No vale engañarse: El presidente de Gobierno está a la altura de la sociedad española

El criterio de gobernar premiando a tus fieles y castigando o ignorando al resto
de los ciudadanos es una herencia franquista bien arraigada en La Moncloa
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A los extranjeros, incluidos los corresponsales de los medios de información alemanes, británicos, estadounidenses o franceses, les resulta difícil entender que la corrupción político-empresarial que se practica en España no merezca rechazo social generalizado y manifiesto. No entienden la predisposición de la mayoría de los españoles a encogerse de hombros ante la corrupción, incluidos el amiguismo y el nepotismo.

No acaban de entender la realidad española porque ignoran, o bien les parece increíble, que la inhibición sea uno más de los criterios de convivencia que millones de españoles dan por buenos.

Pero que nadie se engañe ni se deje engañar, esa inclinación a inhibirse no se ha desarrollado tras la muerte del dictador, ya estaba arraigada, bien arraigada. De hecho, durante la dictadura no había corrupción porque la corrupción era el régimen. Y en cierto modo, se quiera o no reconocer, ese estilo de gobierno (premiar a los tuyos y castigar a los otros) sigue vivo.
Caudal constante y rico en nutrientes… 

Viñeta de El Roto

Desde que el Estado español es una democracia parlamentaria y se respeta (más o menos) la libertad de expresión e información, las corruptelas trascienden; pero, ¡ojo!, trascienden previa selección, pues por lo general sólo se ventilan las que afectan a la Administración, rara vez aflora la corrupción privada, por ejemplo la que practican de forma sistemática no pocas empresas y profesionales.
A mayores, cada vez que la ciudadanía se entera de un episodio de corrupción se ponen en marcha los columnistas y tertulianos “de orden” para destilar análisis y teorías que rara vez, muy rara vez, aluden siquiera superficialmente a que ser “listo” es una de las virtudes más aplaudidas por millones de españoles.

Avanza el siglo XXI y en España sigue siendo habitual que padres, madres y demás parientes comenten “¡qué listo es mi hijo!”; o “a ver si aprendes algo de tu primo, mira que bien lo ha hecho”.
Ese tipo de loas premian la habilidad para triunfar en la vida por la vía de la recomendación o de la adulación, haciendo trabajos sucios o pisando a los compañeros de trabajo.
En España son más los jefes y jefecillos que han alcanzado el cargo por la vía de las relaciones que como resultado de su trayectoria, sus méritos y/o sus conocimientos. Eso es así desde hace decenios, lo que unido a otras circunstancias explica que el grado de corrupción sea tan elevado y la sociedad española, tan paciente. Casi nadie denuncia o aporta testimonios, son pocos todavía los que dejan de votar a los partidos que justifican o contemporizan las faltas o delitos de sus dirigentes y militantes “listos”.
En España los pillos gozan de comprensión o se benefician del silencio. Veamos dos ejemplos:

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Los extranjeros desconocen la mayoría de las escenas de esas dos y de otras “películas” españolas, ¡lecciones de convivencia!, las denominan.
Es lógico, pues, que los corresponsales en sus crónicas manifiesten su sorpresa ante la pasividad casi general de la sociedad española. Ciertamente, visto con rigor y distancia, lo de España, ¡país de Europa occidental!, es realmente extraordinario.
El blablablá es muy útil para alejar al ciudadano de la política
Resulta patético escuchar al presidente de Gobierno afirmando que la corrupción es puntual y ajena a la clase dirigente, pero más patético es comprobar cada día que la sociedad traga.
Estas cosas pasan en todos los países, ha argumentado el presidente. ¡Claro que hay casos de corrupción en todos los países! Pero, concretamente en la Unión Europea, la profundidad y extensión del fenómeno sólo superan lo humana, social y legalmente justificable o comprensible en España, Grecia y varios países del Este que todavía no han completado los cambios legislativos que facilitarán eliminar las prácticas estalinianas que eran legales antes del derrumbe de aquel sistema en los primeros años noventa [el Estado español dejó de ser un régimen corrupto veinte años antes y el grado de corrupción es igual o incluso superior que en los nuevos socios comunitarios del Este].
Casi todos contribuimos en mayor o menor medida a ocultar o a disimular la existencia de esa generalizada predisposición al chanchullo. Es más, los grandes medios de información convencional lo hacen de forma sistemática, aplaudiendo (entre otras cosas) peticiones de perdón por acciones e inhibiciones que en una sociedad sana jamás serían política ni electoralmente perdonadas.
En España tienen más importancia los pacto anti-corrupción del blablablá que la necesidad de reformar leyes que no castigan o castigan levemente a cierto tipo de delincuentes.
Para redondear, los medios “serios” dedican mil páginas y mil horas a cantar los pactos del blablablá y se olvidan dela vergonzosa actitud de las Cortes, que siguen sin acometer la urgente reforma del Código Penal para que los delitos de cuello blanco dejen de saldarse con multas, arrestos, penas menores y tantas veces, con un indulto particular… ese maldito perdón de raíz apostólica y romana que en España ha saltado de lo privado a lo público para beneficio de listos y corruptos.
Pero usted, amable lector/a, si dice estas o cosas semejantes en voz alta será acusado de anti-español o de cosas peores, pues aquí y ahora los señores siguen estando por encima de la ciudadanía.
No olvide que en España la fe y la autoridad son más valiosas que el conocimiento… ahí estamos, así nos va.
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