Los falsos mitos de la evaluación continua

Algunos comentarios a entradas anteriores inciden sobre las bondades de la evaluación continua. Y ya no podemos más. Son ya más de veinte años dando clase en nuestra universidad, y por tanto, evaluando a nuestros alumnos. Y esos veinte años de experiencia nos dan la suficiente perspectiva como para poder ser, una vez más, políticamente incorrectos: la evaluación continua en la universidad es otra chorrada más de los pedagogos del régimen, para marear la perdiz. Así de claro.
Y lo decimos desde la posición del que puede opinar. De alguien que ha pasado ya por todos los métodos de evaluación: sólo examen final, exámenes parciales, examen final mas actividades a lo largo del curso, utilización de la plataforma virtual para actividades de evaluación, y, desde hace ya unos años, evaluación continua (bien entendida, claro, no cuarto y mitad de pruebecitas eliminatorias). Y con todos estos métodos, siempre nos ha sucedido lo mismo: mediado el curso, ya teníamos claro quién aprobaba y quién no, y quién iba a conseguir un sobresaliente o una matrícula. ¿Acertamos siempre? Pues no, pero el pequeño porcentaje de error ha sido siempre el mismo, independientemente del método de evaluación. ¿Y qué quiere decir eso? Pues eso, que los buenos alumnos aprueban y los malos suspenden. Claro. Porque los buenos alumnos aprenden y los malos no. Y sí, señores pedabobos, señores políticos y señores políticamente correctos: hay alumnos malos. Cada vez más. Y ni el mejor profesor del mundo, aunque entre haciendo el pino en el aula, de buen rollito coleguita guay, puede hacer que aprendan. Eso sí, cualquiera puede hacer que aprueben, no sé si me explico.
Por estos motivos, queremos hoy desmontar cinco mitos comúnmente aceptados de la evaluación continua:
1. La evaluación continua es más justa. Se dice que jugárselo todo a una carta es muy injusto. Que un mal día lo puede tener cualquiera, y suspender un examen final a pesar de haber aprendido la asignatura. O que algunos se ponen muy nerviosos en los exámenes y no dan pie con bola (o con boli). Pues puede que, en contados casos, sea verdad, pero no es el caso general. En general, el alumno que ha aprendido la asignatura, supera sin problemas el examen final. ¿Y si se pone enfermo? Pues se le hace el examen otro día, que no sería la primera vez. ¿Y qué pasa con el caso contrario? Porque ahora con la moda de evaluación-continua-boloñesa, nos dicen que debemos pasar lista, y que un porcentaje importante de la nota final se obtenga a través de las actividades “cotidianas”, de forma que es prácticamente imposible aprobar sólo con el examen final. Preguntamos: y un alumno que no hiciese nada a lo largo del curso, pero fuese capaz de estudiar y aprenderse la asignatura para el examen final, ¿por qué no merecería aprobar? Eso será uno entre mil, pensaréis. Pues más o menos la misma cantidad que los del mal día del examen.
2. La evaluación continua facilita la labor al alumno. Pues es justo lo contrario. La evaluación continua bien entendida obliga a un trabajo constante al alumno que no exige necesariamente el examen final. Claro, siempre y cuando, como ya hemos dicho, la evaluación continua sea de verdad, controle el aprendizaje global del alumno y no se reduzca a una serie de pruebecitas eliminatorias que permitan ir olvidando a medida que se realizan.
3. La evaluación continua implica un mejor aprendizaje. Según la RAE, a la que nos gusta recurrir para dejar claro el significado real de las cosas, evaluar es “estimar los conocimientos, aptitudes y rendimiento de los alumnos” (estoy seguro de que en la RAE se refieren también a las alumnas, se les habrá pasado) y aprender es “adquirir el conocimiento de algo por medio del estudio o de la experiencia”. Antes de aprender, no hay nada que evaluar; es así de simple. Un mejor aprendizaje se logra con buenas actitudes y aptitudes por parte del alumno y del profesor. No reduzcan nuestro papel al del evaluador. Los que enseñamos por vocación disfrutamos la enseñanza en sí, no la evaluación. Como decimos a nuestros alumnos: ustedes encárguense de trabajar y aprender, que la evaluación ya viene de suyo. Otra cosa, claro, es que algunos alumnos sólo decidan trabajar bajo la amenaza del examen, o de la pruebecita…
4. La evaluación continua es la solución a los males de la enseñanza universitaria. La solución a los males de nuestras universidades pasa por muchas cosas: la reducción efectiva del tamaño de los grupos de docencia, la implantación real de nuevas tecnologías, la selección de profesorado con criterios docentes e investigadores adecuados, la incentivación de las buenas prácticas docentes, la dignificación de la docencia (por ejemplo, no premiar a los profesores con reducciones de docencia, ¿verdad?), la selección efectiva de alumnos, de forma que sólo acceda a la universidad aquel que esté realmente preparado e interesado en los estudios, y, en resumen, la búsqueda real de la calidad docente (que es actualmente el último de los criterios que se tiene en cuenta en la toma de decisiones). ¿La evaluación? Eso es lo de menos.
5. Los que nos oponemos a toda esta marea boloñesa somos unos vagos que no queremos trabajar más. Nos da pereza contestar a eso.

http://enbuenalogica.blogspot.com.es/2011/04/los-falsos-mitos-de-la-evaluacion.html

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