Elogio al profesor

http://abriendocaminos-enrique.blogspot.com.es/2009/12/elogio-del-profesor.html

Al hilo de la anterior entrada, me gustaría aquí ponderar una labor que no siempre es reconocida y que a menudo he escuchado denigrar con una frase que a veces consigue sacarme de mis casillas. Ya sabéis… Eso de “¡Qué bien vivís los profesores!”

Supongo que para quien no conoce los interiores de la labor docente, un profesor de educación secundaria es una persona que trabaja cinco horitas diarias, tiene tres meses de vacaciones en verano, diez días en Semana Santa y otros quince por Navidad, a cambio de dar unas cuantas clases, corregir unos cuantos exámenes y trabajos y firmar las actas de evaluación una vez cada tres meses. Lo bueno es que, visto así, tienen razón. ¡Qué vidorra! ¡Y encima, sin soportar a un jefe que les amargue la vida, cogiéndose una baja por depresión cuando les da la gana y cobrando un pastón por el trabajo! Casi nada lo del ojo. ¡Yo también quiero!…

Sin embargo, a lo mejor habría que aclarar unas cuantas cosas. La primera de todas, por ejemplo, podrían ser para empezar los cinco años de carrera, los otros tantos de oposiciones, la inestabilidad de las interinidades y la coña de los desplazamientos cuando tu puesto de trabajo se encuentra a cincuenta, cien o más kilómetros de tu residencia habitual.

Una vez superados estos primeros problemillas, que muchas otras profesiones tal vez poseen y viven mucho peor que nosotros, pasamos a la segunda parte. Una segunda parte que empieza cuando ya te han dado tu horario y te han asignado tus grupos de alumnos y entras al aula para impartir tus clases. En definitiva, para hacer tu trabajo. Un trabajo que, de entrada, no se hace solo: hay que preparar la clase, hay que escoger una metodología y unos recursos didácticos, y elaborar una programación personal, tuya e intransferible, que hay que adaptar a las peculiaridades de las fieras de 13 ó 14 años que tienes delante y a las que la economía en el imperio bizantino, la biografía de Carlomagno o los relieves en cuesta de la Depresión del Ebro les importan literalmente un cojón de mico. Y hay que transmitirles esa información, hay que enseñarles a comprenderla y estudiarla. Tienen entre 12 y 15 años. Su informatizado mundo, hoy, es la PlayStation o la Wii, las redes sociales (Facebook, Tuenti, Hi5), el móvil para intercambiarse mensajitos SMS y el messenger. En el mejor de los casos, algunos sienten afición por los libros de Tolkien o los Harry Potter de la Rowling. Y en un porcentaje elevado de casos, son chavales completamente desmotivados (¿o es que os creéis que impartir una clase sobre la sociedad medieval vestido con gambesón, almófar, yelmo, espada y escudo lo hago sólo para divertirme?), muchas veces mimados, consentidos y protegidos por sus padres quienes, además, se desentienden de su proceso educativo y sólo exigen hablar con el tutor cuando ha caído la Maza de Fraga y a su pequeño ha tenido la osadía de suspenderle, amonestarle o castigarle un mierda de profesor que no sabe hacer su trabajo y no le pasa de curso sin necesidad de estudiar, fíjese usted, con lo guapo, y lo bueno y lo estupendo que es su niño… O su niña, que a veces casi son peores.

No son todos, naturalmente. Pero sí son bastantes. Afortunadamente hay chavales con los que merece la pena trabajar, chavales a los que consigues que te atiendan en clase porque realmente ves que les interesa lo que les estás contando, lo que están aprendiendo y cómo se lo transmites. Chicos y chicas que apuntan maneras, que ves cómo evolucionan ante tus ojos (esa es la maravilla del ser humano, nadie como los profesores podemos apreciarlo así).

Pero también ves alumnos, demasiados, que están en el fondo de un pozo, o cayendo en él. Que no te dejan ejercer tu tarea, y muchas veces tampoco a sus compañeros. Y esos son los que realmente interesan: enseñar a quien quiere aprender es fácil, el reto se encuentra en el chaval que te jode la clase, el que ha decidido que su futuro se encuentra en dejar pasar la vida como venga, tanto si es partiéndose los lomos en una zanja o acarreando ladrillos en una obra (trabajos dignísimos pero duros de cojones) o acabando delante de un juez de menores o, en el peor de los casos, en la celda de una prisión o en un hospital o el nicho de un cementerio con una sobredosis de algo (pastillas, coca, heroína, navajazo o lo que sea). Estremece pensar que todos tus esfuerzos no han servido de nada y produce una insondable tristeza comprobarlo…

