colección de historietas dispersas, parece un relato satírico emparentable (por su mala leche, y por su capacidad de sacar petróleo cómico de donde sea) con los de ese Enrique Jardiel Poncela al que Vázquez llegó a tratar durante su infancia. Lo malo es que también pierde un par de páginas, aparecidas en JAuJA, que contienen chistes muy majos. Por lo demás, los cambios afectan al título en la primera página (Yo, binguero profesional, suponemos que para evitar follones legales), a la rotulación, al remontaje de algunas viñetas y a un bigotillo que el autor le pinta a su propio personaje. También hay una página redibujada completamente, aquella en la que Vázquez traza una tipología de las bingueras y muestra a las tremendas vedettes, con plumas y todo, que pondría a vender cartones si fuera él el propietario de una sala. Hay que ver, este hombre siempre con lo mismo.

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La narración está reducida a su esqueleto, aunque hay un arco argumental mínimo que sostiene el conjunto con palos y cañas, y los esfuerzos del dibujante se concentran en clavar un gag detrás de otro. Unos gags que, a veces, son confesionales: no hay más que ver las pugnas del Vázquez binguero con ese duendecillo que le insta a permanecer en la sala, a fin de gastarse en más partidas el pedazo de premio que acaba de ganar, o sus esfuerzos por quedarse en casa y no ir una tarde más a tachar numeritos. Otras son estilizaciones cachondas de la realidad, con el autor-protagonista describiéndonos su casa cual el cuartel de un enemigo de James Bond, repleta de instalaciones dedicadas a mejorar su pericia en el juego.

Pero, sobre todo, los chistes de ¡Vámonos al bingo! son desafíos autoimpuestos. Ya desde el comienzo se nos previene de que ese juego es una estupidez y un sacacuartos (algo resumido en la memorable viñeta que pueden ver abajo) y que su único interés, por lo que respecta a la historieta, es analizar el ambiente que lo rodea. Y vaya que si lo analiza: la descripción de la jerga empleada por los jugadores, de cómo cantan los premios (cuando les tocan), de las bingueras y su forma de leer los números, de la ansiedad cuándo sólo queda una casilla por tachar en el cartón… todo eso ocupa páginas y páginas. Y no sobra ninguna.

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Aunque el costumbrismo vertebra todo el tebeo, y aunque todo él es un alarde de síntesis gráfica (no hay más que ver cómo el coche soñado por Vázquez se va desguazando conforme no dejan de cantarse bingos en la sala: cuantos más bingueros tocan al premio, más se divide éste), en él hay espacio para mucho más. Un tebeo de Vázquez no sería lo mismo sin momentos de enredo frenético, y aquella historia en la que el autor describe el día perfecto para un binguero tiene de eso a carretadas. Ya saben lo que dijo Ibáñez: “Antes de Vázquez, en la historieta se conversaba. Después de Vázquez, la historieta se mueve”.

El tramo final del álbum lo ocupa una suerte de consultorio en el que el maestro contesta cartas de sus fans, un recurso que ya había utilizado (o que, visto lo visto sobre el fechado de las páginas, volvería a utilizar) en su sección Las cartas boca arriba del renacido Súper Mortadelo, allá por 1988. Y donde nos confiesa que, harto de todo tras una antológica racha de mala suerte, ha decidido ingresar en la Orden de los Bingueros Arrepentidos. Una reclusión esta que durará más bien poco tiempo, como nos indica un giro final pletórico de bilis: binguero una vez, binguero siempre. Y así, hasta la tumba.

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En el fondo, lo más interesante de ¡Vámonos al bingo! es cómo su responsable utiliza los viejos recursos de su madurez en Bruguera para contar una historia de lo más sórdida. Al igual que en la mítica Los cuentos de Tío Vázquez, donde le sacaba partido a esa fama de moroso que él mismo cultivó, el dibujante aprovecha aquí su pasión por el juego (que, en el fondo, detesta, pero del cual no puede desengancharse) para superponer realidad autobiográfica y ficción cargada de parodias. Desempolvando para ello, además, todo su arsenal de trucos, y plasmando el resultado con ese trazo vivísimo y descuidado de quien ha tenido que llenar viñetas para pagarse las habichuelas, no para complacer su propio ego. Allá donde Pekar ponía su mala leche crónica, donde Chester Brown pone su recurso a las prostitutas para paliar un descomunal agujero negro afectivo y donde Crumb pone… bueno, dejémoslo en que pone el ser Robert Crumb, Vázquez ponía su condición de ludópata. Y con un lenguaje al cual se le aplica aquello de “para chicos y grandes”: no olvidemos que, teóricamente, las publicaciones y editoriales donde apareció esta salvajada ofrecían material destinado a los niños.

Donde Harvey Pekar ponía su mala leche, Chester Brown su puterío y Crumb el ser Crumb, Vázquez puso su ludopatía.

A estas alturas, y si hemos tenido suerte, el lector se estará preguntando: “¿Dónde conseguir esta maravilla?”. Pues no podemos decírselo con seguridad, porque, que sepamos, ¡Vámonos al bingo! está absolutamente descatalogada y sólo puede hallarse, bien en webs para coleccionistas, bien en rastrillos y tiendas de segunda mano (si hay suerte) o en esos lugares que preferimos no mencionar, pero que ustedes se estarán imaginando. En espera de que algún editor se decida a recuperarla en su versión íntegra, y rezando por que las planchas originales no se hayan perdido para siempre, sólo puede apuntarse que esta condición de obra esquiva, fugaz en los quioscos e inencontrable a fecha de hoy sólo debería contribuir a cimentar su condición de trabajo mítico.

Por último, uno podría decir que su fijación por ¡Vámonos al bingo! no viene sólo del respeto que siente por Vázquez como autor, sino también por la nostalgia de una época en la que esta clase de contenidos eran accesibles a la juventud. Cómics en los que chicos y chicas veían a los adultos expuestos tal cuales eran, rebosando miserias y vicios, y en el cual el autor de una historieta podía autorretratarse, no ya perdiendo hasta la camisa en un local vetado a los menores de edad, sino incluso fumando. Pero hay más: desde su más tierna infancia, quien firma este artículo tiene dos frases que se repite a sí mismo, mentalmente, en momentos de especial apuro laboral. Una de ellas, “¡Lo conseguí! ¡Soy un héroe!” está sacada de Yo, dibujante al por mayor. La segunda, que siempre acude a su pensamiento cuando se juega el todo por el todo, reza “¡Satanás, te vendo mi alma por este bingo!”. Y ya se podrán imaginar de dónde procede. Háganse un favor, y hagan lo que sea por acompañar al genio a una sesión binguera: no se arrepentirán.”

“¡Vamonos al bingo!”: La joya perdida del cómic español

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