Populismo

HAY que reconocer que la nueva política está mucho más cerca de la Gente que la vieja. De la Gente, no de la ciudadanía. Ser ciudadano es una condición bastante abstracta, más bien impersonal. Ser Gente, en cambio, es ser como es la gente, cada uno con sus cadauneses. Y la gente en España es mayormente visceral, poco ilustrada, escasamente reflexiva y partidaria de blanconegrismo extremo. Como Gente, somos más bien un país de ultramontanos, antimeritocrático y arbitrista. La ciudadanía al estilo europeo está por estrenar en España y, por supuesto, muchos recién llegados a la política no parecen albergar la más mínima intención de estrenarla. El éxito político del populismo en todas sus formas se explica, de hecho, por su empatía con la Gente en detrimento o en contraposición al Ciudadano. Por supuesto, hay gente y gente. Los nuestros son Buenagente y los otros Malagente. Se trata de una grosera simplificación, pero funciona.

Como teoría y práctica políticas, el populismo acaba enredado en sus propias contradicciones. Suele producir efectos nefastos en la vida social: encabrona más que apacigua, enreda más que resuelve, yerra más que acierta. Quizá lo único bueno del populismo consista en su capacidad inagotable para provocar hilaridad. Un día te enteras de que Manuela Carmena quiere que las madres limpien los centros de enseñanza donde estudian sus hijos y otro día lees que los buenagentistas del ayuntamiento de El Puerto no quieren a economistas de la LSE como consejeros en materia económica. La primera no ha calibrado la dimensión sociocatastrófica de la propuesta: a nadie le gustaría ver a su madre limpiando el retrete donde acaba de defecar el mamoncete de Fulanito, que me trata a la patada y que guasapeará ipso facto el escatológico evento para humillarme aún más. Ni tampoco ha calibrado los ataques de nervios que sufrirán esas madres cuando comprueben la absoluta falta de urbanidad de muchos de nuestros adolescentes: retretes atascados, mugre ubicua y deterioro cafre del mobiliario. Lo mismo acaban convirtiéndose en partidarias del pogromo sistemático de jóvenes gamberros, vaya palo para las autoridades educativas bienpensantes.

Mucha más gracia tiene la ocurrencia de los de Ganemos El Puerto. No sólo han sido incapaces de escribir correctamente el nombre del bastión del enemigo: «London School Economics» en vez de London School of Economics and Social Sciences. No sólo ignoran que en la LSE también hay sesudos economistas expertos justamente en la cosa colaborativa, ecosostenible y postsocialdemócrata. Lo más risible es que apelen al talento económico de las pobres madres solteras y de los jubilados menesterosos. Es como confiar en las recetas del FMI, pero en plan micropolítico. Y es que unos y otros practican a pesar suyo la austeridad económica radical, justamente lo que lleva a cualquier sociedad posmoderna a la ruina. La prosperidad económica se basa, esencialmente, en el consumo de lo superfluo, no en la satisfacción de las mínimas necesidades elementales. O consumimos desaforadamente o nos hundimos.

Sugiero a los nuevos gobernantes que deroguen la realidad.

 

http://www.elmundo.es/andalucia/2015/06/17/558111cd268e3ea9088b456c.html

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