Yo he visto a compañeros y compañeras arrojar la toalla, salir llorando de una clase diciendo que hasta aquí hemos llegado, oyéndose decir “no me ralles, déjame en paz, puta gorda de mierda” por haberles llamado la atención en medio de una explicación que habían decidido que no les interesaba o incluso recibir un puñetazo en la boca del estómago por haberse atrevido a quitarle a un alumno el i-Pod o el móvil en clase cuando no debían tenerlo encendido y tener que afrontar una denuncia de los atentos papás por robo o por injurias, habiéndole llamado al niño/a “maleducado”, “gamberro” o “salvaje”. Y hasta ahora he tenido una suerte tremenda, porque no ha sido mi caso. Pero hay clases que son verdaderas jaulas de tigres y hay que tener mucho, muchísimo estómago, muchos huevos para entrar en ellas. Y hay centros (demasiados, muchos más de lo que imaginamos) en los que no es extraño no ya oler a tabaco en algunos lugares específicos (recordando, de paso, que nadie puede fumar en un centro educativo, ni profesores ni mucho menos alumnos) sino directamente a marihuana… Para lo cual es preciso el necesario trapicheo previo.

Y, sin embargo, a pesar de todo eso, les quieres y sientes una inmensa lástima por ellos. Les quieres porque a veces no tienen a nadie más que lo haga, y les tienes que aguantar demasiadas cosas con infinita paciencia por compasión, por miedo, incluso, a sus reacciones y porque no pierdes la esperanza de recuperar al menos un poquito de la buena persona que aún pueden llevar dentro. Y son unos hijos de mala madre y de peor padre, y no cuentas con el apoyo de sus familias (muchas veces desestructuradas), y tienes ganas de meterles dos hostias bien dadas (las que no recibieron cuando deberían), pero tienes que callar, y aguantarte hasta límites insospechados. Hasta que, naturalmente, la cuerda se rompe de tanto tensarla y viene la depresión, la dejadez y el abandono… La nuestra es una profesión vocacional que requiere, lo primero de todo, amor hacia lo que haces, hacia cómo lo haces y, sobre todo, hacia quienes son los destinatarios de tu trabajo, que son los alumnos. Y hay que valer para ejercerla. No todo el mundo está capacitado ni tiene la valentía suficiente para hacer frente cada día a los sinsabores que te esperan detrás de la puerta de un aula. Por muchas alegrías que también puedas tener y que, en el cómputo general al término de tu tarea cotidiana, son mucho más magras que las desilusiones. Pero aún así, hay gente que tiene el cuajo de decir que todo eso son gajes del oficio y que todo entra en el sueldo que alegremente cobramos a fin de mes…

A todos esos tal vez habría que recordarles que nuestro trabajo es el de docentes. No el de policías, ni el de psicólogos, ni el de padres adoptivos de unos hijos que nos vienen adjudicados a dedo y con cuyos padres naturales, a veces, te toca luchar también (a brazo partido, creedme) porque no admiten autoridad alguna sobre sus hijos por encima de la que ellos no saben, no pueden o no quieren ejercer. Yo he oído a uno de ellos soltar alegremente en una reunión que “los profesores tenemos que ganarnos el respeto de los alumnos”. Así, como suena. No “enseñar”, no. Lo primero, “ganarnos el respeto”. La autoridad no se transmite en casa, en la educación diaria, en la labor familiar… No es labor de los padres. Hay que ganársela en el aula. Con dos cojones.

Por eso quiero en esta entrada hacer un elogio del profesor, del docente, del profesional comprometido. Y no me refiero a mí sino a Sofía, por ejemplo, una de las mejores jefes de estudios con las que he trabajado nunca. O Isabel, la directora, o Samanta, la orientadora, idem de idem. O a José Antonio, el de Ciencias Naturales. O a Maite, de Matemáticas. O a Javier Galdeano (de la Unidad de Intervención Educativa Especial, la UIEE, los GEOS de la enseñanza, como yo los llamo), Julio (un verdadero ejemplo de compañero, de profesor y de persona), Pilar (una delicia de mujer, una auténtica profesional, con una sensibilidad que ya la quisieran muchos padres que se dicen preocupados por sus hijos), Alejandro, Mari Mar, Concha, Sara y tantos y tantos otros que, sólo en el IES donde trabajo, dan el callo todos los días por su vocación y por sus desvelos, sinsabores y alegrías…

Ahora, hacedlo extensivo a todos los profesores de todos los centros que, dicho sea de paso, muchas veces aún lo pasan peor que nosotros…

Y contadme después lo bien que vivimos los profesores, que no nos ganamos el sueldazo que cobramos (y que, os aseguro, no es para tanto, sobre todo cuando te aplican un 40% de IRPF en la nómina y te cagas en la madre que parió a los ajustes).

 

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